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El legado político de Pepe Mujica ‘ad portas’ de su retiro
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El expresidente de Uruguay constantemente se refiere a sus 13 años en prisión como un periodo de formación de su pensamiento.

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John Montaño. Archivo EL TIEMPO

El legado político de Pepe Mujica ‘ad portas’ de su retiro

Un recorrido por la trayectoria de uno de los líderes más recordados de Latinoamérica. 

Mientras se cerraban las elecciones locales y municipales de Uruguay el 27 de septiembre, uno de los líderes más importantes de ese país –y de la región– anunciaba su retiro de la política por razones de salud.

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José Alberto Mujica Cordano –o simplemente Pepe Mujica– ya había hablado del cese de sus actividades políticas hace dos años, después de una larguísima militancia (que incluyó un periodo presidencial entre 2010 y 2015), pero en las elecciones de 2019 ganó un escaño en el Senado y volvió a entrar al juego.

Con 85 años cumplidos el 20 de mayo, y ya de regreso en el senado, Mujica volvió a hablar de su retiro y había mencionado octubre como fecha límite. Sin embargo, la noticia se anticipó en el momento en el que advirtió que, por cuestiones de salud, ya era hora de dejar su trayectoria como político en Uruguay.

“Lo voy a dejar antes. Tengo una enfermedad inmunológica crónica. Si hubiera vacuna (contra el covid), no me podría vacunar. Y es lógico que la política obligue a las relaciones sociales. Si me tengo que cuidar, no puedo ir de un lado al otro. (...) Me encanta la política y no quisiera irme, pero me encanta más la vida”, le dijo Mujica a la prensa con su acostumbrado tono lento, reflexivo y, por lo general, potenciado por apuntes filosóficos e ideológicos.

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De hecho, ese remate de su intervención en la que advierte sobre su jubilación es una muestra de la consigna que lo popularizó en el plano internacional durante sus cinco años de gobierno: la defensa de la vida.

“La cosa más grande que tienes es que estás vivo. Es un milagro que estés vivo”, le dijo al periodista Jordi Evolé en una entrevista de 2014 que se ha vuelto célebre.
“Cuando compras algo, usas la plata para pagarlo. Pero no te equivoques: no estás usando la plata, estás comprando eso con el tiempo de tu vida que te gastaste para conseguir esa plata. Cuanto te planteo la sobriedad como manera de vivir es para tener más tiempo de la vida de acuerdo con las cosas que a ti te motivan, que no son necesariamente las del trabajo”, le explicaba a Evolé mientras, de paso, hacía énfasis en una de sus banderas: la sobriedad como contrapeso del consumismo, del que se declara enemigo.

“Tenés que vivir como pensás porque de lo contrario, corrés el riesgo de terminar pensando como vivís” es una de las frases con las que justificaba su manera humilde de vivir: una casa rural a las afueras de Montevideo que parece a medio hacer, unos atuendos simples y cómodos que usa hasta que se gastan, una actividad agraria que, además, quiere transmitir en una escuela que planea montar en su casa.

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Esa escuela técnica de agricultura es lo que quiere dejar como legado cuando muera, y para eso ahorraba el pequeño porcentaje del sueldo de presidente que conservaba, pues lo donaba casi todo a un proyecto de vivienda para madres cabezas de hogar.

Ligero de equipaje

“Yo soy republicano. Pero ¿sabes cuál es el defecto? Que las presidencias tienden a parecerse a las monarquías. Y las repúblicas tienen que ser otra cosa, porque si las que eligen son las mayorías, hay que tratar de vivir como viven las mayorías, no como lo hacen las minorías”, le explicaba al documentalista serbio Emir Kusturica para la película de Netflix Pepe, una vida suprema.

Y cuando le comentaban de la extrañeza que era ver a un presidente viviendo con ese estilo de vida ‘ligero de equipaje’, Mujica respondía que, si se veía raro, la culpa era “de los otros presidentes, no mía. Lo raro es como viven ellos”.

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Vivir como la gente normal era precisamente lo que lo hacía extraordinario (un “bicho raro”, en sus palabras) para una comunidad internacional maravillada que terminó convirtiéndolo en personaje global.

De hecho, el mismo Mujica cuenta que el hijo de un jeque árabe que coleccionaba carros exóticos le ofreció un millón de dólares por su Volkswagen Beetle de 1987. Mujica, fiel a sus principios y a su personalidad, respondió con una carcajada amistosa y un cortés “no, gracias”.

Lucha de años

“Soy José Mujica, campesino para ganarme la vida. Ahora estoy en una etapa de presidente y mañana, como cualquier hijo de vecino, seré un montón de gusanos que se va”. Así se presentaba (en 2015 en una entrevista que le hicieron para el documental Human, del director y activista francés Yann Arthus-Bertrand) el entonces presidente de Uruguay, un país que, durante la primera mitad del siglo pasado, fue llamado ‘la Suiza de Latinoamérica’.

A veces, lo malo es bueno. Mucho de lo que hoy te digo nació en aquel tiempo de soledad en la cárcel. No sería quien soy. Sería más fútil, más frívolo, más superficial...

Pero ese mote le quedó grande con las dictaduras militares que se tomaron el poder desde 1973 hasta 1985, que fue justamente el periodo en el que José Mujica estuvo preso por su participación revolucionaria en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, del que hacía parte desde 1964.

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Y es que comenzó su militancia muy joven, a los 20 años, por influencia de su madre y su tío. “Mi historia es la de un muchacho que, como otros, quiso cambiar su época”, dijo en un famoso discurso ante la Organización de Naciones Unidas (ONU), en 2013.
Muy pronto comenzó su carrera de la mano de Enrique Erro, con quien trabajó en el Ministerio de Trabajo desde 1958 y con quien fundó un partido y postuló un presidente, sin éxito alguno, en 1962.

Pero la política pacífica se convirtió en actividad revolucionaria cuando comenzaron la violencia y la represión en el gobierno del presidente Jorge Pacheco Areco. En el 64 se unió al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. De ahí en adelante se enfrentó a disparos, amenazas y encarcelamientos.

Respecto a sus 13 años en la cárcel, Mujica siempre insistió en lo positivo que sacó de esa experiencia. “Lo que te voy a decir no se puede agarrar con espíritu de almacenero: a veces, lo malo es bueno. Mucho de lo que hoy te digo nació en aquel tiempo de soledad en la cárcel. No sería quien soy. Sería más fútil, más frívolo, más superficial. Más exitista, más de corto plazo…”, le decía Mujica a Evolé.

“No quiero decir que recomiendo el camino del dolor, ni nada por el estilo. Lo que quiero es transmitirle a la gente que se puede caer y volverse a levantar, que siempre vale la pena volver a empezar una y mil veces mientras estemos vivos. Ese es el gran mensaje. Y se puede resumir en esto: derrotados son los que dejan de luchar”, complementaba en el documental francés.

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En el 85, cuando se reinstauró la democracia, Mujica salió libre y retomó su carrera política lejos de la militancia armada.

En el 2005 se casó con la también activista Lucía Topolansky –actual senadora y vicepresidenta en el segundo gobierno de Tabaré Vázquez de 2017 a 2020–, que también representa una fuerte figura política en el país. En palabras de ella para el documental de Kusturica, “el Pepe y yo logramos unir dos ideales: el amor y la militancia”.

En 1999 Mujica fue elegido senador y en 2005 fue ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca (materia que conocía bien por su formación en el campo) en el primer gobierno de su copartidario Tabaré Vázquez. Este último fue quien, cinco años después, le entregó la presidencia a Mujica, cuando ganó por elección popular con el 52,4 por ciento de los votos contra Luis Alberto Lacalle, padre del actual presidente del país.

Mujica

La defensa de la vida fue la consigna que lo popularizó en el plano internacional.

Foto:

David Fernandez. EFE

Gobierno y legado

Hacia el 2006, el desempleo en Uruguay estaba en el 30 por ciento. En 2014, cuando el gobierno de Mujica terminaba, había un 10 por ciento. En un periodo parecido, la indigencia pasó del 5 al 0,5 por ciento. Según Mujica, esto se logró “con políticas de Estado en las que se redistribuyeron los recursos, pero también mediante el capitalismo. Es decir, logrando un ámbito en el que hubiera mucha inversión local y, sobre todo, extranjera”. Así lo desarrollaba para el periodista Jordi Evolé.

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El Pepe, como le dicen sus amigos y seguidores, gobernó en favor de las clases bajas, pero no dejó de lado las políticas progresistas en cuanto a lo económico. “Soy socialista, pero no soy bobo”, dice.

Uno de sus grandes legados para la política uruguaya y latinoamericana fue precisamente el de demostrar que había una izquierda posible, viable, no utópica. Para él, “la patología de la izquierda es el infantilismo, es creer en todos los sueños imposibles. Hay que ser aterrizado. Por otro lado, la patología de los conservadores es ser reaccionarios y no permitir que nada avance”, le exponía a Evolé.

Esa mirada hacia el futuro fue la que lo llevó a crear políticas atípicas para la tradición latinoamericana y que lograron que el mundo volteara a mirar al pequeño país sobre el Atlántico, al sur del Brasil y al este de Argentina.

Una de ellas fue la legalización de la marihuana, con la que pretendió “robarle poder” al narcotráfico, que, según él, es un mal mucho peor que la drogadicción porque “introduce costumbres y usos en el mundo delictivo que nos están arrebatando todo”.
“El combate es contra la economía sucia, el narcotráfico, la estafa, el fraude y la corrupción: plagas contemporáneas derivadas de ese antivalor, ese que sostiene que somos más felices si nos enriquecemos sea como sea”, dijo ante la ONU.

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También creó, en 2013, la Ley de Matrimonio Igualitario y convirtió a Uruguay en el duodécimo país en aceptar legalmente este tipo de uniones. Su discurso y sus políticas privilegiaron, por otro lado, el cuidado del medioambiente. “Si todos aspiráramos a la vida que un estadounidense promedio, se precisarían tres planetas”, decía.

Así fue como logró codearse con otros líderes del mundo. Y no solo de América Latina.
Con el expresidente de Estados Unidos Barack Obama tuvo una buena relación y, de hecho, intercedió entre el Gobierno estadounidense y el cubano –pues también tenía contacto con Raúl Castro– por unos presos en Guantánamo en 2014. Con Angela Merkel también tuvo encuentros. Y de ella dijo luego, que era una “doña muy inteligente, muy alemana”.

Mujica no traga entero y prueba de ello es un aparte de su entrevista con Jordi Evolé donde, ante el comentario de que Europa veía a la Venezuela de Chávez con sospecha (esto en 2014, antes de que se desatara la gran crisis), respondió que nosotros, desde América Latina, también vemos a Europa con sospecha. “Es un mundo lleno de sospechosos, qué le vamos a hacer. Europa tiene la pasión de haber sido y ya no ser. (...) Pero me ha horrorizado ver en su política una especie de tufo neocolonialista”.

Sin embargo, en el libro biográfico sobre Mujica Una oveja negra al poder, de Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz, se reveló la gran crítica del expresidente uruguayo a Hugo Chávez: “Le advertí desde el principio, cuando asumió la presidencia de Venezuela, que no iba a construir el socialismo. Y no construyó un carajo”.

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Un hombre de visión global

Si todos aspiráramos a la vida que un estadounidense promedio, se precisarían tres planetas

Ya en un plano más general y universal, Mujica siempre insistió en la necesidad de lograr pactos globales, en los que la solidaridad primara sobre el individuo. “No hay crisis ecológica, hay crisis política. Hemos llegado a una etapa de la civilización en la que necesitamos acuerdos planetarios. Y miramos para otro lado”, decía en la película Human, en una idea que se puede complementar con lo que le decía al periodista Evolé: “Los pobres de África no son de África, son de nuestra humanidad. El problema de la inmigración clandestina en Europa se arregla curando la pobreza de África, no construyendo muros”.

Tanto su discurso como su gobierno y su vida misma han dejado una huella poderosa en la opinión internacional, que recuerda su legado de cara a su retiro, hecho tras el cual Mauricio Rabuffetti, autor de José Mujica: La revolución tranquila (una de sus biografías más completas), dio su análisis para el pódcast en español de The Washington Post.

“Dentro de Uruguay, Mujica tiene adeptos y detractores, como cualquier político en cualquier parte del mundo. La diferencia es que a Mujica, internacionalmente, se lo conoce de forma bastante homogénea”, dice Rabuffetti. Y concluye: “Al pasar del tiempo terminará predominando el juicio positivo” sobre él y las cosas que dijo e hizo.

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Las reacciones a la noticia de su retiro indican que quizás Rabuffetti acierte al decir que la buena imagen de Mujica será la que quedará en la memoria colectiva de todos aquellos a quienes tocó con sus mensajes.

Pero lo mejor de su anuncio es que nos ha permitido repasar las reflexiones de este gran personaje de la política de la región: un hombre que nos invitó a ver más allá de los cortos egoísmos de nuestra individualidad, y a pensar un poco más de forma universal, con más sentido de humanidad.

MATEO ARIAS ORTIZ
Redacción Domingo
EL TIEMPO
En Twitter: @mateoariasoritz

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