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‘El populismo es la forma contemporánea de la guerra de religiones’
Loris Zanatta

Director del Máster en Relaciones Internacionales Europa-América Latina. 

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Fernando Massobrio. Cortesía La Nación

‘El populismo es la forma contemporánea de la guerra de religiones’

Director del Máster en Relaciones Internacionales Europa-América Latina. 

El historiador Zanatta se remonta a las raíces católicas del populismo latinoamericano en su libro.

“Si en la política hay un pueblo elegido, necesariamente la política se transforma en guerra de religión: el pueblo elegido contra sus corruptores, nosotros contra ellos, el bien contra el mal, amigo contra enemigo. El populismo es la forma en la cual Latinoamérica, en época de secularización, vive la guerra de religiones que Europa vivió cuando se fragmentó la cristiandad en el siglo XVI y XVII”, dice en perfecto castellano el historiador italiano Loris Zanatta, especialista en América Latina. 

Lo hace desde su ciudad, Bolonia, en donde vive y enseña, el lugar en donde ha pasado los distintos confinamientos, en una Italia que pasó de ser un país sacudido por la pandemia y desbordado en su sistema sanitario a haber levantado buena parte de las restricciones: dos de cada tres italianos hoy están en una ‘zona blanca’ y en un paulatino regreso a la ‘normalidad’.

La historia es conflicto, fragmentación, disgregación, cambio de paradigmas morales, conflictos sociales. La historia asusta porque es caducidad

Desde hace décadas, Zanatta se dedica a estudiar los fenómenos populistas en general y el peronismo en particular. Ahora acaba de publicar El populismo jesuita. Perón, Fidel, Chávez, Bergoglio, en el que se remonta a los tiempos de la Conquista. Allí recorre el peronismo, el castrismo, el chavismo y la figura de Bergoglio, y analiza la forma en la que los ‘populismos jesuitas’ se unen por el anticapitalismo y el antiliberalismo de la cristiandad hispánica que moldeó durante un siglo a América Latina. “Combatir la riqueza es más importante que eliminar la pobreza. La utopía cristiana de los populismos es un himno a la pobreza”, sostiene.

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Existen distintas definiciones de populismo, algunas más economicistas, otras más políticas. ¿Cuál es la suya?

Es la definición de un historiador y parte de la religión. Considero que los populismos son fenómenos basados en un imaginario religioso en los que hay una nostalgia de armonía y de unanimidad. ‘Existía una vez un pueblo puro, el jardín del edén, un pueblo mítico que vivía en armonía y que no es un pueblo cualquiera, sino que es el pueblo elegido. Y este pueblo se corrompió’. ¿Qué corrompe al pueblo? El ingreso a la historia. La historia es conflicto, fragmentación, disgregación, cambio de paradigmas morales, conflictos sociales. La historia asusta porque es caducidad. Y la idea de los populismos es rescatar este pasado mítico, devolverle su pureza al pueblo llevándolo a la tierra prometida. Es un mito fundacional proyectado hacia el pasado pero también hacia el futuro.

Es también una visión de tipo moral, de lucha del bien contra el mal.

Sí, porque entender la historia como el escenario de una guerra maniquea entre el bien y el mal tiene un fundamento religioso. Y una visión religiosa en la época de la soberanía popular se transforma en mesianismo político, en mesianismo secular. El redentor que baja a la Tierra para acompañar al pueblo elegido es necesariamente un líder de tipo político-espiritual que combate al enemigo, que es la élite corrupta que abandonó la pureza originaria porque se ha casado con el mal.

¿Estas características que definen a algunos populismos latinoamericanos también sirven para pensar a Trump, Bolsonaro y los populismos europeos?

Creo que este es el núcleo de todos los populismos. Yo no uso las palabras izquierda o derecha: no me parece relevante porque todos los populismos, el de Trump, el de Bolsonaro y los populismos de tipo étnico que tenemos en Europa están basados en esa idea del pueblo mítico. En estos casos el pueblo mítico no es necesariamente el pobre, como lo es en el populismo latinoamericano. El pueblo mítico puede ser, por ejemplo, el blanco protestante de los orígenes de Trump. 

Combatir la riqueza es más importante que eliminar la pobreza. La utopía cristiana de los populismos es un himno a la pobreza

En el caso del populismo latinoamericano de tipo jesuítico uno puede decir que fue corrompido por el capitalismo o el liberalismo. Los populismos latinoamericanos son fenómenos neohispánicos, pero no porque amen a España, simplemente porque éste es el tipo de materiales históricos de su pasado, su paraíso terrenal era ese y buscan reconstruirlo inconscientemente. El caso de Cuba es el más realizado y, no casualmente, también es el país más hispánico de Latinoamérica: es el primero en ser descubierto y el último en ser descolonizado. No es casual para nada.

(Puede leer: El calvario de las familias de detenidos tras las protestas en Cuba).

¿Cuál es la tierra prometida o el paraíso perdido en el caso de Brasil?

El populismo de Bolsonaro no es un populismo católico, es un populismo evangélico. No desconoce el protestantismo ni el individualismo, tampoco desconoce el liberalismo como sistema de gobierno. En ese sentido, podemos decir que Bolsonaro se parece mucho a Trump

Jair Bolsonaro, presidente de Brasil.

Foto:

AFP

Y Bolsonaro es un hombre autoritario pero no crea un régimen populista, no puede crearlo. No es el sermón de la montaña leído por los católicos: es evangélico, es la parábola de los talentos, la meritocracia, el individuo, el éxito en la vida. Es, efectivamente, un populismo protestante y se parece mucho más a los populismos del norte de Europa o al de Trump. Y su pueblo es un pueblo de tipo evangélico en lo ético-moral, pero no en lo social. Podríamos decir que si en el resto de Latinoamérica, hasta ahora, prevaleció el populismo jesuita, en Brasil están dadas las condiciones históricas para la afirmación de un populismo de tipo evangélico.

¿Por qué cree que regímenes populistas que han fallado en sus promesas son tan resilientes?

Sobreviven por su raíz religiosa, precisamente. No son fenómenos simplemente políticos, son fenómenos de identificación basados en una pertenencia casi de tipo antropológico. Uno no cambia de equipo de fútbol, tampoco de fe religiosa. ¿Por qué? Porque es una pertenencia. Y esa es la principal traba al desarrollo de un sistema político de tipo laico y secular en América Latina. El peronista no es peronista porque el peronismo ha funcionado bien, es peronista porque el peronismo es la religión de la patria, no existe otra. No es un partido más entre partidos, es la nación. Es un fenómeno de tipo político-espiritual y no está estrictamente vinculado con el éxito o fracaso de sus resultados.

¿Algunas de las críticas que le hacen desde el peronismo le han servido a la hora de revisar su mirada sobre esto?

El punto de desencuentro termina siendo siempre el mismo: que el peronismo es un fenómeno popular y, por lo tanto, es en sí mismo un fenómeno positivo, democrático, incluyente, virtuoso. Pero esto es parte del problema, desde mi punto de vista. Yo no uso la palabra populismo en sentido despectivo ni para deslegitimar, pero es un ‘-ismo’ porque efectivamente se basa en una mitificación romántica del pueblo

La nación no tiene religión, y menos una que coincide con un partido, o sea, una religión secular

El concepto de popular es una cosa y el concepto de populismo es otra. Todos los populismos son populares, pero transforman el pueblo, su pueblo, en el único pueblo legítimo. Y si en la política hay un pueblo elegido, necesariamente la política se transforma en guerra de religión: el pueblo elegido contra sus corruptores, el bien contra el mal, amigo contra enemigo. El populismo es la forma en la cual Latinoamérica, en época de secularización, vive en la etapa contemporánea la guerra de religiones que Europa vivió cuando se fragmentó la cristiandad en el siglo XVI y XVII. El populismo es la forma contemporánea de la guerra de religiones.

(Le recomendamos: Ortega afianza su poderío autoritario tras su ola de represión).

Todo esto que describe se lleva mal con los límites y contrapesos de una democracia representativa.

Así es, porque en términos generales en una democracia representativa el pueblo, que es el titular de la soberanía, no es un pueblo basado en criterios morales. El único fundamento son las instituciones, es decir, el pacto político representado por la Constitución, y no existe un pueblo y un antipueblo. La nación no tiene religión, y menos una que coincide con un partido, o sea, una religión secular. Entonces, en una democracia representativa todos los actores se reconocen recíprocamente legitimidad. Pueden odiarse, y muchas veces se odian, pero al aceptar que el vínculo entre ellos es el pacto político, se reconocen mutuamente.

Uno de los debates recurrentes en Argentina es la necesidad de una separación de la Iglesia y el Estado. ¿Lo ve posible, viable, necesario?

Desde un punto de vista legislativo, Argentina está avanzando y ya adoptó muchas leyes seculares (…) Pero más allá de esto, creo que para la política argentina lo más relevante y lo más urgente es su secularización. No es tanto un problema de la Iglesia. 

Alberto Fernández asumió el poder el 10 de diciembre de 2019, con Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta en un gobierno de coalición.

Foto:

Alejandro Pagni. AFP

La Iglesia en sí misma tendría un poder relativamente limitado si no fuera por el mito de la Nación católica, o sea, la idea del fundamento identitario de la Nación que es su catolicidad, encarnado en el peronismo, pero que ha logrado volverse un sentido común tan difundido que la dialéctica política pasa por la conquista del consenso de la Iglesia. No hay partido o líder político que no busque el consenso y la certificación de la Iglesia. En los últimos años, los partidos de oposición abrevaban a las homilías de Bergoglio en contra de Kirchner. Después los kirchneristas han usado a Bergoglio en contra de Macri. Cuando hay un conflicto social, todos buscan la mediación de la Iglesia. Cuando hay una homilía el 25 de Mayo por la fecha patria en la Catedral, todos los diarios titulan como si fuera la noticia más importante del mundo, porque la usan en el debate político.

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¿Y usted allí ve un problema?

Sí, porque la política debe secularizarse, debe pensarse y estar basada en cómo solucionamos problemas concretos, no en cuánto somos fieles o infieles al fundamento identitario de la Nación. Y claro que la Iglesia aprovecha esta situación de que todos van a golpear a la puerta de la Iglesia para mediar

Pensar en combatir la pobreza atacando la propiedad privada es como intentar apagar un fuego con gasolina

La política democrática no se basa en la reconciliación, se trata simplemente de reconocer las diferencias y de solucionarlas a través de instrumentos democráticos. Si lo pensamos, esta obsesión por la unidad y por la reconciliación que lleva a todos a buscar la mediación de la Iglesia es exactamente esa nostalgia de unidad y de armonía a la que yo hacía referencia. Vivir en democracia significa reconocer que las diferencias a veces no se pueden solucionar, porque la vida es así. Lo importante es que las diferencias no lleven al intento de destruir al adversario, para eso existen las instituciones.

Usted se ha ocupado largamente de la figura de Bergoglio, quien dijo recientemente que “la propiedad privada es un derecho secundario”. ¿Qué lectura hace de esta declaración?

No es la primera declaración en este sentido. La escuché mil veces, y además todo está en la doctrina social de la Iglesia, en la Rerum Novarum y en la Centesimus Annus. Pensar en combatir la pobreza atacando la propiedad privada es como intentar apagar un fuego con gasolina. Lo entendieron incluso los regímenes comunistas, donde millones de personas salieron de la miseria y tomaron el camino opuesto al de Argentina, tachonado de controles y nacionalizaciones, coacciones y expropiaciones. Pero al Papa le importa más luchar contra la riqueza que erradicar la pobreza porque los pobres son el arquetipo de la pureza que la prosperidad contamina. Por otro lado, sus palabras no tendrían el impacto que tienen en la Argentina si no fuera por el peso que les dan medios y políticos, intelectuales, sindicalistas y movimientos sociales. En esto radica precisamente la hegemonía de la ‘nación católica’. Y también, el lastre que pesa sobre el desarrollo de un país donde la política y la economía todavía no se emanciparon de la teología.

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ASTRID PIKIELNY
PARA LA NACIÓN (ARGENTINA) - GDA

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