‘Fueron horas de disparos’: cura que salvó a estudiantes en Nicaragua

‘Fueron horas de disparos’: cura que salvó a estudiantes en Nicaragua

Erick Alvarado, vicario de una parroquia de Managua, habló sobre los ataques de Ortega a su templo.

Nicaragua

En la foto, miembros de las fuerzas combinadas de Daniel Ortega que patrullan las calles de Jinotega, en Nicaragua.

Foto:

Marvin Recinos / AFP

Por: María del Mar Quintana Cataño
28 de julio 2018 , 09:00 p.m.

Erick Alvarado Murillo es lo que llamarían un servidor con vocación tardía. Esto porque apenas a los 26 años decidió entrar al seminario y hacerse sacerdote. Incluso estudió ingeniería de sistemas y es el tercero de cuatro hermanos que, por unos momentos, pensó jamás volver a ver.

Erick y el párroco Raúl Zamora fueron los curas que el pasado 13 de julio abrieron las puertas de su iglesia, la Divina Misericordia –en Managua–, a 150 estudiantes, de 200, que salieron huyendo de las fuerzas del gobierno de Daniel Ortega, desde la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (Unán), donde estaban atrincherados desde hacía dos meses.

Este episodio ha sido uno de los que ha dejado más en claro la brutal represión que ha ejercido el gobierno de Ortega contra los estudiantes, en esta crisis que esta semana superó los 100 días y ha dejado más de 300 muertos, según quien los cuente.

De hecho, la iglesia nica ha intentado mediar en el conflicto impulsando un diálogo entre las partes, pero ahora Ortega los tacha de “golpistas”.

Varios de esos jóvenes fueron incluso trasladados por los mismos religiosos, que decidieron arriesgar sus vidas para auxiliarlos y darles refugio en el recinto sagrado que por ese entonces parecía el lugar más seguro para los recién huidos. Así narró el padre Erick a EL TIEMPO lo sucedido ese día.

¿Por qué las fuerzas de Ortega atacaron su iglesia?

Lo que pasa es que la universidad donde estaban los muchachos protestando queda a solo dos cuadras de la parroquia. Durante dos meses vimos cómo la gente ayudaba a los jóvenes con víveres, mientras que Ortega aseguraba que estaban robándolos, lo cual era falso.

Durante dos meses vimos cómo la gente ayudaba a los jóvenes con víveres, mientras que Ortega aseguraba que estaban robándolos, lo cual era falso

Nosotros también les dábamos cierta asistencia. El padre Raúl incluso confesó a algunos jóvenes, y hasta tuvimos varios encuentros con ellos en los que tratamos de convencerlos de salir de la universidad por el peligro que corrían. Esfuerzo que finalmente terminó en esa noche de terror.

El 13 de julio empezaron a llegar en masa, huyendo y confiando en que, una vez que ya habían abandonado el recinto universitario y se encontraran dentro de la iglesia, no iban a seguir atacándolos, pero resultó ser todo lo contrario.

¿Cómo se desarrolló el ataque?

Fue indiscriminado. Fueron casi 15 horas de disparos. Todos teníamos miedo. Me abrumó ver a tantos jóvenes, porque eran como 150 entre la iglesia y la casa cural, donde yo estaba, todos tirados en el piso atrapados por las balas.

Recuerdo que los jóvenes estaban buscando qué comer en el refrigerador, y con lo que había para dos sacerdotes comieron 100; ahí se dio el milagro de la multiplicación. Así como Jesús con sus panes.

Recuerdo que los jóvenes estaban buscando qué comer en el refrigerador, y con lo que había para dos sacerdotes comieron 100; ahí se dio el milagro de la multiplicación

Después, como a las 2 de la mañana, cortaron la luz y quedamos en total oscuridad, con calor y aterrorizados. Los jóvenes empezaron a llamar a sus padres a despedirse, pensando que iban a morir. Nosotros tratábamos de darles esperanza y de mantenerlos confiando en que con la gracia del Señor podríamos sobrevivir. Pero llegó un momento en el que pensé que esa iba a ser mi última noche y oré contemplando el Cristo crucificado. Entonces entregué mi vida a la última voluntad de Dios.

¿Qué hizo en ese momento?

También llamé a mi familia, a mi hermana, no tuve el valor de llamar a mi madre. Le dije que no sabía cómo iba a terminar esto, que posiblemente podía ser la última noche de mi vida. Después lo que hice fue dar gracias a Dios por la vida que me regaló, por haberme llamado al sacerdocio y por permitirme estar sirviendo hasta el final, porque como sacerdotes nosotros estamos llamados a dar la vida. En ese momento sentí que estaba viviendo literalmente el evangelio.

¿Cuándo se dieron cuenta de que ya estaban a salvo?

Eso fue más o menos a las seis de la mañana, ya con las negociaciones que hicieron el cardenal Leopoldo Brenes y el sacerdote polaco Stanislaw Sommertag (nuncio apostólico). Nos llamaron y nos avisaron que estaba en camino el cardenal en un bus para sacar a los jóvenes. Fue una alegría inmensa ver que todos se iban. Nosotros nos quedamos en la casa cural, pero todos los muchachos nos abrazaron antes de irse y nos dieron las gracias llorando. Sin embargo, ese día también se perdieron vidas. Uno de los estudiantes, Yerlad Vázquez, que llegó herido con disparos en la cabeza, murió en la mesa del comedor de la casa cural.

¿Cómo reaccionó la comunidad luego de lo sucedido?

Al día siguiente de los hechos cerramos la iglesia y llamamos a la feligresía a acompañarnos en la catedral. Llegaron cientos de personas y, luego, todos nos acompañaron a la parroquia para una jornada de limpieza y purificación. Me conmovió ver a todas las personas, desde las más humildes y de escasos recursos hasta las más pudientes, con un lampazo (trapero), una escoba o cargando baldes con agua para limpiar el templo. La casa cural había quedado toda ensangrentada.

Yo voy a cumplir tres años de sacerdocio en octubre, pero con todo esto que he vivido siento que es como si llevara diez. Esta experiencia lo marca a uno, ya no soy el mismo. Es como volver a nacer.

¿Cómo sigue su vida después de los hechos?

Lo primero para nosotros es la oración. Por ejemplo, hoy (viernes) es un día dedicado al ayuno y la oración por Nicaragua. Todos los viernes, desde el 15 de julio hasta el 15 de agosto, se está haciendo. Nicaragua necesita conversión en el corazón, tanto los que andan haciendo el mal como los que se han visto afectados.

¿Ortega y su esposa, Rosario Murillo, tienen perdón de Dios?

Para Dios no hay nada imposible, y nosotros también oramos por ellos. De hecho, hoy la misa la ofrecí por ellos. Tal vez no para que lleguen a ser santos, pero sí para que se arrepientan del mal que han hecho y podamos recuperar la auténtica paz en el país.

¿Ven un futuro positivo para Nicaragua?

La Iglesia está preocupada porque han sido más de 300 muertos y por más de que se ha tratado de trabajar en diálogo, el Gobierno no ha dado señales de disposición. Al final se comprometen con algo y luego continúan los ataques.

La iglesia no pide renuncias ni adelantar elecciones, solo le dice al Gobierno: vamos a dialogar, y le presenta las propuestas que está haciendo el pueblo. Nosotros somos la voz de la gente.

¿Qué tanto ha cambiado Nicaragua en estos meses?

Ya la gente, después de las seis de la tarde, busca encerrarse en sus casas porque los paramilitares andan por ahí disparando indiscriminadamente. Hace un par de días, una joven estudiante de la Universidad Americana (UAM), de nacionalidad brasileña, murió asesinada solo por salir de su casa (véase recuadro). Solo tenía que pasar tres calles y le dispararon. No sé si es para mantener a la gente aterrorizada y que nadie proteste. Lo cierto es que las cosas no están normales por más de que el presidente lo diga, estamos lejos.

El cardenal Brenes denunció hace poco una persecución a la Iglesia católica en Nicaragua...

Sí, eso lo ha expresado también el padre Raúl Zamora, que está participando en un evento que hubo en Estados Unidos y lo dijo claramente porque el Gobierno, a través del discurso que el señor presidente dio en el aniversario de la revolución, pues prácticamente lo que hizo fue alentar a sus seguidores a arremeter contra la Iglesia. Tildó a los obispos de golpistas, de sacerdotes que promueven violencia, acusó a las iglesias de guardar armas, y eso es totalmente falso. La única arma que tenemos, y lo ha dicho el cardenal Brenes, es empuñar fuerte nuestro crucifijo.

MARÍA DEL MAR QUINTANA CATAÑO 
Redacción Internacional
EL TIEMPO

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