El problema de la economía argentina

El problema de la economía argentina

Se cumple un año de crisis en Argentina, tiempo en el que han aumentado la pobreza y el desempleo.

Economía argentina

En los últimos meses, los argentinos han marchado buscando que el Gobierno de su país tenga otras políticas económicas.

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Ronaldo Schemidt / AFP

Por: Martín Guzmán - Project Syndicate
21 de abril 2019 , 11:00 p.m.

En 2018, Argentina experimentó una crisis monetaria y una estanflación. La inflación anual alcanzó el 47,6 %, el PIB cayó un 2,5 % y aumentaron el desempleo y la pobreza.

Estos indicadores reflejan problemas crónicos. La economía argentina ha reducido su tamaño en cuatro de los últimos siete años. Y durante más de una década las deficiencias estructurales han creado fuertes restricciones en el crecimiento de la demanda real y han impedido que la economía crezca de manera sostenible.

Cuando el gobierno actual, dirigido por el presidente Mauricio Macri, asumió el cargo en diciembre de 2015, dijo que sus políticas económicas atraerían inversiones extranjeras directas y conducirían a un aumento sostenido de la productividad. La crisis monetaria que estalló en abril de 2018 remarcó el fracaso de su enfoque de política.

Como respuesta, el Gobierno recurrió al Fondo Monetario Internacional, obtuvo un préstamo de 57.000 millones de dólares, el más grande en la historia del FMI, y acordó un nuevo enfoque para abordar los desequilibrios macroeconómicos del país. Pero los términos del acuerdo de préstamo han seguido cambiando a medida que los inversores seguían nerviosos.

Cuando el FMI aprobó el nuevo acuerdo con Argentina en junio pasado, el Gobierno dijo que en lugar de gastar los fondos los usaría para aumentar su liquidez y restaurar la confianza del mercado. Pero cuando el peso cayó aún más, el Gobierno y el FMI acordaron que Argentina podría utilizar el préstamo para cumplir con los pagos de su deuda y evitar un incumplimiento en 2019, un año de elecciones presidenciales.

Y sin embargo las dudas persistieron. El mes pasado, en medio de temores de otra corrida del peso, el Fondo autorizó al banco central a vender hasta 9.600 millones de dólares de sus reservas de divisas para ayudar a respaldar el tipo de cambio.

La situación sigue siendo delicada, sobre todo porque gran parte de la deuda pública de Argentina está denominada en monedas extranjeras. El FMI dice que la deuda del país “sigue siendo sostenible, pero no con una alta probabilidad”, aunque la prueba real de la sostenibilidad de la deuda de Argentina comenzará en 2020.

Con las elecciones a seis meses de distancia, hay otras preocupaciones más inmediatas. Por un lado, el plan macroeconómico respaldado por el FMI de políticas fiscales y monetarias contractivas ayudará a alargar la recesión actual. Además, el enfoque de política monetaria parece estar repitiendo algunos de los errores fundamentales cometidos antes de la crisis monetaria.

Mientras que la administración de Macri planeaba reducir gradualmente el déficit fiscal, el banco central adoptó un enfoque mucho más agresivo para frenar la inflación. Al hacerlo, se basó en dos asunciones: que las políticas del Gobierno pondrían a la economía en un camino de crecimiento sostenible, y que las tasas de interés más altas serían efectivas para estabilizar los precios.

Ambas suposiciones demostraron ser desastrosamente erróneas. La inversión en la economía real en gran parte no se materializó. Además, las altas tasas de interés atrajeron el capital de la cartera especulativa a corto plazo, lo que hace que Argentina y el peso sean cada vez más vulnerables a un cambio de sentimiento repentino en el mercado.

Las autoridades deberían haber aprendido al menos dos lecciones de esto. La primera, combatir la inflación crónica requiere esfuerzos políticos sostenidos y coordinados en lugar de un mero endurecimiento de la política monetaria. Y la segunda, la inflación en Argentina continuará en el corto plazo sin importar qué tan estricta sea la política monetaria. Sin embargo, las autoridades están persistiendo con las mismas políticas.

La devaluación del peso y el consiguiente aumento de la inflación han intensificado el conflicto distributivo de Argentina, y los trabajadores demandan aumentos salariales que compensen la pérdida de poder adquisitivo durante el año anterior. En este contexto, los anuncios de política monetaria no reducirán las expectativas inflacionarias, especialmente porque la administración de Macri no cumplió sus objetivos de inflación en los últimos tres años –en 15, 7,8 y 32,6 puntos porcentuales respectivamente. Como era de esperar, la inflación ha vuelto a subir en los últimos meses, a pesar del agresivo ajuste monetario.

Además, los mercados financieros no permitirán que el tipo de cambio real del peso se aprecie significativamente en el corto plazo. Esto significa que el tipo de cambio nominal estará bajo presión a la baja, lo que a su vez alimentará una mayor inflación. Romper este círculo vicioso no será fácil, porque requiere que los políticos resuelvan el conflicto distributivo en una economía lenta.

Mientras tanto, el banco central sigue dependiendo de las altas tasas de interés para respaldar el peso. Si bien el banco tuvo que actuar agresivamente para contener la crisis monetaria, ha persistido durante demasiado tiempo con una política costosa de altas tasas de interés que ahora no solo prolonga y profundiza la recesión, sino que también, al atraer el llamado dinero caliente, aumenta inestabilidad en el tipo de cambio. Y mientras que las intervenciones en el tipo de cambio pueden estar justificadas en circunstancias extremas, la venta de reservas en moneda extranjera prestada para apuntalar el peso hará que la economía sea aún más frágil.

En 2020, la situación de la deuda pasará al centro del escenario. El próximo gobierno intentará recuperar el acceso a los mercados internacionales de crédito con el país ya muy endeudado. Si la economía no muestra signos de un despegue rápido para entonces, habrá un problema de deuda. En ese escenario, un mayor costo de traspaso de deuda sería letal para la economía, ya que las autoridades tendrían que asignar una mayor proporción de los estancados ingresos del país en moneda extranjera para pagar la deuda.

El nuevo gobierno enfrentaría dos opciones desagradables: una camisa de fuerza con mayores pagos de deuda, más austeridad y más recesión, o una reestructuración dolorosa de la deuda con un resultado incierto.

Una cosa está clara: para poder evitar otra crisis de deuda, Argentina necesitará un crecimiento económico sostenido. Aunque no hay recetas mágicas para poner a la economía en un camino más estable, cambiar las políticas macroeconómicas actuales al menos le daría una oportunidad al país.

MARTÍN GUZMÁN*
Project Syndicate

* Martín Guzmán, investigador asociado de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia y profesor asociado de la Universidad de Buenos Aires. Es copresidente del Grupo de trabajo de la Iniciativa de Columbia para el Diálogo de Políticas sobre Reestructuración de Deudas y Bancarrota Soberana y miembro principal del Centro para la Innovación en Gobernanza Internacional (CIGI).

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