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El caos interno en Haití que desembocó en el homicidio de Moïse
Jovenel Moise

El presidente de Haití, Jovenel Moise, fue asesinado este miércoles.

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EFE / JEAN MARC HERVE ABELARD

internacional

El caos interno en Haití que desembocó en el homicidio de Moïse

El presidente de Haití, Jovenel Moise, fue asesinado este miércoles.

En ese país la corrupción y la mafia de las bandas criminales están a la orden del día. Análisis.

El último asesinato de un presidente haitiano tuvo lugar en 1915, cuando, en medio de una revuelta popular, una turba de gente se lanzó contra el palacio de gobierno y mató a Vilbrun Guillaume Sam. Entonces, EE. UU. ocupó la nación caribeña durante 19 años.

De ahí en adelante, la inestabilidad se asentó en el país, que ha tenido más de 20 gobiernos en los últimos 35 años desde que la dinastía de los Duvalier fue derrocada en 1986. “Hemos tenidos dictaduras, golpes de Estado, presidentes depuestos... pero esto es algo totalmente nuevo en la política haitiana”, reflexionaba esta semana el académico haitiano Robert Fatton a propósito del asesinato del presidente Jovenel Moïse por un comando en su residencia la madrugada del miércoles.

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Haití, el país más pobre de América, sigue sumido en una crisis política, socioeconómica y de seguridad con zonas de la capital, Puerto Príncipe, controladas por pandillas cuatro años después del final de la misión de Naciones Unidas por la estabilidad, y luego de que el país recibió miles de millones de dólares para su reconstrucción tras el devastador terremoto de 2010.

Una mala gestión gubernamental, la incesante corrupción, la consolidación de regímenes débiles, la influencia de organizaciones del crimen transnacional, el tráfico de drogas y personas, y desastres naturales son los principales factores que generaron un caldo de cultivo que desencadenó en la muerte de Moïse”, le dice a EL TIEMPO Rafael Piñeros, analista internacional y académico de la Universidad Externado.

La crisis que antecede este asesinato se explica principalmente por la falta de legitimidad que ensombreció al gobierno de Moïse, de 53 años, después de las elecciones de 2015.

La transición política es, sin duda, el asunto más urgente por resolver, lo que será complicado es que el nuevo liderazgo sea avalado por la oposición

A Moïse se lo acusó de fraude para ganarle a Jude Celestin, candidato progresista de la oposición, y fue tal la falta de reconocimiento de su victoria que las elecciones se tuvieron que repetir al año siguiente, cuando se impuso de nuevo, con solo el 18 por ciento de la población apta para votar”, le explica a este diario el analista internacional y docente de la Universidad del Rosario Mauricio Jaramillo Jassir.

Haití entró en un debate sobre a partir de qué momento se debía contar el mandato de Moïse, si desde la primera elección o desde febrero de 2017, cuando juramentó después del gobierno transitorio. Moïse defendió lo segundo rehusándose a convocar elecciones en 2019 y prometiendo entregar el poder tras las elecciones que tendrían lugar este septiembre.

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Ese bache generó una crisis muy grande porque los cuatro años que estuvo Moïse en el poder fueron en medio de una puesta en entredicho de su legitimidad. Eso sumado a su anuncio de promover una reforma de la Constitución”, puntualiza Jaramillo.

Policías custodian a un grupo de sospechosos de haber participado en el asesinato del presidente haitiano, Jovenel Moise, en Puerto Príncipe.

Foto:

EFE

Moïse, que cursó estudios de ciencias de la educación y antes de lanzarse a la política forjó una carrera como empresario en sectores agricultores y energéticos, planteaba, entre otras propuestas, permitir la reelección presidencial por dos mandatos consecutivos, lo cual está prohibido desde el fin de la dictadura de los Duvalier.

Como muchos presidentes en América Latina, Moïse era visto por un grupo de la población como reformista, pero por otra buena parte como un aliado de los corruptos y de las clases dirigentes. Y su reforma de la Constitución tenía profundas críticas de ambos lados”, comenta Piñeros.

Para mantenerse en el poder, el presidente clausuró el Parlamento, disolvió algunas cortes y se apoyó en la mafia de las pandillas para controlar a la población. Así que su invitación a reformar la Constitución fue la gota que derramó el vaso en un país fuera de control donde cultivó incontables enemigos. El Parlamento está prácticamente inoperativo desde enero de 2020 debido al aplazamiento de las elecciones de 2019; las graves protestas que hubo ese año impidieron convocar los comicios. Hoy solo ejercen funciones un tercio de los miembros del órgano Legislativo.

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“A nivel interno estaban en su contra la oposición, debilitada desde la derrota en las elecciones y, más recientemente, por el cierre del Parlamento; los partidos políticos tradicionales, los grandes conglomerados económicos herederos del poder y las bandas en las que él mismo se apoyó para mantener el control y que, una vez intentó retomar las riendas, se le fueron en contra”, afirma Jaramillo.

No obstante, entre todo este ramillete de enemigos, los expertos consideran que la salida de asesinarlo no parecería lógica ni para los líderes políticos ni para los gremios económicos que, anteriormente, encontraron en los golpes de Estado una solución eficaz.

El primer ministro interino de Haití, Claude Joseph, uno de los políticos que se disputa el poder en el país.

Foto:

Orlando Barría. Efe

Difícil panorama

La muerte de Moïse desestabiliza aún más el país, empezando por su gobernanza. Mientras dos hombres se disputan el poder, puesto que una de las últimas decisiones de Moïse, el lunes, fue designar a Ariel Henry como nuevo primer ministro, pero sin poder asumir el cargo antes del asesinato, fue el primer ministro en funciones, Claude Joseph, quien impuso el estado de sitio y reforzó las potestades del Poder Ejecutivo.
Y el Senado haitiano designó el viernes como presidente provisional a Joseph Lambert, actual titular de la Cámara Alta, negando la autoridad de Joseph.

Lambert –cuya investidura prevista para ayer fue aplazada– asumiría la jefatura del Estado hasta el 7 de febrero de 2022, fecha en la que concluye el mandato de Moïse, y su primera labor será formar “un gobierno de entente nacional”.

La transición política es, sin duda, el asunto más urgente por resolver, lo que será complicado es que el nuevo liderazgo sea avalado por la oposición, que reivindica de manera legítima ser parte en esa transición, por lo que el gran reto es cómo vincularla para evitar que la violencia siga escalando”, dice el analista Jaramillo.

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Y es que ese llamado a la estabilidad, aunque urgente, es todo un reto no solo para Haití, sino para la región. “Haití requiere orden interno e institucional, desarrollo económico, de infraestructuras, acceso al agua potable, a electricidad, a viviendas dignas, al empleo, a una educación de calidad, es decir, lo necesita todo. Por sí solo no podrá salir hacia adelante y será un problema para los países vecinos y otros lugares de América Latina”, le dice Fatton a la AFP.

Los analistas coinciden en que llamar a nuevas elecciones sería “un gran error” y que lo mejor es presionar por un gobierno que incluya a la oposición y a la sociedad civil. “La comunidad internacional debe insistir en un llamado para un gobierno de unidad nacional”, afirmó Jaramillo, que ve en esta situación una oportunidad para repartir más equilibradamente el poder.

No obstante, Piñeros aclara que, “dados el alto nivel de corrupción y la incapacidad de las instituciones para canalizar los recursos y suplir las necesidades de la población”, las maniobras de la comunidad internacional son limitadas. “Lo cruento del problema es que la solución principal debe venir de Haití”, afirma. Lo cierto es que Haití, que exporta poco, rara vez ha formado parte del juego de las grandes potencias mundiales.

Según Fatton, sin embargo, Haití podría ser de vital interés para el presidente de EE. UU., Joe Biden, ya que una mayor implosión podría empujar a más haitianos a abandonar su país, avivando el debate estadounidense sobre inmigración. “Para decirlo crudamente, dudo que EE. UU. permita el caos y el desorden generalizado en su patio trasero”, dijo.

Justamente, Haití pidió a EE. UU. y la ONU el envío de tropas para proteger sus puertos, aeropuerto y otros sitios estratégicos. Petición que se debe tomar con pinzas, según Brian Concannon, director ejecutivo de Project Blueprint, que promueve los derechos humanos en la política exterior de EE. UU.

“La última vez que hubo un llamado a una intervención militar duró 13 años, se gastaron 7.000 millones de dólares, y cuando finalizó, Haití tenía más armas y menos democracia que unos meses antes de que llegaran las fuerzas de paz”, señaló Concannon.

STEPHANY ECHAVARRÍA NIÑO
SUBEDITORA DE INTERNACIONAL
EL TIEMPO

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