El laberinto en el cual vive Brasil

El laberinto en el cual vive Brasil

El gigante latinoamericano se encuentra entre una izquierda agotada y un neopopulismo en erosión.

Brasil

Los abusos y la corrupción de los gobiernos de izquierda favorecieron la llegada del proyecto populista de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil.

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EFE

Por: Juan Alfredo Pinto-Saavedra
03 de julio 2019 , 06:49 a.m.

El respaldo a la Selección Colombia, verdadero aglutinante social durante este período de nuestra historia, nos ha traído hasta la región nordestina de Bahía para acompañar una sobresaliente presentación del combinado nacional y poder tomar el pulso a la realidad política, económica y social de este hermano gigante, el cual, como todos los colosos, acusa problemas de motricidad y orientación en el corto plazo –pies de barro, macrocefalia burocrática, demagogia laboral, costoso aparato estatal, lumpenización, profundas brechas entre regiones, gran desigualdad– y para no desafiar el decadente perfil de muchas naciones y de América Latina en particular: corrupción y polarización.

La ventaja de los titanes, si así puede llamársele, es que sus problemas lucen pequeños en proporción al organismo ciclópeo y a su dotación de recursos y factores vitales para el mundo: el Amazonas, con la quinta parte del agua dulce de la Tierra, la selva y su condición de fiel de la balanza y de la sostenibilidad, mayor productor o exportador global de once productos agropecuarios, un mercado interno de 215 millones y una base industrial de gran escala, aunque no siempre competitiva pero, en todo caso, promisoria en el mediano plazo, y una población diversa que en su hora recibió corrientes migratorias, verdaderos vectores de una diversidad creativa y fecunda.

Estamos en Bahía concediendo plena razón a quienes afirman que no conocer este estado es renunciar al entendimiento de Brasil como totalidad. San Salvador de la Bahía de Todos los Santos, primera capital de Brasil, es epicentro de un estado cuya extensión representa más de la mitad de Colombia entera. La metrópoli frente a la gran bahía, la segunda del mundo, está poblada por algo más de cuatro millones de soteropolitanos, hermoso gentilicio, 70 % de afrodescendientes que disfrutan de una moderna infraestructura, una buena batería de bienes públicos y sufren el déficit habitacional que produce y multiplica las favelas, esa oprobiosa aglutinación de desposeídos, ocupantes ilegales y urbanizadores piratas. Es sin duda un bello escenario natural donde se ha levantado una ciudad caracterizada por un denominador: el contraste.

Bahía es la cuna de extraordinarias personalidades como Jorge Amado y Castro Alves, Astrud Gilberto y Gilberto Gil, Dida y Bebeto. Es también gran centro petroquímico, agrícola, turístico, automotor y de agronegocios.

La historia de Brasil es extensa y compleja, es diferente de la del resto de América, si bien discurre durante algunos ciclos en dimensiones paralelas. No es sano pretender explicar Brasil a través de comprimidos o de resúmenes estereotipados. Conquista y colonia, esclavitud, implantación monárquica, independencia con mediación británica y una compleja gestación republicana hacen del recorrido, hasta avanzado el siglo XIX, un camino sinuoso que continuaría en el trasiego hacia esos estados de dimensión continental que han transformado apenas parcialmente la realidad de una nación muy rica, con una sociedad cargada de pobres, carente de cohesión y plena de candilejas encendidas por individuos de gran trascendencia, mas no por una evolución que supere las lacras del clasismo, el racismo y la discriminación en todos los órdenes.

En efecto, las aguas de colores diferentes que corren por el Amazonas a lo largo de leguas como sin mezclarse parecen reflejarse en un país donde la democracia oligárquica fracasó en tiempos modernos, pese a los testimonios de educadores como Freire o de contribuciones como las de Celso Furtado y Getulio Vargas, o del desarrollismo económico y el urbanismo de Oscar Niemeyer o Lucio Costa, que no fueron dique para la corrupta decrepitud de la política tradicional, como tampoco podían serlo la dictadura ni la llamada democracia racial. Todo ello abrió paso al ascenso de Lula, el líder obrero de los metalúrgicos y su PT. Y el mundo se ilusionó.

La historia de Brasil es extensa y compleja, es diferente de la del resto de América, si bien discurre durante algunos ciclos en dimensiones paralelas

La lucha por la vivienda, la Bolsa Familia contra el hambre, café, oro, azúcar, acero y la perspectiva industrial en escala coronada con la visibilidad para Brasil en las cumbres sociales daban razones para creer en ese país que tantas veces nos había prometido futuro. Y apostamos, arrobados entre el ingreso a los Brics, las grandes sedes de torneos mundiales y las melodías eternas de Vinicius y Caetano.

Pero no fue así. Llegaron la incuria, los abusos, el resentimiento como instigador social, y el cáncer de la corrupción que se encargó de la pésima asignación de prioridades y produjo la metástasis continental de Odebrecht y la lumpenización de Latinoamérica. Entonces vino el ciclo de criminalización de la política, aviones derribados, asesinatos, intervención y ‘amafiamiento’ de la justicia.

Y en ese contexto aparece el neopopulismo de la otra extrema, uno de esos liderazgos redentoristas, lleno de ideas ambiente para la galería y con una puñaleta entre las carnes. Bolsonaro es elemental, pero tiene un bono cuyo crédito aún puede capitalizar o dilapidar. Obtuvo 57 millones de votos y cuenta con el respaldo amplio del sector empresarial y de una sociedad que le perdonará flaquezas a cambio de oportunidades y, sobre todo, de derrotar la inseguridad que tiene a la gente encerrada en su vivienda, y ante la cual la propia Bogotá con sus pandilleros de la 134 luce más tranquila. Ahí está Brasil en su laberinto, dudando de sí mismo, entre una izquierda agotada y un neopopulismo en erosión.

Fue don José Bergamín, ese amigo íntimo de Unamuno que pasó buena parte de su vida tratando de conciliar catolicismo y comunismo, “con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más” diría, quien intentó ir un poco más lejos reflexionando sobre el laberinto: “El que solo busca la salida, no entiende el laberinto, y aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido”.

¿Qué ha de tener claro Colombia en su política exterior? Lo dicho, es imposible cambiar el rumbo de Latinoamérica sin una gran alianza con Brasil, es imposible dar el salto internacional de la magnitud que necesitamos sin una fuerte política bilateral con Brasil, robusta, innovadora, potente, orientada a grandes logros.

JUAN ALFREDO PINTO-SAAVEDRA
PARA EL TIEMPO
Twitter: @juanalfredopin1
www.juanalfredopinto.com

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