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¿Un giro inevitable? / Análisis de Ricardo Ávila
Elecciones en Chile

La abstención en los comicios chilenos fue de 56,6 %. Solo 43,35 % participó en la consulta.

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Martin Bernetti. AFP

¿Un giro inevitable? / Análisis de Ricardo Ávila

Una mirada al impacto de la izquierda en A. Latina y la situación de la democracia en la región.

De tiempo en tiempo, los medios internacionales vuelven a desempolvar el término ‘ola roja’ para describir la tendencia política prevalente en América Latina. Dicha expresión está otra vez de moda a raíz del triunfo de Pedro Castillo en Perú y la impresión de que esta parte del mundo se encamina inexorablemente hacia la izquierda.

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No hay duda de que la reciente conformación de la Convención Constitucional en Chile –dominada por independientes ajenos a los partidos tradicionales– y el paro nacional en Colombia junto con el liderazgo de Gustavo Petro en las encuestas han cimentado la opinión de que el péndulo ideológico va en un solo sentido. Bajo ese punto de vista la región se teñirá, al menos, de rosado, una vez ocurran las diferentes elecciones programadas en los próximos 18 meses.

Las implicaciones de un eventual giro son motivo de inquietud, porque podrían traer un rompimiento de ciertas reglas de juego. Aspectos como el respeto a los derechos de los inversionistas privados, locales y extranjeros, o la posible imposición de barreras proteccionistas que limiten el flujo de bienes, encabezan las preocupaciones.
Otros especulan que en varios sitios el Estado se involucrará en actividades productivas de las que salió tras incontables descalabros, para no hablar de potenciales nacionalizaciones y expropiaciones que aparecen en las agendas de los más radicales. Temas que parecían vedados tras la apertura económica y las privatizaciones que comenzaron hace más de tres décadas son objeto de debate intenso.

De ahí que analistas como Moisés Naím vuelvan a levantar las alertas sobre lo que el escritor venezolano llama “necrofilia ideológica”, definida como el amor ciego por ideas muertas. “Encienda su televisión esta noche y le apuesto que verá a algún político apasionadamente enamorado de ideas que ya han sido probadas y han fracasado”, anota.

En respuesta, hay quienes hacen llamados a la calma. No es la primera vez desde el final de las dictaduras que la derecha parece entrar en retirada por estos lares, como sucedió cuando Hugo Chávez quiso exportar el proyecto de la revolución bolivariana.
Si bien lo sucedido en Venezuela demuestra que siempre será factible la llegada de alguien capaz de sacudir las estructuras institucionales hasta sus cimientos, en otras naciones los peores temores no se concretaron: Lula da Silva, en Brasil; Evo Morales, en Bolivia, o Rafael Correa, en Ecuador, llegaron incluso a recibir aplausos en lo económico y lo social cuando estuvieron en la presidencia de sus respectivos países.

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Los candidatos presidenciales de Perú Pedro Castillo (i), del partido Perú Libre, y Keiko Fujimori (d), del Fuerza Popular.

Foto:

Paolo Aguilar / EFE

Cambio de tercio

Por cuenta de tales antecedentes, resulta riesgoso emitir juicios contundentes sobre lo que traerá el futuro para Latinoamérica, sobre todo cuando la realidad muestra que la zona no se comporta de manera homogénea. A fin de cuentas, desde el sur del río Grande hasta la Patagonia existen regímenes de diferentes matices que hacen imposible meterlos a todos en la misma bolsa.

Hecha la advertencia, hay patrones que no se pueden desconocer. El sondeo que elabora Latinobarómetro en una veintena de naciones del área mostraba ya en 2018 una creciente insatisfacción con la democracia y una indiferencia cada vez mayor con el sistema de gobierno escogido.

El sentimiento de insatisfacción, que se expresó en masivas manifestaciones de protesta dos años atrás, aumentó en forma exponencial por cuenta de la pandemia. Como lo recuerda Brian Winter, editor de la revista Americas Quarterly, no hay ninguna otra región del planeta tan afectada por la presencia del covid-19.

Con apenas algo más del 8 por ciento de la población mundial, América Latina registra casi el 30 por ciento de los fallecimientos totales ocasionados por el virus; es decir, más de un millón. En ocasiones por desidia y en otras por incapacidad, la respuesta del sistema de salud ha resultado insuficiente para enfrentar la emergencia. Como si eso fuera poco y con escasas excepciones, los programas de vacunación avanzan a ritmo lento, con casos documentados de favoritismo.

Adicionalmente, el impacto de la crisis económica ocasionado por los confinamientos se sintió aquí con mayor dureza que en cualquier otra parte. En 2020, el producto interno bruto regional se contrajo en siete por ciento, más del doble del promedio mundial. Y este año, la recuperación será más tímida, con lo cual volver al nivel prepandemia solo sucedería hasta 2024.

Como consecuencia de ambos factores, el deterioro social es notorio. Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, recuerda que el año pasado “se contabilizaron 22 millones de personas adicionales en situación de pobreza”.

Un deterioro de tal magnitud en la calidad de vida de tantos trae implicaciones políticas. Frente a esos antecedentes “no debería ser ninguna sorpresa que los votantes se encuentren en su actitud más radical en al menos 30 años”, señala Winter.
Para el analista, “mientras en la década de los noventa del siglo pasado los ciudadanos cansados de años de estancamiento optaron por una ola de reformas que liberalizó las economías y las abrió al comercio, ahora pueden irse en la dirección contraria: molestos con una respuesta estatal insuficiente quieren que el Gobierno esté más presente en sus vidas”.

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No es la primera vez que algo así ocurre. El expresidente del BID, Luis Alberto Moreno, recuerda que después de la gripa española de hace un siglo y tras los trastornos que ocasionó la gran depresión, varias democracias en América Latina acabaron sucumbiendo ante la llegada de caudillos y regímenes militares.

“Aunque cada época es diferente y el desenlace será distinto esta vez, el mensaje es que una crisis tan profunda lleva a la opinión a castigar a quien tuvo que enfrentarla y favorece a quienes dicen no ser más de lo mismo”, subraya. Y agrega: “Para colmo de males se volvió costumbre desconocer los logros que se llegaron a conseguir durante este siglo, en el cual los indicadores sociales alcanzaron a mejorar mucho, así la pandemia haya significado un retroceso”.

La Constituyente en Chile quedó mayoritariamente dominada por candidatos independientes y de izquierda.

Foto:

Cristobal Olivares

Escenarios posibles

Pocos aceptan, además, que en la mayoría de las capitales las autoridades no se cruzaron de brazos. “Los países han desplegado planes de emergencia por el equivalente al 4,6 por ciento del PIB en promedio y transferencias sociales por 86.000 millones de dólares”, dice Bárcena. Añade que “sin estas medidas, en América Latina la pobreza se hubiera elevado aún más: en lugar de 209 millones de personas, habría alcanzado a 230 millones”.

Aun así, el desprestigio de los gobernantes en ejercicio es la norma. Las oscilaciones que se observan muestran que quien detenta el poder se desgasta, independientemente de su orientación política, y quizás la compleja coyuntura actual hace que el deterioro sea más profundo.

Andrés Manuel López Obrador, cuyos índices de popularidad muchos envidiarían, conservó la mayoría en el Legislativo mexicano tras las elecciones del domingo pasado. No obstante, su partido perdió tantos escaños que el margen que antes tenía para impulsar reformas profundas desapareció.

Por otro lado, es difícil afirmar que Perú se movió definitivamente a la izquierda, así Pedro Castillo haya sido elegido en representación de un partido que se define como de orientación marxista. Aparte de que la votación mostró un electorado dividido en dos mitades, el nuevo mandatario cuenta con un respaldo minoritario en el Congreso, dominado por colectividades de centro y derecha.

Debido a ello, el profesor de 51 años tendrá que moverse con pies de plomo si no quiere antagonizar a un bloque de oposición que bien podría removerlo del cargo, como sucedió en meses recientes con Martín Vizcarra. Ello explica los mensajes en pro de la moderación, orientados a tranquilizar a la opinión limeña que se inclinó mayoritariamente por Keiko Fujimori en los comicios del 6 de junio.

Pero más allá de lo que acabe sucediendo con un mandatario que todavía es un enigma, los especialistas identifican algunas características que probablemente sean válidas en otras latitudes. Estas tienen que ver no necesariamente con la inclinación política, sino con sus características personales: autenticidad, percepción de honestidad y capacidad de alejarse de la dirigencia tradicional que, a lo largo y ancho de la región, es descrita como corrupta e indiferente a las preocupaciones del ciudadano de a pie.

Suena contradictorio, pero esos rasgos también están presentes en Nayib Bukele, quien acaba de cumplir dos años como presidente de El Salvador con un índice de aceptación del 89 por ciento. Gracias a su efectivo uso de las redes sociales y al haberse apartado de las colectividades que habían regido los destinos del país centroamericano, el joven político puso contra las cuerdas a sus contradictores.

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Lamentablemente, el éxito lo llevó a desmontar en la práctica el sistema de pesos y contrapesos al dominar el Legislativo y cambiar la Corte Suprema, con lo cual seguramente podrá buscar la reelección –hoy prohibida constitucionalmente– y arrinconar más a sus críticos. Ello vuelve a poner de presente que el caudillismo es un riesgo vigente en América Latina, así en su versión ‘milenial’ resulte ser más sutil que la desfachatez de Nicolás Maduro en Caracas o Daniel Ortega en Managua. Este último va en busca de su quinto periodo sin que le tiemble la mano a la hora de encarcelar a sus eventuales rivales.

Lo anterior sugiere que la región puede estar distraída con la disyuntiva de siempre entre derecha e izquierda, cuando el problema es realmente otro: el debilitamiento de las instituciones democráticas debido a la pérdida de legitimidad frente a la opinión y a la llegada líderes que ignoran normas tácitas o escritas. Ese deterioro se deriva de la falta de representatividad de los partidos, de las prácticas corruptas y de la incompetencia estatal para responderle a la ciudadanía.

El peligro es que el remedio resulte peor que la enfermedad. De ahí que sea tan importante que el sistema sea capaz de reformarse para cerrarles la puerta al populismo o a los esquemas de captura del poder en beneficio de un segmento que logra avasallar a los demás, como ocurre en Argentina.

Dos experimentos, en particular, concentran la atención de los observadores. El primero es Chile, en donde el proceso constitucional se mezcla con una campaña presidencial que por ahora genera más apatía que entusiasmo. La gran incógnita es si las posturas más radicales acabarán dando paso a planteamientos más moderados que logren una mayor equidad sin ahuyentar la inversión privada.

También los ojos de los expertos están puestos en Colombia, inmersa en una agitación social que apunta a ser más permanente que esporádica, al menos hasta dentro de un año. Si bien hay quienes cantan desde ya una victoria de la izquierda en las presidenciales de 2022, las encuestas muestran que más del 40 por ciento de los electores todavía no tiene preferencia y que casi dos terceras partes se consideran de centro.

Para que una opción que no pertenezca a ningún extremo triunfe, no solo basta con mecanismos de eliminación de aspirantes para que en el tarjetón de la primera vuelta haya pocos nombres. También es clave que las propuestas reflejen la inconformidad de los colombianos con la realidad y las aspiraciones de los más jóvenes en materia de oportunidades.

Porque lo que está en juego va más allá la ola roja. De lo que se trata es de recuperar la capacidad de la democracia para demostrar que es la mejor opción tanto a la hora de tramitar diferencias como de llegar a puntos de encuentro. Sin esa condición necesaria y suficiente, llegar a la meta de una sociedad más justa e incluyente no solo será difícil, tanto en Colombia como en distintos rincones de América Latina, tal vez resulte imposible.

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