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Análisis: América Latina, una región de pronóstico reservado
Elecciones en Ecuador

Este 11 de abril habrá comicios presidenciales en Perú y Ecuador. En Quito, las autoridades realizaron ensayos técnicos de la votación.

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EFE/José Jácome

Análisis: América Latina, una región de pronóstico reservado

La temporada electoral viene acompañado de la percepción de riesgo político.

Para la mayoría de los latinoamericanos, el domingo que viene será un día como cualquier otro, pero en dos países vecinos de Colombia la jornada será todo menos rutinaria. Y es que tanto en Ecuador como en Perú, los ciudadanos respectivos irán a las urnas con el fin de votar en las elecciones presidenciales.

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En el primero de los casos, la escogencia en segunda vuelta será entre Andrés Arauz y Guillermo Lasso, que son los finalistas en unos comicios en los cuales la polarización vuelve a estar a la orden del día. El estrecho margen que muestran las encuestas lleva a pensar que el péndulo bien puede irse en favor del candidato que lleva las banderas de Rafael Correa o del exbanquero de derecha que asegura poseer la fórmula para sacar de la crisis a esta nación de casi 18 millones de habitantes.

Sea cual sea el próximo inquilino del Palacio de Carondelet en Quito, todo apunta a un futuro turbulento en medio de una gran agitación social y diferencias políticas irreconciliables. El motivo es que en lugar de dos fuerzas opuestas hay al menos tres, como quedó claro tras el masivo apoyo en las urnas que recibió en febrero el representante de las poblaciones indígenas, Yaku Pérez. Así este apoye a Lasso debido a que es un anticorreísta furibundo, nadie le apuesta a la duración de un matrimonio por conveniencia.

Para los peruanos, la perspectiva es igualmente compleja. Entre la docena y media de aspirantes a ceñirse la banda blanca y roja, ninguno se destaca por encarnar el fervor popular, al menos en esta ronda inicial. Lo que viene ahora es una eliminatoria con muchos jugadores que definirá los nombres de quienes se enfrentarán el próximo 6 de junio.

La cercanía en las preferencias entre aspirantes de diversas tendencias ideológicas es tal que cualquier resultado es factible, si bien los sondeos identifican al excongresista Yonhy Lescano como uno de los que serán escogidos, a pesar de contar con apenas el 12 por ciento de los respaldos. Tan escaso margen ocasiona inquietudes en una democracia que ha tenido cuatro presidentes en los últimos tres años y a la que le vendría bien algo de estabilidad institucional.

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De norte a sur

Pero ese no parece ser el desenlace previsible en una región cuyos riesgos vienen al alza. Los observadores no olvidan las tensiones que afloraron en 2019 cuando cientos de miles de latinoamericanos salieron a las calles a protestar por motivos diversos. Ahora la insatisfacción es todavía mayor, como consecuencia de las afectaciones causadas por la pandemia.

Para comenzar, el covid-19 ha golpeado a esta parte del mundo con singular dureza. A pesar de contar con el 8 por ciento de la población del planeta, los países del área han puesto más de una cuarta parte de los fallecidos a nivel global, sin que todavía se vea la luz al final del túnel.

A lo anterior se suma la peor contracción de la economía en más de 120 años, combinada con una reactivación mediocre. En 2020, la caída fue casi dos veces el promedio internacional y ahora la recuperación apunta a ser más lenta.

Como consecuencia, tanto la pobreza como la desigualdad –que ya estaban en un punto elevado– serán mayores. Ello crea un caldo de cultivo para el descontento que muy seguramente tendrá una expresión práctica cuando llegue el momento de ejercer el derecho al voto, desde el sur del río Grande hasta la Patagonia.

Y es que la compleja realidad coincide con un periodo intenso en materia de escogencia de autoridades. Aparte de los comicios presidenciales ya referidos, durante mayo vienen las elecciones de los integrantes de la convención constituyente y de los mandatarios regionales en Chile; las federales y locales de México en junio; las presidenciales de Haití en septiembre; las municipales de Paraguay y las legislativas en Argentina en octubre; las generales de Honduras y Nicaragua en noviembre, además de las de presidente, congresistas y consejeros regionales chilenos.

En 2022, la atención estará centrada en Colombia y Brasil, que también escogerán presidente y parlamentarios. Aunque cada circunstancia es distinta, desde ya los observadores están tratando de dilucidar patrones para caracterizar a la región.
Al respecto, la visión tradicional es definir si el péndulo se mueve de derecha a izquierda o viceversa. Sin embargo, tal parece que esa es una concepción muy estrecha para entender los tiempos actuales en los cuales las fronteras ideológicas se han diluido. Basta con recordar que, en Estados Unidos, Donald Trump se convirtió en el abanderado del proteccionismo, yendo en contra de los principios del Partido Republicano que lo llevó a la Casa Blanca.

Por tal motivo, ahora la preocupación central tiene que ver con el afianzamiento del populismo como táctica para llegar y conservar el poder. La experiencia reciente revela que recetas similares son usadas por mandatarios que supuestamente se encuentran en extremos opuestos, pero que coinciden en su manera de desdeñar la ortodoxia.

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Así ocurre con Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador, que sobre el papel se asemejan al agua y al aceite. No obstante, ambos minimizaron la amenaza de la pandemia y aprovecharon el deterioro de la situación económica para consolidarse ante diferentes segmentos de la opinión a punta de partidas presupuestales.

A lo anterior se suma el debilitamiento del sistema de división de poderes, que es la piedra angular de las democracias presidencialistas. En lugar de preservar los pesos y contrapesos que hacen que Ejecutivo, Legislativo y Judicial hagan lo que les corresponde sin invadir las competencias del otro, movidas del estilo de las Nayib Bukele en El Salvador sugieren que se puede avanzar por la senda del autoritarismo con el respaldo de la población.

Transitar por esa senda es peligroso en el largo plazo, pero trae réditos inmediatos, por lo cual el mal ejemplo cunde. Basta con darle una mirada al nivel de los debates en Perú o Ecuador para darse cuenta de que la sensatez se perdió hace rato, siendo remplazada por las promesas de dineros públicos a granel o por las soluciones fáciles e inviables, para no hablar de la antipática xenofobia dirigida en contra de los migrantes venezolanos.

Y aunque eso sirva para ganar elecciones, poco ayuda a la hora de crear un ambiente de confianza que propicie la inversión productiva y permita recuperar el crecimiento perdido. El problema es de tal magnitud que hay quienes se preguntan si el milagro económico peruano –que hasta 2019 permitió recortar la pobreza más que en cualquier otro país latinoamericano a lo largo del siglo XXI– está en entredicho.

Peligros al acecho

Las voces de alarma sobre lo que puede suceder en la región se escuchan con más sonoridad ahora. Hace pocos días, el turno fue para The Economist Intelligence Unit, que en un reporte titulado ‘Política, populismo y políticas: riesgo operacional en América Latina’ lanzó varias alertas.

De acuerdo con la publicación, los votantes expresarán su descontento en contra de los gobernantes actuales o quienes sean vistos como representantes del continuismo, en favor de los que vengan con otras ideas. Estas se concentrarán en un gasto público mucho mayor, con efectos indeseables en el campo macroeconómico.

En la práctica, ello tendría implicaciones en el ámbito tributario, la regulación laboral, el desarrollo de la infraestructura y el entorno legal, todo lo cual hace más riesgoso el ambiente para los negocios. De ahí que sea indispensable mantener la guardia en alto para evitar sorpresas e impedir que los peores peligros se concreten.

Hecha la advertencia, el margen de maniobra de los distintos gobiernos es limitado. En general, todos están más endeudados que en 2019 y saben que los mercados los pueden castigar de manera ejemplar si se actúa en forma irresponsable.

El único respiro importante proviene de los precios de las materias primas que han subido de manera considerable.
Las alzas del petróleo, el cobre o la soya ayudan a paliar la situación y posponer los remedios más dolorosos, pero no son la solución definitiva a problemas de tipo estructural.

Lamentablemente, el espacio para reformas audaces también es mínimo. Parte de la dificultad recae en la ausencia de liderazgos fuertes, que sean motores de cambio. La llamada balcanización de la política, que se expresa en mayorías frágiles, conduce al inmovilismo de los gobernantes, que se concentran en el día a día y en apagar el incendio del momento.

Como resultado, pocos creen que América Latina vuelva a mostrar buenas tasas de crecimiento, al menos durante lo que queda de esta década. Sin buenas reglas de juego es dudoso que las inversiones que lleguen se concentren en sectores diferentes a los de explotar los recursos naturales, tanto en lo que corresponde a minerales como a alimentos.

Lo anterior no quiere decir que a todos les irá igual. Si algo describe a esta parte del mundo, es la heterogeneidad, con lo cual se verán algunas sociedades que progresan, junto a muchas otras que no lograrán encontrar la salida.

Para citar un caso, los expertos creen que el proceso constituyente de Chile saldrá relativamente bien, así exista un sector radical de la ciudadanía que mantendrá una actitud beligerante, independientemente de lo que diga la nueva carta política. El próximo mandatario debería pertenecer al centro, según lo sugieren los sondeos recientes. También se mira con buenos ojos Uruguay o Costa Rica, más allá de que esta última haya perdido algo de lustre en épocas recientes.

Perú es una incógnita, al igual que Brasil. Argentina, por su parte, seguirá con su deterioro mientras el kirchnerismo se concentre en proteger a su base electoral, a pesar de la alta inflación y las presiones cambiarias.

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En cuanto a Colombia, su riesgo político e institucional es todavía descrito como bajo. Tal evaluación puede sostenerse o variar dependiendo del curso de la temporada electoral que está a punto de comenzar en forma.

Por ahora, los analistas externos se refieren más a la pluralidad de aspirantes, sin que se prevean todavía giros que conduzcan a un deterioro en las percepciones. Aun así, la situación de orden público vuelve a ser motivo de inquietud, al igual que la compleja situación fiscal y la eventual llegada de propuestas populistas.

Y es que aquí, como en el resto de América Latina, la democracia se enfrenta a una prueba crucial. Asegurar cuál será el desenlace es imposible. Solo se puede afirmar por ahora que quienes nos miran insisten en que las amenazas son más evidentes para una región a la cual la política le puede hacer mucho más difícil el camino.

RICARDO ÁVILA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
@ravilapinto

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