A 40 años del ametrallamiento de avión de la FAC en Managua

A 40 años del ametrallamiento de avión de la FAC en Managua

La nave en que viajaron colombianos fue atacada desde tierra antes de aterrizar en el aeropuerto.

A 40 años del ametrallamiento de avión de la FAC en Managua

Ya jubilado, el excónsul en Managua, Fabio Avella, protagonista de este episodio en Nicaragua, se dedicó a la pintura.

Foto:

Óscar DomÍnguez

Por: Óscar Domínguez G.
29 de julio 2019 , 09:26 p.m.

Cuarenta años han pasado de la pesadilla que vivimos en la devastada Managua el 15 de junio de 1979. Esa vez le ganamos la partida a la pelona. Desde entonces disfrutamos de una segunda oportunidad; hemos vivido cuatro décadas de horas extras. Llevamos el exótico inri de sobrevivientes.

El avión FAC 1001, con 25 personas a bordo, incluidas la tripulación, miembros de la Cruz Roja, la Defensa Civil, la Cancillería y periodistas, fue ametrallado desde tierra cuando se aprestaba a aterrizar en el aeropuerto Las Mercedes.

La torre de control y la Guardia Civil, leal al dictador Anastasio Somoza, que estaba en sus estertores, les endosaron el atentado, que por poco termina en tragedia, a las fuerzas sandinistas que dominaban sectores próximos al terminal aéreo. Los guerrilleros, incluido Edén Pastora, ‘Comandante Cero’, dieron la versión contraria.

La misión de la nave, “gran héroe” de la jornada, en palabras del coronel Hugo Beltrán, comandante del aparato y piloto del expresidente Misael Pastrana, era llevar alimentos para los afectados por la guerra de los sandinistas contra el régimen de Anastasio Somoza, y repatriar 83 colombianos asilados en la embajada de Colombia, que presidía Oswaldo Rengifo. El sogamoseño Fabio Avella era el cónsul.

Final y felizmente, solo el auxiliar de vuelo, Víctor Calderón, resultó con una bala calibre 30 alojada en su pierna izquierda, con la que regresó a Bogotá. También dispararon balas calibre 50.

“Nos están ametrallando, nos están ametrallando”, gritaba uno de los periodistas a bordo.

Gonzalo Castellanos, el hoy nonagenario cronista purasangre, con la cámara de Dagoberto Moreno, grababa para sus televidentes del Noticiero TV Mundo, que dirigía Manuel Prado, detalles de lo que ocurría dentro del avión. Mientras la parca andaba cerca, el periodista de Málaga, Santander, hacía su trabajo.

Este enviado tuvo la surrealista sensación de que llovía granizo por debajo del Hércules. La hora del pánico se vivió una vez estuvimos en tierra, al lado del armatoste de la FAC, del que manaba un permanente chorrito de gasolina. Los disparos dejaron el tanque convertido en un queso gruyère, dañaron el sistema hidráulico y los frenos.

El coronel Beltrán, que parqueó cautelosamente el FAC lejos de las instalaciones del aeropuerto, dijo repetidamente que no se explicaba cómo el aparato no explotó sobre el cielo de Managua. “Hagan fuerza para que compren otros dos aviones Hércules”, recomendó Beltrán, sin perder la calma.

Ante su agradecido y perplejo auditorio de periodistas, Beltrán le restó importancia a lo que llamábamos su salvadora “hazaña” y dijo que cualquier colega en su lugar habría realizado la misma operación.

Episodio espeluznante

“Todos sobre la carga”, fue la orden que escuchamos y obedecimos. Los bultos de arroz y maíz que llevaba el aparato recibieron la metralla.

“Lo que vivieron y sintieron hoy los enviados de EL TIEMPO –así como otros doce periodistas colombianos y una decena de aviadores y socorristas nacionales– fue espeluznante”, escribió por el único télex disponible el cronista mayor Germán Santamaría, enviado de este diario, junto con Gonzalo Guillén y el fotógrafo Miguel Díaz. El télex n.° 375-13403 del hotel Camino Real fue otro de los grandes protagonistas de la jornada, en la medida en que permitió reportar a Bogotá lo sucedido.

La periodista Mónica Rodríguez, de Cinevisión, también a través del télex, daba la noticia a sus jefes, Efraín Marín y Jairo García. Eso sí, nada de imágenes el primer día. “Se rumora que Somoza trajo más de 50 mercenarios de la guerra de Vietnam”, decía el despacho de Mónica.

También este enviado de Todelar y de la agencia de noticias CIEP logró escribir su despacho. Nunca se publicó la noticia más importante que le había tocado cubrir y vivir. Por Todelar solo pude salir al aire al día siguiente, momentos antes de abandonar Managua.

A 40 años del ametrallamiento de avión de la FAC en Managua

El periodista Gonzalo Castellanos (der.), en diálogo con guerrilleros sandinistas.

Foto:

Archivo Particular

Lacónico fax

En un lacónico y diplomático comunicado escrito a dos manos por Santiago Reyes Borda, con pasaporte diplomático n.° D13810, funcionario de Cancillería a bordo del FAC, y el cónsul en Managua, Fabio Avella, reportaron lo siguiente a Bogotá: “Avión FAC 1001 ametrallado desde tierra entrando aeropuerto Las Mercedes, Managua. Herido auxiliar de vuelo sin novedad”. No sobraba una coma en ese sobrio reporte, enviado por fax.

Reyes redactaría otro mensaje a la delegación de Migración del aeropuerto internacional Las Mercedes solicitando “autorizar la permanencia de los siguientes ciudadanos colombianos, quienes pernoctarán en el Hotel Camino Real, debido a las fallas ocurridas en el avión FAC 1001…”.

Otros periodistas que ese día se graduaron de reporteros sobre el cielo de Managua fueron la ‘Pecosa’ Amparo Peláez y Hernando Martínez (quien ya falleció), Ariel Cabrera, Luis Beltrán y Alfonso Guzmán.

El cónsul Avella, pintor en sus ratos de ocio de jubilado, convertido en mi personaje inolvidable por la forma como manejó la situación, en un diario que escribió por esos días describe así el clima que se vivía en la capital nica, cuando se desplazaban en compañía del embajador Rengifo, hacia el aeropuerto con los colombianos que iban a ser evacuados:

“Una penosa travesía por barrios periféricos donde se veían rastros de combates, casas incendiadas y semidestruidas, barricadas de adoquines que obstaculizaban las carreteras, establecimientos y comercios cerrados…”.

Y agrega sobre el atentado: “El capitán de la nave, coronel Beltrán, estaba evaluando los daños y me adelantó que consideraba imposible salir esa misma tarde, tal vez tardarían toda la noche para intentar reparar el tanque de gasolina y otros daños causados al sistema de aterrizaje, y aún faltaba ver los motores”.

Al conocerse la noticia se formó una gran conmoción entre los pasajeros y empezaron a rezar por que no fuera nada grave y poder salir esa misma tarde. Los comentarios iban y venían, que había sido la Guardia de Somoza, que habían sido los sandinistas; eso nunca se sabría.

Había que buscar cómo alojar a toda esta gente. Me desplacé al hotel Las Mercedes, situado justo al frente del edificio principal del aeropuerto, y les informé la situación, a lo cual me dijeron que iban a colaborar cediendo a la embajada todas las camas disponibles.

La carga de provisiones y alimentos que llegaron en el avión procedentes de Colombia se le entregaron a la Cruz Roja nicaragüense, con la reserva de que se debían garantizar y entregar provisiones para poder alimentar refugiados y asilados de la embajada, que podían ser unos 50.

Cuando estaba despidiendo uno a uno los 83 pasajeros que irían de regreso a su patria a bordo del avión, sentí alegría inmensa de poder terminar esta odisea felizmente y saber que mis compatriotas colombianos estarían a salvo y protegidos por su bandera colombiana. Hoy, 40 años más tarde, puedo decir con el historiador nicaragüense: el 19 de julio de 1979 fue el ultimo día del despotismo y el primero de lo mismo.

Díganle a todo el mundo que este hombre (Somoza) está ametrallando a su pueblo, nos está matando a todos

Ametrallando al pueblo

En diálogo con periodistas colombianos que nos desplazamos por algunos sitios de Managua, un joven nicaragüense nos pidió: “Díganle a todo el mundo que este hombre (Somoza) está ametrallando a su pueblo, nos está matando a todos. Lloren, clamen… La única salida es la lucha armada. Este hombre no quiere nada cívico ni político. Todo lo quiere a la fuerza, se cree fuerte porque tiene las armas. Eso no es así”.

Por esos días, el pan de cada día en las calles era el ametrallamiento de la población y la lectura de comunicados oficiales nada convincentes que leía a través de la radio.

Durante la fugaz estadía en Managua, entramos en contacto con la guerrilla del Frente Sandinista, uno de cuyos líderes, Daniel Ortega, está ahora en el poder en medio de la creciente protesta de la población. Se calcula que desde abril de 2018 la represión del gobierno de Ortega ha dejado 325 muertos y 62.500 exiliados. Ante la reacción nacional e internacional, el Gobierno ha dejado libres a decenas de opositores en las últimas semanas.

La comandante Marisol, una morena de 24 años, una de las 750 combatientes de los cerca de 3.000 muchachos o ‘chavalos’ que combatían en las barricadas de Managua, nos suministró este parte de guerra que había leído a través de Radio Sandino. El del 4 de junio marca el inicio de la “ofensiva final” contra Somoza:

“Día cuatro de junio: Comando del Frente Sandinista, triángulo de guerra. Comandante primera Marisol. Órdenes a cumplir: De las 10 p. m. en adelante instalar barricadas en la retaguardia menor y comandos del pueblo. A la 1 a. m., tomar posiciones de ataque los comandos cuatro y siete, estando en comunicación permanente con el comando general. A las 4 a. m., abrir fuego de artillería pesada con 41 Garam. Morteros de 120 milímetros y fusiles checos, pistolas y toda clase de armas de fuego. El personal de rescate listo para retirar heridos al centro de guerra de rehabilitación número dos”.“Peleamos hasta con las uñas”, nos comentó el comandante Toño, otro de los combatientes entrevistados.

Regreso a casa

El Hércules de la FAC, con ayuda de personal de Pan American, porque las autoridades somocistas no colaboraron, remendaron el avión, que finalmente abandonó Managua el 16 de junio, previo engaño del coronel Beltrán a la torre de control para el decolaje. No quería otra salva de metralla a manera de despedida. Cuando el salvador, hermoso y musculoso Hércules entró a territorio colombiano, los sobrevivientes aplaudimos. En el aeropuerto de Catam nos esperaban nuestros familiares, que nos querían vivos, no héroes.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ G.
Para EL TIEMPO

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