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Los dos universos paralelos en los que vive EE. UU.
Simpatizantes de Trump

Algunos partidarios del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, marcharon este sábado en Washington D. C. reclamando que las elecciones fueron fraudulentas.

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Los dos universos paralelos en los que vive EE. UU.

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Mientras que Biden se alista para asumir el poder, Trump insiste en que hubo un fraude.

Estados Unidos está viviendo en dos universos paralelos. En uno, el real, Joe Biden, el candidato de los demócratas, ganó las elecciones presidenciales el pasado fin de semana.

Líderes del mundo entero, como suele suceder, corrieron a felicitarlo mientras este daba pasos para iniciar la transición de poder y nombraba a los funcionarios que lo acompañarán a partir de enero.

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En el otro, donde pululan las teorías de conspiración, hubo un fraude de proporciones históricas para robarle la Casa Blanca a Donald Trump.

El presidente no solo se niega a aceptar los resultados, sino que ha bloqueado el empalme con la administración entrante mientras su campaña avanza en demandas en más de 5 estados y exige recuentos de votos, que ya están en proceso.

Hasta el momento han presentado más de 20 litigios en las cortes del país. Casi todos han sido desechados por falta de méritos. Muchos de los testigos del supuesto robo han reversado sus testimonios cuando han sido confrontados por un juez y hasta los abogados del presidente se han cuidado de alegar, ante las cortes, que hubo fraude como tal pues se trata de una acusación muy seria que traería consecuencias legales para ellos de ser falsa.

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En uno de esos casos, el del condado de Montgomery en Pennsylvania, el juez hasta terminó regañándolos. Los abogados del presidente alegaban que 592 votos no debían ser sumados por que tenían un error en el sobre en el que fueron enviados.

Los votos ya habían sido separados para una revisión posterior y les juez le preguntó de frente si lo que estaban alegando era que las autoridades electorales de Montgomery habían cometido algún tipo de ilícito: “No su señoría. Acusar a alguien de fraude es una acusación muy seria”, dijo el abogado del presidente mientras Trump, fuera del tribunal, denunciaba un fraude masivo a gran escala.

El juez, incluso, puso en entredicho el objetivo de la querella al indicar que estaban protestando por la validez de 592 votos que ni siquiera se habían sumado al total en un estado que Biden ganó por más de 50.000 votos.

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En Detroit, donde avanza otro de los casos, una de los testigo dijo que no le había gustado la manera cómo la miraban las autoridades electorales, y otro se quejó por que había una persona contando votos con una camiseta de Black Lives Matter.

En términos generales, un escenario que se repetía en todos los otros estados. Demandas sobre la legalidad de un puñado de sufragios que no tenían el potencial de alterar el curso de los resultados y basados en testimonios etéreos.

Para poner en contexto lo absurda que es la situación desde el año 2000 -según Fairvote- se han presentado 30 disputas en elecciones que han terminado en recuentos.

En promedio, la diferencia en los totales una vez se volvió a contabilizar han sido de 430 votos. El caso en el que más variaciones se registró fue de 2600 sufragios en favor de uno de los dos candidatos.

Solo en muy pocas ocasiones, alguno de esos votos se consideró fraudulento. En su mayoría fueron errores técnicos o disputas sobre si un tarjetón tenía o no todos los requisitos para ser considerado válido.

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De hecho, de acuerdo con otro estudio del Brennan Center, a lo largo de las últimas dos décadas el número de incidentes de fraude en elecciones en EE.UU. fue entre el 0.0003 y el 0.0025 por ciento. Es decir, según este centro, es más factible que a alguien le caiga un rayo.

Una investigación paralela del Washington Post sobre fraude electoral en el país entre los 2000 y el 2014 concluyó que solo se habían presentado 31 casos, entre mil millones de votos, que se podrían catalogar como ilegales.

La cuestión en el caso actual es que los márgenes del triunfo de Biden son abismales si se analizan en este contexto.

Más de 50.000 votos en Pennsylvania, 130.000 en Michigan, 20.000 en Wisconsin, 35.000 en Nevada, 12.000 en Arizona, y 15.000 en Georgia.

Para revertir los resultados en Arizona, por ejemplo, el presidente tendría que lograr que se anulara -o apareciera- un número 5 veces superior al peor de los casos en estas últimas dos décadas (2600).

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Y luego replicar eso mismo en otros tres estados pues Arizona, por sí solo, no le alcanza para ganar. Hillary Clinton, ante un escenario muy similar en el 2016 (perdió por un estrecho margen en tres estados), aceptó la derrota al día siguiente de las elecciones.

Y a eso habría que sumarle que ya Biden le saca a Trump 5 millones de votos en el conteo popular.

Karl Rove, uno de los estrategas republicanos de más renombre y aliado de Trump fue enfático esta semana al indicar que es claro que el presidente perdió y no tiene un camino viable para revertir el resultado. Mike de Wine, el gobernador republicano de Ohio, dijo que si bien Trump tenía derecho a acudir a las cortes, Biden era el presidente electo y debía ser tratado como tal.

Algo que se cimentó este viernes luego de que se confirmara el triunfo de Biden en Arizona, un estado que llevaba décadas votando por republicanos, pero que Trump perdió en esta ocasión.

Para sumar, este viernes dos asociaciones que agrupan a funcionarios electorales a nivel federal y estatal -el Election Infrastructure Government Coordinating Council y el Election Infrastructure Sector Coordinating Executive Committees- sacaron un comunicado conjunto en el que dicen lo siguiente: “Las elecciones del 3 de noviembre fueron las más seguras en la historia del país. No hay evidencia alguna de que el sistema eliminó, modificó, perdió votos o se vio comprometido”.

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Lo cual lleva a la pregunta que muchos se hacen. ¿Por qué Trump y sus aliados insisten en arrastrar al país por un camino que no tiene futuro y que podría dejar una cicatriz permanente?

Las explicaciones son varias. Una de ellas, la más simplista, es que se trata de una pantomima para justificar la derrota de un Trump que detesta perder.

“Saben perfectamente que no hay opción. Pero están masajeando el gran ego de Trump y preparan el terreno para que pueda decir que se va pero no por que fue vencido sino por que le hicieron trampa”, sostiene Justin Levitt, profesor de derecho en la Universidad de Loyola.

Según Levitt, una actitud no solo mezquina sino preocupante pues en el proceso están deslegitimando a un presidente electo con transparencia y destruyendo uno de los pilares de la democracia estadounidense, que se afinca en la confianza de su proceso electoral.

Trump, desde su perspectiva, lo ve como un esfuerzo para mantener su control sobre el partido y varios creen que es la plataforma para una posible candidatura en el 2024 o el lanzamiento de un canal de televisión del que ya viene hablando.

Los republicanos en posiciones de poder, además, no ven ganancia alguna en oponerse a una persona que es adorada por la base del partido y que acaba de recibir 72 millones de votos.

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Saben, a su vez, que el presidente ha destruido a todo el que ve como un traidor y tienen claro que si quieren permanecer en el Congreso, tendrán que contar con su respaldo de aquí en adelante. Sobre todo, son conscientes que lo necesitan para las elecciones que se avecinan en enero en Georgia, donde se definirán dos curules al senado de la que depende el control de la Cámara Alta. Algo que ambos partidos ven como unos comicios de vida o muerte.

De acuerdo con Ryan Enos, profesor de la Universidad de Harvard, si bien todo esto podría explicar las motivaciones, no lo hace justificable. Antes, dice, Enos, se trata de una grave amenaza para la democracia.

Michael Abramowitz, del Freedom House, lo ve más como las tácticas que usan los autócratas en otros rincones del mundo que su organización monitores. “Nunca me imaginé que algo así pudiera pasar en EE.UU.”, afirma este analista.

Cuando se le preguntó al respecto, Biden lo catalogó como “una vergüenza”. Y el ex presidente Barack Obama fue un poco mas allá. “A Trump no le gusta perder y nunca lo admite. Me preocupan más los republicanos que están siguiendo su línea. No solo están deslegitimando la presidencia de Biden sino a la democracia en general. Y eso es peligroso”, dijo el ex mandatario en una entrevista con CBS.

Pero hay otros que ven en todo esto motivos aún más siniestros. Al menos eso piensa Dana Nessel, la Fiscal General de Michigan, uno de los estados donde Trump quiere alterar el resultado.

Según esta, los abogados al parecer están tratando de crear la percepción de que se presentaron irregularidades para impedir que se pueda certificar el resultado y negarle a Biden los 16 votos al colegio electoral que le corresponde (ganó por 130.000 votos). Y replicar lo mismo en otros, donde el legislativo es controlado por los republicanos, para impedir que pueda sumar oficialmente los 270 votos que necesita para posesionarse.

Dejando la decisión al Congreso, donde los republicanos son mayoría y le darían la presidencia a Trump.

Quizá nada pase. Trump, confrontado con la realidad, abandonará la Casa Blanca en enero pero insistiendo en que la elección fue irregular.

Y Biden, aunque maltratado, asumirá las riendas que le dieron más de 80 millones de estadounidenses.

Pero de momento todas las opciones, incluidas las inimaginables, seguían rondando en un país que permanece agobiado por la incertidumbre.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
WASHINGTON

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