No se trata de una nueva guerra fría, promovida por Rusia y EE. UU.

No se trata de una nueva guerra fría, promovida por Rusia y EE. UU.

Para una confrontación de ese calibre haría falta un componente ideológico que no existe en Rusia.

Vladimir Putin y Donald Trump

La desconfianza mutua lleva a que hoy casi no haya comunicación entre los líderes de ambos países.

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Saul Loeb / AFP

Por: Sergei Karaganov - Project Syndicate
24 de marzo 2018 , 11:16 p.m.

Richard N. Haass, presidente del Council on Foreign Relations, dice que las tensiones entre el Reino Unido y Rusia son otra prueba de que este país y Occidente ingresaron a una “segunda guerra fría”. Es una apreciación que no comparto.

Es verdad que las relaciones de Rusia con EE. UU. están peor que en los años 50, y que no había tanto riesgo de conflicto directo desde la crisis de los misiles cubanos, en 1962.

La desconfianza mutua lleva a que hoy casi no haya comunicación entre los líderes de ambos países. Los sentimientos de los estadounidenses en relación con Rusia rozan el odio, y viceversa. Este contexto psicológico es peor que durante la Guerra Fría. Pero eso no implica que las tensiones de hoy equivalgan a una repetición de aquel conflicto. Para una confrontación de ese calibre haría falta un componente ideológico que no existe del lado ruso. Aunque cierto grado de confrontación con EE. UU. ayuda al presidente Putin a mantener unida la opinión pública y favorece a las élites nacionalistas, Rusia no es un Estado motivado por la ideología. No le interesa exportar su cultura ni su civilización.

Sueño con que el 2 por ciento de las acusaciones referidas a la “interferencia” rusa en las elecciones del 2016 en EE. UU. sean ciertas. Eso reforzaría mi autoestima como ruso, al tiempo que instruiría a los estadounidenses (cuyo gobierno suele interferir en los asuntos de otros países) acerca del peligro de arrojar piedras al vecino cuando se vive en casa de cristal.

El problema entre Rusia y Occidente es en realidad un problema occidental. El ‘establishment’ estadounidense usa el fantasma de la interferencia rusa para recuperar el control político que perdió, sobre todo en el ámbito de las redes sociales, que han dado un canal de expresión a una población descontenta y a políticos heterodoxos. Pero, incluso si lo logra, eso no eliminará la fuente más profunda de los temores de Occidente. Durante los últimos diez años, al menos, el mundo ha sido testigo del final de los cinco siglos de la hegemonía occidental, que comenzó en el siglo XVI, cuando los avances tecnológicos permitieron a Europa iniciar su imperio.

Durante unas pocas décadas de la segunda mitad del siglo XX, la Unión Soviética y China desafiaron la posición dominante de Occidente. Tras la implosión de la URSS, EE. UU. quedó como única superpotencia, y el mundo pareció volver al ‘statu quo’. Pero poco después EE. UU. abusó de su dominio lanzándose a aventuras geopolíticas como la invasión de Irak. Y después sobrevino la crisis financiera del 2008, que expuso las debilidades del capitalismo.

Al mismo tiempo, el país norteamericano ha buscado la superioridad militar. Pero Rusia y el resto del mundo no permitirán un regreso a la hegemonía estadounidense. Hace poco, Putin lo dejó claro con la presentación de nuevos sistemas de armas estratégicas, parte de una estrategia de ‘disuasión preventiva’. Si EE. UU. decide librar una guerra fría unilateral, sus chances contra Rusia, China y otras potencias no serían muy buenas. El centro de gravedad del poder ya se alejó demasiado de Occidente para llevarlo de vuelta. Dejando eso de lado, una nueva guerra fría sería muy peligrosa. Las grandes potencias deben concentrarse en fortalecer la estabilidad internacional por medio del diálogo. También hay que pensar en la creación de más intercambios diplomáticos, legislativos, académicos y educativos. Pero, sobre todo, debemos dejar de demonizarnos mutuamente.

SERGEI KARAGANOV
Decano de la Escuela de Economía Internacional y Asuntos Exteriores de la Universidad Nacional de Investigación de Rusia.
© Project Syndicate

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