Cuando por fin cayó el muro

Cuando por fin cayó el muro

Se cumplen 30 años de la caída del muro de Berlín, que puso fin al bloque soviético y Guerra Fría.

Conmemoración en Alemania
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Ralf Hirschberger / AFP

Por: Juan Esteban Constaín
08 de noviembre 2019 , 09:57 a.m.

Berlín es hoy no solo la capital de Alemania sino también, quizás, la de toda Europa: el punto de encuentro de muchas culturas y muchas voces; el lugar donde se da cita la gente más rara para impregnarse y beneficiarse del espíritu de una ciudad abierta y libre como pocas –demasiado, dicen algunos– que muy pronto impone sus reglas y sus encantos y hace que todos allí se rijan por ellos.

Pero lo que más sorprende de la Berlín de hoy, al menos si uno la visita por primera vez, es que no quedan en ella, casi, vestigios de lo que fue su historia partida en dos durante veintiocho años. Su piel atravesada por un muro, esa herida, que dividió no solo a una ciudad y a un país entero sino también, y sobre todo, a su sociedad, a su gente. Historias que, de la noche a la mañana, quedaron a un lado o el otro de ese horror.

Claro: quienes conocen muy bien Berlín dicen que la diferencia entre el occidente y el oriente aún es muy profunda y perceptible (entre las ‘dos Alemanias’, de hecho) y que es como si todo el desarrollo económico y toda la integración de los últimos años no hubieran hecho más que ahondar esa diferencia. Como si la herida aún estuviera allí: una cicatriz invisible, sí, pero indeleble y atroz.

En noviembre de 2014, de hecho, cuando se cumplieron veinticinco años de la caída del Muro de Berlín, la ciudad la celebró con un monumento transitorio que recorría buena parte de su antiguo trazado, solo que con globos blancos de caucho que adentro llevaban una luz prendida. Así se llamó la instalación, ‘frontera de luz’, y por las noches se veía desde el cielo. El 9 de noviembre los berlineses soltaron al aire los globos, el muro.

Y aun así, repito, es casi inimaginable la vida de una ciudad tan fuerte y tan unida y tan grande, como lo fue siempre, además, que durante tantos años se vio obligada a caminar de espaldas consigo misma, a perseguir su propia sombra detrás de esa pared. Sí: quedan pedazos del muro, obvio, ruinas turísticas. Pero solo quienes estuvieron allí saben lo que era ese mundo dividido entre el día y la noche, la luz y la sombra.

¿Dónde estaba qué? Bueno: el muro tenía que ver también con esa respuesta, con ese relato. Su presencia simbolizaba justo eso en términos políticos: dos concepciones del mundo enfrentadas, el capitalismo y el comunismo. Una vez, en una charla, conté que la canción Libre, de Nino Bravo, era la historia de un joven al que mataron cuando trataba de saltar el muro. Un gran amigo, de izquierda, me preguntó: “¿Hacia qué lado?”.

Parte de un gran ajedrez

Pero lo cierto es que quienes huían sí lo hacían desde el oriente hacia el occidente; desde Moscú hacia Washington, para usar como metáfora, aunque muy forzada, quizás, el nombre de los dos poderes que entonces se disputaban el mundo, palmo a palmo, como en un ajedrez. Berlín era la encarnación suprema de ese pulso moral e ideológico y la línea que la dividía era un abismo entre dos visiones contrapuestas de la vida.

Y eso empezó a ser así, como se sabe, casi desde el momento mismo en que Hitler se rindió ante el último envión de los aliados. Entonces, había que decidir qué hacer con Alemania y con su capital, y los vencedores, que habían estado unidos en el propósito común de derrotar al enemigo, no se pudieron poner de acuerdo con respecto a los lineamientos que ahora debía tener ese imperio derruido y humillado.

En la Conferencia de Potsdam, entre julio y agosto de 1945, los ‘tres grandes’, es decir, los Estados Unidos, la Unión Soviética y la Gran Bretaña, trataron de establecer una administración funcional del país y de la ciudad y los dividieron en cuatro sectores: uno ruso, uno ‘americano’, uno inglés y uno francés. Muy pronto fue evidente, sin embargo, que lo que había allí era una disputa a muerte por el futuro de Europa y su equilibrio de poder.

Los soviéticos querían, por supuesto, que ese poder lo tuvieran los comunistas; los estadounidenses querían, por supuesto, todo lo contrario. Así que desde entonces, desde 1946, quedaron enfrentados, bajo el mismo cielo, en la misma ciudad, esos dos bandos que muy pronto se iban a disputar el mundo entero. Nariz con nariz, mostrándose los dientes todos los días. Una tensión que iba a escalar sin remedio, la Guerra Fría.

Berlín era la encarnación suprema de ese pulso moral e ideológico y la línea que la dividía era un abismo entre dos visiones contrapuestas de la vida

Dos modelos, dos países

En 1947 los dos bloques trataron de hacer los últimos esfuerzos diplomáticos y militares para lograr un régimen de transición en Alemania que restaurara la democracia y permitiera reconstruir el país. Fue peor, porque las solas premisas de un propósito así daban casi para desatar una nueva guerra mundial. En 1948 se fundaron las dos repúblicas alemanas: la República Federal, en el occidente, y la República Democrática, en el oriente.

Y el relato de esa dolorosa y cada vez más rígida partición de Alemania, y de Berlín como una especie de muestra aumentada de lo que estaba ocurriendo en el resto del país y en el resto del mundo, ese relato tiene una serie de momentos cruciales que lo fueron también para la historia contemporánea, para el destino reciente de la humanidad toda y no solo de la sociedad que los vivió en carne propia.

Pero quizás no hubiera un momento más dramático y trágico, en ese relato, que el de la construcción del Muro de Berlín. Se había dicho siempre que algo así tenía que pasar; se sabía que las amenazas del lado oriental de recrudecer los controles y encerrar al ‘enemigo’ (al otro, a ellos mismos: Berlín era un espejo) algún día se iban a consumar. Aunque nadie se imaginó que lo impensable ocurriera, nadie lo podía creer.

En la mañana del 13 de agosto de 1961 los berlineses de ambos lados de la ciudad, que ya estaban acostumbrados a los trámites y los rigores burocráticos para ir y venir entre una mitad y la otra de su propia vida, descubrieron perplejos que esa posibilidad había sido clausurada, envuelta en un alambre de púas. Desde la madrugada de ese día miles de soldados de la RDA habían empezado a levantar el muro de Berlín.

Que al principio no fue un muro, no, sino eso que ya dije: una empalizada hecha de ladrillos y estuco y concreto y alambre de púas; un mensaje de dominio y represión que con los años se iría sofisticando hasta volverse la frontera más peligrosa e infranqueable de la Tierra. ¿Por qué la habían hecho los orientales? ¿Qué los llevó a tomar esa decisión tan drástica y brutal, a cortarse una mano?

Por un lado, obvio, el juego político, militar y diplomático entre los dos poderes de la Guerra Fría, uno de cuyos escenarios principales era Berlín, cómo no. Pero por el otro lado, y ya en plano de lo humano, la creciente preocupación que había en la RDA por la estampida cada vez más numerosa y desbordada de ciudadanos del oriente que huían al occidente para no volver, para buscar refugio allí y encontrar la libertad.

Durante buena parte de 1960 esa había sido la queja de Walter Ulbricht, el presidente del Consejo de Estado de la RDA, su principal líder, a Nikita Kruschev, el secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética y su jefe máximo: demasiada gente huía de las políticas ruinosas y colectivistas del socialismo alemán. Se dice que cincuenta mil personas al mes para 1961, sobre todo las más jóvenes, las que más temían por su futuro.

El régimen lo negaba, claro, como ya lo había hecho con la represión de los obreros en 1953, cuando un levantamiento en Berlín oriental casi tumba al gobierno de la RDA. Y la propaganda comunista se inspiraba en la reivindicación de sus conquistas en materia educativa y cultural, en la posibilidad de un mundo solidario y justo que sin embargo se vio aplastado por la realidad. Una utopía que fue el infierno, como todas.

Pero Ulbricht sí le dijo a Kruschev: o usted me ayuda a detener esta hemorragia, o esto se acaba. Lo cual no era nada fácil, tampoco, porque desde 1949 la tensión berlinesa se había vuelto una especie de equilibrio de la Guerra Fría, y los golpes políticos que de tanto en tanto se daban las dos partes, con la amenaza de la guerra atómica colgando sobre sus cabezas, servían más para mantener ese equilibrio que para romperlo.

En junio de 1961, y tras largas reticencias, Kruschev le hizo saber a Ulbricht que se había convencido de que el muro sí era fundamental para la supervivencia de la RDA. No había otra salida, mejor dicho, tocaba empezar a hacerlo. Eso sí, en secreto. Sin que ningún diplomático estadounidense se fuera a enterar; sin que ningún funcionario del propio gobierno, casi, lo supiera.

Es más: en ese mismo mes, el día 15, Ulbricht dio una rueda de prensa en la que una periodista le preguntó si era verdad que iba a construir un muro para separar, ya de manera definitiva, las dos mitades de Berlín. El secretismo era muy fuerte pero los rumores también, así que la gente quería saber. Casi sonriente, casi jocoso y leve, Ulbricht le respondió: “Nadie tiene la intención de construir un muro…”.

Un mes después, en la madrugada del 13 de agosto, y como si fuera una operación secreta, porque lo era, las fuerzas de seguridad y los trabajadores de la RDA empezaron a alambrar los sectores de paso entre las ‘dos’ ciudades y empezaron a levantar barricadas en parques y calles. Además hicieron algo increíble, cerrar las estaciones y el tránsito del metro, como si el muro también se construyera bajo tierra.

Incluso hubo una estación emblemática, la de Friedrichstraße, que quedó partida en dos también, con la mitad de sus trenes yendo hacia Berlín oriental y la otra mitad yendo hacia Berlín occidental: el punto de encuentro y despedida de una misma ciudad ahora escindida y rota, despojada de sí misma. En la mañana de ese 13 de agosto de 1961, cuando todo era ya un hecho cumplido, la gente lloraba a lado y lado del muro.

Unas fotos muy elocuentes

Hay fotos y videos muy famosos de esos días de confusión: las familias y los amigos, y los amantes, que se despiden con la mano mientras una pared, una sombra, se erige entre ellos. Hay la imagen de un soldado, Conrad Schumann, que el 15 de agosto, mientras vigilaba una de las zonas de frontera, decidió él mismo desertar y largarse de allí. Salió corriendo y saltó del oriente al occidente y nunca más volvió. Bueno: en 1989 lo hizo.

Eso es lo que uno no se imagina en la Berlín de hoy: cómo es posible que esa vida hubiera podido ser así; cómo es posible que hasta hace apenas treinta años, y por tanto tiempo, hubiera estado allí ese muro. Dentro de una gran paradoja, además, y es que Berlín occidental estaba enquistada en el oriente del país, estaba encerrada, era un enclave. Pero llegar a ella, saltando el muro, era el único camino hacia la libertad.

Por eso, a lo largo de los años, fueron tantos los intentos por escaparse del oriente para llegar al occidente. Algunos de esos intentos fueron exitosos y heroicos; otros muchos, la mayoría, fueron trágicos. Y era también como si quienes vieron que ese muro se alzaba por primera vez, en 1961, lo supieran. Hay una foto de septiembre de ese año: una novia que se casa y llora. Pero no por el matrimonio, es solo que sus padres están del otro lado.

A lo largo de los años, fueron tantos los intentos por escaparse del oriente para llegar al occidente. Algunos de esos intentos fueron exitosos y heroicos; otros muchos, la mayoría, fueron trágicos

Ese es quizás el relato más emocionante y conmovedor de la vida detrás del Muro de Berlín: la manera en que cada quien, a lado y lado, trató de seguir con sus cosas y sus días, como si esa herida no estuviera allí. Pero estaba, sí que lo estaba, y también hubo muchos que no se resignaron a vivir bajo su sombra, a soportarla. Por eso saltaban o nadaban para escaparse, o cavaban, o volaban.

Cuando ya el muro lo era de verdad y se había vuelto con los años un macizo, larguísimo y truculento mojón entre las ‘dos Berlines’ –las dos Alemanias, los dos mundos–, las formas de evasión de la gente para pasar al otro lado eran cada vez más riesgosas pero también más creativas. Los funcionarios y los turistas tenían pasaporte, sí, pero muchos ciudadanos no, y eso los forzaba a buscar como fuera una ruta de salida.

La opción más convencional, por llamarla de una manera absurda, era la de abrir túneles que empezaban en el oriente y acaban en el occidente. Siempre y cuando el camino estuviera bien pensado y fuera seguro, por supuesto, pues no fueron pocos los que al salir al otro extremo, después de cavar y cavar, se encontraban con la cara de un ‘policía popular’ que los llevaba de inmediato a una mazmorra.

Se sabe, y se ha contado mucho, que la Alemania oriental tenía muy desarrollada esa característica por excelencia de los regímenes opresivos y cerrados: la de la delación entre sus propios ciudadanos, el recelo mutuo y la sospecha permanente como un atributo perverso de la vida en sociedad; la dictadura perfecta empieza cuando el régimen vuelve a la gente espía de sí misma, vigilante, infame para sobrevivir.

Aun así, quienes se querían escapar trataban de hacerlo a toda costa, las veces que fuera necesario mientras hubiera vida. Hans Peter Strelczyk, por ejemplo, lo hizo en un globo aerostático; falló una vez pero la segunda no, por suerte. Wolfgang Engels, un soldado, fue más directo y se robó un tanque: con él trató de atravesar la barricada, no pudo. Menos mal había unos borrachos del otro lado que lo rescataron y lo hicieron salir.

Aunque mi historia favorita de esas fugas es la de Ingo y Holger Bethke, quienes habían logrado huir del oriente pero sin su hermano menor, Egbert; eran los tres en la vida, sus padres habían muerto. Entonces hicieron en su casa un avión ultraligero y con él atravesaron volando el muro, recogieron a su hermano y lo sacaron a la libertad. ¡Eran dos aviones, uno para la operación y otro para distraer a los comunistas!
Pero mi historia favorita, ya en serio, es la de mi queridísimo amigo Raschid Römhild, más berlinés que el río Spree. Su madre, Bárbara, era la modelo más bella de la Alemania oriental. Ambos protagonizaron una alucinante novela de espías, como de John le Carré, para engañar a buena parte del cuerpo diplomático acreditado ante el régimen, y con artes de tahúres lograron atravesar el muro después de mucho intentarlo.

Apuesta utópica y fallida

No todo fue malo en la RDA, claro que no. Conozco gente que vivió en ella y todavía valora y extraña algunas de sus virtudes: su devoción por el deporte o la ciencia, por ejemplo, su idea de la educación y de la vida alejada del lucro. Pero en la perspectiva histórica es indudable que ese proyecto que podía sonar muy bello en la teoría, como tantos otros, fue un estruendoso fracaso en la práctica.

Ese fue, en general, el sino del sistema comunista en el siglo XX: una apuesta utópica por cambiar la vida de la sociedad, por cambiar al hombre, pero pervertida por un aparato represivo que extirpó al individuo, su libertad, su dignidad. A eso hay que sumarle las miserias de un mundo carcomido por el fanatismo, el dogmatismo, el burocratismo y la venalidad de sus élites mientras todo lo demás hacía agua, se hundía.

Recuerdo ahora la anécdota de Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza cuando viajaron, en 1957, a la Alemania oriental. Iban con la ilusión juvenil de encontrarse con el paraíso socialista y los recibió en cambio un mundo gris y desalmado. Se fueron entonces para donde Luis Villar Borda, becado en Leipzig por el Partido Comunista, quien trató durante horas de explicarles todo. No entendían lo que pasaba, no creían.

Hasta que Luis Villar Borda, derrotado, agotado, les dijo: “Miren, yo les sintetizo: esto es una mierda”. No sé si ese sea el juicio que quepa para la experiencia histórica del ‘socialismo del siglo XX’, pero lo cierto es que muchos de quienes vivieron bajo su pesada sombra así lo sentían. Y cuanta más insatisfacción había en el pueblo, cuanta más desesperanza lo agobiaba, peor era el aparato de represión para aplacarlo.

Fue el caso de la Alemania oriental: un sistema arrogante y bizantino que se creía eterno, y cuya estructura se iba agrietando cada día más. El desastre caminaba en silencio por sus vigas y columnas, como los incendios en las casas viejas, que no se ven pero huelen, hasta que algún día tenía que estallar como un volcán. Nadie sabía bien cuándo, nadie se lo podía imaginar. Pero el muro se iba a caer; el día llegaría.

Arrogancia premonitoria

Nada lo presagiaba, sin embargo, en 1989. Mi amigo Raschid guarda todavía un recorte de un periódico que un primo suyo le mandó desde el lado oriental. Era enero de ese año y Erich Honecker, el presidente del Consejo de Estado de la RDA, dijo lleno de confianza, de impenetrable certeza: “El muro estará aquí cincuenta años más… Cien años más”. Luego sonrió, la historia le pertenecía.

Así ocurren las revoluciones muchas veces, sin que nadie las vea venir. El relato a posteriori de la historia nos hace pensarla casi siempre con solemnidad y grandeza, como si todo fuera muy lógico; el futuro –los presentes sucesivos– mira al pasado con vocación providencial, como si lo que pasó hubiera estado escrito desde antes y fuera muy fácil de descifrar. Y lo es, sí, pero cuando ya ha ocurrido, antes no. El historiador predice el pasado.

Ahora sabemos bien lo que pasó en 1989, aunque muchos de esos hechos definitorios parecieran en su momento una anécdota menor, un motín sin importancia. Y lo que pasó es que en muchos lugares del mundo a la vez, pero sobre todo en la Europa del Este, la gente no aguantó más y salió a las calles, se levantó. Y esta vez no hubo aparato policivo que pudiera contenerla. Ni en Polonia, ni en Bulgaria, ni en Checoslovaquia.

El régimen moribundo trataba de seguir con las riendas en la mano, pero el río de la historia se lo llevó por delante, encarnado, como tantas veces, en una muchedumbre. Ya el propio Gorbachov, un año antes, había logrado imponer de manera oficial sus medidas reformistas de la glásnost y la perestroika: apertura política y apertura económica del sistema, aunque demasiado tarde.

La gente estaba no solo en las calles sino también en las fronteras, cargando sobre la ‘cortina de hierro’. Hungría, por ejemplo, abrió el paso hacia Austria, por donde se escaparon miles de alemanes. En la propia Alemania oriental se levantó furioso el pueblo. El gobierno creyó que los soviéticos lo ayudarían, pero en vano. En octubre cayó Honecker, unos días antes que el muro.

El 9 de noviembre, en una conferencia de prensa, el portavoz del régimen, Günter Schabowski, dijo que las fronteras del país quedaban abiertas. “¿Desde cuándo?”, preguntó un periodista. “Desde ya”, respondió sin saberlo. A los pocos minutos la muchedumbre empezó a tumbar el Muro de Berlín.

Vale la pena recordarlo hoy, treinta años después, cuando tantos, en tantas partes, lo quieren revivir.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
Para EL TIEMPO

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