La monarquía española, de la vergüenza al cacerolazo

La monarquía española, de la vergüenza al cacerolazo

Destape de una donación de 65 millones de euros de Juan Carlos I a amiga dejó mal a la familia real.

Felipe VI

Felipe VI llegó al trono luego de que Juan Carlos I abdicara a su favor en 2014. El domingo pasado, el actual rey tuvo que quitarle el salario del Estado a su padre y rechazar su herencia.

Foto:

Juanjo Martín. AFP

Por: Juanita Samper
21 de marzo 2020 , 11:51 p. m.

23 de febrero de 1981. El Congreso de los Diputados se encuentra reunido en una sesión habitual en Madrid, cuando lo interrumpe un grupo de policías armados con gritos de “¡Alto!”, “¡Quieto todo el mundo!” y “¡Al suelo todo el mundo!”, seguidos de una ráfaga de tiros. Los diputados, aterrados, obedecen (salvo unos pocos) y se refugian tras las curules. Fue el intento de golpe de Estado protagonizado por el coronel Antonio Tejero, la mayor amenaza que ha sufrido la democracia española desde que se instauró en 1975.

Tejero fue el malo de la historia, pero también hubo un héroe: Juan Carlos I, cuya acción fue determinante para frenar el golpe. El Rey ordenó a las autoridades tomar las medidas necesarias para restablecer el orden constitucional, alineó a los mandos militares a su lado, llamó a uno de los golpistas para que se detuviera y se dirigió a los ciudadanos para decirles que la Corona no permitiría acciones que interrumpieran por la fuerza el proceso democrático español.

Con ese gesto se ganó la simpatía de todo el pueblo. No era baladí. Al fin y al cabo, había sido criado por Francisco Franco, el dictador que permaneció cuarenta años en el poder. Se había educado en un ambiente ajeno a los principios de la democracia y, sin embargo, fue clave durante todo el proceso en que esta se consolidó en el país. Juan Carlos I era el superhéroe.

Han pasado 39 años y ahora está de capa caída. Su propio hijo renunció públicamente esta semana a su herencia y se desvinculó de las sociedades que investigan posibles casos de manejos opacos de dinero y donaciones ilegales, en los que está involucrado el Rey emérito, al que también se le canceló el estipendio que recibía del Estado español: unos 200.000 euros anuales.

Adorado durante las primeras décadas de su reinado por el pueblo, hoy una serie de fichas mal movidas lo están acorralando.

(Lea también: Rey Felipe VI renuncia a herencia de su papá y corta lazos económicos)

El rey cautivador

Juan Carlos I es de personalidad amable y ‘campechana’ (como la han definido). Tiene sentido del humor y carisma. En el país muchos se sumaban a la idea de que, más que monárquicos, eran ‘juancarlistas’. Los medios de comunicación –incluso los de izquierda, lejanos a las coronas– tenían una regla: nunca atacar al Rey. Era un tema tabú. El único.

El rey Juan Carlos de España

Emérito rey Juan Carlos de España.

Foto:

Paco Campos, Efe

Le daban otros créditos: lo hacían responsable de la unidad de España, que nació finalmente de una suma de reinos y necesita un eje de cohesión, y sentían que era el mejor embajador de su país en el exterior.

Siempre hubo rumores de amistades especiales de Juan Carlos I con mujeres. Se dijo que era cercano a una actriz conocida, a una cantante internacional, a una decoradora, a algunos miembros de casas reales europeas… Pero todo se le perdonaba. Eran más importantes la última anécdota, la última foto de la familia, que se veía tan bonita.

Errores que marcan

Sin embargo algo empezó a cambiar a mediados de la última década. La imagen de la familia real comenzó a tornarse borrosa. Tras un largo juicio, el yerno del Rey, Iñaki Urdangarin, fue condenado por delitos fiscales, malversación y tráfico de influencias. Como esposo de Cristina de Borbón, había usado su posición para conseguir contratos millonarios de los que se lucró de manera ilegal.

La misma infanta estuvo enredada, compareció en el juicio y, finalmente, salió bien librada. Aunque la defensa del socio de Urdangarin intentó demostrar que el Rey estuvo involucrado en lo que se llamó el Caso Noós, fracasó. El juez y el fiscal lo desestimaron por falta de pruebas. Juan Carlos I, pues, no salió mal librado. Pero cometió una enorme imprudencia cuando aún no se había sanado esa herida: se fue a cazar elefantes en Botsuana con una amiga íntima.

Quizá nadie se habría enterado si no hubiera sido porque se cayó, se rompió la cadera y tuvo que ser trasladado de urgencia a España, donde lo operaron. Y lo peor de la metida de pata es que sucedió en 2012, en plena crisis económica, cuando los españoles tenían que hacer verdaderas piruetas para poder comer. El país ya estaba siendo revolcado por un grupo de jóvenes indignados, inconformes en general con el sistema.

“Lo siento mucho: me he equivocado”, dijo Juan Carlos I en un pasillo del hospital. “No volverá a ocurrir”. La humildad de pedir excusas cayó bien, pero no mitigó la sensación de falta de solidaridad con su pueblo. El eterno reconocimiento por su actuación en la consolidación de la democracia no era suficiente para cerrar la brecha que se había abierto con el caso Nóos y que se ampliaba con el mal paso en Botsuana.

Esta suma de ingredientes desgastó tanto su figura que abdicó en su hijo en junio de 2014.

La sombra de Corinna

Desde hace unos años, en los medios comenzó a aparecer con frecuencia el nombre de Corinna. Corinna zu Sayn-Wittgenstein. Corinna Larsen. El primero es el apellido de su exesposo, un príncipe alemán. El segundo es su verdadero apellido. Algunos recordaron que ella ya había figurado en correos de Urdangarin, en los que recomendaba gente, y que había participado en la organización del matrimonio del entonces príncipe Felipe y Letizia Ortiz. Era, pues, una vieja conocida de la familia. Para el momento de la cacería en Botsuana ya era íntima del Rey.

(Le puede interesar: Examiga íntima de Juan Carlos I dice que buscó ‘diálogo de buena fe’)

Era una mujer refinada, que se movía en altos círculos sociales. Se había separado del príncipe Casimir, con quien tuvo un hijo (que también estaba presente en el viaje de la cacería). Le gustaba usar el apellido del exesposo y la llamaban ‘princesa’. Hace poco la página web de la casa real alemana borró su nombre. Ahora aparece la actual mujer de Casimir: Alana Bunte, una modelo, hija de padre estadounidense y madre colombiana.

Larsen ha vivido en varios países (actualmente reside en el Reino Unido), pero tenía una finca para las temporadas que pasaba en España, durante los tres o cuatro años de amistad con Juan Carlos I. Estaba ubicada cerca del Palacio de la Zarzuela (donde viven los Reyes) y tenía a su disposición dos guardias civiles.

También viajaban juntos. Según se ha sabido gracias a las investigaciones abiertas recientemente en Suiza, Álvaro de Orléans, primo lejano del Rey, les prestó en varias ocasiones su avión privado para traslados discretos.

El escándalo desatado por la cacería terminó con su amistad. En España no se supo mucho públicamente de su vida, pero durante los últimos días ha vuelto a aparecer en los medios. Primero en Inglaterra, donde ‘The Telegraph’ publicó una noticia en la que ella asegura que demandará a los servicios de inteligencia españoles por una campaña de amenazas e intimidación para proteger los intereses de la Corona. Después en España, donde el rey Felipe VI emitió el comunicado en el que informaba que retiraba la asignación presupuestal a su padre y renunciaba a cualquier herencia proveniente de él, así como a “cualquier activo, inversión o estructura financiera cuyo origen, características o finalidad puedan no estar en consonancia con la legalidad”.

También indicaba que el 5 de marzo de 2019 un despacho de abogados inglés le había hecho saber que era beneficiario de la Fundación Lucum.

Se trató de una comunicación enviada por los abogados de Corinna, en la que le contaban que era el segundo beneficiario (su padre era el primero) en los estatutos de una entidad panameña que era administrada por Lucum.

Movimientos opacos

Hasta 2012 esa Fundación había tenido una cuenta en un banco suizo a la que llegaron cien millones de dólares de Arabia Saudita. De esa suma el Rey emérito trasladó a una cuenta de Corinna 65 millones de euros.

Ese dinero levantó sospechas en la fiscalía suiza, que comenzó una investigación en 2018.

Larsen lo justificó como una “donación” del rey emérito.

Según documentación de la fiscalía suiza, esa suma procedía originalmente de otra donación recibida de la casa real saudí. Lo que aspira a determinar es si está relacionada con la construcción del tren a La Meca, una operación en la que participó el Rey emérito y cuya concesión fue otorgada a un consorcio español. Es decir, quiere saber si se trató de una comisión subrepticia otorgada a Juan Carlos I.

El Rey emérito está, además, relacionado con la investigación de otra fundación, en la que también figura Felipe VI como beneficiario. Se trata de Zagatka, fundada por Álvaro de Orléans en Linchestein y vinculada a una cuenta en Suiza. En una conversación con el excomisario José Villarejo –ahora en la cárcel por varios delitos–, Larsen afirmó que Orléans era el testaferro de Juan Carlos I.

El Rey emérito no se ha pronunciado, pero sí anunció al abogado que lo defenderá. Todavía no se conoce, pues, su versión.

Las cacerolas hablan

Las voces en contra del Rey emérito no tardaron en levantarse. Un conjunto de partidos republicanos y nacionalistas pidió esta semana en el Congreso la creación de una comisión de investigación, luego de que hubiera fracasado en un primer intento hace pocos días. En el mismo sentido actuó una eurodiputada de Esquerra Republicana per Catalunya, que solicitó una investigación del caso ante la Comisión Europea.

El presidente Pedro Sánchez se pronunció sobre el comunicado de Felipe VI. Dijo que la decisión del Rey de renunciar a cualquier herencia de su padre es “necesaria y coherente con el compromiso de transparencia y ejemplaridad” que se ha propuesto.

Pero los ciudadanos, que mantienen las medidas de encierro propias de la crisis del coronavirus, se expresaron contra la monarquía mediante una cacerolada desde los balcones, coincidente con el discurso que pronunció Felipe VI el miércoles para animar a los españoles en estos momentos de angustia por la enfermedad.

El alcalde de Vitoria (en el País Vasco) anunció, por su parte, que ya empezó el trámite para retirar el nombre de Juan Carlos I a una avenida, porque “no se merece tener una calle”.

Las fichas se mueven e intentan hacerle jaque al Rey emérito. El mismo al que adoraban hasta hace pocos años en una España que se declaraba, orgullosamente, ‘juancarlista’. Pero hay quienes van más allá y ven amenazado el futuro de la propia monarquía. El cacerolazo en momentos del discurso de Felipe VI no fue precisamente una anécdota.

JUANITA SAMPER
Corresponsal de EL TIEMPO
Madrid

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