‘Chalecos amarillos’: los retos de una rebelión

‘Chalecos amarillos’: los retos de una rebelión

Ahora tienen en su cancha el llamado de Macron a abrir un debate sobre los problemas de Francia.

Los 'Chalecos amarillos' vuelven a tomarse las calles de Francia

Integrantes del movimiento de ‘chalecos amarillos’ se tomaron las calles, en una protesta antigubernamental, en Angers, oeste, y otros lugares de Francia, el fin de semana.

Foto:

Lucas Barioulet / AFP

Por: María Fernanda González E.*
22 de enero 2019 , 07:10 p.m.

Como si se tratara de una obra de teatro, los medios franceses anuncian cada semana, desde el pasado 17 de noviembre, un nuevo Acto de los chalecos amarillos. Estas protestas se han desarrollado cada sábado entre movilizaciones y manifestaciones vandálicas.

Los intelectuales y analistas han buscado entender cuáles son los orígenes, en qué consisten sus verdaderas reivindicaciones y qué respuestas se pueden encontrar.

La revista Philosophie, en su número de febrero del 2019, abre la puerta a reconocidos filósofos para que den su parte en este álgido debate. Si bien existe unanimidad en el rechazo de la violencia desmedida, el problema no se resuelve únicamente con la fuerza, el orden y la autoridad.

Y es allí donde todos coinciden. Estas manifestaciones deben estar acompañadas y guiadas con el fin de llegar a soluciones concretas. Para la filósofa Chantal Sol, la ruptura entre la élite y el pueblo es esencialmente ideológica. El problema reside en la falta de una cultura común que permita una concordia entre estos dos actores.

Ella describe dos mundos opuestos: una élite cosmopolita y moderna, preocupada por el fin del mundo, y un pueblo conservador e inmóvil, preocupado más por cómo llegar a final de mes.
Para Sol, la élite ha estado imponiendo una visión globalizada, sin tener en cuenta los problemas diarios de los más desfavorecidos.

Por su parte, Luc Ferry, exministro de Educación, advierte que la Constitución fue creada con dos fuerzas políticas (izquierda y derecha). Hoy existen cinco partidos que hacen inviable la gobernabilidad. A su juicio, el Gobierno actual no representa verdaderamente al pueblo, y sugiere un cambio de equipo que permita incorporar a personalidades de todos los sectores políticos.

¿Quiénes son?

El pasado 12 de diciembre, Le Monde publicó una radiografía realizada por un grupo de politólogos y sociólogos. Si bien las reivindicaciones son esencialmente una lucha por una mayor justicia social y por lograr una mayor capacidad adquisitiva, los datos arrojaron que un 44 % está constituido por empleados, artesanos, comerciantes y pequeños empresarios. Solo un 14,4% está constituido por obreros y un 9,8 % por profesiones tales como enfermero, funcionario del sector educativo o jefe de obra.

En relación con las edades, una importante mayoría se sitúa en la categoría de adultos mayores.
Un 27 % concierne a manifestantes de entre 35 y 49 años; 26 %, de entre 50 y 64 años, y 17,3 % para los mayores de 65 años. Los jóvenes de entre 18 y 24 años solo representan un 6 %.

El detonante del surgimiento de los ‘chalecos amarillos’ se dio con el rechazo al alza de los carburantes; sin embargo, sus inquietudes han aumentado, y las características del movimiento se desdibujan cada vez más.

Así lo demuestran las opiniones contrapuestas de reconocidos escritores entrevistados por Le Nouveau Magazine Littéraire. Marc Wietzmann describe el fenómeno como el primer caso en Francia de una movilización nacida de internet, sin una narración estructurada propia y que, por ende, puede ser potencialmente manipulada.

La desorganización del movimiento podría caracterizarlo más como un fenómeno anárquico que tiene grandes dificultades para delimitar sus reivindicaciones, definir un líder y estructurar el movimiento.

François Beaune está de acuerdo con las reivindicaciones de los ‘chalecos amarillos’ en el sentido de crear una mayor justicia social a través de un impuesto más justo. Beaune podría definirse como un ‘chaleco amarillo’ empobrecido y precario, puesto que gana el equivalente al salario mínimo mensual con su trabajo de escritor: “Objetivamente puedo decir que mi situación económica es precaria. Como independiente no tengo derecho al subsidio de desempleado. Si estoy enfermo, nadie me indemniza. Imposible comprar un apartamento. No salgo a vacaciones”.

A pesar de ello no sale a protestar, puesto que se considera un privilegiado: haber podido escoger un trabajo que le gusta y tener el lujo de escribir gracias al apoyo del Estado.

Hay quienes ven en el movimiento una suerte de liberación contra un modelo económico que genera grandes inequidades. En esta orilla se encuentra Raoul Vaneigem, un importante activista de Mayo del 68, quien con una visión utópica asegura que estas movilizaciones permiten “reanimar la solidaridad, la generosidad, la hospitalidad, la belleza y la poesía, todos los valores hoy asfixiados por la efectividad rentable”.

La principal reivindicación es la de abrir el debate sobre la fiscalidad, la redistribución de la riqueza y el regreso del impuesto a la fortuna para las clases más adineradas. Los postulados de los activistas y algunos intelectuales dan cuenta también de una crítica visceral contra el actual presidente, quien se ha ganado el apodo de presidente banquero o de los ricos.

Para dar una respuesta a las movilizaciones, el presidente Emmanuel Macron, de manera inédita, invitó a construir un nuevo contrato social con el pueblo francés. A través de una larga carta pública, el jefe del Estado hizo un balance de la Francia de hoy. Reconoce las bondades del sistema francés asegurando que “los que trabajan financian las pensiones, una buena parte de los ciudadanos paga los impuestos para reducir la desigualdad; y en el país, la educación, la salud, la seguridad y la justicia están a la mano de todos los ciudadanos”.

No duda en calificar al país galo como el más fraterno e igualitario y donde todos son protegidos en sus derechos y libertad de opinión, conciencia, creencias y filosofías. Pese a ello existen dificultades, y por esto invita a la ciudadanía a debatir cuatro grandes temas: transición ecológica; fiscalidad y gasto público, democracia y ciudadanía y organización de los servicios públicos. Los ciudadanos podrán participar en línea enviando sus propuestas hasta el 15 de marzo.

También toca asuntos sensibles como la inmigración y la laicidad. Sin embargo, no plantea temas de los ‘chalecos amarillos’ o como los privilegios de los funcionarios del Estado.
Sobre el regreso del impuesto de la fortuna, que su gobierno eliminó, ha reiterado verbalmente que ese tema no será discutido.

La carta, un ejercicio inédito, plantea diferentes retos y ha sido calificada como un escenario jamás explorado por sus antecesores. El editorialista de Le Monde Gérard Courtois, quien hace un análisis retrospectivo, considera que los presidentes de la V República al llegar al poder han utilizado la retórica de la ruptura, y sus eslóganes son una muestra de ello. Mitterrand habló de “cambiar la vida de los franceses”, cosa de no poca monta; Chirac propuso “reducir la fractura social”, Sarkozy quiso definirse como “el gran reformador”, y Hollande llamó la atención con el eslogan ‘El cambio es ahora’.

Si bien todos los presidentes usaron la retórica de la ruptura, quien la llevó al extremo fue Emmanuel Macron, provocando una caída de la legitimidad del sistema. Courtois asegura que, desgraciadamente, no logró, en su primer año y medio de mandato innovar o actuar rápidamente.

Si la retórica presidencial no es nueva, tampoco la historia de las movilizaciones en Francia, en una sociedad que Courtois define como “incorregiblemente jacobina”.
El punto de partida es Mayo del 68, pero vale la pena recordar las huelgas de la crisis de la escuela privada cuando se quiso integrar al servicio público sin éxito, el proyecto de reforma universitaria en 1986, las huelgas del otoño de 1995 por la congelación salarial o la reforma a la seguridad social en el gobierno Juppé.

Sin duda, recuerda Courtois, la gran característica de la V República ha sido la de la elección del presidente por sufragio universal, que ha dado solidez al Poder Ejecutivo
y le ha permitido superar las crisis. Si bien los antecesores de Macron pudieron haber sido debilitados, jamás han sido destituidos. Y Macron no será el primero.

Courtois recuerda que Macron no tiene a disposición el escenario de sus antecesores Mitterrand y Chirac, quienes se jugaron la gobernabilidad bajo la cohabitación. Esto les permitió compartir con sus opositores la responsabilidad de sus acciones. Por el contrario, Macron se encuentra en una posición de debilidad en la que su único camino es convencer a los franceses de ser partícipes de la transformación del país a través del gran debate nacional.

Y concluye: “Apostarle al fracaso puede ser peligroso e irresponsable. Asegurar el éxito en este momento es tener la fe del carbonero”; en otras palabras, creer sin saber a ciencia cierta a dónde llegará y qué compromisos tendrá el llamado a la participación social.

* Ph. D. Universidad de la Sorbona (París). Profesora, Sciences Po

María Fernanda González E.* 
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