La paz que se firmó dos veces en un vagón de tren

La paz que se firmó dos veces en un vagón de tren

Aliados obligaron a alemanes a declarar su rendición para poner fin a la Primera Guerra Mundial. 

Angela Merkel y Emmanuel Macron

Angela Merkel y Emmanuel Macron depositaron el sábado una ofrenda floral en Compiègne (Francia), donde se firmó el fin de la guerra.

Foto:

Alain Jocard / AFP

Por: Mónica Chamorro
12 de noviembre 2018 , 09:33 p.m.

Era un vagón de primera clase fabricado por la Compagnie Internationale des Wagons-Lits, la misma que fabricaba los trenes de lujo del mítico Orient Express. Era una carroza elegante, en la que uno se imagina que solo viajaban espías y condesas, marcado como 2419D, y en ella se gestó dos veces la historia: allí se pactaron dos armisticios fallidos, dos paces que no fueron tales. Paces como bofetadas. El primer armisticio se firmó en 1918, hace justamente cien años, para detener la Primera Guerra Mundial, esa hecatombe en la que la humanidad empezó por primera vez a contar los muertos por decenas de millones; y el segundo, en 1940, cuando los alemanes dieron inicio a la segunda pesadilla europea.

La primera paz tuvo lugar el 11 de noviembre, en el bosque de Compiègne, a unos 80 kilómetros de París. Podemos suponer que aunque el frío invernal ya había deshojado a los árboles, aún no nevaba y en el interior de la confortable carroza, los vencedores, es decir los Aliados, esperaban a los vencidos. Y los alemanes, los vencidos, arribaron a bordo de un tren con las ventanas clausuradas, casi subrepticiamente, como suelen llegar los derrotados. Cuenta en sus memorias el mariscal francés Foch, gran general de los ejércitos aliados, que los alemanes fueron recibidos con extrema frialdad y que se les exigió declarar explícitamente su rendición. Alemania debía humillarse e implorar la paz. Solo así, a las 5 y 30 de la mañana, se firmó el acuerdo.

En este armisticio del 18, el general Foch no permitió la entrada de fotógrafos, por lo cual no nos queda más que imaginar la escena; todo en esa primera paz del 2419D sería francés: los uniformes militares de los delegados aún con charreteras decimonónicas, las curvas de los bigotes retorcidos. Temblarían esos bigotes, los de los alemanes, de humillación; los de los aliados, de ‘grandeur’. Los protagonistas se obstinan en seguir rigurosamente el guion del triunfo y la derrota. La pieza teatral de los vencedores y los vencidos. Cada uno haciendo lo suyo oportunamente, calculando los gestos, las firmas y las venias.

Los cinco tratados que de ese armisticio se derivarían –Versailles es solo uno de ellos– desmembrarían tres imperios y crearían nueve naciones, que resultarían en su mayor parte embriones inviables. Alemania fue penalizada con indemnizaciones impagables, grandes pérdidas industriales y territoriales, además de la reducción de su ejército y la destrucción de su marina de guerra. No contentos con ello, se le exigió que asumiera la total responsabilidad de la guerra frente al resto de naciones de Europa. Y fue entonces cuando los alemanes, sin ser los únicos villanos (Inglaterra, Italia, Francia y Rusia tenían sus razones para querer la guerra), se convirtieron en los malos de la película.

Foch quiso que el 2419D se transportara a París y se exhibiera entre los demás trofeos de su triunfo; se instaló en Les Invalides y los parisinos acudieron a acariciar sus terciopelos, sentir el crujir de sus maderas y a llevarse a sus casas un pedazo de la gloria de Francia. Después, fue entronizado en un monumento a la victoria, que tuvo como protagonista una gigantesca placa que rezaba: Aquí […] sucumbió el criminal orgullo del Imperio Alemán […]. Frente a ella se emplazó nuestro querido vagón 2419D, ya un poco desvencijado, pero todavía con una bella figura; aun mejor que la del mariscal Foch, cuya estatua se erigió en el lado opuesto de la explanada.

Podemos suponer que aunque el frío invernal ya había deshojado a los árboles, aún no nevaba y en el interior de la confortable carroza, los vencedores, es decir los Aliados, esperaban a los vencidos

En ese lugar de honor lo encontraron los alemanes en 1940, cuando cruzaron la frontera, superaron la inútil Línea Maginot y conquistaron Francia. Y para celebrar su victoria y firmar un nuevo armisticio, no pudieron imaginar un lugar mejor que el vagón, cobrando así derrota por derrota y humillación por humillación. Este se firmó el 22 de junio, y a diferencia del primero, no solo fue profusamente fotografiado, sino, además, filmado. Muy bien filmado, a lo nazi, con excelentes producción y coreografía. Debe haber sido idea de Hitler, ese hombre repleto del oscuro carisma del odio, a quien le gustaba, como a todos los pequeños hombres megalómanos, lucirse ante las cámaras.

En esta segunda paz, ya no era de noche: fue en pleno día. Y la luz, recogida por los teleobjetivos, era la justa para resaltar los uniformes nazis, grises y negros, nada franceses, diseñados por el inimitable Hugo Boss. En el filme, vemos a Hitler desfilar junto a su estado mayor; se mueve y saluda como si estuviera en Núremberg, en medio de soldados en formación y bandas de guerra. Lo observamos detenerse un momento frente a la citada placa que habla del criminal orgullo alemán. La mira con sus ojos de miope, quizás no lea francés, pero todos sabemos que ha entendido muy bien. Después, sube a la carroza y se sienta en la silla que fue del mariscal Foch, donde espera al delegado francés.

Poco después llega el mariscal Pétain. En realidad, solo al mirarlo, da pena Pétain; con su solitario uniforme de viejo veterano, perdido entre los pasos de ganso de los oficiales nazis. El mariscal desfila brevemente y sube al vagón. Allí, otra cámara descubre la intimidad del acuerdo por el que Francia será dividida en dos y sometida al control alemán e italiano, pues Italia –aliada de Alemania en esta ocasión– también quiere un trozo en la repartición. Se recita de nuevo la pieza de los vencedores y de los vencidos; les sale a todos muy bien, pues después de tantos ires y venires de la Alsacia y la Lorena, conocen el papel al dedillo.

Una vez firmado el segundo armisticio de Compiègne, Hitler ordena que el monumento a la victoria francesa sea destruido, rasado al suelo y borrado de la historia. Sus órdenes se cumplen con rigor y la placa monumental, los edificios, los monolitos y todo lo demás son minados y volados. Lo único que queda de pie, por voluntad expresa del Führer, es la estatua del mariscal Foch; Hitler la quiere como testigo: que se quede contemplando las ruinas y aunque fuere en esfinge, se rinda ante su superioridad. Por último, el 2419D fue puesto de nuevo sobre los rieles y llevado a Berlín, esta vez para ser exhibido como botín de guerra alemán.

Levantaban a sus hijos pequeños sobre los hombros para que no olvidaran que allí dentro, en ese interior decorado con el degenerado gusto francés, Alemania había recuperado su lugar en la historia

Entonces, Berlín fue una fiesta, y otra vez los triunfadores de ocasión acudieron en masa para ver el relicto. Instalaron una plataforma de madera desde la que los berlineses podían visitar el vagón. Pese a que no se podía entrar en él, las vidrieras permitían observar el habitáculo, en el que además estaba expuesto el original del maligno tratado de Versalles. Las mujeres, vestidas con faldas estampadas de lunares, se empinaban en sus zapatos de tacón y los padres se quitaban el sombrero y levantaban a sus hijos pequeños sobre los hombros para que no olvidaran que allí dentro, en ese interior decorado con el degenerado gusto francés, Alemania había recuperado su lugar en la historia.

El segundo armisticio –en este caso, afortunadamente– también fue breve y cinco años después tuvo lugar el atroz final de la guerra. En ese final, se pierde el rastro del vagón 2419D. Cuando los franceses lo buscaron por Berlín para llevarlo de nuevo a Compiègne, donde aún hoy lo espera el mariscal Foch, no pudieron encontrarlo. Tal vez Hitler ordenara destruirlo, como consuelo por no haber podido volar París o, quizá, porque no quería que allí firmaran una nueva paz, sin él y sin el Reich. O quizá simplemente se quedó perdido en una esquina arrasada de lo que fue Alemania y Europa, una ruina entre las ruinas. Una lujosa ruina de nefastos sueños de conquista que solo supo albergar armisticios de vanidades y paces como venganzas.

MÓNICA CHAMORRO
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