La metamorfosis kafkiana de Europa central

La metamorfosis kafkiana de Europa central

Europa debe decidir qué hacer con estas criaturas poco familiares que residen en su hogar.

Jaroslaw Kaczynski

El líder del nacionalista y populista partido Ley y Justicia, de Polonia, Jaroslaw Kaczynski.

Foto:

Agency Gazeta - Michal Ryniak / Reuters

Por: Ivan Krastev - Project Syndicate
30 de marzo 2019 , 10:21 p.m.

En la novela de Franz Kafka ‘La metamorfosis’, el protagonista, Gregorio Samsa, se despierta una mañana “con sueños intranquilos” y descubre que se ha “transformado en un gigantesco insecto” en su cama. Sobra decir que su familia está desconcertada, sin ninguna idea de qué hacer con la desagradable criatura en la que se ha convertido.

Los europeos conocen esa sensación. En el 2018 se vieron obligados a reconocer que Hungría y Polonia habían cambiado, pasando de ser promisorios modelos de democracias liberales a regímenes de mayoría iliberal y obsesionados con las conspiraciones. Ahora, el resto de Europa debe decidir qué hacer con estas criaturas poco familiares que residen en su hogar.

Pero primero vale la pena sopesar por qué ocurrieron estas transformaciones liberales. ¿Por qué pueblos que todavía se consideran completamente europeos apoyaron una revuelta contra la Unión Europea, abrazando la xenofobia y el nativismo? ¿Y por qué los liberales de toda Europa no respondieron a tiempo?

Parte del problema es que las élites liberales se volvieron complacientes y demasiado confiadas en que las instituciones de la UE contuvieran los populismos emergentes. Pero, más allá de eso, no fueron capaces de reconocer que el atractivo del populismo es más psicológico que ideológico.

Para entender la metamorfosis de Europa central hay que tener en cuenta que durante casi tres décadas el imperativo político de la región era “¡Hay que imitar a Occidente!”. Fue un proceso que adoptó diferentes nombres -democratización, liberalización, convergencia, integración, europeización-, pero en esencia era un esfuerzo de los reformadores poscomunistas de importar instituciones liberal-demócratas, adoptar marcos políticos y económicos occidentales y abrazar públicamente sus valores.

En la práctica, esto significó que los países antes comunistas se vieron obligados a adoptar 20.000 nuevas leyes y regulaciones, ninguna de las cuales se sometió realmente a debate en sus parlamentos, para cumplir los requisitos de acceso a la Unión Europea.

La adopción de un modelo extranjero de economía política acabó teniendo desventajas morales y psicológicas inesperadas. Para el imitador, la vida se ve dominada por sensaciones de inadecuación, inferioridad, dependencia y pérdida de identidad. Para crear y habitar una copia creíble de un modelo idealizado se requiere una incesante crítica (si no desprecio) de la propia identidad hasta ese punto. Cuando todo un país pasa por esta renuncia a sí mismo, se vuelve endémica una sensación debilitante de ser constantemente juzgado. Después de todo, la realización de un ideal es imposible por definición.

No es de sorprender, entonces, que la situación post-1989 creara un enconado resentimiento. Y en la actualidad, ese ‘ressentiment’ nacional se ha convertido en la ola impulsora tras la marea nativista que barre elección tras elección en Europa central y del Este. En el corazón de la contrarrevolución populista hay un rechazo radical al imperativo de imitar al Occidente liberal-demócrata.

Otro factor es la emigración masiva desde los Estados centroeuropeos tras su ingreso a la UE. La despoblación ayuda a explicar por qué países que se han beneficiado tanto de los cambios políticos y económicos de las últimas dos décadas tengan sin embargo una sensación de pérdida, y hasta de trauma. Entre 1989 y 2017, por ejemplo, Letonia, Lituania y Bulgaria perdieron un 27, 23 y 21 por ciento de sus poblaciones, respectivamente. De modo similar, 3,4 millones de rumanos –la vasta mayoría menores de 40 años– han dejado su patria desde 2007.

En toda la región, una combinación de población que envejece, bajas tasas de nacimiento y emigración masiva ha generado un pánico demográfico que paradójicamente se ha expresado como un temor a los refugiados africanos o de Oriente Medio, siendo que casi ninguno de ellos ha acabado asentándose en Europa central.

Algunos europeos occidentales siempre se han quejado de la libre circulación de personas dentro de la UE, y ahora muchos centroeuropeos también lo hacen, pero por las razones opuestas. Considérese el ejemplo de un doctor búlgaro que deja su país en busca de mejores perspectivas profesionales en la parte occidental del continente. No solo priva a su patria de sus talentos y habilidades, sino que también le roba la inversión que hizo al darle una educación y otras formas de capital social. Las remesas que envía a sus ancianos padres no compensan esta pérdida.

Esto nos retrotrae a la dimensión psicológica de la metamorfosis de Europa central. Si vives en una nación donde la mayoría de los jóvenes están impacientes por dejarlo, te sentirás como un perdedor, más allá de lo bien que te esté yendo. Esta inevitable sensación de pérdida e inferioridad explica por qué Polonia se ha convertido en un modelo del nuevo populismo. Apenas importa el hecho de que el mismo país haya registrado menores niveles de desigualdad, niveles de vida en ascenso, y el más rápido crecimiento de Europa entre 2007 y 2017.

Los principales promotores del imperativo de imitación, los liberales poscomunistas, han llegado a ser vistos como los representantes políticos de quienes han dejado sus países para nunca volver. Mientras tanto, el sistema occidental que se suponía serviría de modelo para Europa central ha descendido a una crisis creada por sí mismo.

Sorprende poco, entonces, que quienes han quedado atrás en las sociedades de Europa central hayan rechazado la imitación y lanzado la alarma sobre la despoblación, incluso la “desaparición étnica”.

“La nación pequeña –observó una vez el novelista Milan Kundera– es aquella cuya existencia puede cuestionarse en cualquier momento; una nación pequeña puede desaparecer y lo sabe”. Europa central ya vivió en un mundo en que sus culturas desaparecían. Y hoy, con el impulso del cambio tecnológico y la amenaza de los desplazamientos laborales masivos, percibe la diversidad étnica y cultural como amenaza existencial.

Con todo, si bien los europeos centrales han perdido su apetito por imitar, también saben que la desintegración de la UE sería una tragedia épica para sus países. Si se profundizara la brecha entre el Este y el Oeste, no se revertiría la despoblación y sí se verían amenazadas las perspectivas económicas de Europa central.

Como resultado de lo anterior, la región se encuentra dividida entre la reluctancia a jugar el papel de aspirante y el temor a que su propio giro populista precipite el colapso de la UE. En cualquiera de los casos, los “sueños intranquilos” de Europa central se han vuelto una realidad permanente y un serio problema para todo el resto de Europa.

IVAN KRASTEV*
© Project Syndicate
Viena

* Ivan Krastev dirige el Centro para Estrategias Liberales, en Sofía (Bulgaria). Y actualmente forma parte del programa-beca Henry Kissinger de política exterior y relaciones internacionales en el Centro John W. Kluge, de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

La Unión Europea les muestra los dientes

El 17 de enero, el Parlamento Europeo dio luz verde a una propuesta que permite a la Comisión Europea bloquear las ayudas a los países de la UE que no respeten los valores democráticos del bloque. Bien sea emprendiendo reformas que violen la independencia judicial, los derechos fundamentales o los de las minorías; o bien, no combatiendo la corrupción y el fraude.

Una iniciativa con dos destinatarios muy claros: los gobiernos de Polonia y Hungría, acusados de no respetar el Estado de derecho.

“La UE no es un club de negocios. El respeto de nuestros valores comunes es el pilar sobre el cual se construye el proyecto europeo, y ningún gobierno puede violarlos sin sufrir las consecuencias”, dijo la eurodiputada socialista Eider Gardiazábal, ponente de la idea.

Polonia es actualmente el mayor receptor neto de la UE, con 86.000 millones de euros para el periodo 2014-2020. Y solo en el 2017, Hungría recibió 3.100 millones de euros. Es claro que la UE quiere golpearlos donde más les puede doler.

El documento, que plantea incluso posibilidad de sancionar con la pérdida del voto en el bloque, debe ser aprobado ahora en el seno del Consejo de la UE. La intención de la Comisión Europea es que la nueva exigencia entre en vigor con el nuevo marco financiero plurianual, a partir de 2021, aunque la batalla en el Consejo se prevé dura, pues Polonia o Hungría podrían conseguir aliados.

Pero aunque el esquema sancionatorio no se concrete, el que se haya planteado es suficiente evidencia de hasta dónde ha llegado la indignación del resto del bloque por lo que está pasando en Polonia y Hungría.

El año pasado, Bruselas tuvo que llevar a Polonia ante el Tribunal de Justicia de la UE por una reforma del gobernante y ultranacionalista partido Ley y Justicia (PiS), de Jaroslav Kaczynski, con la que se iba a minar la independencia del poder judicial y dar un golpe de Estado a su Corte Suprema. Y el Europarlamento ha pedido hacer lo mismo contra el Gobierno de Hungría, encabezado por Viktor Orban, por sus leyes para controlar las ONG y sus trabas a la libertad de prensa y de expresión, y su xenofobia, que quedó manifiesta con una ley que criminaliza a quien ayude a un migrante. A lo cual se suma el bloqueo de ambos países a normas y declaraciones de la UE en pro de los derechos de la comunidad LGBTI.

Y mientras Orban dice que todo se debe a una “operación de castigo” contra los países del centro de Europa por su postura frente a la inmigración, los analistas se dividen ante la eficacia de las sanciones. Algunos alertan de que se castigaría también a los sectores más proeuropeos de esas sociedades y se podría alentar aún más al populismo nacionalista que hoy reina en ambos países. Pero otros piensan que el asunto es que, sencillamente, la UE dejaría de ser lo que es si no actúa ante las políticas antidemocráticas de estos dos ‘socios’.

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