Irlanda: la piedra en el zapato del ‘brexit’

Irlanda: la piedra en el zapato del ‘brexit’

La situación de la isla tiene un escollo casi insalvable para el divorcio entre Reino Unido y la UE.

Irlanda en el Brexit

El ‘brexit’ no solo aumentó las diferencias entre los norirlandeses nacionalistas y unionistas, sino también en todo el Reino Unido.

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Daniel Leal / AFP

Por: Leopoldo Villar Borda
29 de marzo 2019 , 08:42 p.m.

Por enésima vez en su historia, Irlanda es el origen de un gran dolor de cabeza para el Reino Unido. Cuando aún están frescas las heridas de la guerra que el Ejército Republicano Irlandés (IRA, por su nombre en inglés) libró durante treinta años contra las autoridades británicas en Irlanda del Norte, la cuestión irlandesa ha surgido con fuerza como el principal obstáculo para el retiro de la Gran Bretaña de la Unión Europea (UE).

Ahora no se trata, como en otras ocasiones a lo largo de la historia, del choque entre la autoridad de Londres y los anhelos de independencia de los irlandeses, sino de algo más complicado: la inevitable reaparición de la frontera entre la República de Irlanda y el territorio de Irlanda del Norte, perteneciente al Reino Unido, que fue suprimida con el Acuerdo del Viernes Santo de 1998.

Esto es así porque el brexit cavaría una zanja entre El Eire (nombre vernáculo de la república independiente irlandesa) y la parte de Irlanda sometida al control británico, con serias consecuencias para el acuerdo de paz, el comercio y, peor aún, la propia cohesión del Reino Unido, al alentar las aspiraciones secesionistas de Irlanda del Norte.

Este rompecabezas hunde sus raíces en antiguos conflictos territoriales que se remontan al siglo XII, cuando Enrique II de Inglaterra invadió la isla de Irlanda, la integró a la corona británica e impuso su dominio sobre ella. Cuatro siglos más tarde, cuando Enrique VIII rompió con el Vaticano y se estableció como jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, a los problemas territoriales se sumó la cuestión religiosa, pues desde el siglo V el catolicismo había echado raíces en Irlanda gracias al trabajo evangelizador de san Patricio, un predicador de origen británico venerado hasta la actualidad como el patrono de la isla.

De San Patricio se dice que utilizó el trébol de tres hojas para explicar el misterio de la Santísima Trinidad, y por esto la hierba se convirtió en símbolo de Irlanda y de su festividad nacional, el Día de San Patricio, que se celebra anualmente el 17 de marzo. Al santo también se le atribuye el milagro de haber expulsado las serpientes de la isla, donde la imaginación popular forjó leyendas desde el tiempo de los celtas, como la de los leprechauns o duendes mitológicos que adoptan la forma de hombres viejos, generalmente visten de verde y disfrutan haciendo travesuras.
Religión y política

Los irlandeses se negaron a sustituir su catolicismo por la nueva Iglesia anglicana, por lo cual sufrieron represiones sangrientas y vieron suprimidos sus derechos por la adopción de duras leyes penales británicas. Sin embargo, nunca abandonaron sus anhelos de independencia. En 1916, los nacionalistas protagonizaron un levantamiento armado y proclamaron la república, pero fueron derrotados por el ejército británico y sus principales dirigentes fueron ejecutados.

El único sobreviviente entre ellos fue Eamon de Valera, a quien se le conmutó la pena por su origen americano, pues había nacido en Nueva York. A medida que el sentimiento independentista se extendía a todo el territorio, De Valera se erigió en el líder máximo del partido republicano Sinn Féin, y cuando el partido ganó el apoyo popular mayoritario en las elecciones de 1918 se autoproclamó presidente de la República y del Gobierno de Irlanda en la clandestinidad.

La respuesta de Londres fue la prohibición del Sinn Féin, que enardeció los ánimos y precipitó la guerra, en la cual se sucedieron episodios feroces como los del Bloody Sunday (Domingo Sangriento) del 21 de noviembre de 1920, en el cual catorce agentes de inteligencia británicos fueron muertos en Dublín por la mañana, y por la tarde, el ejército inglés disparó contra una multitud en un partido de fútbol, dejando catorce muertos y 65 heridos.

Masacres, emboscadas, ataques a cuarteles, incendios en centros urbanos y otras acciones atroces estuvieron a la orden del día en esos años y mantuvieron aterrorizados a Dublín, Belfast y otras ciudades y pueblos, hasta cuando la presión combinada del avance político del Sinn Féin y la ofensiva guerrillera llevaron al gobierno británico de Lloyd George a negociar la independencia irlandesa en 1921.

Nuevas confrontaciones

Fue una independencia relativa, pues con ella se consagró la partición de la isla, se creó la República de Irlanda en la mayor parte de ella y en la menor se estableció a Irlanda del Norte como una de las cuatro naciones constitutivas del Reino Unido. Este acuerdo fue denunciado como una traición por De Valera, quien encabezó al sector de los nacionalistas radicales en una guerra civil contra el Gobierno irlandés que terminó con la derrota de los radicales y la prisión de De Valera. Tres décadas y varias confrontaciones más tarde, De Valera sería elegido presidente del Estado Libre Irlandés.

La independencia de Irlanda no puso fin a la violencia política, sectaria y religiosa en Irlanda del Norte, donde los unionistas, que son protestantes, mayoritarios en ese sector de la isla y partidarios de preservar los lazos con el Reino Unido, continuaron enfrentando con las armas a los republicanos, en su mayoría católicos y partidarios de la independencia o la anexión a la República de Irlanda. Los violentos enfrentamientos, que provocaron grandes pérdidas de vidas y la destrucción de enormes propiedades en ciudades y pueblos, alcanzaron su mayor intensidad entre 1968 y 1998, cuando se logró la paz y los católicos y protestantes acordaron compartir el poder en el territorio norirlandés.

La cohabitación de los antiguos rivales bélicos, representados hoy por los dos principales partidos, el Partido Democrático Unionista (DUP, por su nombre en inglés) y el nacionalista Sinn Féin, no ha sido tan fácil como lo imaginaron los autores del Acuerdo de Paz de 1998, que los obliga a gobernar juntos. En 2017, la coalición se paralizó tras la renuncia del vice primer ministro Martin McGuinness, del Sinn Féin, quien murió poco después. Desde entonces, las diferencias entre los dos bandos no les permitieron mantener el territorio norirlandés en una situación de gobernabilidad aceptable para todos, por lo cual este pasó a ser administrado directamente por Londres, como ya había ocurrido anteriormente en otras ocasiones.

El lío del ‘brexit’

Las discrepancias entre nacionalistas y unionistas norirlandeses se acrecentaron con motivo del brexit en una medida semejante a la que mantiene dividida a toda la población del Reino Unido. Mientras el DUP hizo campaña en contra del retiro de la UE, el Sinn Féin asumió la posición contraria. En el referéndum ganó el DUP, pues el 56 por ciento de los norirlandeses votaron en favor de seguir en la UE y, en consecuencia, rechazaron el brexit.

Pero esto no impidió a los unionistas aprovechar la oportunidad de ganar espacio político como socios del gobierno conservador de Theresa May en el Parlamento de Londres, en vista de que el partido gobernante no logró una mayoría suficiente en las últimas elecciones legislativas y tuvo que forjar alianzas parlamentarias.

Los unionistas se oponen a la idea de un estatuto especial para Irlanda del Norte porque quieren impedir que se levante una frontera física con Irlanda después del brexit. Algo que no deja de ser paradójico, porque no cuestionan los muros que todavía separan a católicos y protestantes en varios barrios de Belfast, la capital.

En todo caso, un brexit sin frontera en Irlanda del Norte parece una misión imposible. No se ve cómo podrían coexistir los dos territorios sin frontera, cuando uno de ellos seguiría regido por las reglas de la UE y el otro por las del Reino Unido.

Este problema neurálgico se ha convertido en un escollo casi insuperable en las negociaciones del Gobierno de Londres con la UE. No se sabe cómo se podrían resolver los desequilibrios que producirá la separación británica de la UE, y en especial los que aquella ocasionará en la situación peculiar de la isla de Irlanda, donde entrarían a coexistir un miembro de la UE y un territorio británico que pretenden mantenerse unidos.

Poner en igualdad de condiciones a las personas, los productos, los servicios y los capitales comprendidos en un solo mercado (léanse, UE y República de Irlanda) con los que saldrían de la UE por pertenecer al Reino Unido (léase Irlanda del Norte) equivale a la cuadratura del círculo.

Una frontera dura (con puestos de control, filas, chequeos e infraestructura física) sería imposible si el brexit se realiza. Y una frontera blanda e, incluso, invisible, como parece ser deseada por el Gobierno británico, se podría convertir en un caldo de cultivo para el contrabando, las mafias y, con ellas, el fin del imperio de la ley. Todo esto explica que hasta el momento no haya salido humo blanco en Bruselas y Londres. La feliz culminación de su divorcio ha encontrado en Irlanda la verdadera piedra en el zapato.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
Especial para EL TIEMPO

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