‘El progresismo no es propiedad de una bandera política’

‘El progresismo no es propiedad de una bandera política’

Dos exasesores del presidente francés, Emmanuel Macron, analizan los desafíos de este movimiento.

Los 'Chalecos amarillos' vuelven a tomarse las calles de Francia

Las protestas de los ‘chalecos amarillos’, originadas por el descontento de la población, le planteó retos al gobierno de Emmanuel Macron.

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Lucas Barioulet / AFP

Por: María Fernanda González E.
21 de octubre 2019 , 09:45 p.m.

Hablar de progresismo en Colombia es identificar antes que nada a una facción política de izquierda y a su líder Gustavo Petro.

Petro ha calificado su movimiento como progresista y ha sostenido que sus banderas, más allá de las rupturas ideológicas, se centran en reducir las desigualdades sociales, luchar por el cambio climático y apostarle a “una política de la vida”.

Sin embargo, los planteamientos de la campaña presidencial del 2017 muestran que el espectro no puede reducirse solo al petrismo. Otro líder como Sergio Fajardo podría clasificarse también como progresista, pues aduciendo un vacío ideológico en la ruptura izquierda y derecha, le apuesta a la cultura ciudadana, la lucha contra la corrupción, la acción política desde abajo y la reconciliación.

Si en Colombia el progresismo expone los postulados del centro y la izquierda, en Europa incluye, adicionalmente, la lucha contra los nacionalismos.

Ante los difíciles momentos donde los populismos de extrema derecha e izquierda avanzan, el modelo económico imperante aumenta las desigualdades. Y en el marco de los nuevos desafíos, como el calentamiento global, dos de los principales asesores del presidente francés, Emmanuel Macron, hacen un llamado para buscar a los progresistas del mundo. Lo hacen a través de un libro de 170 páginas: 'El progreso no cae del cielo', publicado por la editorial Fayard.

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Los autores, David Amiel e Ismaël Emelien, con tan solo 26 y 32 años, respectivamente, representan la joven élite intelectual francesa. Amiel es un exalumno de la reconocida Escuela Normal Superior, aquella que cuenta con 13 premios nobel, como el escritor Jean Paul Sartre, y varias medallas Fields.

Luego de sus estudios, realizó una estadía de investigación en Princeton y acompañó en 2015 al ministro de Economía de la época, Macron. Durante la campaña coordinó y elaboró el programa político de En Marcha. Emelien, por su parte, viene del sector privado y fue quien dirigió la estrategia de la campaña presidencial.

Con este manifiesto desean dar vida a un movimiento mundial que haga frente a los difíciles problemas de la sociedad, como son la desigualdad, las injusticias de un modelo económico rígido y las políticas que fomentan aún más el individualismo.

Buscan una alternativa que construya una mayoría con todos los sectores de la sociedad. Esta lucha política la califican como una guerra de movimiento al lado de cada ciudadano.

Con este manifiesto desean dar vida a un movimiento mundial que haga frente a los difíciles problemas de la sociedad, como son la desigualdad, las injusticias de un modelo económico rígido

Pero estos jóvenes que dieron vida al proyecto político y económico del presidente, y lograron en tiempo récord constituir el movimiento que los condujo al Elíseo, pronto se dieron cuenta de la difícil tarea que es gobernar. El descontento de la población, expresado en los bajos índices de popularidad del presidente y las manifestaciones de los ‘chalecos amarillos’ han sido dos elementos claves.

Con un gesto inesperado dejaron de lado sus cómodas posiciones en el Elíseo y ahora buscan reconstituir los lazos con la población, recuperar la credibilidad de su movimiento, En Marcha, y difundir las principales ideas del macronismo. En tal sentido, es interesante conocer los principales argumentos que evocan en su libro.

Las fronteras ideológicas

El macronismo ha sostenido desde la campaña que el escenario político actual no puede interpretarse bajo las rupturas tradicionales entre los ideales de izquierda y los de derecha. Mientras los liberales de izquierda, como los socialdemócratas y los socialistas, tenían como prioridad el valor de la igualdad, los liberales de derecha se enfocaban en la libertad de emprendimiento, a la innovación y en evitar que el orden económico fuese amenazado.

Si los liberales de izquierda buscaban construir mecanismos de redistribución de la riqueza y la protección de los derechos fundamentales a través de impuestos progresivos o la gratuidad de los servicios básicos, la derecha mantuvo un acento primordial en la búsqueda de la seguridad, el mantenimiento de los valores tradicionales, como las costumbres y la familia.

Sin embargo, este escenario binario se fue desdibujando para converger así en una visión de una economía de mercado regulada con un Estado providencia. Hoy en día, ni la izquierda de Jean Luc Melenchon sostiene los postulados revolucionarios de 1917, ni la extrema derecha de Marine Le Pen se permitiría negar el holocausto de la Segunda Guerra Mundial, como sí lo hizo su padre. Hoy, todos hablan de valores republicanos. Este hecho de desaparición de los terrenos de lucha y la falta de nuevos desafíos, dejaron libre un espacio a los populismos.

Para los macronistas, la izquierda traicionó el valor de la igualdad, pues el sistema protege solo a los que tienen un empleo, pero dejó por fuera a los inmigrantes y los jóvenes. En la derecha no se preocuparon por renovar sus reivindicaciones. Sus seguidores ahora son el segmento más anciano de la población.

El debate se da también en el marco de la educación. Aun cuando todos los niños tienen derecho a una educación pública gratuita, hay fuertes disparidades entre los colegios de las zonas socioeconómicas más altas frente a las zonas rurales o con dificultades económicas. Son pocos los que realmente tienen acceso a los centros educativos de excelencia.

Su mayor reto: convencer
a los abstencionistas y abrir un espacio a los pesimistas. Concluyen que ‘si se logra cambiar la mentalidad de los pesimistas, los progresistas habrán ganado la batalla

Este escenario generó una sociedad de la frustración y un malestar que ha desembocado en las manifestaciones contra el Gobierno. Para los autores, el inmovilismo social, geográfico y económico es muy grande. Por ejemplo, se necesitan más de seis generaciones para que una familia pobre pueda ser clase media. La inmovilidad geográfica evidencia las fracturas entre las dificultades en el campo y las ciudades.

Y en lo económico, Thomas Piketty asegura que el capital heredado en Francia es de 2/3 del capital privado y tan solo 1/ 3 constituido por el ahorro. En otras palabras, la meritocracia reserva los privilegios solo para quienes acceden a la mejor educación, en las ciudades existe una renta inmobiliaria y detrás de la innovación se han creado monopolios de las grandes empresas como Google.

Ante los síntomas de la frustración en la sociedad, Amiel y Emelien proponen un nuevo escenario con los principios del progresismo: la maximización de las oportunidades, la acción conjunta y el trabajo desde abajo.

Las oportunidades

Hoy, uno de los graves problemas de la educación francesa es el culto al diploma. El sistema determina muy temprano el destino de los estudiantes, incluso antes de la mayoría de edad. El lema del Gobierno debe ser: igualdad de oportunidades y no oportunidades para la igualdad. El origen familiar no debe ser una barrera. Insisten en que es necesario acompañar a todos los ciudadanos de acuerdo con sus capacidades y dar una mano a todos aquellos que se tropiecen.

Y es allí donde está trabajando el ministro de Educación, Jean Michel Blanquer, con su programa Escuela de la Confianza, para invertir en el plurilingüismo y mejorar las condiciones de aprendizaje de los alumnos desde la pequeña infancia. Las reformas también buscan establecer mejoras en los programas escolares y los escenarios para la vida profesional. Los retos del siglo XXI muestran que es fundamental iniciar desde abajo para poder adaptarse a los cambios.

Los autores abogan por el espacio para la libre competencia, donde los gigantes de lo digital, que hoy no pagan o pagan pocos impuestos, no sean un obstáculo para los más pequeños. Plantean que el escenario laboral se adapte a las nuevas oportunidades a través del acceso a las tecnologías de la información. Sin duda, hoy hay más trabajos, pero son cada vez más precarios.

La acción conjunta

Ante estos escenarios, el presidente Macron tomó la decisión de ir al terreno, hablar con los poderes locales: alcaldes, gobernadores y con otras asociaciones como los sindicatos. Su objetivo es el de articular las diferentes responsabilidades para responder mejor a los desafíos de la sociedad.

Y allí es donde el trabajo debe ser articulado con la ciudadanía. En el marco del cambio climático, se debe pasar de una lucha individual a una lucha colectiva, no solo regulando el precio del carbono, sino financiando la investigación en el área de la biodiversidad y logrando a través de campañas el fin de la dependencia al plástico.

Dan como ejemplo la movilización de los pedidos a domicilio. Estos emiten el 6 por ciento de las emisiones de gas. Para lograr que sean eléctricos es necesario tener un apoyo del Estado, pero también una presión desde la ciudadanía.

A través del Gran Debate –la estrategia con la cual se buscó poner fin a la crisis de los ‘chalecos amarillos’– se dio inicio a una nueva era del gobierno Macron. Su lucha, dicen, es la de construir una mayoría, con la convergencia de todos los sectores y todas las categorías socio-profesionales. Su mayor reto: convencer a los abstencionistas y abrir un espacio a los pesimistas. Concluyen que “si se logra cambiar la mentalidad de los pesimistas, los progresistas habrán ganado la batalla”.

El trabajo desde abajo

Varias son las lecciones que pueden ayudar a Colombia. Empezando por entender que el progresismo no es propiedad exclusiva de una bandera política o una ideología. El progresismo busca poner en acción una pluralidad de sectores en forma transversal y no con un choque de clases sociales.

Para los autores de 'El progreso no cae del cielo', el discurso populista en Europa no ofrece ninguna alternativa, no crea, no propone. Es un discurso de enfrentamiento. El ejemplo más significativo es el de la lucha por la defensa de la identidad. Los populistas han sostenido que los inmigrantes están socavando la visión identitaria de la sociedad.

La gran pregunta es: ¿Cómo se define la identidad? ¿Quién la representa? En el caso francés, se preguntan: ¿un revolucionario como Robespierre?, ¿un republicano como el presidente Georges Clemenceau?, ¿un europeo como Víctor Hugo? o ¿es un estilo artístico, una historia culinaria, un estilo de vida?

Aseguran que la memoria histórica es la que define la identidad, y allí nadie puede ser excluido. Ninguna persona puede ser depositaria como única de la identidad francesa. Sin duda existe un peligro identitario que debe solucionarse a través de la educación y la cultura, pero no por la represión, cerrando las fronteras o rechazando las embarcaciones de los inmigrantes.

Tal vez para este momento de profunda crisis con el proceso de paz, este último punto puede alimentar el debate en Colombia. La construcción de la memoria histórica no puede excluir a ninguno de los actores del conflicto armado. Todas las voces deben ser escuchadas y ninguna tiene la verdad absoluta o es el depositario único de la paz.

MARÍA FERNANADA GONZÁLES E.
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
PARIS (FRANCIA)

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