2019: el año del juicio final para la Unión Europea

2019: el año del juicio final para la Unión Europea

Definirá el destino que correrá el bloque, pues se elegirán principales cabezas de su estructura.

Salida del Reino Unido de la Unión Europea

La gente está muy concentrada en el ‘brexit’, pero el desafío de la Unión Europea es otro y mucho mayor.

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Tolga Akmen / AFP

Por: Joschka Fischer - Project Syndicate
07 de enero 2019 , 09:15 p.m.

Desde un punto de vista político, 2019 será un año extraordinariamente importante para la Unión Europea (UE). Hoy en día, el Reino Unido está encaminado para abandonarla el 29 de marzo de 2019. Y, luego de las elecciones para el Parlamento Europeo en mayo, se renovarán casi todos los puestos más importantes de liderazgo en todas las instituciones de la UE. En consecuencia, dependiendo de cuántos escaños parlamentarios se distribuyan, Europa podría ser testigo de un importante realineamiento de poder entre los Estados miembro, en el interior de las instituciones y entre Estados miembro y el Parlamento.

La nueva distribución de poder dentro de las instituciones de la UE se verá reflejada principalmente en el personal. Se nombrarán nuevos presidentes de la Comisión Europea, del Consejo Europeo y del Banco Central Europeo, y se elegirá un nuevo Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Si los partidos euroescépticos nacionalistas se convierten en el mayor grupo en el Parlamento Europeo, estos nombramientos podrían representar un quiebre abrupto con el pasado.

Los Estados miembro hoy están más divididos que nunca
, inclusive en torno de las cuestiones más fundamentales relacionadas con el proyecto europeo. El amplio consenso proeuropeo del pasado ha sido reemplazado por un nacionalismo renaciente. Es más, el este está cada vez más enfrentado con el oeste, y el norte con el sur. Y existen buenos motivos para temer que estas crecientes fisuras queden reflejadas en la nueva composición del Parlamento, haciendo que una gobernanza por mayoría resulte difícil.

Es muy probable que la gran coalición de facto de hoy entre el conservador Partido Popular Europeo (PPE) y la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (APSD) no sobreviva más allá de las elecciones. La APSD, en particular, atraviesa una crisis profunda –de hecho, existencial– en toda Europa. Por otra parte, existen nuevos actores en escena, entre ellos el centrista La République En Marche!, del presidente francés, Emmanuel Macron, y un conjunto de partidos euroescépticos y nacionalistas radicales.

Dado el inédito protagonismo de los partidos nacionalistas en este ciclo electoral, las cuestiones habituales proforma de la campaña europea inevitablemente quedarán relegadas. Esta será una contienda en torno a Europa y el futuro de la democracia europea. Los acontecimientos recientes en una cantidad de Estados miembro han desafiado principios fundacionales de la UE como el régimen de derecho y la separación de poderes. Estas instituciones democráticas, así como cuestiones de solidaridad y soberanía europeas, estarán en la boleta electoral.

Esta será una contienda en torno a Europa y el futuro de la democracia europea. Los acontecimientos recientes en una cantidad de Estados miembro han desafiado principios fundacionales de la UE

De más está decir que las elecciones parlamentarias tendrán implicancias de amplio alcance para el futuro de Europa en un mundo que cambia a pasos acelerados. El presidente actual de Estados Unidos siente tanto desprecio por la UE que hoy muchos hablan del “fin de Occidente”. Una Rusia cada vez más revanchista está librando guerras en la periferia europea y en Siria. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, está conduciendo a su país por el camino del autoritarismo. Y China exige reconocimiento como potencia global. Peor aún, la reciente decisión del presidente estadounidense, Donald Trump, de retirar a Estados Unidos del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio de 1987 con Rusia plantea la amenaza de una renovada carrera armamentista. Y esto coincide con una escalada de la crisis climática y una pelea global por el predominio en el terreno de la inteligencia artificial, cuyos riesgos, en gran medida, todavía se desconocen.

En este contexto desalentador, la pregunta es qué será de Europa. ¿Los europeos lograrán aferrarse a su soberanía o su desunión autoinfligida los volverá cada vez más dependientes de otras potencias?

Los partidos pro-UE deben hacer del lugar de Europa en el mundo una cuestión central de la campaña electoral parlamentaria; de lo contrario, sufrirán una derrota devastadora a manos de los nuevos nacionalistas. Los nacionalistas quieren regresar al pasado; está en los proeuropeos ofrecer respuestas para el futuro. A no confundirse: una victoria nacionalista el año próximo sacudiría a la UE en su núcleo central y la hundiría en una nueva crisis profunda. Representaría una derrota para los valores fundamentales del proyecto europeo. Dada la magnitud de la amenaza, los proeuropeos no pueden hacer como que aquí no pasa nada. Las convulsiones recientes en los sistemas partidarios de muchos Estados miembro han alterado el cálculo electoral, y los proeuropeos deben adaptarse en consecuencia.

Por mi parte, vislumbro que las elecciones de este año auguran un cambio drástico en Europa. Para mejor o para peor, la cuestión de Europa en sí misma se ha politizado y ahora hay que resolverla. Habrá un renacimiento del nacionalismo o una victoria de la democracia y la unidad a nivel de la UE. Tristemente, los proeuropeos no pueden esperar ninguna ayuda del exterior. Más bien, todo lo contrario: Europa debe estar atenta y controlar la interferencia extranjera en sus asuntos –incluidas sus elecciones–.

En los últimos años se ha hablado mucho de que la UE sufre un “déficit democrático”. Pero la lucha por una mayoría en el Parlamento Europeo en verdad representa una enorme oportunidad para la democracia. Los proeuropeos solo tienen que despertarse a tiempo para aprovecharla –o lo harán los enemigos de Europa–.

JOSCHKA FISCHER*
© Project Syndicate
Berlín

* Joschka Fischer fue ministro de Relaciones Exteriores de Alemania y luego vicecanciller de su país. Fischer entró en la política electoral después de participar en las protestas contra el establecimiento de los años sesenta y setenta, y desempeñó un papel clave en la fundación del Partido Verde.

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