'Occidente debe prepararse para otros seis años de intransigencia'

'Occidente debe prepararse para otros seis años de intransigencia'

La reelección de Putin le da un nuevo aire a la línea dura que lo acompaña al frente del Kremlin.

Vladimir Putin, reelecto presidente de Rusia

Las elecciones demostraron que la mayoría de rusos acepta las reglas de Vladimir Putin.

Foto:

Yuri Kadobnov / AFP

Por: Leonid Bershidsky - Bloomberg
24 de marzo 2018 , 11:01 p.m.

Las elecciones presidenciales rusas celebradas el domingo pasado fueron falsas, pero su resultado es real. Demostró que la mayoría de rusos acepta las reglas de Vladimir Putin. Eso en sí mismo es una especie de elección democrática, con implicaciones para los enemigos del presidente dentro y fuera de Rusia.

La elección fue falsa porque el rival más acérrimo de Putin, Alexéi Navalni, estaba inhabilitado para participar en los comicios por una condena penal inventada. Fue falsa porque los ‘candidatos opositores’ fueron elegidos por el Kremlin y porque la mayoría de los medios de comunicación están bajo control del Gobierno. También fue falsa debido a una feroz presión para que los millones de votantes que dependen del Estado (funcionarios, estudiantes y trabajadores de empresas controladas por el Estado) acudieran a las urnas, y porque en muchos colegios electorales, especialmente en los que la frágil oposición no tenía observadores, las urnas estaban llenas.

Sin embargo, esta vez también hay menos razones para catalogar de falso el resultado. Sergei Shpilkin, estadístico que demostró de manera convincente irregularidades en resultados de votaciones anteriores, señaló que el nivel de falsificación de votos “probablemente estuvo en un mínimo récord” y cercano a lo que vio en el 2004, durante la segunda elección de Putin, cuando no hubo conflictos. De acuerdo con Shpilkin, es probable que se hayan agregado hasta 8 millones de votos al recuento real.

Incluso corrigiendo los datos oficiales con esos votos, el resultado sería de un 60 por ciento de participación y casi 74 por ciento de los sufragios para Putin. Sin la corrección, la participación alcanzó el 67,4 por ciento, más que en el 2004 y el 2012, y el mandatario ganó el 77,7 por ciento de los votos, el nivel más alto que ha obtenido.

Teniendo en cuenta las restrictivas normas políticas de Rusia y la supresión sistemática de la oposición y los medios, la elección estaba destinada a ser un referendo sobre el gobierno de Putin, en el que la participación adquiría una importancia primordial. El Kremlin hizo lo posible para estimularla, con una masiva campaña de votación, nacional y regional. Según la ONG Golos, que supervisó las elecciones, se ofrecieron todo tipo de regalos: comida con descuento, boletos de cine gratuitos, concursos de selfis, loterías, etc.

Según la ONG Golos, que supervisó las elecciones, se ofrecieron todo tipo de regalos: comida con descuento, boletos de cine gratuitos, concursos de selfis, loterías

Pero nada de eso habría funcionado si los rusos no hubieran estado dispuestos a jugar el juego manipulador de Putin: los incentivos no eran significativos, y la presión para ir a las urnas fue lo suficientemente suave como para que la mayoría se pudiera resistir.

El vocero de la campaña de Putin, Alexéi Kondrashov, agradeció al Reino Unido por la victoria de Putin, diciendo que su reacción vehemente al envenenamiento en su territorio de un ex doble agente ayudó a unir a los rusos en torno del presidente. “Una vez más nos presionaron justo cuando necesitábamos movilizarnos. Cada vez que Rusia es acusada de algo sin ninguna prueba, lo que hacen los rusos es unirse”, dijo. Esta teoría proporciona un móvil para el intento de asesinato del exespía Sergei Skripal y su hija Julia, desafiando la línea oficial de Moscú (el representante de Rusia ante las Naciones Unidas, Vasily Nebenzya, insistió en que el Kremlin no podía beneficiarse de tal violencia justo antes de las elecciones).

Esta vez, Putin no llevó a cabo una campaña propiamente dicha: nunca publicó una plataforma electoral. Lo que hizo fue desafiar la hegemonía de Estados Unidos con la exhibición de media docena de nuevas armas estratégicas. El caso Skripal coronó su esfuerzo por conseguir votos. Incluso si los concursos de selfis y todo lo demás fueron más eficaces que el ruido de sables y la retórica beligerante en la televisión estatal, los ideólogos del Kremlin ahora estarán convencidos del efecto movilizador de la nueva guerra fría. Este será un incentivo adicional para ignorar las reglas de interacción con “nuestros socios occidentales”, como Putin los llama con sorna. También será un pretexto para seguir retrasando los cambios económicos: ¿por qué molestar al sistema si un enemigo externo mantiene a los rusos unidos y dispuestos a aguantar las dificultades?

Los comentarios de Kondrashov establecen el tono para este cuarto mandato: no hay razón para que el Kremlin se retire de sus conflictos con Occidente, sobre armas químicas, piratería, propaganda y desinformación, guerras en Medio Oriente y alianzas, Ucrania, canales de distribución de energía, etc. La votación también fortalece a la línea dura cercana a Putin y debilita a los tecnócratas que señalan que la economía estancada socava la estabilidad del régimen. Un enfoque económico seguramente no habría sido tan gratificante políticamente como un Putin desafiante; y el desafío es más fácil de mantener.

Señalé a principios de año que el verdadero oponente de Putin en la elección era la abstención. Habría señalado cierta disposición al cambio si los líderes populares presionaran por ello.

Los próximos seis años habrían sido un buen momento para que surgieran alternativas, ya que Putin, reacio a cambiar la Constitución, no puede postularse en las próximas elecciones (se burló el domingo ante la idea de ser candidato nuevamente en el 2030: “Haz el cálculo. ¿Me voy a sentar aquí hasta que tenga 100 años? No”).

Pero la apatía fue vencida tan fácilmente como se produjo la domesticación de los rivales de Putin. La probabilidad de una transferencia de poder a un sucesor de similar línea dura aumentó, y Occidente debe prepararse para un período prolongado con una Rusia dura, astuta, hostil e intransigente. Se necesitaría un milagro para que el país cambiara de rumbo.

LEONID BERSHIDSKY*
Bloomberg
En Twitter: @Bershidsky
* Leonid Bershidsky escribe desde Berlín para Bloomberg View. Es autor de tres novelas y dos libros de no ficción. Ayudó a fundar ‘Vedomosti’, el diario económico más importante de Rusia (fruto de una alianza entre el ‘Financial Times’ y ‘The Wall Street Journal’) y fue el primer responsable de la edición rusa de la revista ‘Forbes’.

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