'El mundo puede dar un vuelco dramático'

'El mundo puede dar un vuelco dramático'

La socióloga Eva Illouz expone cómo cree que cambiará la normalidad después de la pandemia.

Nueva York

Imagen de Times Square. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo que está considerando una cuarentena a corto plazo del estado de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut.

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AFP

Por: Joan Mas - EFE - Jerusalén
19 de abril 2020 , 07:00 a.m.

Un estado de miedo único” que la sociedad moderna nunca experimentó antes. Así describe la prestigiosa socióloga y escritora israelí Eva Illouz, experta en emociones, los efectos de la crisis mundial del coronavirus, que nos han llevado a una situación inaudita que trastoca nuestra realidad cotidiana y supone “una inversión de todo lo que conocíamos”.

Confinada en su domicilio de Jerusalén, Illouz (Fez, 1961), profesora franco-israelí de la Universidad Hebrea y autora de una prolífica bibliografía centrada en los efectos del capitalismo en los sentimientos, la cultura, el arte y la sociedad, apunta que el confinamiento que vivimos, de dimensiones jamás vistas, impacta de forma abrupta en todos los aspectos de nuestra vida, pone en jaque “la idea de lo que significa estar juntos” y supone un desafío a nuestro concepto de solidaridad. Si se prolonga y no se encuentra una cura rápidamente, la pandemia podría generar un trauma generacional y los gobiernos de Occidente pueden tener dificultades para mantener su legitimidad si se extiende un malestar generalizado por una crisis económica profunda, advierte a Efe, antes de añadir que “la estructura de la desigualdad no puede continuar”.

Illouz ha investigado sobre la sociología del capitalismo, el efecto del consumismo y los medios de comunicación de masas en patrones emocionales o el significado moral de la Modernidad, entre otros temas. Sus libros han sido traducidos a 15 idiomas e incluyen obras como Intimidades congeladas, El consumo de la utopía romántica o Por qué duele el amor: una explicación sociológica.

La crisis actual genera nuevas emociones y conceptos. ¿Cuál es la nueva realidad que enfrenta la humanidad?

Creo que nos desarrollamos como productores económicos y consumidores. Estos eran los principales núcleos invisibles de nuestra identidad. Todo este sistema no ha colapsado, exactamente, sino que se ha puesto en suspenso. Ahora mismo, más que una nueva realidad, se trata de una inversión de todo lo que conocíamos, de lo que significa ser productor y consumidor, una inversión de quién es socialmente útil y socialmente inútil. Eres mucho más importante trabajando en un supermercado que siendo una estrella de cine. El hogar no es, para la mayoría, un lugar para forjar y tener una identidad. Nos hemos dado cuenta de cuánto la esfera pública es más fundamental para nuestra autodefinición que la privada.

¿Cómo afecta esta situación en la solidaridad entre personas?

Diría que la noción de solidaridad –que siempre se ha basado en la proximidad– se ve ahora muy sacudida al estar afectada por la distancia. Toda la idea de lo que significa estar juntos está sacudida por esta noción de confinamiento. La solidaridad ahora se expresa por la separación. Es algo muy difícil de sobrellevar para todos nosotros.

También ha habido limitaciones en libertades básicas. ¿Qué consecuencias puede tener?

La libertad y la seguridad están a menudo en tensión. La mayoría de personas sacrificarán la libertad por la seguridad, o por la idea o percepción que tienen de ella. No son solo los gobiernos los que suspenden la libertad en tales casos. También son las personas que están dispuestas a que su propia libertad se ponga en suspenso por su seguridad. Vemos como Hungría e Israel ya han sacrificado libertad. Orbán declaró la ley marcial para combatir el virus y suspendió el Parlamento. En Israel no es lo mismo, pero no está muy lejos. La mayoría de tribunales y el sistema legal se han suspendido, y la oposición política a Netanyahu y su régimen corrupto se unió a él. Las crisis de esta escala siempre tienen consecuencias: revelan todas las debilidades y fallas estructurales de las sociedades en las que ocurren. En Estados Unidos expone un sistema de salud muy deficiente. En Israel muestra el escandaloso dominio que los ultraortodoxos tienen en la política.

¿Qué podría pasar respecto al futuro?

Si hay una crisis económica fuerte, si mucha gente pierde su trabajo, la coyuntura de descontento masivo es posible para Europa y los Estados Unidos. Es tan probable como que algunos países se vuelvan más autoritarios. Todo depende de cómo se gestione la crisis. Si consiste en un rescate corporativo, como parece ser el caso en EE. UU., y si se usa para reducir los salarios, ya que habrá mucha gente desempleada, podemos esperar un malestar generalizado. La estructura de la desigualdad no puede continuar. El control de la política por las grandes empresas no puede seguir. Esta vez, la crisis sanitaria en muchos países demostró cuánto se ha erosionado el sistema de salud por las políticas neoliberales. No creo que para los gobiernos sea fácil mantener su legitimidad con este malestar, por el hecho de que haya muchas víctimas y por la crisis económica. La corriente actual de populismo está conectada con la crisis de 2008. La elección de Trump en 2016 fue una reverberación del rescate corporativo de 2008. Y si queremos mantener estable el mundo democrático, creo que tendrá que haber alguna reflexión en red global sobre cómo resolver la crisis también para la gente humilde. En 2008, la ayuda brindada no llegó a la gente común, sino que fueron las grandes empresas las que se beneficiaron. Los más pequeños perdieron sus ahorros, sus hogares y nunca los recuperaron.

El miedo y la sensación de pánico se extienden hoy. ¿Cómo nos están afectando?

No estoy segura de poder responder a una pregunta tan amplia. Es un estado único de miedo. Incluso en tiempos de guerra, cuando puedes morir, estás con otras personas, la gente está contigo. Cuando te escondes o sales corriendo sabes quién es el enemigo. Pero este virus tiene una característica muy concreta: el 25 % de los que la contraen son asintomáticos. La gente es muy contagiosa antes de tener los síntomas. Esto es distinto del ébola o de los anteriores Sars o Mers. Ahora todo el mundo puede ser el portador de tu propia enfermedad. Crea un ambiente de desconfianza sin precedentes. Esto es lo que encuentro más escalofriante, que debes sospechar de ti mismo ante la posibilidad de causar daño a los otros, y de los otros ante la posibilidad que te contagien a ti. Pero piensa también en la gente que yace en las camas de hospitales. No se les puede dar bienestar humano. Nadie los puede visitar y su único contacto es con miembros del personal médico que parecen astronautas. Todo lo que asociamos con el confort y el contacto humano es inexistente. Se trata de una situación en la que la gente no tiene nada. No cuentan con nadie, tampoco con aquellos que les son más cercanos.

¿Cómo podría esta situación cambiar nuestra sociedad?

Si encontramos una vacuna contra el virus, creo que nos olvidaremos de ello. Pero creo que esto dejará un trauma permanente. No por la enfermedad –o no solo–, sino porque es la primera vez que el mundo moderno experimenta un cierre de esta magnitud. No creo que durante la gripe española hubiera esta percepción de que todas las instituciones se paralizaran. La gente murió, cuando el brote empezó las reuniones multitudinarias se prohibieron. Pero no creo que todo el mundo entrara en un confinamiento total. Esta vivencia de que todo el mundo esté prácticamente en confinamiento y de que el centro económico esté completamente paralizado dejará una memoria traumática permanente durante dos o tres generaciones. No creo que se pueda borrar. Será uno de los mayores sucesos por recordar en los próximos treinta o cincuenta años. Pero que cambie la sociedad en sí dependerá de cómo lo gestionan los gobiernos y de cuán rápido haya una vacuna. Si no la hay y el virus se sigue extendiendo, podemos esperar cambios enormes en nuestra vida cotidiana.

¿En qué sentido?

Tendremos dos humanidades: la que tomará el riesgo de contagiarse y contagiar a otros, y la que preferirá no arriesgarse, se confinará de manera voluntaria y limitará sus movimientos. Supondrá el surgimiento de nuevas nociones de responsabilidad y gestión de riesgos. Si no se encuentra vacuna o una cura, podríamos tener dos sociedades que se opongan la una a la otra: una que hará del confinamiento una característica permanente y otra que querrá retomar la vida. Hará que las relaciones virtuales sean mucho más comunes, que las consultas médicas remotas sean rutina, que el contacto con desconocidos sea más forzado. Habrá un protocolo para encontrarse con extraños, habrá una alta vigilancia de los trabajadores y su salud. Las relaciones sexuales ocasionales también recibirán un golpe.

Esta crisis ha sacudido los países capitalistas más desarrollados. ¿Qué lección podemos aprender de ello?

Es impactante lo fácil que ha sido que los superpoderes cayeran de rodillas. Dará sin duda ideas a terroristas, y podemos suponer que el mundo capitalista ha mostrado su gran vulnerabilidad a cualquiera que lo quiera sojuzgar. Pero no olvidemos cómo hemos llegado hasta aquí. Las élites políticas y empresariales han ignorado las advertencias que se dieron hace mucho tiempo. Trump, hombre de negocios, clausuró en 2018 una agencia federal para combatir las pandemias y epidemias. Lo que hay ahora es un gran caos en EE. UU. porque cada estado hace lo suyo. Creo que la cerró porque en el pensamiento económico craso quieres un retorno rápido de tus inversiones y, según este planteamiento, es difícil invertir en algo que puede o no puede suceder. La salud se ignoró, pero la ironía es que ahora nos damos cuenta de que era la base sobre la cual construir la economía. Sin salud, no hay economía. Primero que todo, algo que deberíamos aprender es que deberíamos invertir incluso si no hay retorno económico. El bien público no debería obedecer la lógica del pensamiento y las inversiones capitalistas. La segunda lección es que solo los estados pueden realmente cuidar de la población en esta crisis. Hemos incrementado la privatización de muchos bienes y recursos, pero no hay un actor privado suficientemente fuerte para hacerle frente. En la filosofía neoliberal que rige nuestras vidas tomamos más o menos el riesgo de exponernos a lo peor: catástrofes, accidentes, desastres... Todo sin un organismo esencial que se preocupe del interés público. Ahora más que nunca necesitamos uno que regule y organice de manera que no siga la lógica económica.

Usted ha tratado cuestiones como el amor romántico o la sexualidad. Si el cierre se prolonga, ¿cómo puede afectar a las relaciones de pareja?

Aquí tengo que especular. Por un lado, la tasa de divorcio en China aumentó mucho cuando el confinamiento se acabó. Lo que pasará en Europa no lo sé. Podemos suponer que será lo mismo. Sabemos también que muchas mujeres que consiguen escapar de sus maridos violentos están ahora directamente expuestas a ellos, que son más violentos porque no trabajan. Vi estadísticas de que hubo un 30 % de aumento de la violencia doméstica en este período. Dejar de trabajar frustra a muchos hombres porque pierden su sentido del valor. Cuando ambos están en casa, las mujeres tienden a hacer todo el trabajo duro, lo que lleva a polarizar a hombres y mujeres en función del género. Pero también hay lo opuesto. Parejas que se quieren y están generalmente ocupadas por el trabajo se encuentran de repente en casa y pasan un tiempo maravilloso. Es una renovación de su amor. También se registra el consumo masivo de páginas pornográficas. Youporn y Pornhub casi han colapsado. Lo que ha cambiado por completo es Tinder, su forma de encuentro y el sexo ocasional.

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