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Reconciliar a Estados Unidos, el reto de Biden tras ganarle a Trump
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Joe Biden y Kamala Harris

EFE / ANDREW HARNIK / POOL

Reconciliar a Estados Unidos, el reto de Biden tras ganarle a Trump

El demócrata logró obtener 306 votos en el Colegio Electoral de los 270 necesarios para la victoria.

Qué semana la que acaba de vivirse en Estados Unidos. Lo que parecía una victoria fácil para el candidato demócrata, Joe Biden, se tornó en una de las elecciones más disputadas de la historia del país y cuyo desenlace solo se dio hasta este sábado, cuando los medios finalmente proyectaron que había alcanzado los suficientes votos al Colegio Electoral para reclamar la Casa Blanca.

Hacia las 10:30 a. m. de este sábado, Biden obtenía 279 votos de los 270 que necesitaba para confirmarse como presidente electo.

(En contexto: Joe Biden, presidente electo de EE. UU. tras imponerse en Nevada y Pensilvania)

Eso, luego de que se materializara su triunfo en Pensilvania, que, con sus 20 votos a este órgano, le permitió superar el ‘número mágico’. Además, también se concretó su victoria en Nevada, que le permitió sumar seis votos más.

Aunque el conteo aún no había finalizado, la ventaja de Biden en Pensilvania y Nevada era lo suficientemente amplia como para proyectarlo como ganador. Algo que todos los medios de EE. UU., entre ellos Fox, terminaron corroborado al filo del mediodía del sábado.

En Pensilvania, esa ventaja era de más de 36.000 votos, y en Nevada, unos 26.000 votos.

Biden también iba adelante en los conteos en Arizona y Georgia, que le darán un total de 306 votos si llegan a confirmarse.

La noticia llegó como un bálsamo, al menos para medio país, que estalló en júbilo una vez se conocieron los resultados.

En distintas ciudades, miles salieron a las calles a celebrar ruidosamente. Con pancartas, haciendo sonar los pitos de sus carros. “Se acabó la pesadilla”, decía Mary Stone, una residente del estado de Virginia con la que este diario se topó tan pronto se confirmó el triunfo.

Elecciones en Estados Unidos
Foto:

EFE / EPA / MICHAEL REYNOLDS

Elecciones en Estados Unidos
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EFE / EPA / MICHAEL REYNOLDS

Elecciones en Estados Unidos
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EFE / EPA / MICHAEL REYNOLDS

Sin duda, fue una elección como ninguna otra, pues en esta se batieron todos los récords de participación existentes (más de 155 millones de votos y contando), pero que demostró, en paralelo, que en EE. UU. los niveles de polarización son extremos y probablemente lo seguirán siendo por muchos años más.

Si bien a Biden lo respaldaron casi 75 millones de personas, otros 70 millones le dieron la espalda.

Aunque la victoria del exvicepresidente es sólida, se vio enlodada por un torrente de denuncias sobre supuestas irregularidades que no han sido demostradas. Eso, en parte, por la lentitud en el conteo de los votos.

(Le sugerimos: 'Trabajaremos juntos en fortalecer la agenda común': Duque a Biden)

Esto le abrió la puerta al presidente Trump para denunciar un supuesto fraude. Pero las acusaciones del mandatario, al menos en lo que se refiere a la velocidad del proceso electoral, no tenían fundamentos. Y la explicación es más bien sencilla.

El conteo de los votos por correo, que eran primordialmente demócratas, solo se comenzaron a sumar después de que se escrutaron los presenciales, en su mayoría republicanos.

Y eso se tradujo en una especie de ‘marea roja’ (republicana) inicial que dio pasó a una ‘oleada azul’ posterior.

Pero este proceso en cámara lenta, sumado a los meses que se pasó Trump telegrafiando a sus seguidores que se preparaba un fraude, exacerbaron los ánimos en un país que ya de por sí era una olla de presión.

En varias ciudades de EE. UU. se desataron protestas de uno y otro bando, reclamando lo contrario. Los republicanos pidiendo detener el conteo –lo cual sería ilegal– y los demócratas exigiendo tener en cuenta hasta el último de los sufragios.

(No se quede sin leer: Trump asegura que 'la elección está lejos de haber finalizado')

Clima incendiario

El presidente, no hay duda, contribuyó al clima con un discurso incendiario el miércoles en la noche, que las principales cadenas de televisión, entre ellas Fox (que siempre le ha sido favorable), terminaron censurando.

Su campaña, además, ha lanzado toda una batalla jurídica para tratar de revertir el resultado, exigiendo reconteos en varios estados, y con decenas de demandas que han comenzado su curso en las cortes del país.

El trumpismo parece estar convirtiéndose en la versión estadounidense del peronism

Pero quizá lo más delicado es que Trump ya indicó que no piensa aceptar la derrota. De hecho, este sábado volvió a insistir en lo mismo. Algo que nunca había sucedido en toda la historia del país y que plantea un reto formidable en una democracia que siempre se ha destacado por la solidez de sus instituciones.

Incluso, lo que el presidente les ha dicho a sus asesores es que piensa arrancar desde ya con su segundo período y que no colaboraría en un proceso de transición, que es el que sigue entre el día de las elecciones y la posesión del nuevo presidente, la cual está prevista para el 20 de enero del año entrante.

Lo irónico de la situación es que los comicios de este año son muy similares a los del 2016, cuando Trump ganó la presidencia luego de obtener victorias por márgenes mínimos en tres estados del país (Wisconsin, Míchigan y Pensilvania), que son casi idénticos a los que hoy no quiere aceptar.

En Pensilvania, por ejemplo, se impuso con 44.000 votos de diferencia. Pero la demócrata Hillary Clinton, que pudo haber pedido recuento en los tres, aceptó su derrota al día siguiente.

Nadie sabe, a estas alturas, cómo evolucionará la situación. Y mucho depende de los resultados finales y las voluntades políticas en el país.

No es lo mismo que Biden logre la victoria en uno o dos estados y con márgenes mínimos a que lo haga en los cuatro que están pendientes.

En este último escenario, su victoria no solo sería nítida, sino respaldada por un contundente resultado en el voto popular, en el que le sacaba a Trump más de cuatro millones de ventaja.

Y lo más probable, si esto se confirma, es que la clase dirigente del país, incluidos los expresidentes vivos, le envíen un claro mensaje de que debe abandonar el poder y ahorrarle al país una crisis de enormes proporciones.

Ya se habla de que los empresarios se han comenzado a alinear en torno a esta idea. Pero si la elección dependiera de los resultados en un solo estado, la pelea podría ser a muerte.

Dicho eso, los chances de Trump aun en este escenario no serían los mejores. No solo porque victoria es victoria, así sea por un voto, sino porque para que su batalla legal prospere tendría que lograr la anulación de más de 40.000 votos en Pensilvania y obtener victorias en otros dos estados donde está perdiendo.

Para ponerlo en contexto, en la disputa por las elecciones del año 2000, que terminó ganando George W. Bush con su triunfo en la Florida, era por 537 votos de diferencia.
Sea cual sea la conclusión, y todo indica que favorecerá a Biden, su victoria no es para nada de poca monta.

(Puede leer: Los cuatro polémicos años de Trump en la Casa Blanca)

No solo obtuvo la votación más alta que ha recibido un candidato en toda la historia del país, sino que derrotó a un presidente en ejercicio que tenía todo el poder en sus manos. Precisamente, por eso se trata de algo que rara vez ocurre en EE. UU.

En los últimos 100 años solo ha pasado en tres ocasiones. Con Herbert Hoover, en 1932, Jimmy Carter, en 1980, y George H. Bush, en 1992. Y ese es un sello que quedará por siempre en el legado de Trump.

Y Biden lo hizo, además, junto a Kamala Harris, una hija de inmigrantes de Jamaica y la India que se convierte en la primera mujer en ocupar la vicepresidencia de EE. UU. Algo que también quedará grabado en la historia.

Además, el exvicepresidente logró lo que pocos de sus antecesores habían podido. Voltear para su columna a Georgia y Arizona (según las últimas proyecciones), dos bastiones republicanos que llevaban más de tres décadas prefiriendo a candidatos de este partido.

Pero lo que se le viene no es fácil. En sus primeras declaraciones como presidente electo, Biden llamó ayer a la unidad nacional. “Terminada la campaña, es hora de dejar atrás la rabia y la hostilidad de la retórica para unirnos como país. Es hora de sanar. Somos los Estados Unidos de América. Y no hay nada que no podamos hacer si lo hacemos juntos”, dijo el nuevo mandatario.

(Lea también: Biden insta al país a unirse a él para 'derrotar la desesperanza')

A pesar de ese mensaje, es claro que heredará un país fracturado por la médula tras cuatro polémicos años de un Trump que atizó aún más las divisiones políticas, sociales, raciales y culturales existentes en EE. UU. Y cuya legitimidad, así terminé ganando con comodidad y se despejen las dudas legales, será cuestionada incesantemente por la oposición.

Elecciones en Estados Unidos

Uno de los retos que tiene Joe Biden es acabar con la polarización del país.

Foto:

Michael Reynolds / EFE

(Lea también: Kamala Harris, la primera mujer elegida como vicepresidenta de EE. UU.)

Así mismo, lo más probable es que tendrá que gobernar con un Congreso dividido. Aunque su partido controlará la Cámara de Representantes, los republicanos estaban mejor posicionados para retener el Senado. Eso solo se definirá en enero, cuando se realicen dos elecciones especiales en Georgia. Pero los prospectos no son los mejores, pues es un estado donde los republicanos por lo general se imponen.

Y eso implica que su agenda legislativa tiene pocos chances de avanzar sin que haga grandes concesiones a la derecha. Lo cual enfurecería a su base.

El presidente, como se vio con Trump y con Barack Obama cuando enfrentaron situaciones similares, tiene muchos poderes y puede gobernar a punta de decretos. Pero no es el mejor panorama y menos con un partidismo extremo, donde la conciliación es la excepción y no la regla.

Además, asume un país inundando de coronavirus y en crisis económica, dos temas que consumirán al menos los dos primeros años de su administración y tendrán un serio impacto en su capacidad de invertir tiempo y recursos en cumplir con sus promesas de campaña.

Dicho eso, no todo es oscuridad. En los próximos meses llegará una vacuna para la pandemia que permitirá finalmente derrotar al virus. Algo que dará paso a una acelerada recuperación económica.

El levantamiento de ambos lastres se sentirá como un alivio entre la población y será Biden el que coseche esos dividendos.

Además, también desaparecerá el drama constante de los años de Trump, caracterizado por la propagación de teorías de conspiración en redes sociales, ataques temerarios a sus rivales y posiciones extremas.

Kamala Harris

Kamala Harris agradece a EE.UU. haber votado por "la esperanza" y "la verdad".

Foto:

EFE

‘Trumpismo’

Nadie, al menos, imagina a Biden lanzando trinos a la medianoche o marchando en contravía de las recomendaciones de sus propios funcionarios, como el presidente ha hecho a lo largo de estos nueve meses de pandemia. Un regreso a la normalidad que será bien recibido en la comunidad internacional y que contribuirá a que bajen los ánimos.

Aun así, y eso parecía bien claro, Biden tendrá que gobernar bajo la sombra de Trump. En algún momento de esta carrera electoral se llegó a pensar que los estadounidenses rechazarían de manera contundente la política de división que promulgó Trump y que sus cuatro años en la Casa Blanca serían recordados como una anécdota más en la historia del país.

Pero eso no sucedió. De hecho, si algo quedó demostrado es que Trump está más vivo que nunca y el que el ‘trumpismo’ no va a desaparecer de la noche a la mañana.

Así como Biden recibió la votación más alta de la historia, el líder republicano abandonará la Oficina Oval teniendo el respaldo de más de 70 millones de personas, la segunda en ese mismo orden de ideas.

Ya se habla, por ejemplo, de que Trump se podría lanzar a las elecciones en el 2024, algo que es viable, pues la Constitución no se lo prohíbe. Y aun si decide no hacerlo –tendría 78 años–, atrás vienen sus hijos Donald Jr. e Ivanka, ambos con aspiraciones presidenciales.

Y es un hecho que el mandatario seguirá usando el impresionante megáfono que tiene en redes sociales para mantenerse vigente.

Si bien algunos líderes republicanos tomarán distancia, los políticos en el partido tienen bien claro que su voz pesa entre las bases del partido, que son las que definen las elecciones internas. Y que su futuro, al menos en el corto plazo, permanecerá atado al guiño de Trump.

Joe Biden discurso

El presidente electo de EE. UU. en su discurso de victoria en Wilmington, Delaware.

Foto:

Andrew Harnik. AFP

“El trumpismo parece estar convirtiéndose en la versión estadounidense del peronismo. Una fuerza polarizante, que mueve masas, no siempre en el poder, pero nunca desapareciendo del todo”, decía Dan Slater, director del Centro Weiser para las democracias en la Universidad de Míchigan.

(Le sugerimos: Kamala Harris, reina de las redes sociales tras su histórica victoria)

O, como decía Ishaan Tharoor, columnista de The Washington Post, “la realidad inescapable de todo esto es que el trumpismo llegó para quedarse. Su nacionalismo demagógico, sus políticas y tácticas de división le dieron resultado. Y hoy son millones los que lo siguen fielmente. Casi como un culto”.

La politóloga colombiana Arlene Thickner cree que si bien eso es probable, su marca se irá desvaneciendo con el paso de los años, dado el carácter excepcional de la democracia estadounidense y su peso a nivel mundial.

Eso está por verse. Pero dependerá, en buena parte, de la destreza que muestre Biden para navegar por el tormentoso mar que se avecina.

(Además: 'Soy la primera vicepresidenta de EE.UU., pero no seré la última': Kamala Harris)

SERGIO GÓMEZ MASERI
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO EN WASHINGTON

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