El desempleo y el empobrecimiento generarán más protestas en el mundo

El desempleo y el empobrecimiento generarán más protestas en el mundo

El sociólogo François Dubet dice que el covid-19 agudizará factores que tienen indignada a la gente.

Protestas en Nueva York

Una manifestante en Nueva York, en el marco de las múltiples protestas que desató en Estados Unidos el asesinato por brutalidad policial del ciudadano de raza negra George Floyd.

Foto:

Getty

Por: EDICIÓN DOMINGO
19 de julio 2020 , 11:27 a.m.

Hace rato que el sociólogo francés François Dubet viene pensando una problemática en cierto modo muy antigua y al mismo tiempo radicalmente actual: la desigualdad. Lo hizo años atrás, cuando investigó la marginalidad juvenil de su país, y también cuando indagó en las múltiples inequidades que encierran los sistemas de enseñanza o en los cambios que afectaron a las instituciones democráticas en las últimas décadas.

En La época de las pasiones tristes, libro recientemente lanzado en formato digital por Siglo XXI, Dubet se pregunta por los mecanismos que, en una época de flagrante desigualdad global, ponen a la cabeza de las reacciones sociales la ira, el resentimiento y, muchas veces, la competencia con los más próximos en la escala social.

Dubet observa una secuencia común: explosiones de furia que dan cuenta de un malestar creciente, aún difuso, ligado a quienes nunca fueron invitados
a la mesa de los ganadores de
la globalización.

Aun en sus diferencias, en las manifestaciones de los ‘chalecos amarillos’ en Francia, las que sacudieron Chile el año pasado o las que una década atrás protagonizaron los Indignados, Dubet observa una secuencia común: explosiones de furia que dan cuenta de un malestar creciente, aún demasiado difuso, ligado a quienes nunca fueron invitados a la mesa de los ganadores de la globalización. Pero, al no contar con representaciones políticas adecuadas, esa furia queda condenada a no ser más que una repetición de sí misma, sin grandes efectos en la dura estructura de lo real.

Estas protestas en distintas partes del mundo operan por fuera partidos, sindicatos y movimientos sociales. Son agregaciones
de cóleras heterogéneas que
escapan a las lógicas políticas tradicionales.

Tras los meses de letargo obligado que impuso el coronavirus, esa conmoción vuelve. Con reclamos ligados al conflicto racial en Nueva York, París, Londres o Madrid y más netamente económicas en Beirut, las protestas ciudadanas han regresado a la escena y actualizan el fenómeno analizado por Dubet.

“Estas olas de protestas que desde hace años se producen en distintas partes del mundo en todos los casos lo hacen por fuera de los sistemas políticos, de los sindicatos y de los movimientos sociales –explica, durante un intercambio a través de correo electrónico–. Son agregaciones de cóleras heterogéneas que escapan a las lógicas políticas tradicionales, que no formulan verdaderas reivindicaciones o programas de acción”. Por eso, considera que las protestas se seguirán produciendo y que incluso recrudecerán cuando, pasado el riesgo sanitario, solo queden las desastrosas consecuencias materiales de la pandemia. “De la misma manera en que se producen réplicas de un sismo, se producen réplicas de la cólera social”, describe. Entrevista.

-En 'La era de las pasiones tristes' se compara el mundo actual con la Europa de mediados del siglo XIX: un continente sacudido por revueltas, con un imaginario anclado en el siglo anterior y una realidad política, económica y social que había cambiado rotundamente…
Las revueltas populares del siglo XIX eran cada vez más violentas y desesperadas, mientras la vida política se dirimía entre burgueses conservadores y burgueses republicanos o liberales, y los proletarios no tenían voz. Hubo un largo combate político e ideológico hasta que se formaron los partidos que representarían a los trabajadores: laboristas, socialistas, comunistas, socialdemócratas... Esas fuerzas sociales y políticas de izquierda impusieron derechos y políticas sociales, y Estados de bienestar que ‘domesticaron’ al capitalismo. Hoy estamos en una situación similar: las izquierdas no representan a esa población que entra en cólera y por eso termina volcándose a los populismos de derecha o de izquierda. Necesitamos reconstruir una vida política que reivindique nuevas solidaridades, otros modos del trabajo, otras relaciones entre los sexos. Pero también necesitamos movimientos que no elijan el repliegue, porque vivimos en un mundo interdependiente. Sin duda, será necesario un largo trabajo ideológico y político para que furias e indignaciones deriven en políticas responsables de sus consecuencias.

Las izquierdas no los representan y por eso terminan volcándose a los populismos
de derecha o de izquierda. Necesitamos reconstruir una vida política que reivindique nuevas solidaridades.

-Usted describe el conjunto que forman la globalización, las finanzas, el neoliberalismo y la tecnología como un “sistema ciego y sin actores”. ¿El descrédito de la política tradicional podría deberse a su dificultad para lidiar con factores de poder tan impersonales?
En lugar de sentir que confrontamos con actores sociales, sentimos que confrontamos con un sistema en el que solo participamos como consumidores o a través de las redes sociales. Los gobiernos parecen impotentes, incluso los populistas (en el sentido europeo), que son elegidos por los pobres y a menudo hacen la política de los ricos, como Trump, Johnson o Salvini. Este tipo de gobierno moviliza los odios en lugar de movilizar proyectos sociales o políticos. Creo que en los próximos meses van a desarrollarse más movilizaciones, impulsadas por el desempleo masivo, el empobrecimiento de las clases medias, la ausencia de confianza en las élites. Nadie puede decir si estas manifestaciones derivarán en una sociedad más abierta y solidaria, o en políticas cada vez más autoritarias. En realidad, la gente encolerizada que se manifiesta en distintas partes del mundo no tiene una unidad real más allá de su ira y su odio a las élites. O muchas veces su odio a los extranjeros y, cada vez más frecuentemente, a los pobres.

Las democracias se debilitan. Parecen impotentes. El poder parece reservado a las élites económicas y tecnocráticas. Y crecen el rechazo a la democracia y el gusto por los hombres fuertes.

-¿El riesgo del autoritarismo es una amenaza latente?
Hoy las democracias se debilitan de diversos modos. Parecen impotentes frente a las fuerzas tecnológicas y económicas, al tiempo que el poder parece estar reservado a las elites económicas y tecnocráticas. Por todos lados aparece el rechazo a la democracia representativa y el gusto por los “hombres fuertes”. Pero la democracia no puede ser más que representativa y constitucional; debe dar derechos a los individuos y a las minorías, y debe aceptar los desacuerdos. Necesitamos, de hecho, renovar y ampliar la democracia representativa, aceptando que la sociedad está dominada por conflictos y desacuerdos, pero también que los gobiernos deben ser capaces de actuar. En la crisis actual, la política será decisiva para que los ciudadanos elijan si quieren solidaridad, equidad, defensa del medio ambiente, o más mercado, más brutalidad, más desigualdad.

En la crisis actual, la
política será decisiva para que
los ciudadanos elijan si quieren solidaridad, equidad, defensa
del medio ambiente, o más mercado, más brutalidad,
más desigualdad.

-Respecto del covid-19, ¿el miedo se estaría sumando a lo que usted llama las “pasiones tristes”?
No se sabe qué va a pasar. Muchas sociedades van a conocer una explosión de desempleo y pobreza. Habrá que compartir los sacrificios, no solo los beneficios. Frente a la pandemia, la primera reacción fue solidaria; hubo un “descubrimiento” de la grandeza y utilidad de profesiones poco valorizadas: enfermeras, cajeras, camioneros. Pudimos soñar con un mundo más solidario y ecológico. Pero con la crisis económica, se observa un endurecimiento de las tensiones sociales: cada categoría social se considera más víctima que las otras, y vuelve la hostilidad de todos contra todos... Como la pandemia obliga a arbitrar entre la salud, la actividad económica y la libertad de los individuos, los gobiernos siempre hacen ‘malas elecciones’. Es probable que la crisis sanitaria desemboque en mayores conflictos. Evidentemente, mi deseo es que la salida de la crisis sea a favor de la solidaridad y la equidad, pero nada es menos seguro que eso.

-¿La pandemia podría profundizar cierta noción de que en el mundo hay ‘población sobrante’?
No pienso que el covid-19 sea la mano de Dios ni la mano del diablo. Con el virus no aparece nada nuevo: las poblaciones más frágiles son las más afectadas: los viejos porque son menos resistentes y los pobres porque están menos protegidos y menos asistidos sanitariamente. La lección que debemos extraer de esta crisis concierne a las ‘pequeñas’ desigualdades sociales que adquieren una importancia enorme cuando nos enfrentamos a situaciones críticas. El covid-19 no tiene moral, no ha creado inequidades nuevas. Solo revela las que ya existían.

-¿Realmente no cree que en algún lugar de esta crisis esté el germen de un posible futuro mejor?
El problema reside en ver cómo los gestos de solidaridad y civismo pueden derivar en fuerzas sociales y políticas. En este sentido, periodistas, intelectuales, militantes, mujeres y hombres políticos tienen una responsabilidad particular porque muy a menudo nuestras críticas y reflexiones no pertenecen a este, sino al ‘viejo mundo’.


Diana Fernández Irusta
La Nación (Argentina)
Grupo de Diarios América (GDA)

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