El largo idilio de Estados Unidos con las armas

El largo idilio de Estados Unidos con las armas

Desde tradiciones hasta poderosos intereses comerciales siguen uniendo, al país con las balas.

El largo idilio de Estados Unidos con las armas

Cada año, en Las Vegas, aficionados a las armas se reúnen en un espectáculo anual de exhibición y venta de armamento.

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Reuters

30 de agosto 2018 , 06:43 p.m.

Cada vez que unas balas asesinas siembran muerte de inocentes en Estados Unidos, como acaba de ocurrir en Jacksonville, resurge la eterna polémica sobre la regulación de la venta de armas en ese país. Se producen reacciones de indignación y reclamos para que se haga algo por detener las matanzas, pero los esfuerzos para controlar las armas siempre fracasan.

Y esto sucede a pesar de que ya es casi imposible contabilizar las víctimas causadas por las armas de fuego en ese país. Estas no se limitan a las que caen en los frecuentes tiroteos en colegios, restaurantes, oficinas y otros lugares públicos, como el centro comercial de Jacksonville, donde un torneo de videojuegos se convirtió en una carnicería humana. A ellas se suman las tragedias en los hogares, como aquellas en las que un niño dispara contra un hermano con la pistola de su padre, muchas veces parte de un arsenal doméstico.

¿Por qué millones de ciudadanos defienden a muerte el derecho de tener armas en sus casas, llevarlas en sus vehículos o portarlas como algo inofensivo, y ninguna iniciativa para regular su comercio ha prosperado en el Congreso de Estados Unidos? ¿Cómo logró la Asociación Nacional del Rifle (NRA, sigla de su nombre en inglés) convertirse en el lobby más poderoso del país y derrotar los intentos por poner freno al desangre con armas de fuego en el territorio estadounidense?

La noción del hogar y el derecho británico

Como todos los fenómenos culturales fuertemente arraigados, el idilio de los estadounidenses con las armas tiene diversas y hondas raíces. La primera se origina en el derecho británico, que consagró la inviolabilidad del hogar en el siglo diecisiete y que los ingleses interpretaron con la frase “My home is my castle” (“Mi casa es mi castillo”). Una sentencia que lleva implícita la potestad de actuar libremente en la propia casa y decidir la forma de defenderla, con las armas que se necesiten.

Aquel derecho británico fue adoptado explícitamente y en forma más amplia por las antiguas colonias británicas de América poco después de su independencia, al aprobar en 1791 la segunda enmienda de la Constitución estadounidense, que dice: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas”.

Con cada matanza aumenta el frenesí de los estadounidenses por armarse y la industria que produce las armas se consolida

La enmienda ha sido objeto de interpretaciones, pero la más aceptada es que este derecho estaba relacionado con la obligación de defender los estados recién confederados contra el peligro de una tiranía, inclusive la que podrían ejercer sobre ellos el Gobierno o el Congreso federales. Se trató, además, de proteger la nación en el caso de un nuevo conflicto con la corona británica, el cual estalló, efectivamente, en 1812, y en cuyo curso las tropas del Reino Unido tomaron la ciudad de Washington e incendiaron varios edificios públicos, incluyendo la Casa Blanca.

Con estos antecedentes, la segunda enmienda se convirtió en principio intocable del derecho estadounidense. Atendiendo a su propósito de asegurar que el país contara con una milicia para su defensa, esta fue constituida con el nombre de Guardia Nacional y tiene un estatus especial dentro de las fuerzas militares, pero solo es movilizada en tiempos de guerra. En tiempos de paz, la enmienda ha servido para amparar a los partidarios del derecho de comprar y portar armas, incluyendo aquellas tan peligrosas como los rifles de asalto, utilizados en varias de las recientes matanzas.

Expansión a tiro limpio

El idilio con las armas alcanzó niveles temerarios en la expansión de la Unión Americana hacia el Oeste, iniciada apenas 25 años después de la independencia. En 1803, el tercer presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson, duplicó el tamaño del país con la compra de Luisiana, más de dos millones de kilómetros cuadrados ocupados por Francia desde comienzos del siglo dieciocho que hoy corresponden a trece de los cincuenta estados. Inmediatamente después envió la primera expedición hacia el Pacífico, que tuvo a la vez un carácter científico y militar.

Encabezada por el capitán Meriwether Lewis y el subteniente William Clark, la expedición buscó explorar y cartografiar el territorio recién adquirido, abrir una ruta segura hacia la costa occidental, estudiar las tribus nativas y establecer relaciones comerciales con ellas. Y si bien hubo encuentros amistosos con los siux, cheyenes, lakotas, comanches, arapahos y otros grupos, también los hubo hostiles, en los cuales se hizo uso liberal de las armas. Más tarde, aquellas tribus serían desplazadas de sus tierras, reducidas a pequeños resguardos y, en muchos casos, exterminadas.

Los mapas y noticias que la expedición de Lewis y Clark llevó a su regreso a Washington sirvieron de base a los planes que desarrolló después el Gobierno de Estados Unidos para afirmar su soberanía, no solo sobre el enorme territorio comprado a Francia, sino sobre el resto del subcontinente.

El largo idilio de Estados Unidos con las armas

Policías se acercan al cuerpo de un sospechoso el 23 de junio de 2018, en Minneapolis, Minnesota.

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AFP

Así se obtuvo el control del inexplorado Oregón, disputado con el Reino Unido y Canadá, así como la posesión de Florida, la anexión de Texas y la de la mitad del territorio de México. Con todo lo cual se convirtió en realidad la doctrina del Destino Manifiesto, que pretendió justificar una expansión continental hecha a tiro limpio.

El enorme espacio geográfico entre las dos costas, en el que se pueden divisar las montañas Rocosas cubiertas de nieve desde una distancia de casi 200 kilómetros, fue atravesado después por los colonos estadounidenses que abrieron los primeros caminos, los inmigrantes europeos pobres, los buscadores de oro y los capitalistas que descubrieron allí posibilidades ilimitadas para sus negocios.

La lucha por sobrevivir en las Grandes Llanuras, donde se podía viajar por horas a través de desiertos y pastizales viendo la curvatura de la tierra, bajo temperaturas agobiantes en el verano y fríos extremos en el invierno, hicieron de aquellos viajeros seres rudos, independientes y capaces de valerse por sí mismos, ante los peores peligros, con las armas.

Esta cultura individualista y aguerrida de frontera se trasladó al país como un todo

Esta cultura individualista y aguerrida de frontera se trasladó al país como un todo, que hasta hoy ve en Washington un ejército de burócratas, resiste el poder federal y considera que la soberanía está en el cañón de un arma de fuego.

De Hollywood a la NRA

El corazón desértico de Estados Unidos y el caleidoscopio humano de aquel mundo fueron capturados por Hollywood en películas como La diligencia, de John Ford, que lanzó al estrellato a John Wayne en 1939; El forajido, en la que Gary Cooper recreó en 1943 la vida de Billy the Kid, y El tesoro de la Sierra Madre, en la que Humphrey Bogart encarnó en 1948 a un buscador de oro en California.

Sus escenas mostraron las duras travesías de las caravanas de diligencias, donde se mezclaban vendedores y borrachos, prostitutas y bandoleros, banqueros corruptos, alguaciles y pistoleros, protagonistas de las infaltables persecuciones a los indios en medio de paisajes inhóspitos como el Valle de la Muerte, mientras la gente atemorizada se refugiaba en las rústicas iglesias de las aldeas, cantaba himnos y esperaba el rescate del héroe.

Tras esas imágenes de novela se fue conformando un negocio que llegó a convertirse en un poder paralelo del Gobierno estadounidense por su capacidad de cooptar los poderes públicos e influir sobre millones de ciudadanos: la Asociación Nacional del Rifle, que se presenta como “la organización de derechos civiles más antigua de Estados Unidos”.

Creada en 1871 por dos exoficiales del ejército, el general George Wingate y el coronel William C. Church, se erigió desde entonces en la suprema defensora del derecho a poseer armas de fuego.

Incluye entre sus actividades la formación de pistoleros y recientemente ha ofrecido cursos gratuitos de tiro a los maestros de las escuelas para que se conviertan en guardianes armados de sus alumnos.

La ANR posee cinco millones de socios. Entre sus miembros destacados estuvieron John Wayne y Charlton Heston, cuyos papeles cinematográficos como pistoleros les desarrollaron el gusto por las armas. Su presidente actual es Oliver North, el excoronel de la Marina estadounidense que fue figura clave en el escándalo Irán-contras, provocado en 1986 por la venta secreta de misiles a Irán por el gobierno de Ronald Reagan y la entrega de los fondos de la venta a la contrarrevolución nicaragüense sin conocimiento del Congreso.

Uno de los procedimientos practicados por la ANR para aumentar su poder es el de financiar las campañas electorales de los políticos estadounidenses, de presidentes para abajo. Así lo hizo en la campaña de Donald Trump, en la que gastó 30 millones de dólares. También destina fondos para combatir a los políticos que apoyan las propuestas de regulación de armas.

La entidad afirma tener cinco millones de miembros, pero una encuesta realizada el año pasado por el Pew Research Center, un centro de investigaciones con sede en Washington, reveló que cerca de 19 millones de estadounidenses se reconocen como miembros de ella aunque no son militantes activos.

Nada indica que el idilio de Estados Unidos con las armas vaya a debilitarse. Todo lo contrario. Una increíble paradoja: con cada matanza aumenta el frenesí de los estadounidenses por armarse y la industria que produce las armas se consolida como una parte fundamental de la economía del país.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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