Paul Manafort, un gran problema para Donald Trump

Paul Manafort, un gran problema para Donald Trump

Las circunstancias son anormales y el presidente de EE. UU. sigue como si nada pasara. Hasta ahora. 

Donald Trump y Paul Manafort

Donald Trump, junto a su jefe de campaña, Paul Manafort

Foto:

Rick Wilking / Reuters

Por: Elizabeth Drew - Project Syndicate
26 de agosto 2018 , 09:02 p.m.

Mientras se desarrollaba en Virginia el primer juicio penal contra una figura importante del equipo de campaña del presidente Donald Trump, los observadores se preguntaban hasta qué punto también lo estaba Trump, además de Paul Manafort (director de campaña en un período crucial), en el banquillo de los acusados.

La semana pasada, Manafort fue hallado culpable de fraude fiscal y bancario, y de ocultar cuentas en el exterior. Tras los millones de dólares que ganó trabajando para dictadores y matones, incluidos Ferdinand Marcos en Filipinas y Jonas Savimbi en Angola, amasó buena parte de su fortuna colaborando con oligarcas rusos y con el expresidente ucraniano Viktor Yanukovich, apoyado por Rusia.

Después de que Manafort y sus secuaces ayudaron a Yanukovich a derrotar a la ex primera ministra Yuliya Tymoshenko en la elección presidencial del 2010, este la hizo encarcelar con cargos fabricados, con ayuda de un escrito legal preparado (a instancias de Manafort) por el estudio jurídico Skadden Arps.

El caso lo manejó Gregory B. Craig, socio del estudio y asesor legal de la Casa Blanca en la presidencia de Obama. El fiscal especial Robert Mueller ya derivó la actuación de Craig a la fiscalía del Distrito Sur de Nueva York para que investigue. Yanukovich fue derrocado en el 2014 por una revuelta popular y huyó a Rusia.

En el juicio de Virginia, el equipo de Mueller comenzó describiendo las extravagancias de Manafort, las cuales incluyen un abrigo a medida, de US $ 15.000, con piel de avestruz (imagínese uno de cuero, pero con sarampión) y otro de pitón, por el que pagó 20.000.

Manafort también ha gastado mucho en mantener casas en Virginia, Brooklyn, la costosa zona de Los Hamptons, Palm Beach Gardens y, por supuesto, la Trump Tower. El juez no permitió que se mostraran fotos de tanta magnificencia (señalando que el único propósito de insistir en ello era avergonzar al acusado), pero la fiscalía consiguió dejar en claro la codicia de Manafort y su ostentación.

Sin embargo, el objetivo de los fiscales era mostrar que Manafort pagó estos bienes (casi un millón de dólares en trajes exclusivos, carísimas alfombras antiguas, lámparas y equipos electrónicos) con transferencias desde cuentas ‘offshore’, por ejemplo una en Chipre.

Los abogados de Manafort trataron de echarles la culpa de las transacciones sospechosas a su ayudante, Rick Gates, quien viéndose acusado decidió cooperar con Mueller. Pero esta defensa no se sostuvo. El excontador de Manafort testificó que había participado en esas transacciones, y una colega suya testificó que Manafort en persona había alterado sus declaraciones de impuestos, presentado ingresos como préstamos (con lo que se ahorró 500 mil dólares en un año) y ocultado sus cuentas ‘offshore’.

El equipo de Mueller comenzó describiendo las extravagancias de Manafort, las cuales incluyen un abrigo a medida, de US $ 15.000, con piel de avestruz y otro de pitón, por el que pagó 20.000

Cuando, a fines de marzo del 2016, Manafort se sumó al equipo de campaña de Trump, todo parecía normal. Ya había trabajado para candidatos republicanos, como Robert Dole, Gerald Ford y Ronald Reagan; y, sobre todo, parecía ser el único consultor tradicional dispuesto a trabajar para Trump. También había sido socio de otro consultor republicano, Roger Stone, quien seguía siendo cercano a Trump (y al que ahora Mueller ha puesto en la mira).

Cualquier persona que contrata a alguien para que le haga la limpieza verifica sus antecedentes con más empeño que el puesto por el equipo de Trump para investigar a Manafort. Este incluso ofreció trabajar gratis, aunque luego se descubrió que estaba en la ruina.

La única explicación posible es que Manafort esperaba que la conexión Trump fuera lucrativa. No solo podría atraer clientes nuevos, sino también usar la campaña para quedar bien con sus antiguos valedores en Rusia, en su mayoría conectados con el Kremlin. Cuando aceptó el cargo, Manafort le debía al oligarca Oleg Deripaska, un magnate del aluminio vinculado al presidente Putin, la bonita cifra de 19 millones de dólares. Antes de eso, Deripaska (alcanzado por sanciones de EE. UU.) había tenido a Manafort con un contrato de diez millones de dólares al año.

Tras asumir el cargo, Manafort preguntó por ‘e-mail’ a un empleado en Ucrania cómo podía usar su nueva situación para “arreglar”. También ofreció informar a Deripaska de lo que ocurriera en la campaña de Trump.

El papel de Manafort era ayudar a Trump a lograr la nominación y conseguir que los convencionales republicanos oficializaran su victoria. Un asunto que se investiga es hasta qué punto el equipo de campaña de Trump influyó para que la plataforma republicana no incluyera nada referido al envío de armas a Ucrania (algo que los republicanos tradicionales apoyaban, pero que Rusia rechazaría).

A Manafort lo despidieron en agosto del 2016. Para entonces, su relación con Trump se había cortado (como sucede tarde o temprano con la mayoría de las relaciones de Trump que no sean con sus parientes), las encuestas daban perdedor a Trump, en medio de un caos interno, y en la prensa se hablaba de pagos secretos de ucranianos prorrusos dirigidos a Manafort.

Aunque el juicio a Manafort (el primero de dos) no implica directamente al presidente, se cree que el asunto inquieta a Trump, a quien últimamente se lo vio más desquiciado de lo habitual. El juicio reforzó en Trump la sensación de que Mueller está cerrando el cerco en torno a él. Se prevé que el fiscal especial publique un informe sobre los intentos del presidente de obstaculizar la investigación, en fecha cercana (suficientemente antes de la elección intermedia de noviembre, porque Mueller quiere evitar cualquier imagen de interferencia política, como la que dio el exdirector del FBI James Comey, que para muchos perjudicó la campaña presidencial de Hillary Clinton).

Un asunto que se investiga es hasta qué punto el equipo de campaña de Trump influyó para que la plataforma republicana no incluyera nada referido al envío de armas a Ucrania

En circunstancias normales, cualquier político estadounidense que contratara a una figura tan dudosa como Manafort estaría en problemas. El escándalo referido a la relación entre Trump y Rusia ya está entre los más famosos del país (incluido el escándalo de Teapot Dome en los años 20, la quiebra de la megaempresa de energía Enron a principios de este siglo y, más cerca en el tiempo, el esquema Ponzi de Bernie Madoff en Wall Street); y es mucho más peligroso, porque involucra a una potencia hostil.

Hasta ahora, Trump ha hablado como si apenas conociera a Manafort. Pero conforme se desarrollen los procesos, es casi seguro que deberá cambiar su relato.

ELIZABETH DREW
Editora y columnista en ‘The New Republic’. Su libro más reciente se titula ‘Washington Journal: Reporting Watergate and Richard Nixon’s Downfall’.
En Twitter: @ElizabethDrewOH
© Project Syndicate
Washington

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