Una historia que se repite: nominado a Corte, en líos por abuso sexual

Una historia que se repite: nominado a Corte, en líos por abuso sexual

En 1991 Anita Hill denunció al juez Thomas. Hoy, Christine Blassey Ford acusa a Brett Kavanaugh.

Brett Kavanaugh

Brett Kavanaugh, nominado por el presidente Donald Trump a la Corte Suprema de Justicia, un cargo de tipo vitalicio y vital para el sistema jurídico de Estados Unidos.

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Reuters

Por: Sergio Gómez Maseri
22 de septiembre 2018 , 10:15 p.m.

Hace 27 años, en octubre 11 de 1991, Estados Unidos atravesó uno de los momentos más tumultuosos de su historia reciente cuando Anita Hill, una afroamericana en ese entonces de 35 años, testificó ante el Congreso de su país sobre el acoso sexual al que supuestamente la había sometido Clarence Thomas, el nominado por el presidente republicano George Bush (padre) para ocupar un asiento en la poderosa Corte Suprema de Justicia.

Su testimonio, trasmitido por la televisión, desató todo un escándalo del que aún se habla, casi tres décadas después.

Los estadounidenses están hoy a las puertas de un evento semejante, casi idéntico en muchos aspectos, pero que podría tener consecuencias aún más profundas que en el caso de Hill.

Si no hay cambios de última hora, lo más probable es que esta semana comparezca ante la Comisión Judicial del Senado Christine Blassey Ford, una mujer de 51 años que acaba de acusar a Brett Kavanaugh, el nominado de Donald Trump a un escaño en ese mismo tribunal, de haber intentado violarla cuando ambos eran adolescentes.

Thomas, tal como sucede ahora con Kavanaugh, se encontraba en la recta final de su proceso de confirmación –y ya se daba por descontado que el Senado aprobaría su nombramiento– cuando se filtraron a la prensa las declaraciones dadas por Hill al FBI según las cuales el juez la había acosado 10 años atrás, cuando este era su supervisor en el Departamento de Educación.

Aunque la Comisión Judicial del Senado ya conocía el reporte del FBI, se había decidido no darle relevancia hasta que la noticia estalló en los medios. El Senado, en ese entonces encabezado por los demócratas (el exvicepresidente Joe Biden era la cabeza de la comisión) optó por convocar una audiencia adicional para escuchar la versión de Hill.

Como en el caso de Kavanaugh, lo hicieron a regañadientes y pese a la objeción de una gran mayoría de legisladores republicanos que acusaron a sus rivales de fraguar una treta para descarrilar la nominación.

El testimonio de Hill fue gráfico y muy detallado. Según esta, Thomas la había invitado a salir muchas veces y se la pasaba haciéndole comentarios sobre el tamaño de su pene y otro tipo de obscenidades. El acoso, dijo, continuó por varios años más cuando se fue a trabajar con él en la Comisión para la Igualdad en las Oportunidades Laborales (EEOC), una agencia del gobierno.

Si bien no existía una razón aparente de Anita Hill para torpedear el futuro de su jefe, también afroamericano, los senadores la volvieron trizas con sus preguntas sugiriendo por momentos que Hill era una amargada y seguramente se había imaginado los incidentes.

También la criticaron por esperar tantos años antes de revelar el acoso, además de minar su credibilidad alegando que había aceptado un nuevo trabajo junto a Thomas en la EEOC pese a que, según ella, este la venía acosando sexualmente desde mucho antes.

A varias mujeres que al parecer habían sido también víctimas del juez y querían corroborar la versión de Hill ni siquiera se las dejó participar en la audiencia.
Thomas terminó siendo confirmado en el pleno del Senado con 52 votos a favor y 48 en contra, gracias a un acuerdo político al que llegaron los republicanos con Biden, y todavía sigue siendo uno de los jueces del máximo tribunal.

Pero no sin que se pagaran consecuencias. La imagen de 18 hombres –el número de asientos en la Comisión Judicial en ese entonces, pues hoy son 21– cuestionando sin misericordia a una mujer que había tenido el valor de denunciar a su agresor tuvo su impacto en la opinión pública y causó un especie de revolcón femenino en el Congreso durante las elecciones de 1992. En total, el número de ellas se duplicó en el Senado, mientras que otras 24 fueron electas a la Cámara de Representantes durante una jornada que fue bautizada el ‘año de las mujeres’ o el ‘efecto Hill’.

Tan vergonzoso fue el trato que le dieron a Hill que hace unos años, el vicepresidente le pidió disculpas públicas por la manera como manejó el proceso.
En todo caso, el paralelo con lo que está pasando en la ‘novela Kavanaugh’ es sorprendente.

Blassey Ford acusó al juez, también nominado por un republicano, de haber intentado violarla estando borracho durante una fiesta cuando ambos estaban en la secundaria.

Su caso solo se reveló por una filtración a la prensa, ya que la mujer había pedido la reserva de su nombre en una carta enviada a la senadora Dianne Feinstein. También sucede casi en la víspera del voto para confirmar a Kavanaugh en la comisión, y el desarrollo parece que también será un testimonio suyo ante la misma comisión que interrogó a Hill.

De hecho, tres senadores que estuvieron en la audiencia de Hill aún forman parte de esta misma comisión: Chuck Grassley, presidente en este órgano; Partrick Leahy y Orrin Hatch.

Y, como entonces, el asunto se ha tornado en una disputa partidista que tiene en ascuas al país con los demócratas, a la misma Blassey Ford pidiendo una investigación del FBI antes de proceder y a los republicanos empujando para que el juez sea confirmado sin dilación.

Pero lo que es diferente, y de manera notable, es el contexto en el que todo sucede. En 1991 no había ni baños para mujeres en la Cámara Alta del Capitolio. Hoy no solo los hay, sino que la cuarta parte del Senado está compuesto por ellas. Y cuatro estarán sentadas en la Comisión Judicial si es que llega a darse el testimonio de Blassey Ford.

Pero quizá lo más importante de todo es que estamos en la era post-#metoo, un movimiento que cambió por completo la discusión mundial sobre el acoso sexual y que en EE. UU. se ha tornado en una fuerza capaz de destronar a los más poderosos.
“En 1991, la frase “es que ellos no entienden” se volvió popular para describir la reacción de los senadores frente a la violencia sexual. Pero la experiencia de los años que han pasado sumada a la demoledora evidencia existente sobre los daños que esto causa a los individuos y las instituciones, y con un Senado con más mujeres que nunca, “no entender” ya no es una opción. Estamos en 2018, y nuestros senadores tienen que responder. El público se los exige”, dijo hace unos días Hill.

La afroamericana, que es profesora como Blassey Ford, remató sus palabras con esta sentencia: “Esta es una persona a la que se le va a entregar de por vida uno de los cargos más importantes del país en una institución que toma las decisiones más sensibles sobre las mujeres. ¿Por correr a confirmarlo sí se puede tomar una pausa para asegurar que no se está cometiendo un error?”

Parece lógico. El problema, uno que también estaba presente hace casi tres décadas, es que la política casi siempre pesa más que el sentido común.

El afán de los republicanos por confirmar a Kavanaugh contra viento y marea es que temen perder el control del Congreso en las elecciones de noviembre que lo renovarán parcialmente.

Si la confirmación a Kavanaugh se pospone hasta después de los comicios de noviembre, podría poner en juego el nombramiento de un juez conservador en la Corte.

Por el impacto a futuro que tiene un magistrado cuyo cargo es vitalicio, los republicanos podrían proceder, incluso, sin escuchar la versión de la afectada.

Y lo más probable es que lo logren, pues cuentan con la mayoría en el Senado. A un costo, no obstante, que como demostró el episodio del 91 puede ser muy,
pero muy alto.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington
En Twitter @sergom68

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