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Historia de la casa de 126 habitaciones donde vive Donald Trump
Donald Trump

"Tengo a la gente más leal, ¿alguna vez han visto algo así? Podría pararme en mitad de la avenida Quinta a dispararle a la gente y no perdería votantes".

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AFP

Historia de la casa de 126 habitaciones donde vive Donald Trump

La construcción, concluida hacia 1925, se usó en un principio para albergar a reyes y gobernantes. 

Como Joe Biden lo derrotó en las elecciones de noviembre, armó una alharaca terrible, dijo que le habían hecho fraude, que le robaron los votos, formó una pelotera diaria. Sin embargo, no pudo presentar la más humilde prueba de todas esas acusaciones y tuvo que irse con su gritería a otra parte, a vivir en su casa particular.

Ese sí es un verdadero palacio. Pero como Trump no puede vivir tranquilo si no anda casando una pelotera diaria, ya se agarró también con los aristócratas del vecindario que le piden que se vaya. (Les propongo mejor que empecemos esta historia desde el comienzo).

Anteriormente era solo la casa de Trump, que tiene su propia historia, la que se llamaba Mar-a-Lago, así, como suena, en castellano. Pero, con el paso del tiempo, todo el condominio terminó heredando el mismo nombre, que se volvió colectivo.

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El lugar exacto queda a una hora y cuarto de Miami, la gran ciudad de Florida, abajo de los Estados Unidos, en esa península que entra en el mar como si fuera un dedo parado.

Para llegar a los parajes de Mar-a-Lago, partiendo desde Miami, uno hace que el carro coja la carretera hacia el sur, hasta encontrarse con un pueblo hermoso que se llama Palm Beach. Lo primero que se ve es una laguna con una isla en la mitad y, más allá, un muro de cemento cubierto de vegetación circunda toda la orilla. Así impiden que los extraños se metan en ese condominio privado.

Mar-a-lago

La Guardia Costera de Estados Unidos vigila los alrededores de Mar-a-Lago, donde viven el expresidente Trump y su familia

Foto:

GETTY IMAGES

Playas y palmas

En el conjunto residencial, dentro de la cerca que bordea el lago, crecen las palmeras y los arbustos. Eso es, precisamente, lo que explica el romántico nombre de aquel pueblo: Palm Beach (‘la playa de las palmeras’). Allí queda el refugio de millonarios.

Largas filas de automóviles cargados de visitantes, que llegan atraídos por la fama de la residencia donde habita el acaudalado empresario que se volvió presidente de la nación más poderosa del mundo, se detienen en la carretera, bajan los cristales de las puertas y asoman la cabeza tratando de ver algo de lo que hay allá adentro.

Ahí fue cuando ardió Troya, como se decía en la antigüedad clásica. El propio expresidente de Estados Unidos estaba violando los mandatos de la ley.

Pero la altura del muro, el bosque tupido y las prohibiciones escritas en grandes carteles impiden ver cualquier cosa. Solo se permite la entrada de los habitantes del condominio y sus empleados.

A la entrada, junto a la puerta principal, hay una estación de policía flanqueada por dos agentes. En el techo de la estación flamea la bandera de los Estados Unidos.

El mar de los adultos

En la acera de enfrente, al otro lado de la carretera, hay un minarete similar a los que guardaban la entrada de las ciudades europeas en la Edad Media. En lo alto de la torrecita cuelga una campana antigua.

Entonces lo veo. Espléndido y encrespado. Allá abajo, a espaldas de la torre y frente a la ancha playa, se extiende el mar. Es la puerta de entrada al Caribe pasando por el sur de los Estados Unidos.

Ahora, solo ahora, comprendo el curioso nombre de Mar-a-Lago: es el mar abierto que queda a pocos metros de una laguna. O viceversa, como usted prefiera. Tratándose de aristócratas gringos, me asombra que le hayan conservado para siempre su nombre original en lengua española.

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Lo confieso sin ambages: me estremece la belleza del agua marina. Su pureza. Es azul claro en la orilla, luego es de un azul que se vuelve más intenso donde comienza el oleaje y que, finalmente, se hace azul plomizo en la lejanía por donde viajan los barcos.

En la playa limpia, a pesar de que hoy apenas es martes, hay numerosos bañistas bocarriba, como si fuera un domingo. Todos son mayores de edad. Es natural que así sea en Palm Beach, porque una ciudad de potentados es una ciudad de adultos.

Qué es Mar-a-Lago

En ese conjunto residencial, además del presidente Trump, también vive la escultora japonesa Yoko Ono, la viuda del inmortal John Lennon, uno de los fundadores de Los Beatles, nada menos.

La gente que se va a vivir en Palm Beach es tan rica que esa población, aunque solo tiene 8.500 residentes, se ha convertido en uno de los lugares con mayor renta por habitante en todos los Estados Unidos.

A su turno, el sector de Mar-a-Lago, que queda dentro del perímetro de Palm Beach, se ha convertido en un retiro de celebridades, millonarios, artistas renombrados, deportistas consagrados y miembros de la nobleza que proceden de diferentes partes del mundo. Es por eso, precisamente, que más de la mitad de su población sobrepasa ya los 65 años de edad. Con decirles que solo el uno por ciento de sus habitantes tiene entre dieciocho y veintidós años.

Él resolvió convertir el monumental palacio que había construido doña Marjorie, en su residencia alterna para pasar las temporadas de descanso y los fines de semana.

La gente vive convencida de que Mar-a-Lago es el nombre de todo el conjunto. La realidad es que hace casi cien años, cuando se inauguró la casa principal, era ella la única que se llamaba así. Fue después de la llegada de la familia Trump, en el año de 1985, cuando los periodistas extendieron el nombre a todo el condominio.
Es mejor que me permitan seguir contándoles la historia para que podamos entendernos. Ahí voy.

Una casa de 126 habitaciones

La construcción de semejante casa, como ya dije, fue concluida hace casi cien años, hacia 1925, por la acaudalada y famosa heredera Marjorie Merriweather Post. El propósito de aquella señora de alcurnia era que allí fueran a visitarla los presidentes, los reyes de algunas naciones europeas y personalidades de renombre procedentes del mundo entero.

Sin embargo, nadie de ese tamaño pasó por ahí. De modo que cuando murió doña Marjorie, en 1973, su familia le regaló la mansión al patrimonio nacional de los Estados Unidos, para que se convirtiera en refugio vacacional de los mandatarios. Pero, una vez más, ningún gobernante apareció por esos parajes.

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Ante ello, la nación devolvió la casa a su familia, que, hace 35 años, se la vendió a un empresario de finca raíz, lleno de dinero, problemático y pintoresco, llamado Donald Trump, que era, entre todos los aspirantes a quedarse con aquel palacio, el que menos parecía que fuera a llegar algún día a la Presidencia de Estados Unidos. Y fue el único que llegó. Para que vean ustedes cómo es la vida.

El lote donde se hizo la construcción tiene una hectárea completa. Diez mil metros cuadrados. Y esa casa, agárrense, tenía originalmente 126 habitaciones. Parecía un pueblo entero.

¿Hotel o club de golf?

La verdad completa ha venido a saberse ahora. El propósito de Trump, cuando adquirió la mansión de Mar-a-Lago, no era el de convertirla en su casa de recreo o en su refugio de vacaciones para irse a calentar un poquito durante los largos inviernos norteamericanos. Aunque él tampoco es que necesite mucho para calentarse.

Su intención, como todo lo que ha emprendido en su vida, fue la de hacer un negocio. Primero pensó que era buena idea transformar semejante palacio en un hotel campestre. Pero sus asesores de empresa lo convencieron, más bien, de convertir el lugar en un club privado para los potentados que juegan golf.

Así lo hicieron. Compraron los lotes aledaños, levantaron nuevas casas, construyeron gimnasios y restaurantes, habitaciones especiales para los invitados, ampliaron el campo de golf y aquella hermosa estancia se volvió un paraje para los poderosos del dinero.

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Hasta que llegó el año de 2017 y los estadounidenses eligieron a Donald Trump como el nuevo presidente de su país. Entonces, él resolvió convertir el monumental palacio que había construido doña Marjorie, en su residencia alterna para pasar las temporadas de descanso y los fines de semana.

Se arma la trifulca

Y entonces se formó la pelotera en el vecindario. Resulta que hace 27 años, cuando terminaron de construir el club, las autoridades municipales de Palm Beach les hicieron saber a los inversionistas que, según las normas legales, ningún socio podría convertir el condominio en su residencia permanente, ni quedarse a vivir allí más de tres semanas al año, por cuanto se trata tan solo de un sitio de descanso.

Sin embargo, cuando se acercaba ya la terminación de su período presidencial, Trump aceptó por fin su derrota y anunció la entrega del poder a sus adversarios. Cuando los periodistas le preguntaron dónde iría a vivir, anunció que se trasladaría con su familia, de tiempo completo, a la casa veraniega de Mar-a-Lago.

Ahí fue cuando ardió Troya, como se decía en la antigüedad clásica. El propio expresidente de Estados Unidos estaba violando los mandatos de la ley. Y, diciendo y haciendo, ordenó cercar el área de su casa con nuevos jardines, puso muros más anchos y gruesos, reforzó la vigilancia con garitas y celadores armados.

De inmediato los demás propietarios iniciaron sus protestas, de manera que, cuando llegó la caravana de camiones con la mudanza de Trump, que ya venía con su familia en camino de Washington a Mar-a-Lago, lo que encontraron fue a la gente iracunda con la mudanza del nuevo vecino.

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Incluso, en algunos sectores del condominio aparecían colgados en la madrugada letreros que decían ‘Fuera de aquí’ y frases similares, algunas de grueso calibre. Como el periodismo consiste en decir la verdad completa, también es justo reconocer que otros cartelones le daban la bienvenida al expresidente. Lo cierto es que, por cuenta suya, un tema de vecindario se había convertido en ardiente debate político entre adversarios y partidarios de Trump.

Epílogo

Las casas de Mar-a-Lago tienen ahora un estilo arquitectónico de lujo caribe, mezcla de opulencia y de naturaleza tropical. Cada casa es un palacio. O un palacete, mejor dicho, porque las fachadas tienen apariencia de antiguas, pero se les nota que han sido envejecidas recientemente.

Las flores rojas estallan entre los arbustos. Patrullas de seguridad vigilan cada calle. Cuando vamos saliendo, ya de regreso a Miami, está chispiandito, que es como dicen bellamente en mi territorio colombiano del Caribe cuando empiezan a caer las primeras chispitas de lluvia.

Me imagino que Trump debe estar encerrado en su cuarto.

JUAN GOSSAIN
Especial para El Tiempo

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