La aritmética comercial favorece a China y, al final, Trump lo sabe

La aritmética comercial favorece a China y, al final, Trump lo sabe

EE. UU. está en desventaja con el gigante oriental, pues es más lo que importa que lo que exporta.

Xi Jinping y Donald Trump

Los presidentes de China y Estados Unidos, Xi Jinping y Donald Trump, sostienen un duro pulso comercial. De momento hay una tregua, pero el problema de fondo sigue ahí.

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Jim Watson / AFP

Por: Kaushik Basu - Project Syndicate
07 de julio 2019 , 08:00 p.m.

Los mayores riesgos que hoy enfrenta la economía mundial surgen de la amenaza de una eventual guerra comercial entre Estados Unidos y China. Y, aunque en la reciente cumbre del G20 llevada a cabo en la ciudad japonesa de Osaka, el presidente estadounidense Donald Trump distensionó un poco el pulso prometiendo que de momento no habrá más aranceles y permitirá a las empresas de su país que vendan productos al fabricante chino Huawei, y ambas potencias volvieron a dialogar, el asunto está aún lejos de resolverse.

En síntesis, puede que haya una suerte de tregua, un respiro, pero los mercados siguen expectantes de la evolución de este conflicto comercial –en realidad, geopolítico– que de seguir escalando tendría consecuencias en todo el mundo.

Todavía está muy fresco el recuerdo de lo sucedido el 10 de mayo, cuando Trump ordenó subir los aranceles del 10 al 25 por ciento para unos 5.000 productos chinos. Y China respondió anunciando aranceles recíprocos sobre exportaciones estadounidenses por un valor de 60.000 millones de dólares.

Nadie duda de que históricamente, China ha infringido muchas de las normas globales en materia de comercio y gestión del tipo de cambio. Pero intentar corregir esto ahora aumentando los aranceles a los productos chinos es inútil. Peor aún, eso perjudicaría desproporcionadamente a Estados Unidos.

El punto central es que Estados Unidos tiene un gran déficit comercial con China. En 2018, Estados Unidos exportó bienes por un valor de 120.300 millones de dólares a China –una cantidad sustancial, pero pequeña en comparación con los 539.500 millones de dólares en bienes que se importaron de China–.

La política arancelaria de Trump –al menos de labios para afuera– está basada en un malentendido fundamental de lo que significan los déficits comerciales bilaterales. Consideremos un ejemplo simple. Yo ahora estoy en Nuremberg. Cuando el bus que me trajo aquí paró en una zona de servicios, entré a una tienda y compré unos bocadillos y un café. Como la tienda no me compró nada a mí, ahora tengo un déficit comercial con la tienda, y la tienda tiene un superávit conmigo. Según el razonamiento de Trump, yo tendría que regresar a la tienda, quejarme de este desequilibrio e insistir en que la tienda ahora me compre una cantidad equivalente a mí.

Si todos los países siguieran esta lógica, rápidamente regresaríamos a un mundo de trueque, y la calidad de nuestras vidas se reduciría marcadamente. Una razón por la que el mundo hoy es próspero radica en que los países pueden tener déficits con un socio comercial y superávits con otro.

Existen muchas cuestiones sobre las cuales Estados Unidos debería adoptar una posición firme frente a China, sobre todo respecto del silenciamiento por ese país de sus propias minorías étnicas y religiosas. Pero elevar los aranceles no debería ser un instrumento de elección de Estados Unidos, en especial ahora, cuando China ha avanzado considerablemente hacia un sistema de tipo de cambio basado en el mercado.

Es más, China está hoy tan conectada globalmente que aislarla sería prácticamente imposible. La Iniciativa ‘Un Cinturón, un camino’ del gobierno chino de inversiones transnacionales en infraestructura, por ejemplo, hoy involucra 126 países y 29 organizaciones internacionales.

La confianza china también se refleja en el tono irónico de sus advertencias. Como dijo Gao Feng, el portavoz del Ministerio de Comercio de China, en comentarios claramente dirigidos a Trump, “Si Estados Unidos quiere seguir hablando, necesita ser sincero y corregir sus malas prácticas”.

Entre tanto, es probable que la economía estadounidense sufra bastante con una guerra de aranceles. Analistas han advertido que los hogares estadounidenses soportarían buena parte de esta carga a través de precios más elevados y un menor consumo.

El precio de ciertos productos de indumentaria aumentaría considerablemente. Baste con señalar que el 69 por ciento de los zapatos que se vendieron en Estados Unidos en 2018 provinieron de China.

China está hoy tan conectada globalmente que aislarla sería prácticamente imposible

Analistas de Oxford Economics calcularon que si la administración Trump aplica un arancel del 25 % a los productos importados de China, y China toma represalias en especie, el crecimiento del PIB de Estados Unidos en 2020 caería 0,5 puntos porcentuales.

Pero por más serio que sea el probable impacto a corto plazo, una guerra arancelaria tendría consecuencias mucho peores a largo plazo para la economía estadounidense. Esto porque un gran porcentaje de las importaciones estadounidenses de China son insumos de producción. Los aranceles más elevados harán que esos insumos sean más caros o más escasos, afectando la productividad y la competitividad de Estados Unidos y erosionando el potencial de crecimiento de la economía.

Veamos el tema en cifras: en el 2018, por ejemplo, Estados Unidos importó vestimenta por un valor de 29.800 millones de dólares de China, y otros 20.000 millones de dólares en productos de cuero y afines. Aranceles más elevados sobre estos productos claramente afectarían a los consumidores estadounidenses. Pero Estados Unidos gastó mucho más en insumos de producción, incluidos 186.500 millones de dólares en computadoras y productos electrónicos, y un total de 88.600 millones de dólares en equipos y maquinarias eléctricos. Si los aranceles sobre estos productos se mantienen altos,

La India, un ejemplo

Los responsables de las políticas de Estados Unidos también deberían recordar la experiencia de la India, que hasta 1991 imponía aranceles siderales para proteger los productores domésticos. Las barreras de importación de la India no solo condujeron a precios más altos para los consumidores indios, sino que también –y más importante– afectaron a los mismos productores que supuestamente estaban destinadas a proteger: porque sin acceso a insumos de calidad, las empresas indias no eran competitivas globalmente. Fueron las reformas del gobierno en 1991-1993, que redujeron los aranceles a niveles más razonables, las que impulsaron el crecimiento en ese país.

China depende en parte de los aranceles para responderle a Trump, pero también está recurriendo a otras medidas que probablemente le cuesten menos, como fomentar el sentimiento patriota, apuntar a Boeing y proteger sus compañías tecnológicas con expansiones en otros lugares del mundo.

Esencialmente, China está ganando tiempo, consciente de que es poco probable que Estados Unidos se lance a una guerra abierta de aranceles. Porque si lo hace, terminaría cediéndole espacio a China en la economía global.

KAUSHIK BASU*
© Project Syndicate
NUREMBERG
* Kaushik Basu, execonomista jefe del Banco Mundial y exasesor económico principal del gobierno de la India. Profesor de Economía en la Universidad Cornell y hace parte de la Brookings Institution.

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