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La derrota de Trump y su intento por deslegitimar el proceso electoral
Donald Trump

Trump mantuvo su argumentación de que en el proceso electoral del 3 de noviembre hubo fraude, una tesis que fue desechada en las cortes del país.

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Kevin Dietsch. EFE

La derrota de Trump y su intento por deslegitimar el proceso electoral

No obstante la nítida victoria de Joe Biden, el republicano se resistió a aceptar el resultado. 

Este lunes, y salvo una sorpresa de última hora, Joe Biden debe convertirse oficialmente en presidente de EE. UU.

Aunque su victoria había quedado sellada hace más de un mes cuando los medios, basados en resultados oficiales, proyectaron su claro triunfo, aún estaba pendiente el voto del Colegio Electoral, órgano que se encarga de ungir al nuevo mandatario y que se reúne mañana.

Por lo general se trata de un acto simplemente protocolario. Pero si algo ha caracterizado estas elecciones presidenciales es que nada lo ha sido. De hecho, Donald Trump aún se niega a reconocer su derrota y sigue insistiendo en un fraude imaginario pese a que ha sido descalificado decenas de veces en las cortes del país.

Más grave todavía, a lo largo de estos 40 días ha sometido la democracia estadounidense a una ‘prueba de esfuerzo’ sin antecedentes en la historia, que ha dejado al desnudo sus profundas debilidades y cuyas implicaciones a largo plazo le quitan el sueño a más de uno.

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“Jamás pensé que algo así iba a suceder en este país. Pasamos de ser el arbitro de elecciones a nivel mundial a una república bananera en la que el presidente de turno usa su poder para tratar de robarse las elecciones a plena luz del día”, dice el gobernador de Maryland, Larry Hogan. Que, valga anotar, es republicano.

Cómo se llegó a esta situación es aún materia de un debate que no está centrado en los resultados de los comicios sino en los instintos autoritarios de un líder que ha roto cuanta norma tuvo enfrente a lo largo de estos cuatro años en la Casa Blanca.

El triunfo de Biden, de hecho, fue más bien nítido. No solo le sacó a Trump 7 millones de votos en el conteo del sufragio popular, y 74 curules ante el Colegio Electoral (306 vs. 232), sino que obtuvo más de 80 millones de papeletas a su favor, el número más alto de toda la historia. Recuperó, de paso, los tres estados que le dieron el triunfo a Trump en el 2016 (por más de 250.000 votos) y volteó otros dos, Georgia y Arizona, que eran considerados hasta ahora bastiones del Partido Republicano.

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Pese a ello, los resultados no fueron tan contundentes como se esperaba.

Especialmente en las elecciones legislativas, donde los demócratas perdieron terreno en la Cámara de Representantes, y no pudieron recuperar el control del Senado, cuya mayoría quedó pendiente hasta comienzos de enero, cuando se definirán dos curules de las que depende el control de la Cámara alta.

Trump, además, amasó un impresionante caudal electoral de casi 74 millones de votos a su favor. Un récord para un candidato republicano. Y fue la combinación de esas tres variables lo que alteró el cálculo de muchos. Especialmente el del presidente y los políticos republicanos.

“Estas elecciones eran un referendo sobre Trump. De haber perdido el Senado y cedido más terreno en la Cámara como vaticinaban las encuestas, los republicanos se habrían desmarcado del presidente en un abrir y cerrar de ojos. Sobre todo si la derrota era producto de una baja participación en las urnas. Pero sucedió lo contrario.

Los comicios corroboraron su enorme popularidad con la base y le dieron un poder casi absoluto frente al futuro del partido”, sostiene Allan Lichtman, profesor de historia en American University.

En la práctica, afirma Lichtman, el resultado silenció a los líderes de una colectividad siempre temerosa de Trump y su tendencia a tomar represalias contra quien percibe como un traidor.

En principio le dieron carta blanca a su estrategia para tratar de revertir el resultado exigiendo recuentos en varios estados y a través de demandas ante las cortes. Eso pese a que ambos esfuerzos parecían fútiles desde el comienzo y más un ejercicio para acomodarse al resabio de un mandatario que no le gusta perder.

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En el caso de los recuentos, la campaña de Trump pretendía algo nunca antes visto. A lo largo de la historia la diferencia máxima en una de estas tabulaciones siempre ha sido inferior a los 2.000 votos en favor de uno u otro candidato. Pero el presidente perdió por más de 12.000 en Georgia, 10.000 en Arizona, 21.000 en Wisconsin, 80.000 en Pensilvania y 150.000 en Míchigan. Y necesitaba revertir los resultados en al menos tres de estos estados para poder ganar las elecciones.

Como se esperaba, los recuentos –en Georgia hubo tres, uno de ellos manual– terminaron confirmando la victoria de Biden sin mayores alteraciones.

Paralelamente, Trump elevó más de 50 procesos judiciales en 6 estados alegando irregularidades y demandó normas electorales que habían sido puestas en vigor antes de los comicios. Pero en todos terminó perdiendo y de manera categórica. Los jueces, en una gran mayoría conservadores nominados por el propio presidente, no ahorraron palabras a la hora de desechar querellas que a su juicio carecían de evidencia y fundamentos. Algunos, incluso, advirtieron que los argumentos elevados por la campaña eran, incluso, peligrosos.

“Ante la ausencia absoluta de méritos, sería fácil ver esto con indiferencia y pasar al siguiente caso. Pero esto es trascendental. Lo que están pidiendo acá los peticionarios es la invocación más dramática del poder judicial que he visto. Aceptar esto, construido sobre bases tan flojas, le causaría un daño indeleble a toda elección futura. Nos están pidiendo caminar por un sendero muy peligroso”, dijo el juez conservador Brian Hagedorn al tumbar una de las demandas elevadas por Trump en el estado de Wisconsin, donde había pedido anular todos los votos depositados por correo.

Estas fueron las elecciones más seguras de toda la historia. Todas las acusaciones sobre fraude electoral son una locura. Es hora de aceptar la realidad y reconocer la derrota

Pese a las derrotas judiciales, Trump continuó su batalla ante la opinión pública haciendo acusaciones totalmente arbitrarias –como que el robo de las elecciones se originó en la Venezuela de Hugo Chávez, muerto hace 8 años– y que hasta sus mismos funcionarios tuvieron que salir a desmentir.

“Estas fueron las elecciones más seguras de toda la historia. Todas las acusaciones sobre fraude electoral son una locura. Es hora de aceptar la realidad y reconocer la derrota”, dijo Chris Kreb, el encargado de Infraestructura y Ciberseguridad Electoral de la Casa Blanca, nombrado por Trump, pero a quien el presidente destituyó tras esos comentarios.

La semana pasada el propio fiscal general, William Barr, un ‘trumpista’ declarado, fue enfático al indicar que su oficina no había detectado fraude alguno capaz de alterar el resultado de las elecciones.

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Pero una vez cerradas las vías judiciales y finalizados los recuentos, Trump optó por un camino impensable hasta hace tan solo semanas: presionar a autoridades y legisladores estatales para que desconocieran los resultados y le dieran la victoria en el Colegio Electoral.

Lo hizo primero con congresistas de Wisconsin y Pensilvania, donde los republicanos controlan el Congreso, y luego con las autoridades de Georgia. Eventualmente, todos rechazaron los pedidos del presidente alegando que no les correspondía –ni poseían la autoridad– para modificar la voluntad popular.

Biden

Mañana, 14 de noviembre, el Colegio Electoral se reúne para elegir a Joe Biden como nuevo presidente de EE. UU.

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Foto: AFP

Pero la sola solicitud –y que algunos consideraran la idea– fue mas que temeraria.
De acuerdo con Kathleen Clark, profesora en derecho de la Universidad de Washington, Trump pudo haber cometido hasta un crimen. “Es increíble que tengamos esta discusión. Pero las llamadas del presidente a estas personas la han vuelto real. Acá lo que hay es un presidente de EE. UU. utilizando todo su músculo para que le regalen una elección que perdió. Esto no puede quedar como una anécdota más de su polémica presidencia”, afirma la experta.

Trump, además, no se detuvo solo allí. En las últimas semanas ha destituido a las cabezas de agencias claves, entre ellas en el Pentágono y los ha reemplazado con sus más fervientes simpatizantes. Entre ellos Scott O’Grady, a quien acaba de nombrar como subsecretario de Defensa para Asuntos Internacionales, y que le ha sugerido al presidente declarar la ley marcial y suspender la Constitución.

Nadie cree que algo así –el equivalente a un golpe de Estado– pueda prosperar. Y lo ven más como un desesperado esfuerzo de Trump por mantener su relevancia y quizá intentar una nueva candidatura en el 2024.

Pero su ataque frontal contra pilares de la democracia que se creían sólidos produce escalofrío entre los expertos.

De acuerdo con Clarke, ya hay un daño inicial muy palpable cuyos efectos se sentirán en el corto y mediano plazo. Trump, a través de su campaña de desinformación –denunciada por miembros de su propio partido–, ha logrado convencer a buena parte de los republicanos de que hubo fraude y Biden es un presidente ilegítimo. Un 70 por ciento de ellos, según sondeos recientes, así lo cree. Y sus esfuerzos por revertir el resultado usando vías inconstitucionales tiene a la otra mitad del país en pie de ‘guerra.’

Un panorama oscuro para un país donde los niveles de polarización, aun antes de las elecciones, ya eran extremos y que limitará el margen de maniobra para un nuevo presidente que además tendrá que enfrentar la pandemia del covid-19 y la crisis económica que ha causado.

“La única razón por la cual el sistema sobrevivió al asalto de Trump y sus simpatizantes es que hubo individuos honorables

Por no hablar de la desconfianza generalizada que ha surgido frente al proceso electoral.

A largo plazo, sin embargo, lo que ha sucedido en estas cuatro semanas plantea una amenaza casi existencial para la democracia estadounidense.

“La única razón por la cual el sistema sobrevivió al asalto de Trump y sus simpatizantes es que hubo individuos honorables, jueces y autoridades electorales, que hicieron respetar las leyes pese a la enorme presión a la que fueron expuestos”, opina Benjamin Ginsberg, reconocido abogado republicano que encabezó la Comisión Presidencial para la Administración de Elecciones, un órgano bipartidista que ofreció recomendaciones sobre cómo fortalecer el sistema electoral.

Pero la bala pasó rozando, opina Paul Waldman, profesor en política de la Universidad de Pensilvania y columnista del Washington Post. “Trump no pudo robarse las elecciones porque las diferencias eran muy grandes y en muchos estados. Pero nadie sabe qué hubiese pasado si, por ejemplo, su triunfo hubiese dependido de unos pocos votos en uno o dos estados. Ni tampoco qué sucederá en el futuro cuando lleguen al poder autoridades no tan honorables como las que hoy se le atravesaron al presidente. Lo que quedó demostrado es que si no se reforman las leyes siempre estaremos a un paso de una catástrofe de proporciones épicas”, dice Waldman.

De hecho, varios de los funcionarios republicanos que desafiaron a Trump e hicieron respetar el voto de los ciudadanos han sido amenazados de muerte y, antes que un altar por su valentía, lo más probable es que terminen siendo sepultados políticamente. Y reemplazados por otros, dice el historiador Max Boot, de tendencia autoritaria o sumisos a los deseos de un cuasi dictador.

Solo el tiempo permitirá evaluar lo que han sido estos cuatro años de Trump en la Casa Blanca. Pero no hay duda de que sus acciones han provocado una grieta profunda en fundamentos e instituciones hasta ahora incuestionables en este país. Y eso, independientemente de cómo evolucione la crisis actual, ya hace parte de su legado.

SERGIO GÓMEZ MASERI
CORRESPONSAL de EL TIEMPO 
WASHINGTON

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