La historia detrás de la vicepresidenta Kamala Harris

La historia detrás de la vicepresidenta Kamala Harris

Fragmento de la primera biografía de una de las mujeres más poderosas del mundo. Ya en librerías.

Kamala Harris

Kamala Harris es hija de un padre nacido en Jamaica y una madre nacida en India que se conocieron en el turbulento mundo del activismo político de Estados Unidos de los años 60.

Foto:

Etienne Laurent. EFE

Por: Penguin Random House
21 de febrero 2021 , 12:42 a. m.

Justo cuando arrancaba la carrera electoral, Kamala Harris estaba atravesando un duro bache, aunque en aquella época no se hizo público. Maya y ella tenían que asegurarse de que su madre recibía sus sesiones de quimioterapia. En un artículo de opinión publicado en 2018, Harris contó un incidente durante la hospitalización de su madre, hacia el final: 

Por lo que yo recuerdo, a mi madre siempre le había encantado ver las noticias en televisión y leer el periódico. Cuando Maya y yo éramos niñas, ella insistía en que nos sentáramos a ver el programa de Walter Cronkite cada noche, antes de cenar. Pero de pronto perdió el interés. Su gran cerebro había decidido que ya no podía más.

Aunque aún quedaba espacio para nosotras. Recuerdo que acababa de apuntarme a la carrera para ser fiscal general de California y que me preguntó cómo me iba.
“Mami, esos tipos dicen que me van a patear el trasero”, le dije.

Ella se giró en la cama, me miró y me mostró la mayor de las sonrisas. Sabía cómo me había criado. Sabía que su espíritu luchador seguía vivo en mi interior.

El 11 de febrero de 2009, la piedra angular de la familia, la científica que había estudiado el cáncer intentando encontrar una cura, la mujer que más que nadie había criado y dado forma a dos mujeres fuertes y realizadas, murió de cáncer en Oakland.

En los meses y años que siguieron, los amigos vieron en más de una ocasión que a Harris se le humedecían los ojos en las ocasiones importantes, cuando alguien mencionaba a su madre.

La fiscal de distrito Harris había usado su experiencia como abogada en beneficio de su campaña. Pero su labor en San Francisco era complicada. Cuando el alcalde Villaraigosa declaró que apoyaba su candidatura a fiscal general, en 2010, dijo: “Kamala ha pasado toda su vida profesional en las trincheras, como abogada de la acusación, y ha aumentado los índices de sentencias condenatorias a su nivel más alto en quince años”.

El periodista Peter Jamison, que en aquella época escribía en el SF Weekly, escarbó en las estadísticas de la fiscalía del distrito y observó que los índices presentados por Harris se basaban en los acuerdos de reducción de pena alcanzados con los abogados defensores. Los acuerdos entre las partes son, por supuesto, una parte importante del sistema de justicia criminal.

Los fiscales del Hall of Justice de San Francisco tuvieron un día especialmente duro el 9 de febrero de 2010. Un jurado condenó de forma injusta a un hombre, y otro jurado, tras deliberar solo un día, absolvió a tres miembros de una banda acusados del asesinato de dos rivales, en un juicio que había durado cinco meses. Harris no estaba implicada directamente en ninguno de estos casos, pero era responsable de la fiscalía.

En el juicio que llevó a la absolución de los pandilleros, los abogados de la defensa descubrieron que las pruebas de ADN de uno de los homicidios habían sido manipuladas de forma indebida, y que el testimonio del testigo principal presentaba contradicciones. Uno de los acusados tenía la mano derecha rota y enyesada, y aun así se dijo que habría podido saltar una valla para huir. Y, aunque era diestro, se lo acusó de haber sido él quien disparó. La rapidez a la hora de emitir los veredictos de inocencia hizo plantearse dudas sobre la decisión de los fiscales de presentar cargos.

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“Solo deben llevar a juicio casos que sinceramente crean que pueden llegar a demostrar más allá de cualquier duda razonable”, dijo la abogada Kate Chatfield, que representaba a uno de los tres hombres.

Aquel mismo día, otro jurado declaró culpable a Jamal Trulove de haber matado de un tiro a su amigo Seu Kuka en 2007, en un complejo de viviendas de Sunny-dale, en el sur de la ciudad. Trulove lloró mientras se leía el veredicto (y con motivo, tal como se demostró más tarde). Trulove era un aspirante a rapero que había aparecido en I love New York 2, un reality show de la cadena VH1.

Una testigo ocular afirmó que estaba segura al cien por cien de que Trulove había cometido el crimen. El fiscal titular del caso afirmó que la testigo estaba declarando a pesar de correr el riesgo de sufrir represalias, poniendo en peligro su propia vida, y que la habían reubicado y le habían dado dinero para cubrir sus gastos. La fiscal de distrito Harris no instruyó el caso, pero se hizo eco de las palabras de su subordinado, alabando a la “valiente testigo que se había decidido a dar la cara”. Un juez condenó a Trulove a cincuenta años de cárcel.

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La sentencia de Trulove contaría en las estadísticas que apoyaban la afirmación de que con Harris habían aumentado las sentencias condenatorias en delitos graves. Pero años más tarde se supo la verdad.

El abogado encargado de la apelación estaba convencido de la inocencia de Trulove.

En enero de 2014, con Harris como fiscal general, un tribunal estatal de apelaciones declaró nula la condena de Trulove y concluyó que “el fiscal de San Francisco se había dejado llevar por los prejuicios” y que la historia de la testigo que había declarado a pesar de temer por su vida “era un montaje”.

En marzo de 2015, dos meses después de que la fiscal general Harris anunció su candidatura al Senado de Estados Unidos, un nuevo jurado de San Francisco absolvió a Trulove de todos los cargos. Pero el asunto no se acababa ahí. Trulove, que se había pasado ocho años entre rejas, presentó una demanda contra la policía y la ciudad, aunque no contra Harris, alegando que los agentes le habían tendido una trampa, y en 2018 un jurado federal le concedió 14,5 millones de dólares como compensación.

En marzo de 2019, cuando la senadora Harris ya era candidata a la vicepresidencia, el Consejo de Supervisores de San Francisco zanjó el caso Trulove con otra compensación de 13,1 millones de dólares.

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“Kamala Harris intentó ser progresista. Eso lo valoro mucho –dijo Marc Zilversmit, el abogado que llevó la apelación de Trulove–. En una época en que ser progresista en el mundo judicial era muy poco habitual, ella puso en práctica todas esas ideas positivas. Y podía haber hecho muchas cosas más”.

Durante su ascenso a cargos más importantes, Harris ha mencionado muchas veces su experiencia como fiscal y sus éxitos. Ha sido su gran baza. Pero también un arma de doble filo, y la condena injusta de Jamal Trulove siempre manchará su expediente como fiscal de distrito de San Francisco.

Harris tuvo que enfrentarse a cinco rivales demócratas en las primarias, todos ellos hombres. Cuantos más hombres, más probable es que salga bien parada la única mujer en la disputa. Los cinco hombres se pelearon por sus respectivos apoyos, y Harris salió beneficiada.

La única mujer que habría podido ser candidata era Jackie Speier, congresista demócrata de Hillsborough, al sur de San Francisco, que a principios de 2010 hizo saber que se planteaba presentarse al cargo. Como joven asistente del congresista Leo Ryan, Speier había acompañado a su jefe a Guyana en 1978 durante la investigación de Jim Jones y su secta del Templo del Pueblo. Ryan fue asesinado durante aquel viaje, y Speier resultó herida en una serie de terribles sucesos que acabaron con un suicidio en masa y el asesinato de más de novecientas personas. Speier aún lleva metralla en el cuerpo desde entonces.

En la Asamblea Legislativa de California y en el Congreso, Speier se había ganado cierta reputación como inconformista que plantaba cara ante los intereses bancarios excesivos o los ataques a la privacidad de los consumidores. Esas posiciones adquirieron relevancia tras el hundimiento de Wall Street en 2008, la Gran Recesión y la crisis consiguiente, que afectó mucho a California. Pero poco después de que Speier manifestara su interés en el puesto, los estrategas de Harris revelaron que ya habían recaudado 2,2 millones de dólares para la campaña a la fiscalía general, una suma impresionante que difícilmente podría igualar una candidata que empezara de cero. Speier optó por quedarse en el Congreso.

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En cualquier campaña, el dinero es crucial, especialmente cuando se trata de puestos que no aparecen en la cabecera de las listas electorales, que atraen mucha menos atención y suscitan menor interés que los de gobernador o senador. Harris no tenía ninguna fuente de ingresos independiente y, desde luego, no había heredado ninguna fortuna de su madre.

El rival que más le preocupaba era Chris Kelly, exabogado de Facebook, que disponía de suficiente dinero como para autofinanciarse. Kelly se presentaba por primera vez a un cargo público y acabó gastándose doce millones solo para las primarias de junio, el doble que Harris en toda la campaña.

Harris contaba con ciertas ventajas: se había presentado ya a dos elecciones y había lidiado con la dura política de San Francisco, era conocida en la zona de la bahía porque salía periódicamente en las noticias y en el Chronicle, y era la única fiscal de profesión de los seis candidatos a las primarias del Partido Demócrata.

Curiosamente, las encuestas realizadas por el equipo de Harris reflejaban un cambio en la actitud de la gente. Algunos votantes que habían aprobado la dura ley “de los tres golpes” en 1994 se estaban alejando de la filosofía de cárcel y cerrojo de Pete Wilson e iban abriéndose a una alternativa. Tras trazar su filosofía de vías alternativas, educación, tratamiento para toxicómanos y rehabilitación en su libro Smart on Crime, Harris se presentaba como una fiscal defensora de la reforma de la justicia criminal.

“La gente veía el sistema penitenciario como una puerta giratoria que no servía para reeducar a los reclusos –dijo Ace Smith–. Fue, quizá, la primera elección importante en la que alguien presentó esa idea de reformar la justicia criminal”.

Harris consiguió un gran empujón en octubre de 2009, cuando el jefe de policía de Los Ángeles, William Bratton, un tipo de espíritu reformista, le mostró su apoyo. Era el policía más conocido en el condado de origen de Cooley, y suponía un apoyo muy significativo de un agente de la ley, que validaba sus credenciales como protectora del orden.

Pero la buena noticia llegó acompañada de una tragedia.

Lili Smith, la inteligente niña con síndrome de Apert que había colaborado ensobrando y distribuyendo folletos durante la primera campaña de Harris a la fiscalía del distrito, había cumplido quince años, edad en la que el aspecto físico y encajar en el grupo se convierten en cosas muy importantes. En los colegios del condado de Marin a los que asistía, los otros niños no la acosaban ni se metían con ella.

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Simplemente no le hacían caso, y se estaba aislando cada vez más. Ella y sus padres, Ace Smith y Laura Talmus, decidieron optar por un internado, la Scattergood Friends School de West Branch, en una zona rural de Iowa. Allí empezaba a encajar y a relacionarse, y estaba sacando muy buenas notas.

Había estado leyendo la autobiografía de Cherie Blair, la esposa del que fuera primer ministro británico Tony Blair, después de haber acabado de leer la de Dolores Huerta, cofundadora del sindicato agrícola United Farm Workers. El 9 de octubre llamó a su madre y le dejó un mensaje diciéndole que hablarían por la mañana. Esa noche sufrió una apoplejía y murió.

Harris se estaba tomando un descanso de la campaña cuando recibió una llamada de uno de los compañeros de Smith, Dan Newman, que le informó del fallecimiento de Lili. Ace Smith y Laura Talmus eran una parte importante de la estructura organizativa de la campaña de Harris.

Pero también eran amigos íntimos. Harris tomó el primer vuelo a San Francisco para acompañar a los padres de Lili en su duelo.

No hay nada peor que la pérdida de un hijo. Pero Talmus y Smith convirtieron su dolor en algo bueno creando una organización benéfica, Beyond Differences, que desarrolla programas académicos para los colegios de todo el país cuyo fin es combatir el aislamiento social. También aprendieron algo sobre el cariño que les tiene Harris. En los años que han pasado desde la muerte de Lili, no ha dejado de llamarlos el día de sus cumpleaños y el Día de la Madre, y ha contribuido a recaudar fondos para la causa de Beyond Differences en nombre de Lili.

CORTESÍA PENGUIN RANDOM HOUSE

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