Nixon, Clinton y Trump, historias paralelas con finales diferentes

Nixon, Clinton y Trump, historias paralelas con finales diferentes

El primero dimitió antes de ser enjuiciado, el segundo fue absuelto; el tercero afrontará un juicio.

Donald Trump

El presidente Donald Trump está pasando por un duro momento por la investigación de la Cámara de Representantes de EE. UU.

Foto:

EFE

Por: SERGIO GÓMEZ MASERI
14 de diciembre 2019 , 07:40 p.m.

El 9 de Agosto de 1974, diez días después de que la Comisión Judicial de la Cámara de Representantes aprobó tres artículos de destitución en su contra y justo antes de que estos pasaran a la plenaria para su consideración final, el presidente Richard Nixon anunció la renuncia irrevocable al cargo en una intervención televisiva que partió para siempre la historia de Estados Unidos.

Hoy, 45 años después, el país se encuentra ante un momento semejante. Este viernes, el mismo comité que sentenció la suerte de Nixon autorizó dos cargos con fines de destitución contra el republicano Donald Trump, dejando la mesa servida para un dramático voto en la plenaria esta semana.

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El contexto, por supuesto, no es el mismo. Empezando porque Trump no tiene la menor intención de renunciar. Pero tanto en el caso de Nixon como en el proceso de destitución que se adelantó contra Bill Clinton en 1998, hay similitudes y diferencias que permiten entender el crucial momento que atraviesa esta potencia mundial.

El descalabro de Nixon comenzó en junio de 1972, cuando cinco hombres fueron arrestados por penetrar en una sede del Partido Demócrata en el hotel Watergate, en Washington.

Las investigaciones iniciales –y reportes de prensa– pronto establecieron un nexo entre estos hombres y la campaña del presidente republicano para las elecciones de noviembre de ese mismo año. Aunque no es claro si Nixon lo supo desde el comienzo, a lo largo del proceso quedó por sentado que el mandatario no solo había tratado de encubrir el incidente, sino de obstruir el trabajo de las investigaciones que realizaba tanto el Departamento de Justicia como el propio Congreso.

Para destituir a un presidente es necesario, ante todo, que confluyan la opinión pública con el consenso bipartidista

La pesquisa legislativa arrancó oficialmente en febrero de 1974 y concluyó en la imputación de tres cargos –abuso de poder, desacato al Congreso y obstrucción de la justicia–, aprobados a finales de julio de ese año.

Dos de esos tres cargos –abuso de poder y desacato al Congreso– son los mismos que fueron aprobados contra Trump.

Según los demócratas, que son la mayoría en la Cámara de Representantes, el presidente abusó de su poder cuando presionó al Gobierno de Ucrania para que iniciara investigaciones contra sus rivales políticos y luego se negó a colaborar con el Congreso cuando este intentó llegar al fondo del asunto.

La gran diferencia entre ambos procesos es que Nixon terminó perdiendo el apoyo de su propio partido pese a que este controlaba tanto la Cámara como el Senado.
Nixon, de hecho, solo renunció cuando fue consciente de que existían los votos para elevar cargos en la Cámara y destituirlo posteriormente en el juicio del Senado, donde se requieren 67 sufragios (las dos terceras partes).

En el caso de Trump, de momento, los republicanos se han parado firmes en su defensa, y sin sus votos es imposible removerlo, pues los demócratas solo cuentan con 47 asientos en la Cámara Alta.

Trump y Zelenski

El presidente de Ucrania, Vladimir Zelenski (i) y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump (d), en la ONU.

Foto:

Saul Loeb / AFP

Nixon, valga aclarar, no perdió el apoyo de su partido de la noche a la mañana. A lo largo de los casi dos años que transcurrieron desde que se iniciaron las investigaciones a su renuncia, los republicanos lo protegieron a capa y espada. Muy al final del proceso, cuando el presidente tuvo que hacer pública una grabación de audio en la Casa Blanca donde quedaba claro su rol, el grueso del partido le dio la espalda.

Además, eso solo sucedió una vez la opinión pública se volcó en su contra. Algo que tampoco ocurrió en los inicios del escándalo: un año antes de su dimisión, solo el 40 por ciento del país pensaba que debía ser destituido. Para el verano de 1974, ya más del 60 quería verlo empacando maletas.

Más diferencias

Trump, y esta es otra diferencia sensible entre ambos, sigue contando con un sólido respaldo popular entre las bases republicanas. Según los últimos sondeos, solo el 48 por ciento del país quiere verlo destituido.

Y entre los republicanos, más del 85 por ciento lo respalda. Sin que esa proporción cambie, es improbable que los políticos lo abandonen. Menos en un año electoral –2020– cuando su suerte está atada a la de él.

En cierta medida, la fortaleza del apoyo a Trump está atada a la evolución de los medios de comunicación en las cuatro décadas que van desde Nixon.

En ese entonces eran un puñado de medios los que informaban a la opinión pública y no había tanta distancia entre liberales y conservadores. Hoy, con la irrupción de las redes sociales y la polarización de la sociedad, Trump ha podido controlar el flujo de información que les llega a sus electores.

De alguna manera, el caso actual es más parecido al de Clinton, que fue acusado de mentir bajo juramento y obstruir la justicia cuando se investigaba la relación extramatrimonial que sostuvo con Mónica Lewinsky, una practicante.

Donald Trump y Joe Biden

Joe Biden (i.), ex vicepresidente de Estados Unidos y el mandatario, Donald Trump, envueltos en un escándalo.

Foto:

AFP

El presidente demócrata, como Trump, terminó enjuiciado por una Cámara de Representantes que era controlada por la oposición y absuelto por un Senado que, si bien también era de mayoría republicana, nunca estuvo cerca de obtener los 67 votos necesarios para destituirlo.

Su partido, desde el comienzo, consideró ridículo destituir a un presidente por querer ocultar un encuentro sexual que en nada afectaba su capacidad de gobierno. Un hecho que fue traído a colación esta semana cuando los demócratas intentaban demostrar que los republicanos quisieron cortar la cabeza de Clinton por una transgresión en su vida privada, pero no veían nada malo cuando Trump pedía ayuda extranjera para atacar a sus rivales.

Pero las comparaciones siempre son odiosas. Como apuntaron algunos republicanos, quién sabe cuál habría sido el resultado de ese juicio si hubiese sucedido en estos tiempo del movimiento #MeToo.

La lección de todo esto, dice el historiador y constitucionalista Joshua Matz, es que “para destituir a un presidente es necesario, ante todo, que confluyan la opinión pública con el consenso bipartidista. Algo muy difícil de lograr y que no ha estado presente en este caso”.

Algo, por supuesto, que los demócratas saben. Pero que decidieron llevar hasta las últimas consecuencias porque están convencidos de que Trump, si sale de esta sin reprimenda, le estaría haciendo un grave daño a la democracia. Y porque, aun sin tener los votos para destituirlo en el Senado, el hecho de convertirlo en el tercer presidente de la historia que es enjuiciado podría truncar su sueño de reelección.

SERGIO GÓMEZ MASERI
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
WASHINGTON
En Twitter @sergom68

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