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La ‘bocanada de aire fresco’ que dejó Biden tras su viaje a Europa
Joe Biden

El presidente de EE. UU., Joe Biden, afirmó: “El resultado final es que le dije al presidente Putin que necesitamos tener algunas reglas básicas del camino que todos podamos cumplir”.

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Olivier Douliery. AFP

La ‘bocanada de aire fresco’ que dejó Biden tras su viaje a Europa

Regresó con un amplio respaldo a la diplomacia y el multilateralismo

El mensaje del presidente Joe Biden durante su primer viaje internacional no pudo ser más claro: EE. UU. regresó al multilateralismo y la diplomacia tras cuatro años de Donald Trump en la Casa Blanca que se caracterizaron por una política nacionalista que puso a temblar alianzas históricas y los pilares democráticos sobre las que estas se construyeron.

Desde su primera parada en Reino Unido hasta la última en Ginebra (Suiza) para la cumbre con el presidente ruso, Vladimir Putin, el mandatario estadounidense reiteró que el país, ahora bajo su mando, será un socio confiable y listo para liderar al planeta en temas de alcance global que requieren de una estrecha cooperación, como la lucha contra el cambio climático, la pandemia del covid-19 y los derechos humanos.

“Estamos de vuelta y preparados para unirnos con las democracias del mundo a la hora de enfrentar retos que definirán nuestro futuro conjunto”, dijo Biden tras posar esta semana su primer pie en Europa como presidente en funciones. Un mensaje recibido casi con alivio por los líderes del Viejo Continente.

Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido, y el presidente francés, Emmanuel Macron, catalogaron su periplo como una “bocanada de aire fresco”. Y no fue para menos. Con Trump, la estrecha alianza EE. UU.-Europa, que surgió de la Segunda Guerra Mundial, enfrentó una prueba de estrés inigualable en la historia reciente.

Aunque otros presidentes de EE.UU. ya habían caminado cerca de ese sendero –George Bush, tras los atentados terroristas del 9-11–, lo del expresidente republicano fue a otro nivel.

En su primer año en la Oficina Oval ya se había retirado del Acuerdo de París sobre cambio climático, iba de salida del pacto nuclear alcanzado con Irán y había desatado toda una guerra comercial con sus socios al otro lado del Atlántico.

Y más grave aún, puso en entredicho la premisa máxima de esa alianza: el artículo cinco de la Otán bajo el cual todos los miembros se comprometían a defenderse mutuamente en caso de una amenaza externa.

En los cinco meses que lleva en la Casa Blanca, Biden ha borrado con el codo parte de ese legado, reintegrando a EE. UU. al Acuerdo de París y a la Organización Mundial de la Salud (OMS) –que Trump abandonó en 2020–, activando conversaciones para reanudar el acuerdo con Teherán y zanjando disputas comerciales con los europeos. Algo que sucedió durante la cumbre del G7 en Bruselas.

En esa misma cita, las potencias, lideradas por Biden, se comprometieron a entregar más de mil millones de vacunas a países que aún no las tienen y a un marco que establece un impuesto mínimo del 15 por ciento a multinacionales para evitar la estampida de esta hacia países que ofrecen tasas inferiores y que ha ocasionado sismos en los mercados laborales.

Biden también presionó a los europeos para que respaldaran un lenguaje fuerte de condena contra China por sus prácticas laborales y abusos de derechos humanos.
Algo que solo logró parcialmente, pero que fue complementado con una nueva iniciativa del G7 (la B3W), que los compromete a financiar proyectos de infraestructura en países en desarrollo con la idea de competir con Pekín y frenar su expansión en ellos.


Todos tienen presente lo que pasó durante los cuatro años de Trump y muchas dudas sobre la solidez de la democracia estadounidense.

Y con sus pares de la Otán renovó el compromiso de la defensa conjunta que Trump había dejado en entredicho.

El viaje de Biden, además, estuvo enmarcado en un concepto más general, pero que es clave en el ideario de este líder estadounidense: que la democracia como sistema está amenazada por el auge de autócratas en el planeta y que ellos, como sus máximos representantes, deben dar la pelea para asegurar su prevalencia en el futuro.

Creo que estamos en un punto de inflexión en la historia del mundo. En un momento en el que debemos demostrar que las democracias no solo pueden sobrevivir, sino prosperar en esta nueva era de oportunidades. Tenemos que desacreditar a quienes creen que la era de la democracia ya ha culminado, como piensan algunas naciones”, afirmó el presidente en una de sus paradas.

Aunque el dardo iba dirigido a Rusia, China y otros, también tuvo eco en EE. UU., que atravesó casi una crisis constitucional a comienzos de año cuando Trump intentó permanecer en el poder a la fuerza pese a perder las presidenciales.

Por supuesto, el plato fuerte de la gira de Biden era la cita con su homólogo ruso. Las relaciones con Moscú están en su peor momento desde el fin de la Guerra Fría y por eso había gran expectativa por el encuentro entre estos dos rivales.

Si bien no hubo grandes acuerdos, EE. UU. y Rusia pactaron el regreso de sus embajadores y prometieron cooperar en ciberseguridad y control de armas nucleares. En cierto sentido, hasta más de lo que se esperaba. “Fue un encuentro profesional entre dos curtidos políticos. Biden buscando recuperar el terreno que se perdió con Trump, y Putin evitando ceder los centímetros ganados. Pero en el proceso quizá establecieron ‘algo más funcional para las relaciones bilaterales’ ”, dice Ángela Stent, del Brookings Institution.

El propio Biden, a la salida del encuentro, lo puso en esos términos. “Hice lo que vine a hacer. Y es recordarle al presidente de Rusia cuáles son nuestras líneas. No estamos hablando de tenernos confianza, pero sí de fijar acciones y reglas que sean verificables”, dijo.

El presidente, como los europeos con su visita, se vio cómodo a lo largo de la gira. No solo por la cálida bienvenida que le ofrecieron, sino porque las relaciones internacionales hacen parte de su ADN.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, junto con su homólogo ruso, Vladimir Putin, en la cumbre de Ginebra.

Foto:

Peter Klaunzer / Bloomberg

Fue, de hecho, el tema por el que gravitó durante sus años en el Senado y que le encargó Barack Obama cuando fue su vicepresidente entre el 2008 y el 2016.
A la vez, terminó siendo un respiro frente a la intensa agenda doméstica que ha consumido sus primeros meses en la Casa Blanca.

Ya de regreso en Washington, no obstante, volvió a una realidad menos amable en la que cohabita con un partido republicano que se le atraviesa en cada curva. Y los europeos a la suya. Una en la que ven con beneplácito este regreso de EE. UU. al concierto internacional, pero con los ojos abiertos ante el futuro que se avecina.

Hay muchas preguntas aún flotando sobre la longevidad de los compromisos ventilados por Biden. Todos tienen presente lo que pasó durante los cuatro años de Trump y muchas dudas sobre la solidez de la democracia estadounidense y el futuro del partido republicano. Es muy complicado firmar acuerdos y redefinir alianzas cuando nadie sabe si estas serán deshechas tras las próximas elecciones presidenciales”, afirma Rachel Ellehuus, directora del programa para Europa, Rusia y Eurasia en el Centro para los Estudios Estratégicos Internacionales.

Así mismo, sostiene la analista, las palabras de Biden en defensa de la democracia y su peso en el tablero geoestratégico parecen empeñadas cuando en EE. UU., internamente, se están erosionando sus cimientos.

“Por eso –afirma– le están apostando fuerte al éxito de su administración. Saben que de ello depende, en buena parte, el sistema de pesos y contrapesos que tardaron siete décadas en edificar y la estabilidad global”.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington
@sergom68

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