La milenaria batalla por un templo llamado Santa Sofía

La milenaria batalla por un templo llamado Santa Sofía

Esta es la historia detrás del pleito por el símbolo de Estambul, Turquía.

Basílica de Santa Sofía

Erdogan aseguró que es derecho de su país que la antigua basílica de Santa Sofía vuelva a ser una mezquita, como lo fue hasta 1934.

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Por: Juan Esteban Constaín
19 de julio 2020 , 01:03 a.m.

Hay en Santa Sofía, la antigua basílica de Constantinopla, hoy Estambul, en Turquía, un mosaico de la emperatriz Zoé junto a su esposo Constantino IX, Constantino Monómaco. En realidad están ellos dos separados por el ‘Pantocrátor’: el Cristo griego y sabio que todo lo ve y todo lo oye y todo lo domina, y que irradia mesura y tranquilidad con una mano en la Biblia y la otra bendiciendo a los fieles. “Tranquilos, yo soy la verdad”, dice.

Lo curioso es que el Pantocrátor mira de reojo a Zoé, como susurrándole: “Te conozco bien, sé tu secreto…”. Ella sonríe, trata de hacerlo. La inscripción griega que la identifica, arriba, anuncia en mayúsculas: “Zoé, la más justa emperatriz”. Su cara de niña no revela la edad que debía de tener cuando se casó con Constantino IX, setenta años. Era su tercer marido y el último que la acompañó, para siempre, en ese mosaico.

Pero la cara de él no coincide con su cuerpo. ¿Por qué? Porque no es el suyo, y antes estuvo allí el rostro de Miguel IV, el segundo marido de Zoé y su amante, con quien ella mató a Romano III, su primer marido, el verdadero dueño de ese cuello sobre el cual rotaron luego las cabezas de sus suceso-res. Así era el poder en Bizancio: un pozo de venenos e intrigas, un laberinto de víboras. Así funcionaba todo allí, qué remedio.

El mosaico de Zoé es uno de los más interesantes y mejor conservados de Santa Sofía, aunque también están el del arcángel Gabriel y el de la emperatriz Irene, que restauró en el siglo VIII el culto a las imágenes, después de que los indignados bizantinos empezaran a tumbar estatuas. Y está el del emperador Alejandro III: un borracho, un gran señor. Y está el de Constantino y Justiniano con la Madre de Dios, le regalan la iglesia.

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En realidad cada uno lleva un templo en la mano y se lo ofrece a la Virgen: ese templo es Santa Sofía, la ‘Santa Sabiduría’. Fue Constantino quien lo construyó en el siglo IV sobre las ruinas de una vieja iglesia pagana, según el historiador Jorge Codino, y allí estuvo hasta que en el año 532, en tiempos de Justiniano, una turba se rebeló contra el Emperador y quemó toda la ciudad, empezando por la basílica.

No quedó piedra sobre piedra.

La Santa Sofía que existe aún hoy es la que reconstruyó Justiniano: cinco años, once meses y diez días le tomó al Emperador volverla a levantar con la ayuda de los arquitectos Isidoro de Mileto y Antemio de Trales, quienes obraron el prodigio de hacer una basílica sobre el plano de una cruz griega con cuatro grandes columnas y una cúpula gigante, sostenida a su vez por una sucesión de medias cúpulas que dilatan a lo ancho todo su peso.

Pero lo más impresionante de esa iglesia (ese milagro) son los materiales con los que está hecha: el mármol verde del templo de Diana en Éfeso, el pórfido rojo del templo de Júpiter en Heliópolis, el mármol blanco del Partenón de Atenas. Eso y mucho más usaron los miles de obreros bizantinos para reconstruir el santuario de la ‘Eterna Sabiduría’, y cuando Justiniano entró por fin a verlo exclamó: “Salomón, te he superado…”.

No es una enumeración de piedras la anterior sino una declaración de principios: una síntesis de la historia de ese Imperio Romano de Oriente que era la fusión perfecta, el cruce de caminos, entre la revelación cristiana de origen judío y monoteísta y la religión griega del paganismo politeísta. Eso fue Bizancio: la fe de Cristo, el poder romano y la sabiduría griega. El rito, la espada, la teología.

Y eso duró más de mil años, desde que Constantino fundó allí, sobre la antigua Bizancio de los griegos, la Nueva Roma, Constantinopla. Mil años convulsos de guerras y disputas filosóficas, de esplendor cultural, de invasiones bárbaras por el norte, los eslavos, y por el este y el sur, los árabes primero y después los turcos. En el siglo VII Bizancio derrotó a los persas y al otro día, en vez de descansar, tuvo que vérselas con el islam.

No es una historia fácil, para nada. Porque además los cristianos de Occidente, lo que hoy es Europa, odiaban a los bizantinos: los envidiaban, más bien, y por eso los odiaban. Eso se vio clarísimo en las cruzadas, cuando el cristianismo se enfrentó contra el islam pero ese fue el pretexto para que el feudalismo occidental se ensañara contra los griegos y los ultrajara y les clavara el puñal por la espalda.

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En la cuarta cruzada, en 1204, una cruzada dirigida por los venecianos, los cruzados ni siquiera fueron a Jerusalén y se quedaron en Constantinopla para saquearla. Cuenta un cronista de la época, Villehardouin, que los occidentales sentaron a una prostituta en la silla patriarcal de Santa Sofía mientras la bañaban en vino y cantaban sus bárbaras canciones y ella los bendecía. Los tesoros de la ciudad fueron llevados a Venecia, allí siguen.

Lo demás es historia: dos siglos y medio después, el 29 de mayo de 1453, los turcos entraron por fin a Constantinopla y se la tomaron, aunque apenas era un fantasma de lo que había sido, un cadáver. Desde el año 678 el islam había querido entrar a la ciudad y ese día por fin lo hizo: el último emperador cristiano, Constantino XI, murió por su reino con lágrimas en los ojos. Su cuerpo jamás apareció, solo una de sus sandalias de oro.

Mehmed II, el conquistador, el sultán de ese nuevo imperio otomano, entró a caballo a Santa Sofía y ordenó el degüello de los fieles. Gritó el nombre de Alá y proclamó su victoria; dejó la huella de su mano, con sangre, en una columna. Pero también vio maravillado alrededor suyo: no había visto un espectáculo igual en su vida ni lo vería, ese era el lugar más bello de la Tierra, la joya de la corona. Y ahora era suya por fin.

Muchos radicales cristianos quieren que sea otra vez un basílica ortodoxa, muchos radicales musulmanes quieren que sea otra vez una mezquita. Y por ahora lo lograron

Esa es una de las versiones de la historia. La otra, acaso más conmovedora, relata que Mehmed II se bajó de su caballo antes de entrar en el templo. Sus soldados empezaban ya a saquearlo cuando él, de rodillas, llorando, les dijo: “¡Qué paraíso hemos conquistado!”. Entonces, con un argumento lapidario, les ordenó parar: Santa Sofía era suya, solo suya. Desde ese día en 1453, por mandato del sultán, fue una mezquita.

Y lo siguió siendo hasta noviembre de 1934, cuando un decreto del Consejo de Ministros de la República de Turquía ordenó convertirla en un museo. Su belleza debía ser para el mundo entero, no solo para los musulmanes. Eran los tiempos modernizadores de Mustafá Kemal Atatürk, fundador de la República, y el Imperio Otomano había perdido la Primera Guerra Mundial y se había disuelto.

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Un imperio descomunal que duró casi cinco siglos (seis menos que el bizantino, allí mismo) y que fue uno de los principales actores del Mediterráneo desde los albores de la Modernidad hasta la Gran Guerra. Hoy se ha olvidado el arrollador poderío turco de esta época: su guerra contra los persas en el Oriente, su presencia en los Balcanes, su dominio naval en Berbería, las dos veces que llegó hasta las puertas de Viena…

Y la mezquita de ‘Ayiasofía’ era el símbolo mayor de ese poder y ese cruce de culturas: parece ser que durante tres siglos, después de 1453, se conservó muy bien a pesar de las plagas y los terremotos. Muchos de sus mosaicos fueron cubiertos y preservados; poca gente entraba a ese lugar sagrado que era patrimonio y privilegio de los sultanes. Pero en el siglo XVIII la situación ya era muy distinta.

Los testimonios extranjeros de esa época, como el del capitán de navío español Josef Solano Ortiz o el del inglés James Dallaway, son aterradores: las paredes habían sido cubiertas por estuco y yeso y los mosaicos se vendían a pedazos en el mercado negro de los anticuarios. En el siglo XIX ya era todo mucho peor, según cuentan viajeros como los colombianos Federico Aguilar y el padre Vicente Cuesta.

También Chateaubriand cuenta lo mismo, y Lord Byron, y Lamartine, y Teófilo Gautier, y Edmondo de Amicis: todos deslumbrados por la belleza del lugar y devastados por el estado de Santa Sofía. En 1907, el novelista Vicente Blasco Ibáñez casi no puede entrar en ella, pues desde hacía años los radicales yemenitas le habían impuesto al gobierno otomano la decisión de no admitir cristianos en la mezquita.

Un terremoto, en 1894, casi acaba con la ciudad y sobre todo con el templo, que había sido restaurado entre 1847 y 1849 por los hermanos italianos Giuseppe y Gaspare Fossati. Fue en esa época de la restauración cuando los mosaicos sobrevivientes se revelaron con todo su esplendor, aunque habría que esperar hasta 1931, ya en tiempos de la República, para un trabajo serio de rescate, descubrimiento y salvación de ese tesoro.

Mucho de ese trabajo se le debe a un personaje de novela: el estadounidense Thomas Whittemore, un arqueólogo amigo de Atatürk que fue quien lo convenció de hacer de la vieja basílica, ahora una mezquita, un museo. Había en el mundo una sensibilidad renovada por el arte ortodoxo, sobre todo después de los estragos de la revolución rusa. Y también había un nuevo auge bizantino: una nostalgia poética por ese mundo perdido.

De ese tiempo, más o menos, es el poema de W. B. Yeats, Navegando hacia Bizancio: “He atravesado los mares para llegar a la sagrada ciudad de Bizancio…”. En 1935 se abrió el museo de Santa Sofía y los estudios arqueológicos y de conservación siguieron casi por seis décadas más. Queda poco de lo que fue el sitio más bello del mundo, arrasado por los venecianos en 1204, pero lo poco que queda guarda su eco, su brillo, su grandeza.

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Sobre todo su grandeza: el símbolo de un poder que fue pagano, luego cristiano, luego islámico. Las sangres vertidas allí, las lenguas, las culturas. La sabiduría, a ella está dedicado ese templo en cuyas piedras refulgen y dia-logan los credos, los dioses, las voces de tantos siglos que se dieron cita en Bizancio, en Constantinopla, en Estambul: la ciudad sagrada del estrello; “la más hermosa del universo”, como dijo Chateaubriand.

Por eso no es vana la discusión, desde hace décadas, sobre Santa Sofía. Muchos radicales cristianos quieren que sea otra vez un basílica ortodoxa, muchos radicales musulmanes quieren que sea otra vez una mezquita. Y por ahora lo lograron: el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, prometió en su campaña que lo haría, y lo está haciendo. Qué mejor bandeja para su discurso autoritario y plagado de nostalgias otomanas.

Un tribunal del país declaró ilegal el decreto de 1934 y Santa Sofía será otra vez una mezquita. El Papa de Roma dijo estar dolido. Muy medieval todo, en tiempos de la peste.

Pero Santa Sofía es eterna, la eterna sabiduría.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
Para EL TIEMPO
www.juanestebanconstain.com

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