El trabajo forzado en la industria pesquera tailandesa

El trabajo forzado en la industria pesquera tailandesa

Patima Tungpuchayakul denuncia la violencia contra los pescadores del sudeste asiático.

El documental ‘Ghost Fleet’, dirigido por Shannon Service y Jeffrey Waldron, aborda la problemática del trabajo forzado en el sector pesquero del sudeste asiático.

El documental ‘Ghost Fleet’, dirigido por Shannon Service y Jeffrey Waldron, aborda la problemática del trabajo forzado en el sector pesquero del sudeste asiático.

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Alex Robinson / AFP

Por: Tatiana Pardo Ibarra
25 de noviembre 2019 , 07:36 p.m.

A Tun Lin lo privaron de la libertad durante 11 años en un barco pesquero. Allí perdió cuatro dedos de su mano derecha cuando quedaron enredados en la polea que levanta las pesadas redes. Ese día el joven pensó que iba a morir desangrado. A Praseth, quien pasó seis años de su vida rodeado de mar, sin ver nunca la tierra, el capitán de la embarcación le pegaba con una cola de raya o con un tubo de metal, o le echaba agua hirviendo encima cuando su cuerpo ya no rendía lo suficiente. Perdió un ojo.

A ellos se los llevaron con promesas que nunca se materializaron. Le dijeron adiós a su juventud, a sus familias, a su país y, luego de trabajar durante años, más de 15 horas al día, no recibieron el pago ofrecido por su labor. Los testimonios narrados en Ghost Fleet, un documental que aborda las historias de los indocumentados que desaparecen más allá del horizonte en “barcos fantasmas” de los que nadie sabe nada, muestran violencia física y psicológica. “Nos daban metanfetaminas para seguir”, “era como estar muerto en vida”, dicen.

Patima Tungpuchayakul es una de las fundadoras de la Red de Protección Laboral (LPN, por su sigla en inglés), que nace con la idea de mejorar la vida de trabajadores migrantes en Tailandia. En la década que lleva visibilizando esta problemática ha logrado rescatar a casi 5.000 hombres. Según calcula, 7 de cada 10 pescadores en Tailandia muestran indicadores de trabajo forzado, un negocio lucrativo, pues un traficante de personas recibe entre 800 y 1.000 dólares por cada trabajador que lleve engañado.

Tungpuchayakul habló con EL TIEMPO durante su reciente visita a Bogotá.

¿Qué es lo más difícil de su trabajo?

Lo difícil es demostrar que han sido secuestrados y que alguien lo corrobore. Muchas veces estos hombres ni siquiera saben el nombre del dueño de la compañía en la que trabajaron o del capitán, o no hablan el mismo idioma entre ellos dentro de los barcos pesqueros. Estos barcos, además, se suelen cambiar cada año, entonces, es aún más difícil seguirles el rastro.

Tenemos un vacío de información enorme. Muchos datos que no existen. El Gobierno no tiene claridad en el número de embarcaciones que llegan al puerto, el número de trabajadores en cada una de ellas, sus nombres. No hay registros, y sin eso no hay control de nada.

Y no termina ahí. Una vez la víctima entra en el bote pesquero, se hace un seaman book (libreta de inscripción marítima). Le toman una foto, le cambian el nombre y le hacen un pasaporte ilegal. Pueden ser de Camboya, Myanmar, Laos o Tailandia, pero les cambian las nacionalidades dependiendo de los intereses.

¿Hay algún caso que haya podido llevar a instancias judiciales?

Diez casos (hasta septiembre), pero todos los perdimos. No se entiende muy bien cómo fortalecer estas leyes para que protejan a las víctimas. De igual manera, los abogados son muy costosos y no tenemos los suficientes recursos.

¿Cuánto cuesta un abogado para estos temas?

Solo un caso puede costar 3.000 dólares, y tenemos aproximadamente 400 casos pendientes. Víctimas que no han resuelto su situación.

¿Cuántas personas cree que siguen en el mar laborando bajo condiciones de trabajo forzado?

No estoy segura de que podamos hablar de la categoría de ‘esclavitud’, pero podemos decir que el 70 por ciento de los hombres que están en el mar trabajan durante cuatro meses, como mínimo, sin ningún tipo de pago. A algunos les pagan solo el 15 por ciento del salario prometido.

¿Qué tipo de promesas suelen ofrecerles?

Los empresarios suelen ofrecerles 400 dólares al mes, además de proveerles un seguro de salud… Y los derechos básicos, por supuesto. Nada de eso ocurre.

¿Qué le devuelve la esperanza cuando siente que nada cambia?

Si queremos cambiar algo, tenemos que actuar frente a ello. Seguir trabajando una y otra vez hasta conseguirlo. Tal vez algún día les paguen su sueldo como es. Tal vez algún día los traten como los seres humanos que son. Me da esperanza que antes ellos no tenían ningún canal para comunicar lo que les había pasado, el horror que habían vivido. Era una crisis silenciosa. Ahora, la gente –incluso los que trabajan en el sector– es cada vez más consciente y se preocupa.

¿Qué tipo de reparación reciben las víctimas luego de ser rescatadas?

Prácticamente ninguna. Cuando el pescador logra regresar a su país tiene que firmar un papel en el que dice estar de acuerdo con pagar su regreso (esto en Indonesia). Mejor dicho, luego de que trabajaste durante 7, 9, 11 o 14 años y jamás te pagaron, ahora tienes que tener entre 250 y 300 dólares en el bolsillo para regresar a casa.

A algunas de estas personas solo les pagaron 100 dólares en todo el tiempo que estuvieron en el mar. Una miseria.

Muchos dicen: ‘No tengo ni siquiera dinero para alimentar bien a mi familia, ¿cómo voy a pagar esto?’. Son muy pobres.

¿Es más difícil para una mujer trabajar intentando desmantelar a este sector tan poderoso?

En esta industria hay una mafia de hombres que no creen que las mujeres tengamos alguna habilidad para hacer algo, lo que sea. Se trata de demostrar que puedes lograrlo, incluso con gente difícil a tu alrededor.

Usted dice en el documental que su “meta es vivir para ayudar a otros”, ¿cuál es su sueño?

Creo que el mundo será mejor si damos más que lo que tomamos. Esto lo confirmo con mi experiencia… Entre más des, más cosas te llegarán.

¿Qué es lo mejor que le ha llegado?

No tenemos dinero, pero sí muchos amigos. Muy buenos amigos que me han apoyado cuando he tenido dificultades. En la operación que hice en el año 2015 para rescatar a algunos pescadores no tenía dinero, pero más de 200 personas pudieron retornar a sus hogares. Las cosas se logran, pero hay que hacerlas. Es posible. El dinero vendrá después. La gente entenderá la causa y te ayudará.

¿Qué dice su hijo de todas estas historias de vida, de su trabajo?

Muchas personas sienten que este trabajo es peligroso, pero realmente tengo mucha fortaleza mental y no siento miedo ni inseguridad. Solo quiero enseñarle a mi hijo que sea capaz de vivir con otros. Le enseño a decir ‘gracias’ a quienes nos rodean y a pedir perdón cuando sea necesario. Me siento libre.

Dice que se siente libre, pero ¿en algún momento se ha levantado y dicho ‘no seguiré más con esto porque nada cambia’ o por miedo?

Nunca pienso en no tener una oportunidad. Todos los días son una oportunidad de hacer las cosas posibles.

¿Y cuál es su principal motivación?

He pasado por distintas dificultades en mi vida, así que creo poder manejar las situaciones y salir adelante.

¿Se refiere al cáncer? Ese capítulo de su vida la convirtió en lo que hoy es...

Sí, totalmente. Lo peor del cáncer es la muerte, creer que vas a morir en cualquier momento. Entonces, yo pensaba: ‘Si tengo una oportunidad más en la vida, ¿qué haré? Pues ayudar a la gente’. Era un cáncer en el útero, enorme, a los 22 años, y por eso no pude tener hijos.

Y hace dos años me hicieron una última operación para sacarme otro tumor del tamaño de una semilla.

¿Entonces decidió adoptar?

Una mujer migrante, que no tenía la posibilidad de criar a su hijo en buenas condiciones, lo dejó al frente de las oficinas de LPN. Luego, cuando abrí la puerta, vi al niño y lo adopté automáticamente. Ella lo dejó tres días después de haber nacido. Le pedí a otras madres que lo amamantaran durante un mes y luego le di leche preparada.

¿Cambió su vida?

Es el mejor regalo de mi vida. Tiene siete años.

¿Cuál es la responsabilidad que tenemos los consumidores en esta problemática?

Me gustaría ver en todos los productos que vienen del mar una etiqueta que diga ‘libre de esclavitud’. Y que los consumidores se pregunten constantemente a sí mismos: ¿de dónde viene este producto?, ¿cuáles son las condiciones de trabajo que hay detrás?, ¿qué bote y qué compañía?, ¿tienen buenas prácticas ambientales?, ¿sus trabajadores tienen garantizados sus derechos? Así, cada día antes de cada compra.

TATIANA PARDO IBARRA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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