Miles de hinchas y millones de gracias para la Selección Colombia

Miles de hinchas y millones de gracias para la Selección Colombia

Bogotá se paralizó. Hubo caravana por la 26 y un multitudinario y caluroso festejo en El Campín.

La emotiva bienvenida que Bogotá le dio a la Selección ColombiaLa emotiva bienvenida que Bogotá le dio a la Selección Colombia
Selección Colombia

Filiberto Pinzón / CEET

Por: Pablo Romero
06 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Imaginen la calle 26 como un enorme túnel, el que separa los camerinos de la cancha, con la multitud a la derecha y a la izquierda, con camisetas amarillas de todos los modelos, con cornetas afinadas y desafinadas, con banderas agitadas por el viento como en cualquier tribuna, y al fondo, la Selección Colombia preparada para salir en un bus hacia esa cancha de cemento, donde miles de desconocidos se abrazaban, sonreían e inventaban coros para recibir a sus héroes, los que acababan de llegar del Mundial de Rusia.

“Ya vienen, ya vienen”, gritaba alguien cada tanto y todos miraban al fondo, aunque todos supieran que era mentira –y eso que ya eran las 12 del mediodía, la hora anunciada para la llegada de la Selección–, porque todos los hinchas sabían que la espera sería más larga. Por eso, las calles fueron como las tribunas cuando se llega temprano al partido y hay que matar el tiempo: los niños corrían y pateaban piedras, alguno con la camiseta de Neymar y todos los demás con la de James, un vendedor de camisetas las ofrecía a 20.000 pesos y revelaba en voz baja que las dejaba a 15.000, mientras los indignados vociferaban: “El partido contra Inglaterra nos lo robaron”, incluso gritaban los goles que no fueron: “Gol de Bacca, gol de Bacca’.

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"Estuvimos muy cerca, teníamos muchas ganas, muchas posibilidades", señaló el estratega argentino.

Foto:

Abel Cárdenas / CEET

“Dijeron que a las 12 y nada”, dijo un hombre con una niña en hombros, y los demás hinchas fueron perdiendo las fuerzas, con las caras largas, las rodillas dobladas, las sombrillas abiertas, el clima jugando a llover y hacer sol, y la gente impaciente: “¿Papi, ya viene la ‘sele’?”, grita el chico que patea piedras. “Ya casi”, dice el padre, y sabe que miente. A esa altura el reloj se mira más que cada avión que llega, y una mujer bosteza como si quisiera tragarse el aire, luego dice que la espera está peor que cuando vino el Papa, y un chico se restriega los ojos, mientras otra mujer dice que qué lástima que James no viene, pero que espera por Cuadrado, y esa mujer lleva botas de tacón y seguro que no va a correr tras la caravana, pero no hará falta, porque cada vez llega más gente, y la calle ya parece un caudal, pero sin movimiento. Sin embargo, Leo dice que hay muy poquita, “no como hace cuatro años”, y Luis responde que los jugadores lo merecen todo, y montado sobre su bicicleta dice que se ira detrás del bus hasta que Falcao le firme la camiseta que lleva como una capa en el cuello. En ese momento, un chico se rinde, el sueño lo vence, su cabeza cae sobre la rodilla de su padre, y un hombre le pregunta a otro que si no piensa ir a trabajar y este le responde que mejor vayan a almorzar, y por unos minutos hay un silencio tedioso, como si no fuera un homenaje sino un funeral, hasta que al fin hay un alarido que nace desde el fondo y viaja con el viento, y esta vez es real, y contagia como una ola. El chico se despierta, los padres suben en hombros a sus hijos, la policía despeja la calle y el bus amarillo al fin comienza a avanzar, a acercarse. Ahora sí vienen. Ahora sí es verdad...

El feliz encuentro

A las 11:45 de la mañana, el vuelo chárter A320 aterrizó en Bogotá. Adentro de la aeronave blanca venían 21 de los 23 jugadores de la Selección Colombia y el cuerpo técnico liderado por José Pékerman, los que cayeron en octavos de final del Mundial de Rusia. No llegaron James ni Borja, pero sí Falcao, Cuadrado, Mina y los demás. Dos chorros de agua cayeron sobre la aeronave, como si fuera el papel picado que da la bienvenida a los jugadores en el estadio. De allí descendieron uno a uno, con los rostros cansados tras el largo viaje. Sin embargo, le hablaron al país con la alegría de estar en casa. “Estoy muy contento por volver a nuestra tierra. No es lo que queríamos en el Mundial, pero estamos tranquilos por lo que hicimos”, dijo Juan Fernando Quintero.

Una hora después, mientras afuera los hinchas se impacientaban, los jugadores al fin ascendieron al bus tricolor para seguir con su trayecto. Las puertas del aeropuerto de Catam se abrieron y una caravana policial comandó el recorrido hacia la cancha de asfalto. Entonces se escucharon los coros; las cornetas cobraron vida; las banderas se izaron bien alto; la gente empezó a correr con sus niños de la mano, en el cuello o donde fuera. “No veo, no veo”, gritaban. ‘Gracias’, decía una cartelera azul; ‘Gracias’, decía una pancarta colgada de un puente; ‘Gracias’, decían miles de banderas tricolor y “gracias”, coreaban los hinchas mientras el bus de la Selección avanzaba, lento, abriéndose camino, como si se dejara llevar por esa corriente humana.

Selección Colombia

El vuelo chárter que transportó al equipo aterrizó cerca del mediodía en el Comando Aéreo de Transporte Militar (CATAM).

Foto:

EFE

El primer impacto fue de desilusión. Los jugadores venían protegidos de la euforia: el bus no era descapotado, como todos esperaban, y en las ventanas apenas se veían con dificultad los rostros cansados de los futbolistas, detrás de un vidrio oscuro en el que, para colmo, pegaban los rayos del sol. Los jugadores iban serios, quizá sorprendidos por el recibimiento, quizá agotados, quizá por las dos. “Bacca, Bacca”, gritaron algunos cuando vieron al delantero, el que falló el penalti definitivo contra Inglaterra, y Bacca despegó sus labios, sonrió y levantó su pulgar, y la gente lo aplaudió y pareció que todo quedó saldado.

No todos quedaron contentos. “Tanta espera para que ni saluden”, dijo el mismo aficionado que renegó de la larga espera, y se marchó con su niña en hombros. Pero la mayoría no desertó, siguió el recorrido del bus, caminando, conformes con la certeza de que allí iban los futbolistas que agitaron sus corazones en cuatro partidos del Mundial.

Recibimiento de la Selección Colombia

Pékerman apretó el micrófono y exclamó: “No somos ni ganadores ni perdedores. Estamos orgullos de esta camiseta”.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

Una hora después, la Selección llegó al estadio, donde casi 30.000 personas los esperaban. Finalmente, tocaron el césped, en sudadera y en tenis, caminaron la cancha y aplaudieron hacia cada una de las tribunas de El Campín. Pékerman, como si quisiera hacer su propio homenaje, llevaba la camiseta amarilla con el 9 de Falcao, Dávinson Sánchez llevaba gorra y gafas oscuras, Yerry Mina tenía la sudadera remangada hasta las rodillas y sonreía bajo los gritos que coreaban “Yerry, Yerry”.

Pékerman subió a la tarima y con el rostro feliz devolvió el agradecimiento: “Gracias infinitas por este recibimiento. No somos ganadores ni perdedores, estamos orgullosos de esta camiseta”, dijo, y los casi 30.000 hinchas presentes gritaron tan duro como si ese hubiera sido el triunfo contra Inglaterra.



Pablo Romero
Redactor de EL TIEMPO
En twitter: @PabloRomeroET

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