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Pesca del río magdalena afectada por el cambio climático

Miércoles 28 de diciembre de 2016

Módulo infografía

Apertura

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Más triste que ver a la ciénaga morirse es leer esa certeza en los ojos de los viejos que llevan décadas conviviendo con su fauna, su flora y sus espejos de agua.

Esa melancolía no se ve solo en el puñado de pescadores que, siendo jóvenes, dejaron vida, trabajos y familias, para venir a la gran ciénaga de Bocas de Barbacoas (Yondó, Antioquia), atraídos por la promesa de la subienda perpetua.

El clima nos cambió para siempre: Ciénaga Bocas de Barbacoas

El clima nos cambió para siempre: Ciénaga Bocas de Barbacoas

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José Manuel Morales, de 62 años, cambió Barrancabermeja por este lugar cuando apenas tenía 18 años, “el pescado era tan abundante, que con apenas unos lances (de atarraya) se devolvía uno para la casa con el sustento del día. A lado y lado había bosque, mucho bosque, y mucho animal: babillas, manatíes, micos, garzas, tortugas… de todo”, dice.

Las cosas han cambiado tanto desde entonces, que cuesta creer que el mismo lugar abrasador y pelado sobre el que estamos parados hablando con ellos, y en el que pastan los búfalos arrasadores traídos por ganaderos, sea la ciénaga exuberante que estos campesinos rememoran.

Para encontrarnos con ellos viajamos casi dos horas en una lancha rápida desde el puerto de Barrancabermeja (Santander) por el río Magdalena, y mientras esta avanza alcanza uno a percibir que al afluente y su cuenca les falta salud.

Eso lo ratifican los mismos lancheros, que aprendieron a leer sus aguas durante la marcha para evadir los bancos de arena y las corrientes bajas, cada vez más frecuentes, y los habitantes de sus orillas, que recuerdan que por cuenta de la sequía extrema que trajo El Niño (2015 -2016), ellos prácticamente podían cruzar a pie el lecho del río en algunos tramos.

El fenómeno, hay que decirlo, los dejó impresionados: haber visto así de diezmado al Magdalena que les da agua dulce, que les da comida, que les permite transportarse y del que depende su vida entera, les quita el sueño.

Los propios pescadores de Bocas saben, porque así se los enseñó el oficio, que la enfermedad del Magdalena y el estado dolorido de su ciénaga están relacionados. La degradación, que avanza todos los días, la miden ellos en la pesca que languidece, en los espejos de agua repletos de buchón (planta acuática invasora), en la pérdida de flora y fauna y en esas lluvias y en ese calor extremos que ahora definen su clima, y ponen a prueba su amor por el territorio.

Eso explica por qué la mayoría de los cerca de 70 habitantes que conforman esta comunidad de pescadores están entre los 50 y los 70 años. Los adolescentes y los jóvenes, que no ven sentido en aprender a pescar donde seguramente en unos años ya no habrá pescado, se fueron. Solo quedan los viejos y un puñado de niños pequeños. Sin educación, sin acceso a servicios de salud, sin viviendas adecuadas, sin servicios públicos, sin apoyo del Estado y sin pescado, sobreviven a duras penas en medio de la ciénaga.

Cambio climático golpea fuerte en la macrocuenca del Magdalena

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La cuenca sufrida

En la gran cuenca del Magdalena, que ocupa el 26 por ciento del territorio nacional, habita el 77 por ciento de la población colombiana, se produce el 70 por ciento de la energía hidráulica, se obtiene la mitad de la pesca de agua dulce del país y se garantiza el sustento de 35 mil familias de pescadores.

Pese a los enormes beneficios que le trae a Colombia, lleva décadas sometida a la explotación sin tregua de sus recursos naturales, a la contaminación severa y al deterioro ambiental; las planicies inundables, como Bocas de Barbacoas –que ocupan cerca de 23 mil kilómetros cuadrados de la macrocuenca– no se quedan atrás, y eso preocupa.

De acuerdo con la ONG The Nature Conservancy (TNC), este tipo de ecosistemas son vitales para el funcionamiento del río, pues gracias a sus procesos de intercambio hídrico, amortiguan las inundaciones y las sequías, albergan una rica biodiversidad y proveen seguridad alimentaria para los pobladores.

Pero a los factores responsables de su degradación ambiental se ha venido sumando otro que está poniendo en riesgo la supervivencia de los pescadores: los progresivos cambios en el clima.

No solo ahora hace más calor, sino que los periodos de lluvia y verano a los que estaban acostumbrados, y que les permitían organizar sus temporadas de pesca, casi han desaparecido.

Ómar Payares, de 56 años y nacido en Morales (Bolívar), llegó hace más de tres décadas a la ciénaga. Dice que entonces ésta producía tantos peces, que se morían. “Ahora hay menos –dice– porque está llena de buchón y eso los asfixia; además, antes teníamos los climas ya definidos. Nos alegrábamos cuando llegaba el verano, de enero a abril, porque era la pesca buena y eso nos dejaba platica; luego venían las lluvias, y después un veranillo entre julio y agosto, y otra vez platica. Ahora no sabemos ni cuándo es verano ni cuándo invierno”.

Arcesio Pedrozo, de 66 años y oriundo de El Banco (Magdalena), también es testigo de ese cambio. Asegura que hace 30 años, cuando llegó a Bocas, había pescado en abundancia; “hoy se sufre mucho hasta para conseguir lo del diario, lo poco que hay se lo llevan las lanchas que vienen de todos lados”.

Y si bien Luis Fernando Múnera, de 60 años, coincide en el diagnóstico, le suma otro argumento construido a partir de la experiencia de sus 35 años de vida en Bocas: “No hay pescado porque ahora hay menos agua en la ciénaga; antes había más bosque y por eso llovía más... Para mí que el agua busca a la madera. De tantos árboles que se han tumbado, pues ella viene poco y todo es más caliente”. Y agrega: “A los peces, como a nosotros, también los desespera el calor, los mata. Cuando calienta mucho, ellos se van de la ciénaga”.

De acuerdo con proyecciones del Ideam, se espera que el clima en la macrocuenca del Magdalena sufra cambios significativos a futuro; se calcula, de hecho, que la temperatura en toda esta región aumente, entre el 2040 y el 2070, hasta 1,5 grados en promedio.

El dato es relevante, toda vez que planicies inundables, como las de Bocas, son altamente vulnerables a esos cambios, y sobre todo cuando están tan degradadas.

Vale decir, por ejemplo, que el 70 por ciento de esta macrocuenca está deforestada, razón por la cual los suelos de las regiones que la atraviesan no solo están altamente erosionados, sino que la gran mayoría de las cuencas abastecedoras perdieron su capacidad de regular y retener agua. Así las cosas, cuando llueve el riesgo de inundación aumenta, y cuando deja de llover, las ciénagas y los ríos se secan.

No es gratuito, de acuerdo con Adriana Soto, directora regional de TNC, que el mayor número de cabeceras municipales del país con riesgo de desabastecimiento en tiempos de sequía estén localizadas, precisamente, en cuencas como la del Magdalena.

Soto explica que ecosistemas como el de Bocas (que son estratégicos para afrontar el cambio climático) sufrirán los mismos impactos que el resto de la cuenca; sin embargo, el cambio climático, que traerá más lluvias y sequías extremas, como las que ya se ven, “pueden acabar generando alteraciones en la dinámica de la ciénaga, potencialmente catastróficas para su productividad”.

¿A usted también le ha cambiado la vida con el clima? ¿Quiere aportar para evitar la degradación ambiental en su comunidad? Escríbanos a laubet@eltiempo.com y a @ElTiempoVerde.

Mapa

Organizarse: un salvavidas para el río

Organizarse: un salvavidas para el río

The Nature Conservancy (TNC), con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y en convenio con Corantioquia, vienen promoviendo lo que ellos llaman un “manejo integral del Magdalena”. Y dada la importancia que tienen sus complejos cenagosos, la ONG eligió los de Bocas, en Yondó, y El Sapo, en Nechí, para sacar adelante el piloto de esta gran estrategia.

El objetivo es, de la mano de instituciones con influencia en la región y la participación de las comunidades, proteger, restaurar y conservar la biodiversidad de estos ecosistemas de agua dulce. Lograrlo requiere seguir cuatro etapas: analizar su vulnerabilidad, en talleres comunitarios; identificar, con los pobladores, medidas que les permitan adaptarse al cambio climático, tanto en materia de conservación como de supervivencia; priorizar tales medidas y, finalmente, implementarlas.

Los habitantes de Bocas de Barbacoas identificaron 63 medidas, clasificadas en recurso pesquero, conservación y restauración de ecosistemas, buenas prácticas de manejo, actividades productivas alternativas, organización comunitaria, infraestructura y salud.

Durante la etapa de priorización, señala Juanita González, especialista de cambio climático de TNC, quedó claro que los habitantes tienen clara ya la importancia de adaptarse, para lograrlo primero es necesario fortalecer la organización comunitaria. No de otro modo podrán resolver los problemas que afectan su cotidianidad y les impide tener un papel más activo en materia de conservación.

Hortensia Romaña, de 57 años, lo tiene claro: “Si uno tiene alternativas, proyectos en los cuales trabajar, pues puede uno pensar en cuidar la ciénaga, pero si no llega nada, si hay hambre, pues no queda de otra que seguir acabando con todo”.

Con el apoyo de la Tercera Comunicación Nacional de Cambio Climático, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (IDEAM) y el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD).

Final

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