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Paraísos en Colombia: Vaupés

Jueves 1 de septiembre de 2016

El llamado de la selva

Mítica cascada que celebra los amores del sol y de la luna, y la creación del universo. Viaje a las profundidades de la selva amazónica y sus leyendas.

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El llamado de la selva está siempre allí, urgente, quemante, como el de la montaña, y no es posible acallarlo. La única alternativa posible es entregarse a él y seguir el dictado insoslayable de los pies, de mis pies olorosos a polvo de caminos. Esta vez volví a la selva del Vaupés en su parte más impenetrable, entrando por el mítico raudal de Yuruparí.

Las falcas son canoas con techo que sirven de medio de transporte y de carga. Transitan por el río, en medio de las plantas de carurú, que parecen trenzas verdes en el agua.

Texto1

Desde San José del Guaviare volamos en un avión DC3 a Carurú, poblado del curso medio alto del río Vaupés. Me acompañaban los guías del proyecto Ecológico del Colegio Champagnat, pionero de educación ambiental escolar en Colombia.

La visión del tapiz verde uniforme de la selva, visto desde el aire, nos fue introduciendo en la magia de la manigua. En Carurú nos esperaba John Jairo Durango, líder muy apreciado en la comunidad. Saludamos a los indígenas en su maloca y a los soldados del Batallón de la selva 52 con su jefe, el coronel Néstor Giraldo. El poblado, hermoso, con su larga calle paralela al río, está habitado en su mayoría por indígenas cubeos, guananos, desanos y carapanes.
Al mediodía montamos en la canoa que John Jairo nos tenía preparada y durante cuatro horas navegamos río abajo. La sublime monotonía de las márgenes del río -así la llamo- hecha de cortinas de árboles de todos los matices del verde, alejó de nosotros el cansancio y el peso del sol.

La canoa es el medio de transporte para las comunidades que habitan en la selva. Andrés Hurtado García

Llegamos a Pucarón, pequeño caserío donde se detienen todas las falcas que traen para Mitú las provisiones desde la lejana Bogotá por la vía carreteril de San José de Guaviare, el Retorno, La Libertad y Calamar, donde las provisiones son cargadas y bajan por el río.

En Pucarón la navegación es interrumpida por dos raudales, el de Pucarón arriba, y enseguida, aguas abajo el de Yuruparí, ubicados muy cerca uno el otro.

Las falcas, que transportan hasta 20 toneladas, deben descargar las provisiones, pasarlas en un camión a lo largo de una carreterita de dos kilómetros y más abajo del raudal de Yuruparí vuelven a cargarlas en otras falcas que las llevan hasta Mitú.

Jairo Gómez, viejo y entrañable amigo mío, guía de muchas excursiones en la selva, nos había conseguido a tres amigos de la región como ayudantes para la travesía de la selva: Wilmer, Libardo y Alcides.

Yuruparí es el más celebrado y mítico raudal de la Amazonía, aunque no el más espectacular, que es el de Jirijirimo, en el río Apaporis, en la misma selva. Pero esa es otra historia.

El imponente raudal es la recompensa para los viajeros después de una exigente travesía. Andrés Hurtado García

De todos modos copa todo el río Vaupés de lado a lado en una anchura de 300 metros y quince de altura. Las aguas parecen agarrarse y resbalar entre unas trenzas vegetales verdes y largas. El espectáculo es soberbio. Garzas y otras aves apostadas en las márgenes, e incluso posadas en la mitad del río, completan su dieta de pescado.

Este territorio del Vaupés, que hace unos años tuvo problemas de orden público, es hoy un remanso de paz y las comunidades que lo habitan esperan a los colombianos para mostrarles el paraíso con el que la naturaleza los ha premiado y para gozar los beneficios que les deja un turismo ecológico respetuoso de la selva. De igual manera, los nativos esperan que los colombianos se enteren de sus carencias y aprendan también de sus saberes y conocimientos ancestrales.

Listos ya, nos despedimos de Carlos Ramírez y de Vicente Villa, que nos ayudaron a preparar la travesía, y pasando el río nos hundimos en la selva. “Esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina”, así la invoca José Eustasio Rivera en La Vorágine.

Poco a poco fuimos dejando atrás las chacras o sembrados de los indígenas con sus cultivos de coca, yuca brava y tomate. Y nos metimos definitivamente bajo el dosel de la selva.

Habíamos dicho a Jairo que utilizara el machete lo menos posible y avanzamos la mayor parte del recorrido abriéndonos paso entre matas y bejucos con la ayuda de las manos, circunstancia que nos dejaba frecuentes picaduras de hormigas. Todo sea por la emoción profunda de vivir unos días arropados por la manigua.

Un viajero contempla la majestuosidad del raudal de Yuruparí. Un paisaje salvaje y exuberante en las selvas colombianas. Andrés Hurtado García

Abandonar el río

Caminábamos un promedio de siete horas diarias implorando a los dioses de la selva que encontráramos un riachuelo antes del anochecer. Y así sucedió todos los días. Caño Lapa y Caño Pirandira tenían nombre, los otros fueron simples y amables NN que nos permitieron bañarnos y proveernos de agua limpia, nacida en el corazón del bosque.

Desayunábamos y emprendíamos camino cargando provisiones y carpas. Marchábamos siempre en silencio.

“Dejadme sentir la inmensa música de las cosas”, imploraba Teilhard de Chardin, máxima que preside mis caminos y aventuras por todos los repliegues del planeta. No volvíamos a comer hasta el anochecer cuando ya nuestros amigos nos habían ayudado a montar las carpas limpiando el suelo de matas y de bichos.

Luego de la cena nos sentábamos a recordar las peripecias del día y nos decíamos si los colombianos supieran de la paz tan profunda que se respira bajo el dosel de la selva, donde los árboles parecen mirarlo a uno con cariño, no dudarían en conversarlo con sus pies y ponerse de acuerdo con ellos para emprender el camino.

Vale la pena abandonar el ruido, la monotonía y el tráfago de las ciudades para vivir una aventura exultante de la cual se regresa mirando el mundo con otros ojos. El sudor, la humedad, el calor de las caminatas no son nada comparados con la tremenda alegría de sentirse hundido, casi fundido con esta selva que parece arrancada del primer día del Génesis.

Los viajeros pueden toparse con este simpático marsupial de monte. Andrés Hurtado García

Encontramos varias veces el claro de los cabodehacha en medio de la maraña, con su fenómeno singular. Es un árbol, que cuando es ‘adolescente’ no deja crecer ninguna mata a su alrededor en un diámetro de unos cuatro metros.

Cuando el árbol es adulto desaparecen el fenómeno y el encanto. Tuvimos días espléndidos en los que se colaban los rayos del sol entre el follaje, y tuvimos días de tremendos aguaceros que nos dejaban totalmente empapados.

El segundo día encontramos un raro ratoncito amarillo trepado en un árbol y se dejó acariciar. Suponemos que se trata de algún roedor marsupial. En los troncos podridos veíamos y fotografiábamos muchos hongos de todas las formas y colores. Encontramos un árbol todo de hongos hasta los pies vestido, hongos blancos como copitas llenas de rocío.

Hasta la medianoche oíamos la sinfonía de chicharras y de muchos insectos, por momentos ensordecedora. Pasada esa hora se establecía un silencio solemne, roto de vez en cuando por rugidos y por chillidos de pájaros tal vez sorprendidos en su nido por algún carnívoro o serpiente.

En la selva, el tigre suele seguir a distancia a los aventureros, pero uno no lo ve. De trecho en trecho se ven en los árboles los rayones que hace afilando sus garras. Vimos un tigrillo apostado en un tronco y se perdió rápidamente en la espesura. Encontramos una serpiente parecida a una coral, pero no correspondían los colores.

Una noche, hacia las 8:00, ya estábamos en las carpas cuando “sonaron cuatro balazos”. Todos nos levantamos asustados a ver qué pasaba. Nuestros amigos habían matado un cachirre o caimán. Una tres horas más tarde, ya conciliado el sueño, de nuevo otros balazos y esta vez fue una lapa, roedor de carne muy apreciada por los indígenas. Nos deleitamos comiendo la carne de las dos presas. Hubiéramos querido ser entomólogos para distinguir con sus nombres las mariposas enormes y coloridas que veíamos.

Este lagarto de colores posó tranquilo ante las cámaras. Andrés Hurtado García

Otro día encontramos un lagarto de unos 30 centímetros, inmóvil en un árbol. Nunca habíamos visto un animalito con tantos colores. Se dejó fotografiar sin moverse.

Al amanecer, cerca de las carpas encontramos una araña gigante, una ‘Theraphosa’. La cogí con cariño según la fórmula que descubrí siendo yo niño: “Ningún animal ponzoñoso pica el suelo sobre el que camina, a menos que se alimente de ese suelo”. Todos la acariciamos menos uno de los indígenas que se negó a cogerla y dijo que yo estaba ‘rezado’.

Fue muy enriquecedor para nosotros oír a nuestros guías contar sus aventuras y su vida en el río y la selva. Jairo Gómez, conocedor de todas estas selvas, ha guiado a muchos extranjeros y científicos y nos decía con autoridad que Yuruparí y sus raudales son destinos no solamente para colombianos, sino también para viajeros de todo el planeta.
Más provocativas sonaban las palabras de Alcides cuando decía: “Dígales a los colombianos que la selva es maravillosa, que cuando vengan los haremos sentir como en el paraíso y que mis compañeros, Libardo y Wilmer, y yo los acompañaremos y les enseñaremos los secretos de la selva. Seguro que se irán felices de haber estado aquí. Nos pueden contactar con Jairo Gómez”.

Fueron así diez días entre ida y vuelta a Yuruparí. Al salir de la selva nos encontramos a Guillermo, un viejo indígena cordial. Ya había machacado las hojas y tenía el polvo verde al que le mezcló las cenizas de hojas de yarumo. Para los indígenas el rito de la coca es sagrado y es parte fundamental de su vida.

Nos bañamos todo el día en el raudal, y John Jairo vino por nosotros. Nos llevó de nuevo a Carurú remontando el río.

En la selva del Vaupés es posible encontrar hongos de todas las formas y colores. Andrés Hurtado García

“Usted sabe cómo es de bella esta región. Convenza a los colombianos para que vengan; usted sabe que esta aventura no es del otro mundo por la dificultad, pero sí lo es por la belleza”, me dijo con bellas palabras al despedirnos.

Al otro día nos recogió el DC3 que vino desde San José del Guaviare. Ya aquí, en el tráfago de la ciudad, los grandes espacios de la naturaleza nos llaman de nuevo. No hay más remedio. Habrá que rendirse a ellos y a la inagotable belleza de Colombia.

Datos de interés

Recomendaciones viajar al Urabá

Tenga en cuenta

Lleve ropa fresca para tierra caliente, tenis en muy buen estado y botas pantaneras. Lleve otro par de tenis para cuando no se esté en la selva. Lleve también una muda de ropa de recambio.

No olvidar el impermeable y carpa en buen estado. Quienes prefieran dormir en hamaca deben llevar un plástico para ponerlo como techo.

Lleve repelente y bloqueador solar. No olvide las medicinas que necesite. Las personas que sufren de alergias deben llevar analgésicos y antihistamínicos para las posibles picaduras de insectos.

Buen morral con sus accesorios y una estufita para preparar los alimentos. Hay que cargar la comida. La base principal de la comida pueden ser las pastas tres minutos, que no pesan y se cocinan rápido. No olviden los polvos azucarados que se disuelven en agua.

Las cámaras fotográficas deben ir bien protegidas de la humedad. En la selva no hay electricidad, por lo cual hay que llevar suficientes pilas cargadas y tarjetas con buena memoria.

En todo momento se debe ser muy respetuoso con las comunidades que se visitan y con el medioambiente.
Desde el raudal de Yuruparí bajando hacia Mitú por el río, cerca se encuentra Caño Circasia, hermoso riachuelo de aguas rojas y anaranjadas.

Hay que llevar una buena carpa, pues en el camino es necesario acampar. Andrés Hurtado García

Alojamiento

En Mitú existen el Hotel Los Paisas y La Vorágine. En Carurú, el hotelito de María Argenis, la mamá de John Jairo Durango. Teléfono: 313 868 3440. Debe llevar carpa, pues es necesario acampar en algunos tramos de la travesía.

Cómo organizar el viaje

El turismo en Vaupés es una industria incipiente, aunque con mucho potencial. Hay que entender que falta infraestructura y que todavía no hay agencias de viajes. Pero Jairo Gómez, un líder del turismo comunitario en la región, le ayudará a organizar el viaje. El teléfono es: 320 890 0109.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA
Especial para VIAJAR

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