Para visualizar correctamente nuestro portal debes activar Javascript en tu equipo.


Revisa en tu configuración que el javascript esté activado

Recarga la página para poder visualizarla

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Los manglares victimas del cambio climático

Miércoles 28 de diciembre de 2016

Módulo infografía

Apertura

1

Tres mujeres caminan descalzas por el pueblo que se desvaneció. Van en medio de las ruinas: algunos muros de las antiguas casas, unos palos de más de tres metros que un día fueron una improvisada barrera para atajar el mar, y una portería de fútbol de varas blancas, antes la cancha más importante del poblado.

De lejos, sobre las aguas del Pacífico, al ver la playa de Bocas de Curay, una vereda a una hora en lancha desde Tumaco (Nariño), se pensaría que un tsunami arrasó la población o que la violencia –esa que, como el mar, ha estado por tanto tiempo acechando a las comunidades– los desplazó de la playa.

Por los ladrillos tirados, las algas podridas sobre las maderas y los muros húmedos, se entiende que lo poco que quedó del pueblo se ha mantenido suspendido por varios años. Hay quietud.

Las mujeres van con calma, acostumbradas a las ruinas. Aún son las 9 de la mañana y la marea asciende casi sin percibirlo. Hacia la 1 de la tarde, el agua ya habrá cubierto los escombros.

“Hace siete años desapareció una punta de arena; el agua empezó a meterse, a llevarse las casas. La gente, al ver que el mar empezó a tocarle las puertas, desbarató las bases de madera. Al principio se corrieron un poquito, luego tuvieron que volver a desbaratar. Otros se fueron. No es cómodo estar haciendo tu casa todos los días”, relata Laddie Vernaza Vidal, mientras avanza por la playa. Laddie, representante legal del consejo comunitario Acapa, sabe metro a metro, día a día, cómo se desvaneció la playa más bonita de la ensenada de Tumaco, la que era el punto de encuentro para degustar langostinos, piangua y caracol.

“Nuestros ancestros vivieron en estas tierras. Ellos compartieron, vivieron, cuidaron. Por la destrucción del hombre, los cambios se están haciendo palpables. El aumento de las mareas no es porque al mar le dio por llenarse de agua”, cuenta Laddie, en un intento por explicar lo que les ha pasado.

El clima nos cambió para siempre: Bocas del Curay

El clima nos cambió para siempre: Bocas del Curay

2

El cambio en la marea y los vientos explican parte de la erosión de esta playa. También se ha estudiado cómo el efecto de una onda Kelvin (de calor), después del último Niño, expandió el mar a tal punto que intensificó su aumento.

A eso se le suma, la pérdida del bosque húmedo tropical ha sido abismal en la zona y, tras seis décadas de explotación irracional de la madera, hoy los bosques están formados por árboles jóvenes con tallos que aún no llegan a ser los robustos individuos que antes tenía el Pacífico. La situación se ha convertido en el primer simulacro de lo que vendría para esta región con el cambio climático. (¿Por qué el planeta no puede aumentar su temperatura?)

“La playa era muy hermosa. Desde la loma hasta donde pegaba el mar, tenía más de 1.000 metros. Hoy tenemos el agua encima”, cuenta Cecilio Castillo, habitante de Bocas de Curay y uno de los líderes que –junto con Laddie– están buscando salvar sus playas y bosques de la depredación ilegal, que ya se ha vuelto en el Pacífico un mal tan temible como el de la coca.

De hecho, según el Ideam, esta zona del norte de Nariño es uno de los ocho focos más preocupantes de la tala de bosques.

Ante las presiones de los grupos armados, el olvido estatal y la pobreza, ellos insisten en lo que parecería improbable: blindar 11.000 hectáreas de manglar para secuestrar el dióxido de carbono que se desprende de los árboles y se convierte en causa del calentamiento global. (¿Cómo impactará el cambio climático a Colombia?)

En Bocas de Curay se fue la playa, pero la lucha sigue por el bosque d

.

3

El manglar

En el manglar se gana algo de la frescura que ha perdido la playa de tierra negra. Las raíces enredadas y altas de estos árboles verde claro se chocan contra la lancha que avanza por un corredor de agua. Arturo Cortés, otro de los líderes, mira las marcas que hace unos meses dejó en los tallos.Son puntos amarillos que sirven para calcular el diámetro y así empezar a medir cuánto capturan sus árboles y cobrar los bonos de carbono.

Este es el fin del proyecto ‘Reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, causadas por la deforestación y degradación de los bosques’ (Redd, por su sigla en inglés), con el que aspiran a conservar los territorios de Acapa y del consejo comunitario Bajo Mira-Frontera, que está a una hora por carretera de Tumaco.

“El manglar es la salacuna de los peces, las conchas, las aves…”, piensa Arturo Cortés, mientras la lancha sale de esa pequeña cueva que han creado las ramas dobladas del mangle, un ecosistema que abarca toda la zona del proyecto, hasta 24.000 hectáreas. En esta parte del Pacífico, los bosques tienen una extensión cercana a 60.000 hectáreas, casi la mitad de una ciudad como Bogotá. Y en vez de soportar edificios y carros como la capital, allí viven 831 especies de aves, 195 de anfibios, 167 de mamíferos, 210 de reptiles y 5.124 de plantas.

“Nosotros dijimos: no más a la tala, porque vimos que no era conveniente, porque sabemos que si acabamos con los bosques, nos vamos a ahogar de calor. Nosotros decimos: si talas uno, siembra 10. Pero aún no lo hemos logrado, a pesar de los esfuerzos”, relata Sigifredo Benavides, líder del Bajo Mira-Frontera, una de las áreas que más se ven afectadas por esta problemática.

Volver a la tradición

“No hay maderero al que le haya cambiado la vida. Al contrario, más cansado y más pobre vive y ni siquiera tiene con qué hacer su casa”, se queja Cecilio Castillo, mientras se interna por un morro en donde han armado de nuevo las casas de Bocas de Curay.

Cecilio sabe que el cambio ha ido más allá de reubicar al pueblo. “Antes sabíamos cuál era la época en que habría frutas. Ahora no sabemos cuándo es la cosecha de mango o la de guayaba”, cuenta este hombre, quien por muchos años se dedicó a la agricultura pero que, como otros con la bonanza de la madera, perdió el rumbo de cultivar el campo. Cecilio atraviesa un cultivo de cacao, donde el fruto rugoso y vino tinto, está a punto de caer de la rama.

Apostarles a ese cultivo y al coco es una de las alternativas para darle un descanso al bosque.Los estudios llevados a cabo en la zona reafirman esa convicción: si no se los presiona más, en 15 años recuperarían sus condiciones naturales. Con los nuevos árboles, volvería algo de lo que ya se ha perdido en el pueblo al que el mar volvió un recuerdo.

¿A usted también le ha cambiado la vida con el clima? ¿Quiere aportar para evitar la degradación ambiental en su comunidad? Escríbanos a laubet@eltiempo.com y a @ElTiempoVerde.

Mapa

Prevenir desastres, el futuro de la región

Prevenir desastres, el futuro de la región

El Chocó biogeográfico, una de las maravillas en biodiversidad del mundo –que cuenta con más de 6.500 especies de fauna y flora–, en los próximos 24 años estará expuesto a los cambios en el régimen de lluvias por cuenta del cambio climático.

Según los escenarios del Ideam, se prevé un aumento en las precipitaciones, especialmente en el sur del Pacífico.

“Hay tendencia al aumento, pero estos escenarios son graduales y es importante que esa gradualidad pueda estar interrumpida por déficit. Desde ya, las comunidades cuentan que sus ríos permanecen mucho más tiempo con descensos en su cauce”, explica Jorge Gutiérrez, investigador de la Tercera Comunicación de Cambio Climático del Ideam.

En cuanto al Pacífico norte, en departamentos como Chocó ya se prevé que en el 86 por ciento de ese territorio va a cambiar el régimen de lluvias, tanto para el aumento como la disminución.

Con el incremento en las precipitaciones se podrían evidenciar mayores emergencias y desastres por inundaciones y deslizamientos.

“Si no se empieza a cuidar esos bosques, y si ya existen testimonios de que el agua empieza a escasear, toda la cadena de la cuenca se verá interrumpida”, precisa el especialista Jorge Gutiérrez. Con el cambio de la temperatura, que podría aumentar hasta dos grados en departamentos como Nariño, la biodiversidad podría empezar a buscar otros ecosistemas.

Con el apoyo de la Tercera Comunicación Nacional de Cambio Climático, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (IDEAM) y el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD).

Final

Publicidad

Publicidad