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Productores de café y su lucha contra el cambio climático

Miércoles 28 de diciembre de 2016

Módulo infografía

Apertura

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“No es un orgullo para mí decirlo, pero yo fui el cazador de dantas más duro de esta región. Y el mejor pescador. Yo no respetaba río, no respetaba montaña. Nunca les tuve miedo a los animales porque desde los ocho años empecé con la cacería, que fue el legado de mi padre. Lo hacíamos por deporte, por diversión, pero también por hambre. Yo tenía cinco hijos y uno tan pobre no podía comprar carne cada ocho días. Si me alcanzaba para una cosa, no me llegaba para la otra; durante mucho tiempo nos alimentamos de las dantas sin saber que estaban en vía de extinción. Pero, afortunadamente, de eso hace más de quince años. Ya no cazo. Ahora cultivo café”.

Vereda El Rosario, municipio de San Agustín, sur del Huila. Habla José Carlos Muñoz, de 60 años, campesino nacido en Valencia (Cauca), y habitante de esta zona desde que era un niño.

El clima nos cambió para siempre: San Agustín

El clima nos cambió para siempre: San Agustín

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 En aquella época, dice, este lugar era un pantano donde solo había unas pocas casas y donde los muchachos jugaban entre barriales. Una tierra fría donde las lluvias caían sagradamente entre mayo, junio y julio. Ahora, dice resignado, “nunca se sabe cuándo va a llover”.

El informe del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam) sostiene que para el fin del siglo este departamento presentará elevaciones de temperaturas de 2,1 grados centígrados en promedio. También, el promedio de las precipitaciones anuales en la región se incrementaría en 17,2 por ciento. Lo que no necesariamente implica más lluvia: podrían darse casos de extensos períodos de sequía seguidos de largas épocas de chubascos.

Esos cambios suponen un profundo remezón del ecosistema. En este caso, en el Huila se prevén afectaciones en el sector agrícola, especialmente en los monocultivos extensivos por la posibilidad de que aumenten las plagas y las enfermedades. El panorama, entonces, no deja de ser incierto, sobre todo si se tiene en cuenta el valor ambiental de esta zona. Para que se haga una idea: Huila es parte del macizo colombiano y está en la estrella hídrica más importante del país. Aquí nace el río Magdalena. Desde aquí se provee de agua al territorio nacional.

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A la mañana siguiente, para regocijo de todos (el equipo periodístico y los habitantes de la vereda) el sol aparece exultante. José Carlos Muñoz es uno de los primeros en contar su historia: marcada por la pobreza y el olvido estatal. Aquí, en esta tierra que ahora pisamos, camparon a sus anchas, durante años, los guerrilleros de las Farc.

Al salón comunal llegaban sus miembros y ¿quién podía decirles que no? Aunque ya hace tiempo que se les perdió el rastro y tal vez por eso los campesinos prefieren obviar el tema. Al fin y al cabo estamos aquí para hablar de naturaleza, conservación, abejas que mejoran los cultivos y de un grupo de hombres y mujeres entregados a la noble tarea de recuperar la fauna y la flora que sus antepasados arrasaron sin conciencia. Creían que era lo correcto. Nadie les dijo lo contrario.

“Antes uno veía a los animales como enemigos. Ahora no. Yo agradezco que me hicieran entender para qué es la naturaleza y por qué hay que defenderla. Hay que proteger también a las plantas. ¿Qué tal que esto se convierta en un desierto? Para las nuevas generaciones es que debemos cuidar todo”, dice José Carlos mirando ese paisaje de montañas infinitas entre las cordilleras Occidental y Central que se sabe de memoria y que puede recitar con los ojos cerrados. Hay orgullo en sus palabras: “Ya no soy cazador”, repite una y otra vez.

En parte eso es gracias a Héctor Males. Fue él, junto con varios miembros de su familia, quien se dio a la tarea de convencer a los habitantes de El Rosario y las otras catorce veredas de este núcleo rural de dejar atrás su pasado de cacería y explotación maderera para abrirle camino a una forma de vida que no atente contra el medio ambiente.

Males, de 49 años, nació en San Agustín, pero se crió en El Rosario. Su padre, recuerda, era comerciante de frutas, pero se murió de un infarto por la desazón que le provocaban las continuas extorsiones a las que lo sometían las Farc. Así que a Males, que entonces tenía 14 años y que perdió a una hermana de 13 que reclutó la guerrilla, le tocó, junto a otros hermanos, asumir la carga familiar.

Males asegura que nunca taló árboles y que solo aprovechó la bonanza de frutas de la época, pero reconoce que la mayoría de los habitantes vivían de la madera. De aquí se extrajeron muchos ejemplares finos: acabaron con el roble, el balsero, el medio comino. No hubo misericordia. Lo mismo pasó con los animales autóctonos: prácticamente desaparecieron la danta, el oso de anteojos (que mataban para sacar su grasa y convertirla en aceite para curaciones), el puma, el tigrillo, el coatí (también llamado cusumbo) y muchas otras especies. Eso, a la postre, ha contribuido a que los efectos del cambio climático sean más notorios. Y aunque la tala ha disminuido todavía hay cifras que generan alarma: aquí se deforestan entre 5.000 a 10.000 hectáreas al año. Y sin animales y sin bosque se rompe el equilibro natural y no hay ecosistema que pueda sobrevivir.

Pasaron décadas antes de que los habitantes de esta esquina del Huila comprendieran esa máxima. Males dice que todo empezó en el año 2002. En ese entonces, el corredor biológico en el que se hallan estas veredas era tierra de nadie. A pesar de que se trata de un espacio clave de conservación, que une las áreas protegidas del parque nacional de la cueva de los Guácharos con el parque nacional Puracé, no había ninguna estrategia para su protección. Apenas hasta el 2008 se declaró Parque Regional. “Aquí no sabíamos ni qué era eso del medioambiente. Desconocíamos términos como flora y fauna”, recuerda Males.

Campesinos huilenses cambiaron la cacería y la tala de árboles por la

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Con la llegada de algunas ONG y organismos estatales comenzó un proceso de educación ambiental que hoy ya da frutos. Males cuenta que cuando la comunidad se entusiasmó con los proyectos de conservación ya no hubo marcha atrás.

Entonces cambiaron la caza y la tala por el cultivo de fríjol, arveja, mora, granadilla, curuba y café, este último uno de los productos estrella del departamento. Y lo hicieron con prácticas amigables, evitando al máximo pesticidas y tratando de utilizar guadua para cercar los cultivos en lugar de la madera de los bosques. Incluso, crearon asociaciones (Huellas del macizo y Tambo robado) que hoy custodian esta tierra con la ilusión de que su esencia prevalezca. Para ello han acudido a varios métodos: no solo se trata de educar niños y ancianos, se trata también de documentar el resurgimiento de las especies que han vuelto desde que mermó la cacería.

Allá, escondidas entre las montañas, hay un grupo de dantas, tigrillos, osos de anteojos y hasta pumas que ya no temen la presencia nefasta del hombre. Entre esos caminos de bosques andinos y cascadas de cuento de hadas hay, pegadas a los árboles, cámaras que los mismos campesinos instalan para seguir la huella de los animales. Así han sabido que las dantas ya tienen crías y han documentado más de medio centenar de ejemplares.

Los habitantes de esta región son tan sensibles ante los peligros ambientales de la zona que se han empeñado en proteger, especialmente, a las abejas. Don Luis Ernesto Silva sabe bien lo que podría ocurrir si estos animales desaparecieran. “Ellas son responsables de la tercera parte de los alimentos que consumimos”, dice. Cuánta razón tiene.

Hace unas semanas, Estados Unidos incluyó, por primera vez, a las abejas en la categoría de “especie en peligro”. La preocupación es tal que científicos y asociaciones de apicultura alertan de la amenaza que supone para la alimentación mundial la desaparición de estos insectos.

“Aquí hemos notado que las abejas están emigrando de las zonas donde usan agricultura convencional. Están huyendo del veneno. Mi trabajo consiste en ubicarlas y crear el apiario. Si están cerca de cultivos como el café, la producción aumenta hasta 30 por ciento. Su presencia aleja la broca. Y la mejoría en la fruta es total. En el peso, el sabor, la textura, todo”, explica Silva.

El éxito de estas iniciativas, dice Héctor Males, es que la población está comprometida con el cambio. “Es la única manera que tenemos de salvar nuestro planeta”, afirma convencido. Y añade: “Estas experiencias deberían replicarlas en otras regiones. No es nada difícil. Hay que tratar de que esto perviva para las generaciones futuras”. Su esperanza, y la de sus vecinos, es que no haya sido demasiado tarde.

¿A usted también le ha cambiado la vida con el clima? ¿Quiere aportar para evitar la degradación ambiental en su comunidad? Escríbanos a laubet@eltiempo.com y a @ElTiempoVerde.

Mapa

El efecto en bosques y agricultura

El efecto en bosques y agricultura

En departamentos de la región Andina el cambio en la temperatura y la precipitación suponen una variación para la agricultura. Por ejemplo, para el café, con más de 900.000 hectáreas sembradas en el país, se espera que por el aumento de la temperatura los cultivos se den en altitudes 100 metros más elevadas, lo que podría afectar la protección de las fuentes hídricas. De otro lado, la biodiversidad sufrirá una especie de “estrés térmico” que podría derivar en una fuerte presión sobre los bosques andinos y los páramos que abundan aquí.

En Huila, nada más, se almacenan cerca de 293 millones de toneladas de dióxido de carbono que contribuye a la regulación global de la concentración de CO2, según datos del informe Plan Huila 2050, que traza estrategias de desarrollo compatibles con el clima.

Con el apoyo de la Tercera Comunicación Nacional de Cambio Climático, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (IDEAM) y el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD).

Final

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