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Indígenas cuidan bosques afectados por el conflicto armado

Miércoles 28 de diciembre de 2016

Módulo infografía

Apertura

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El día que se acabe el último árbol, nuestro pueblo desaparecerá. No tendremos frutas ni animales. Si no nos detenemos, nuestro banakale unu, que en lengua sikuani significa corazón de la salud, morirá y los habitantes de la selva del Matavén, ubicada entre los departamentos de Guainía, Vichada y Guaviare, no tendremos dónde vivir. Y Colombia perderá un pulmón de 1’800.000 hectáreas.

Mi nombre es Juan Bautista Nariño Romero, tengo 53 años. Nací en el corregimiento de Santa Rita, en el olvidado Vichada. Soy de la etnia sikuani, una de las seis que conforman el gran resguardo Selva de Matavén, creado en el 2003 para conservar y preservar el medioambiente y nuestras culturas ancestrales.

Vivo en una comunidad llamada Barranco Colorado, sector atana pirariame, en la inspección de Puerto Nariño. Somos seis familias y 39 habitantes. Para llegar a nuestro hogar se debe navegar cinco horas desde Inírida, capital del Guainía, por la estrella fluvial de los caudalosos ríos Guaviare y Orinoco, muy cerca de la frontera con Venezuela. Cientos de kilómetros de vegetación y el baile de las toninas o delfines rosados acompañan cada trayecto.

El clima nos cambió para siempre: Selva de Matavén

El clima nos cambió para siempre: Selva de Matavén

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Desde hace casi cuatro años soy uno de los cinco coordinadores del proyecto Redd+ (Reducción de Emisiones Debido a la Deforestación y Degradación), creado como una alianza de la Asociación de Cabildos y Autoridades Indígenas de la Selva Matavén (Acatisema) y la empresa Mediemos. Buscamos proteger nuestro gran territorio y a nuestros 13.000 habitantes de amenazas como las explotaciones petroleras, mineras y maderables y la pesca masiva.También queremos mitigar los efectos del cambio climático que ya afecta nuestra región. El aumento de las lluvias ha llevado a que los ríos crezcan y se lleven porciones de nuestras tierras. Y no obstante, a más agua, menos pescado, porque las temperaturas aumentan y cada vez es más difícil encontrar especies que antes abundaban.

Nuestra selva tiene vital importancia para el mundo. Pero a pesar de ser tan grande, es frágil, porque es el punto medio entre los bosques húmedos de la Amazonia y las sabanas de la Orinoquia. Es una tierra en la que las industrias y el Gobierno se han interesado en realizar proyectos de explotación de hidrocarburos. Y en la que los ganaderos toman cada vez más terrenos, quemando y tumbando árboles para poner animales.

Indígenas unidos por la conservación de la selva del Matavén

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Nuestros bosques sufren por la deforestación ocasionada por la tala masiva y por la expansión de la frontera agrícola. Y sin saberlo, nosotros los deterioramos con siembras durante mucho tiempo. Para alimentarnos, sembramos yuca brava, plátano, piña, caña, maíz, ñame, guama, maduraverde, caimarón y otros en conucos, o como los llamamos en nuestra lengua, pabi, que son huertas en suelos de la selva que despejamos derribando bosque.

Es una tradición de nuestros ancestros que seguimos porque creíamos que en las sabanas las tierras no producen bien nuestros cultivos.Cada conuco puede tener dos hectáreas y cada familia llega a tener hasta dos o tres, dependiendo de su capacidad de trabajo. Pero a medida que nuestras comunidades crecían, se expandía esa zona donde sembramos. Es decir, íbamos tomando más y más porción de nuestra selva para garantizar nuestros alimentos.

Ahora, con el proyecto Redd+ y luego de ponernos de acuerdo entre los 17 sectores que integran el resguardo, dejamos de tumbar el bosque y empezamos a cambiar el sistema de producción agrícola hacia uno tecnificado.

Nuestro objetivo es dejar de deforestar más de 15.000 hectáreas al año. Por eso, dejamos de expandirnos, reutilizamos nuestros conucos para no hacer más y pasamos a cultivar también en las sabanas, donde podemos garantizar nuestra seguridad alimentaria. Quienes no tienen sabana en sus comunidades deben delimitar un área dentro de la selva para su agricultura.

Al proteger nuestros bosques, buscamos que los países contaminantes que no cumplen con el compromiso de conservar y detener la deforestación nos paguen compensaciones por el servicio que cumplen nuestros bosques al recuperar el oxígeno del planeta.

Con esos ingresos, podemos garantizar que se solucionen algunas de nuestras necesidades básicas que el Estado no ha atendido, como vivienda, agua potable, electrificación y comunicaciones. También podemos garantizar una educación adecuada para nuestras comunidades. En estos territorios no hay universidades y hoy en día es de suma importancia ser profesionales para seguir manejando el territorio, su contenido, y proteger nuestro hábitat.

Mapa

Menos lluvias en la sabana

Menos lluvias en la sabana

El relato de Juan Bautista confirma los datos del Ideam, según los cuales la temperatura en municipios como Inírida (Guainía), San José de Guaviare (Guaviare) y Puerto Carreño (Vichada) ha aumentado 0,41, 0,55 y 0,76 grados centígrados, respectivamente, en los últimos 30 años y subirá más de un punto de aquí al 2040, según proyecciones.

El aumento de un grado puede sonar poco, pero en regiones como Guainía, Vichada y Guaviare significa graves consecuencias en su agricultura. Las comunidades verían afectados los ciclos en los cultivos y pondrían en riesgo la seguridad alimentaria por aumento inesperado en el nivel de sus ríos. Además, la sabana podría tener mayores presiones por el desplazamiento de comunidades a zonas menos calurosas y con más posibilidades para su alimentarse.

Saulo Usma, biólogo, explica que la Orinoquia es importante para el equilibrio de la naturaleza por ser una región megadiversa en recursos hidrológicos, biológicos y culturas. “En sus suelos se reúnen ecosistemas que incluyen páramos y bosques de niebla en la cordillera Oriental, selvas y sabanas atravesadas por los ríos Meta, Arauca, Bita, Tomo, Tuparro, Vichada y Guaviare”, afirma. A pesar de eso, las cifras del Ideam muestran que para el 2015 el promedio de deforestación anual en la Orinoquia era de 9.132 hectáreas.

Final

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