La cuarentena creativa de las personas que viven solas

La cuarentena creativa de las personas que viven solas

El aislamiento debería impulsarnos a hacer cosas que antes no hacíamos por la falta de tiempo. 

Eje

El ejercicio y la lectura son dos de los pasatiempos de Alexánder Velásquez. Con el primero fortalece el cuerpo y con el segundo, la mente.

Foto:

Néstor Gómez/CEET

Por: ALEXANDER VELÁSQUEZ
29 de marzo 2020 , 12:00 a.m.

Vivo solo. Conformo lo que el Dane llama un hogar unipersonal. Cualquiera pensaría que paso mis días de encierro con tedio, aburrimiento y al borde la locura. No es así. Muchos de quienes optamos por este estilo de vida tenemos conciencia de que el nuestro es justo eso: un estilo de vida que rompe con los mandatos sociales, aquellos que han enseñado por generaciones que la felicidad está en convivir con otro bajo el mismo techo, ya sea casado, en unión libre o amancebados, como decía la abuela.

Nos prepararon para crear dependencias (todo lo contrario a aprender a estar bien a solas con nosotros mismos) y por eso, cuando los otros se marchan –de este mundo o de nuestro lado– salen a flote los vacíos, ese drama de sentir que solos no somos nada.

Los resultados del último censo del Dane (2018) señalan un aumento de los hogares unipersonales en Colombia: pasaron del 11,1 por ciento en el 2005 al 18,5 por ciento hoy. Según la entidad, para el caso de Bogotá (donde se contabilizaron 2.514.482 hogares), el porcentaje aumentó al 21,7 por ciento.

Soy parte de esa estadística desde hace 12 años. Pero a decir verdad no vivo ni en soledad ni mucho menos aislado. Cómo hacerlo con la invasiva tecnología que nos abruma y que a un periodista le obliga a mantenerse conectado casi que 24/7. Yo hago la trampa: me desenchufo por completo (celular y tableta quedan en la sala cuando es hora de dormir) para evitar a la gente que invade virtualmente nuestros espacios, a través de lo que comparten. Un virus tan peligroso como las benditas notificaciones.

¿Cuántos están felices en su hogar unipersonal? No lo sé. Muchos a lo mejor querrían estar con alguien y no han tenido tal dicha, o llegaron de provincia a estudiar o son viudos o pensionados… Incluso conozco quienes tienen pareja y, como los loros, cada cual en su estaca. Es decir, el equivalente a ‘mundos unipersonales’ en la misma casa o, peor, en la misma cama.

Los solos y solas no somos bichos raros como el coronavirus. Simplemente las circunstancias nos enseñaron a saber vivir la mayor parte del tiempo para nosotros mismos. El resto de horas se va en la oficina (ahora teletrabajo o home office, que suena más elegante) o en fin semana con la familia –que muchos la tenemos, claro; yo soy separado y tengo cuatro hijos– o con los amigos. Habrá también, por supuesto, personas realmente solas que en este momento requieren de atenciones especiales, y que merecen nuestra solidaridad como vecinos; son las condenadas al olvido.

Me aterró ese artículo de prensa que habla de conflictos de pareja que afloran en el encierro y terminan en separaciones, como sucede en China. El diario español El País lo resumió así: “La cantidad inusitada de divorcios durante el periodo de aislamiento por el coronavirus en Xi’an intriga al mundo. ¿Ha hecho la prolongada convivencia forzada que muera el cariño?”.

Los solos y solas no nos enfrentamos a ese nuevo síndrome. Y menos a la violencia intrafamiliar que debe crecer silenciosamente por estos días.

Ante semejante panorama, uno se siente identificado con la máxima de la filosofía popular: ‘Mejor solo que mal acompañado’. Por algo el actor Diego Trujillo tuiteó con sarcasmo: “El único aliciente de esta cuarentena es ser divorciado”. A lo que yo agregaría que en tiempos de coronavirus es posible que la soledad reduzca las posibilidades de contagio. Arthur Schopenhauer, el filósofo alemán, lo dijo con palabras bonitas: “La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”.

En esas historias, si se fijan bien, se advierte el antes y el después de la pandemia. Hablo de quienes viven en familia o en pareja. Antes llegabas cansado de la oficina y solo querías tumbarte en el primer sillón para ver la televisión, sin ganas ni siquiera de hablar, muchas veces por el estrés acumulado del día, más en una ciudad como Bogotá, que crispa al más paciente. En esa monotonía (trabajo-casa-trabajo) se les va la vida a millones. Hasta ahora la gente se está cuestionando qué clase de vida tienen, qué clase de vida quieren. Si es así, bendito sea el coronavirus.

Sobre tales asuntos, he acumulado en esta cuarentena todo tipo de lecciones de crecimiento personal (audios, videos, libros digitales, frases célebres) que mandan los amigos y familiares; sin que uno las haya solicitado, claro.

Por esa misma razón, uno esperaría que hoy las personas estuvieran realmente felices de tener tiempo para aquello que estaba en veremos: hacer ejercicio (tengo una hora diaria de actividad física y sigo las rutinas del entrenador español Sergio Peinado por Youtube); leer un libro, iniciar un hobby, hacer experimentos con lo que salga de la nevera (aprendes a cocinar sí o sí o te mueres de hambre; una amiga nutricionista me da consejos por Whataspp y revisa por fotos lo que como); tener charlas animadas con amigos por Google Hangouts (recurso para videollamadas grupales) o por Google Meet (para conectar con los de la oficina); dar alimento al espíritu con meditación, con el mero silencio o, como ahora, escuchando música clásica mientras escribo estas líneas. Beethoven dijo: “Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”.

Es cuestión de cómo cada quien mire el vaso. Yo siempre procuro verlo medio lleno y el resto lo completo a punta de creatividad.

Vivir solo la mayor parte de la semana (los fines de semana son por lo general para mis hijos o el encuentro con amigos o también para ir a cine solo) me permite ser reflexivo, hacer caso a los propios placeres (en el encierro leo más que antes, llamo más a las personas que quiero para asegurarme de que estén bien, descubro que hay vida más allá de la TV nacional –mi compañía en estos días han sido, además de EL TIEMPO, el canal alemán DW en español, la versión en castellano de The New York Times y, cómo no, Netflix.

Decidí reinventarme. Hablé con un colega sobre cómo esta crisis afectará nuestro trabajo como periodistas y tras dos horas de videollamada concluimos que probaremos suerte con un podcast. Finalizando 2019 compré una consola y creo que el bichito aquel aceleró ese anhelo pendiente de hacer dizque radio por demanda.
Durante la pandemia me hice consciente del enorme daño que hacen a la salud mental las redes sociales y el exceso de titulares. He limitado el consumo de las unas y de los otros. No por iniciativa propia, claro. El consejo lo leí –ah, caramba– en un periódico. Puedo decir que es de las grandes enseñanzas que me deja el aislamiento.

Nuevamente se lo agradezco al bichito ese. Si quieren bienestar y menos ansiedad, huyan de las redes, sería mi consejo.

En la búsqueda de una cuarentena creativa me enteré de que el Instituto Distrital de Ciencia, Biotecnología e Innovación en Salud (IDCBIS) busca con afán personas que quieran y puedan donar sangre. Un buen hábito que adquirí desde que tenía 25 años, gracias a la Cruz Roja.

Me recogieron y devolvieron a casa sano y salvo.
Una vez allá, hablé con el director de la entidad. El doctor Bernardo Camacho me explicó su preocupación y la de su gente. “Se busca evitar la escasez de sangre en medio de esta crisis global. La sangre no es para los enfermos por coronavirus. Se necesita para otros pacientes: neonatos, niños, quemados, enfermos de cáncer, en quimio o radioterapia, maternas y personas con otra serie de condiciones clínicas o quirúrgicas que requieren la transfusión”, me dijo. Hoy la ciudad tiene entre un 20 y un 30 por ciento menos de donantes y se necesita abastecer la red hospitalaria de la ciudad, advirtió.

Al no poder ir a universidades ni a centros comerciales –para evitar las concentraciones, que ayudan a propagar el virus– adoptaron la estrategia de transportar a la gente al Banco Distrital de Sangre o incluso trasladar sus equipos hasta los conjuntos residenciales, cuando la comunidad o los administradores lo permiten, cosa que ha sido complicada por el temor reinante.

El doctor Camacho me recordó que se trata de un acto seguro. “No hay ningún riesgo. Tenemos protocolos muy estrictos de bioseguridad y calidad que hacen absolutamente confiable la donación”, aseguró.
Regresé a casa pesando 450 mililitros menos, con un delicioso refrigerio en la mano y con la idea de sentarme a escribir el primer episodio del podcast que alumbrará en cuarentena. O eso espero.

Descarga la app El Tiempo

Noticias de Colombia y el mundo al instante: Personaliza, descubre e infórmate.

CONOCE MÁS
Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.