El apagón duró casi un año, pero no nos dejó viendo un chispero

El apagón duró casi un año, pero no nos dejó viendo un chispero

Entre 1992 y 1993, Colombia quedó a oscuras. Situación que unió a las familias en casa, como hoy.

Apagón

Entre el 2 de marzo de 1992 y el 7 de febrero de 1993 el país sufrió un apagón que dejó a oscuras a toda la población.

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Fernando Ariza Romero/ CEET

Por: ARMANDO NEIRA
29 de marzo 2020 , 12:00 a.m.

Caminar por los andenes de las ciudades se convirtió en una odisea. A la romería de vendedores ambulantes con sus mercancías extendidas se sumó el ronroneo y el olor a combustible de las motobombas eléctricas en las puertas de cada local.

¿Por qué? No había luz eléctrica en Colombia. Así como se lee. Entre el 2 de marzo de 1992 y el 7 de febrero de 1993 el país se quedó a oscuras. ¿Y entonces? ¿Cómo jugar TikTok? ¿Cómo se cargaba el iPad? ¿Y Netflix?.

En aquella época no existía internet como la conocemos ahora y en el transporte masivo reinaban malolientes buses de cuyas puertas colgaban en racimos los pasajeros. Sin embargo, en el ambiente en general reinaba el optimismo porque el presidente liberal César Gaviria no solo era un joven y moderno político que había entregado las más importantes responsabilidades a un grupo de precoces funcionarios bautizado como ‘el kínder de Palacio’, sino que sacó adelante la plural Constitución de 1991, nuestra Carta Magna actual.

Además, su eslogan político era ‘Bienvenidos al futuro’ y los economistas hablaban bondades de la apertura que nos permitiría coger de los estantes de los supermercados los productos que se consumían en París o Nueva York. ¿Qué podría salir mal? Dejó de llover.

Al principio la gente no le vio problema. Al contrario, eran días de cielos diáfanos, ideales para ir al parque y llegar a casa a bañarse como en un verano inolvidable. Entonces el Gobierno empezó con una campaña a la que muchos no le prestaron atención: “Cierre la llave”, el equivalente al actual “lávese las manos”.

En la televisión, cuyas opciones de canales se contaban con los dedos de una mano, una figura fue tomando el protagonismo: el meteorólogo Max Henríquez, quien en el Noticiero Nacional informaba sobre las causas de la sequía, atribuidas al fenómeno de El Niño y al desolador nivel de los embalses.

Sus notas eran cada vez más alarmantes porque mostraban a los técnicos que angustiados señalaban que aquellos iban secándose. Y así, un país considerado una potencia hídrica en el planeta se encontró sin una de las fuentes esenciales para producir energía.

¿Cómo era posible dejar sin luz a 36 millones de habitantes, toda la población del país? “No es que súbitamente nos hayamos quedado sin luz por culpa del travieso Niño o del subversivo general Verano. No. Hace un año ya era notorio y grave el desequilibrio entre la producción y el consumo de energía”, sentenció el editorial de este diario del 22 de marzo de 1992, titulado ‘Apagón anunciado’. “Los embalses bajaban en forma preocupante. Y el Himat anunciaba que el fenómeno de El Niño iba a agravar el problema. Nadie paró bolas”, argumentó.

La imprevisión fue tal monumental que ISA, el supremo ente eléctrico del país, estuvo acéfalo durante el año anterior sin que a nadie se le ocurriera el impacto que esto tendría.

El país de los discursos que hablaban de avanzar hacia el futuro se encontró de vuelta al pasado: los cortes variaban de una región a otra y no discriminaban condición social. En Bogotá y otras capitales hubo racionamiento hasta de 9 horas y en las islas de San Andrés y Providencia, de 18 horas.

Y así como hoy se multa a quienes infringen la cuarentena obligatoria y los mandatarios locales toman medidas inesperadas, en ese año hubo castigos severos. En Cali, por ejemplo, se decretaron seis días de cárcel para los derrochadores de agua.
Juan Manuel Santos, el entonces ministro de Comercio, propuso adelantar los relojes una hora para aprovechar la luz solar, como se hacía en Europa. Así se volvió frecuente ver a los pequeños recién bañados, en medio del frío –no había agua caliente- y la penumbra, esperando las rutas para llevarlos al colegio. Y a los mayores, regresar más temprano, cuando caía el sol, para adelantar las labores domésticas, con reglas sencillas pero trascendentales como no abrir la nevera si no era necesario.

Pero, claro, la luz natural se iba y todo quedaba a oscuras. Las familias colombianas entonces se reunían alrededor de la velas, como en un ensayo del aislamiento actual.
En general, en los testimonios de quienes vivieron aquella época se recuerda que los adultos mayores, como hoy, se convirtieron en el centro de las conversaciones. Ellos reunían a los suyos y les contaban cómo vivían en esa Colombia rural, de antes de la Violencia, en la que no había televisión y la distracción mayor era la conversación con los seres queridos, y en la que se podía ir a pescar de noche.

Las charlas eran alternadas con juegos de parqués, naipe, tute y monopolio, y se volvieron de primera necesidad los radios, pilas, linternas, velas, fósforos y reverberos.

Y mientras las parejas se amaban con la complicidad de la oscuridad de los parques, el Estado hacía esfuerzos porque se temía que la producción se frenara y la recesión económica fuera calamitosa. El Gobierno trajo al país dos barcazas con las que prometía generar energía, pero fueron un fiasco porque no se logró compatibilidad entre el sistema interconectado del país y los lanchones.

¿Había otra solución? Sí. Que lloviera. La gente rezaba y le imploraba a todos los santos que enviara un diluvio, las abuelas pasaban las cuentas del rosario sin cesar mientras los expertos calculaban que para volver a la normalidad se necesitaban por lo menos 1.800 aguaceros fuertes.

La televisión inauguró la franja de telenovelas a la avanzada hora de las 10 de la noche, para quienes aguantaran a que volviera el fluido eléctrico. En un canal, Amparo Grisales y Danilo Santos escenificaban apasionadas escenas en En cuerpo ajeno, mientras en el otro Aura Cristina Geithner y Edmundo Troya no se quedaban atrás en Sangre de lobos. Era el erotismo de la época.

Pero fue la radio el medio de comunicación que centró la atención. “Hubo necesidad de montar un programa a las carreras, que coincidiera con las horas fijadas para el apagón, con elementos sencillos, con música de antes, repasando la historia y la geografía para llevar al oyente a otra dimensión, porque sabíamos que no tenía ni lámparas ni bombillos”, recuerda Hernán Peláez Restrepo. Así nació La luciérnaga, de Caracol.

Pero eso no fue todo. Para el experto en el sector energético Alejandro Lucio Chaustre, director de Optima Consultores, el apagón trajo como resultado reformas al sector eléctrico de la mayor relevancia. Enumera las leyes 142 (de servicios públicos) y 143 (ley eléctrica) de 1994, que reformaron el sector completamente, abriéndolo a la inversión privada, creando instituciones como la Creg y el centro nacional de despacho (CND), ahora XM, y “toda la institucionalidad del sector que ahora tenemos”.
Igualmente, dice, se reglamentaron las actividades de generación, transmisión, distribución y comercialización de energía eléctrica, lo que a su vez abrió el interés de la inversión privada en estas actividades y en el sector en general.

Todo esto redundó en un marco regulatorio que ha fomentado la inversión privada y la competencia en las actividades del sector, y que ha implicado que en eventos de escasez hidrológica posteriores no se haya repetido un apagón.

El entonces ministro de Gobierno, Humberto de la Calle Lombana, dice que entre las cosas buenas que dejó el apagón está también el haber vuelto a la unidad familiar como centro de la vida cotidiana. “Y la ‘hora Gaviria’, porque había más tiempo de luz, más familia, más seguridad”, agrega. Incluso dice que él la hubiera dejado y la propuso en el Consejo de Ministros. “No se pudo”, lamenta.

Hoy, cuando el país está en cuarentena y los jóvenes juegan TikTok, navegan en el iPad o maratonean en Netflix, sus mayores recuerdan que tras la oscuridad volvió la luz.

Armando Neira
Editor de Política de EL TIEMPO
@armandoneira

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