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Banksy, el 'Midas' del aerosol
Banksy obra

Una de sus obras emblemáticas, que forma parte de las exposiciones europeas.

Foto:

‘The World of Banksy’ - París

Banksy, el 'Midas' del aerosol

Una de sus obras emblemáticas, que forma parte de las exposiciones europeas.

Muestras en Europa y subastas en Christie's vuelven a poner al artista del grafiti en primera plana.

De Las Vegas a Auckland, pasando por Riad, Tel Aviv, Barcelona o Moscú. Y muchas más ciudades europeas. Las exposiciones de Banksy –el insolente artista callejero cuya identidad sigue siendo el secreto mejor guardado del arte contemporáneo– no han parado desde hace ya varios años. Sus grafitis, hechos con stencil o plantillas de estarcir y aparecidos en diversos rincones del planeta, le han valido la fama mundial gracias a las agudas críticas sociales y políticas que mezclan irreverencia, humor, ironía, algo de poesía y activismo.

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De este artista, al parecer nacido en Bristol (Inglaterra), ya son icónicas imágenes como la de la niña que sale volando agarrada a un manojo de ocho globos; o la de una pareja de impecables uniformados británicos que se besa en la boca; o la de la rata con un pincel que escribe en un muro: Estoy fuera de la cama y vestido. ¿Qué más quiere?; o la del niño arrodillado frente a una máquina de coser que confecciona pequeñas banderas británicas.

Cada una de las exposiciones sobre su obra incluyen estas y otras tantas imágenes, por lo que a primera vista parecen una completa retrospectiva de su trayectoria. Pero lo cierto es que ninguna es original, todas son serigrafías, reproducciones o copias. De hecho, Banksy aclaró en su página web que no tiene ningún vínculo con estas muestras y publicó una lista con los carteles de las veintisiete exhibiciones que llevan su nombre bajo el título Fake (falsas) junto a la precisión: “Se han organizado completamente sin el conocimiento o la participación del artista. Trátelas en consecuencia”.

Pese a esto, y al hecho de que los lugares donde se han instalado son pulcros y cerrados espacios artísticos –que nada tienen que ver con el hecho mismo del arte urbano, que se hace en las calles–, los espectadores asisten en largas filas, se toman selfis con las reproducciones, pagan los veinte dólares o más que cuesta cada entrada, aunque el mismo Banksy escribió en su cuenta de Instagram: “No cobro a la gente por ver mi arte”.

La asistencia masiva a estas muestras confirma una vez más el ‘fenómeno Banksy’: cada vez que uno de sus grafitis aparece en las calles, miles de personas llegan a verlo y a retratarlo. Así ocurrió cuando hizo la exposición ‘Mejor fuera que dentro’ (‘Better Out than In’), en la que pintó un grafiti diario en las calles de Nueva York durante todo el mes de octubre de 2013. En esa ocasión mantuvo en vilo a sus admiradores que rastreaban las pistas que él dejaba para lograr encontrar el de cada día.

Una asistente en la exposición de Londres, ante la obra 'Love is in the Bin', de Banksy.

Foto:

AFP

Aunque el registro de casi todas estas obras quedó en su cuenta de Instagram, faltó la del día 23. Ni el artista ni la policía dieron detalles, pero lo cierto es que aquella exposición cayó mal a las autoridades. “Desfigurar la propiedad de alguien o la propiedad pública no es mi definición de arte”, dijo el entonces alcalde Michael Bloomberg. A pesar de ello, la efervescencia que causó le valió ser la ‘Personalidad del año en internet’ en los Webby Awards que premia lo mejor en el mundo virtual.

Pero no todos se conforman con una foto de sus grafitis, sino que ven en ellos la posibilidad de sacarles cientos de miles de billetes. Así sucedió con Art Buff, un grafiti que pintó en 2014 en Folkestone (Inglaterra) en el que una mujer mayor mira un pedestal vacío. El comerciante de arte Robin Barton quiso comprarlo. Mandó cortar la pared donde había sido hecho, se la pagó a su propietario y lo trasladó a la feria Art Basel Miami para venderlo por un millón de dólares. Pero Barton tuvo que devolverlo: quien se lo había vendido no era el verdadero propietario del muro. Los habitantes de Folkestone interpusieron una demanda y un juez dictaminó que el mural era propiedad pública.

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Barton es famoso por haber sido el primero en remover un Banksy del lugar en el que fue originalmente pintado, pero otros no tardaron en seguirlo, como John Brandler –de las galerías Brandler–, que compró por cien mil libras (unos 500 millones de pesos) el que pintó en la casa de un obrero de Port Talbot (Gales), donde un niño en plena Navidad parece estar atrapando copos de nieve con la lengua, pero en realidad se trata de cenizas que brotan de una caneca de basura en llamas. Según Brandler, que posee veinte originales de Banksy, “la mayoría de sus obras son ‘tagueadas’ por otros artistas, así que la idea es desplazarlas a un lugar seguro para que la gente pueda verlas”.

Otras obras suyas han ido a parar al mercado negro, lo que pudo haber pasado con La niña triste (The Sad Young Girl). Su robo causó conmoción mediática, pues fue el grafiti que Banksy estampó en la puerta trasera del Bataclan, en París, en homenaje a los muertos del atentado terrorista de 2015. Gracias a las investigaciones y al despliegue noticioso, la obra se recuperó en Abruzos (Italia). Entre las personas que arrestaron estaba Mehdi Meftah, propietario de la marca BL1.D, cuyo abogado aseguró que él no era el autor intelectual y que pensaba guardar la puerta para una de sus casas porque, por tratarse de una obra tan conocida, era difícil de revender: “Es como revender la Gioconda”, aseguró.

Estos casos pusieron en evidencia cómo algunos actores del mundo del arte encuentran la manera de sacar provecho económico de un artista y su obra. De hecho, es curioso que en estas veintisiete exposiciones –que Banksy descalificó– el público pague por ver una serie de piezas no originales en una época en que la originalidad ha adquirido todavía más centralidad en el mercado del arte con el auge de los NFT o tokens no fungibles, que certifican de manera digital la autenticidad-originalidad de piezas digitales.

Las obras de Banksy han aparecido en diferentes rincones del planeta.

Foto:

‘The World of Banksy’ - París

Banksy no es ajeno a ello. Por eso ha dedicado varias de sus obras a criticar el esnobismo y el elitismo del mundo del arte, así como el sinsentido de sus precios. Un ejemplo de ello es la obra Imbéciles (Morons), en la que se ve la escena de una subasta donde se está pujando por un lienzo blanco delicadamente enmarcado en el que dice: No puedo creer que ustedes, imbéciles, compren esta mierda (I can’t believe you morons actually buy this shit). Lo paradójico es que, sin dejar de rebelarse ante el funcionamiento tradicional del mundo del arte, se haya convertido en un cotizado artista, cuyas obras han alcanzado desorbitantes cifras en lujosas subastas desde 2004, cuando la casa Sotheby’s vendió por primera vez un Banksy.

El tríptico Vista del mar Mediterráneo, donde ponía el dedo en la llaga sobre la crisis migratoria en Europa, llegó en 2020 a los 2,8 millones de dólares, que fueron destinados a un hospital palestino para niños de Belén, en Cisjordania. En 2019 –en plenas negociaciones del brexit– se pagaron 12,1 millones de dólares por Devolved Parliament (2008), donde representó como primates a los miembros del Parlamento británico. El emblemático Love is in the Air, en el que un manifestante lanza un ramo de flores en lugar de una piedra, se vendió por 12,9 millones de dólares en 2021 y Game Changer rompió el récord de los precios con 23,1 millones de dólares en plena pandemia, orientados a recaudar fondos para el personal sanitario británico.

Aunque Niña con globo (Girl with balloon), la más representativa de sus obras, no alcanzó a acercarse a esas sumas, causó un revuelo espectacular en 2018: tras haber sido adjudicada en una subasta por 1,1 millones de dólares, se autodestruyó parcialmente al cortarse en tiras mientras una alarma sonaba como música de fondo.

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Poco después, a través de un video en su cuenta de YouTube, Banksy mostraba que el lienzo no debía haberse detenido a mitad de camino. “En el ensayo funcionó todo el tiempo”, decía el provocador artista antes de mostrar las imágenes de un stencil de la pieza cortado hasta el final. Y esta semana, la famosa casa de subastas Christie’s anunció que el próximo 15 de octubre sacará en subasta una versión díptica de esta obra, que puede llegar a rondar los cinco millones de dólares.

En todo caso, no se puede olvidar que para que una de sus obras llegue a una subasta debe haber obtenido los certificados de autenticidad que emite su empresa Pest Control –su nombre se lo debe a su animal fetiche, la rata, y a la idea de que hay una oficina dedicada a hacer el papeleo, llevar los registros y controlar las plagas, auténticas o no, que llevan el nombre de Banksy–, siempre y cuando no hayan sido arrancados del espacio público en el que fueron hechas. El objetivo es que permanezcan allí.

Aunque el artista dijo en una ocasión que “los derechos de autor son para los perdedores”, hay quienes sostienen que la ‘marca’ Banksy se ha convertido en una de las más rentables en la actualidad, por lo que se cuestiona si su anonimato y sus contenidos subversivos no se han convertido en otra forma del mismo sistema que critica. Lo que no tiene duda es que todo lo que tocan los aerosoles de Banksy se convierte en oro. 

MELISSA SERRATO - PARÍS

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