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Una historia literaria de América Latina
Michi Strasufeld

Michi Strausfeld, ‘hada madrina’ de la literatura latinoamericana en Europa.

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Cortesía Random House

Una historia literaria de América Latina

Mariposas amarillas y los señores dictadores, de la filóloga alemana Michi Strausfeld.

La primera imagen que tuvo Michi Strausfeld de América Latina fue la de sus ruinas prehispánicas en un largometraje de Hans Domnick sobre la carretera Panamericana: un viaje desde Alaska hasta la Tierra del Fuego a finales de los años 50 en el que nuestro continente se vio por primera vez como nunca antes se había visto, desentrañado en todo su esplendor por la magia del cine.

(También le puede interesar: Emmanuel Carrère, premio Princesa de Asturias de las Letras).

Michi vio eso, en la Alemania de su adolescencia, supongo, y supo que quería estar aquí, venir como fuera. Pocos años después lo logró con una beca de estudio que la llevó al Perú y que cambió para siempre su vida. Era el año providencial de 1967 y Cien años de soledad acababa de publicarse; ella lo leyó deslumbrada y sin aliento, como el mundo entero, aunque en su caso con la ayuda de un diccionario.

De alguna manera ese libro tenía que ser para ella como un mapa y un espejo: la clave y el reflejo de todo lo que iba pasando a su alrededor. El suyo era un viaje en dos dimensiones, quizá, la del espacio y la cultura y la de esa lengua embrujada de la saga de los Buendía, en Macondo, que era también la revelación de un destino colectivo y trascendental, el de la humanidad toda.

Ahí, en esa novela, Michi Strausfeld se dio cuenta de que la literatura era una explicación de la historia y la realidad de América Latina mucho más certera, por decir lo menos, que la historia misma y la sociología y la antropología. La ficción que ella leía, iluminada en sus recodos por el diccionario, le iba permitiendo entender mejor esa vida desbordada y florida de la calle sobre la que apenas se asomaba tímida y feliz.

Fue entonces cuando decidió abandonar sus intereses académicos tan europeos, la filología inglesa y germanística, y se lanzó de lleno al mar picado de la literatura latinoamericana, en cuyos autores encontró eso que buscaba, una nueva forma de la realidad y un relato lleno de belleza y misterio y poesía que le daba sentido a esa realidad en apariencia caótica, inverosímil, vesánica.

(También lea: El libro que alguna vez unió a Vargas Llosa y a García Márquez).

La tesis de Michi, aunque no es solo suya, claro que no, pues es una idea muy antigua y muy bella, es que la fundación del Nuevo Mundo fue no solo un hecho político sino también, y sobre todo, un hecho literario: la proeza desgarradora y brutal del Descubrimiento y la Conquista, con todos sus horrores y con toda su desmesura y su grandeza, encontró su verdadero cauce en el lenguaje, en la literatura.

Cantar y contar la ‘invención de América’ (y su destrucción y su renacimiento perpetuos; ese es el destino de este continente, su marca de fuego) fue una labor tan ardua y tan grave, desde el principio, que en ella se fundieron la historia y la poesía, la realidad y la ficción, la razón y el delirio. Como siempre, se dirá, pero aquí más. Por eso nuestra literatura es la explicación más profunda de lo que somos; no la única pero sí la mejor.

Portada del libro de Michi Strausfeld, editado por Debate.

Foto:

Archivo particular

O eso es lo que sostiene Michi Strausfeld en un libro magistral que acaba de publicar, Mariposas amarillas y los señores dictadores. Podría decirse que es una historia literaria de América Latina y claro que lo es: quizás la más completa y rigurosa que se haya escrito hasta hoy, con toda la erudición, el conocimiento de primera mano, el fervor y la sabiduría que la autora ha cosechado por nuestras letras desde hace más de cincuenta años.

En efecto, tras su viaje peruano de 1967, y luego de vivir en Colombia por un par de años a principios de los 70, Michi se volvió una especie de ‘hada madrina’ de la literatura latinoamericana en Alemania y en Europa. Tuvo la fortuna, eso sí, de que esos fueran los tiempos del 'boom', cuando todo el mundo parecía estar interesado en lo que aquí pasaba y aquí se escribía. Pero ese fenómeno comercial y literario no habría sido posible, no así, sin la presencia de muchos ‘mediadores’ que fueron definitivos.

(Puede leer también: Las mujeres en la historia contado con ‘dibujitos’ y ‘memes’).

Michi fue eso, una mediadora entre América Latina y Europa; una de las principales defensoras y promotoras, allá, de la voz y el legado de nuestros autores. Primero durante su larga estancia en Barcelona, adonde se fue a escribir su tesis doctoral sobre la obra de García Márquez, quien estaba allí viviendo y escribiendo El otoño del patriarca. Se veían mucho por esa época los dos, el escritor y su acuciosa intérprete que lo atiborraba de preguntas. Él, con traje de mecánico, apenas sonreía.
Pero no solo de García Márquez se hizo amiga Michi sino de casi todos los demás autores latinoamericanos: de Vargas Llosa, de Carlos Fuentes, de Octavio Paz, de Rulfo, de Roa Bastos, en fin. Era tan cercana a muchos de ellos que alguien dijo que era la ‘Carmen Balcells de Alemania’, a lo que una vez respondió Óscar Collazos: “Es al revés: Carmen es la Michi de Barcelona”.

Comoquiera que fuera, la labor de difusión de la literatura latinoamericana que Michi emprendió en Alemania, desde la emblemática editorial Suhr-kamp, fue definitiva para la suerte y el prestigio de incontables escritores, no solo los más leídos sino también muchos que todavía no lo eran y que llegaron a serlo después en ese país gracias en buena parte a ella, que aún hoy sigue al acecho de todo lo que se publica en nuestros países.

(Lea también: El colombiano Daniel Montoya gana premio de poesía Juan Ramón Jiménez).

Por eso este libro puede leerse también como si sus páginas fueran –y lo son– unas memorias intelectuales: la suma de una vida consagrada por entero a nuestro continente y su literatura; este “continente de siete colores” del que habló Germán Arciniegas. Es un testimonio de amor por América Latina como hay muy pocos, escrito por quien más ha hecho en Alemania por mantener viva su hoguera, su llama, su nombre.

Pero a diferencia del ejercicio vanidoso que este libro habría podido ser como un anecdotario interminable de los escritores célebres de los que la autora fue amiga, y a veces amiga íntima, lo que hay en él es una síntesis magistral y exhaustiva de cómo nuestras ficciones, desde las ‘Crónicas de Indias’, contaron nuestra historia y aún hoy la hacen más comprensible y más cercana, le dan sentido.

Por eso no me parece descabellado decir que Michi Strausfeld es como una especie de réplica femenina y mejorada, mucho más encantadora, de Alejandro de Humboldt, el memorable sabio y viajero alemán cuyo testimonio de su experiencia en el Nuevo Mundo, a principios del siglo XIX, fue revelador no solo para los europeos de su tiempo sino también para los latinoamericanos.

Eso mismo ha hecho Michi con este libro, Mariposas amarillas y los señores dictadores: recordarnos la historia, reseñar a quienes mejor nos la supieron contar. 

Juan Esteban Constaín

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