Man Ray, en la moda

Man Ray, en la moda

Una exposición en Marsella revela la faceta del gran artista estadounidense como fotógrafo de moda.

Foto de Man Ray sobre moda

‘Peggy Guggenheim en un vestido Paul Poiret’, Man Ray, 1924. Marsella, Museo Cantini © Man Ray 2015 Trust / Adagp, París 2019

Foto:

© Man Ray 2015 Trust / Adagp, París 2019

Por: Melissa Serrato
13 de noviembre 2019 , 07:07 p.m.

“Tiene el ojo de un gran cazador, esa paciencia, ese sentido del momento patéticamente correcto en el que el equilibrio, el más fugaz, se establece en la expresión de una cara, entre el ensueño y la acción”. Así definía el poeta y escritor André Breton la mirada de Man Ray. Sin embargo, esa descripción con tono de elogio, venida de una de las figuras centrales del movimiento surrealista, nunca fue suficiente para que Ray se consagrara por entero a la fotografía. Su verdadera aspiración era ser artista, y a comienzos del siglo XX los fotógrafos no eran más que “artistas fracasados”, dice Claude Miglietti, curadora del Museo Cantini, de Marsella (Francia), donde se lleva a cabo la exposición Man Ray, fotógrafo de moda, la primera que se dedica enteramente a revelar este aspecto de su obra.

Aunque sus trabajos para revistas de la talla de Vogue, Femina, Vanity Fair y Harper’s Bazaar marcaron la renovación y una verdadera revolución en la fotografía de moda, ni el mismo Ray le dio suficiente valor a este trabajo por considerar, como sus colegas surrealistas, que los artistas no debían servir a la industria ni prestarse a fines comerciales.

Por ello, la historia del arte se dedicó a subrayar únicamente sus obras surrealistas y a presentarlas en exhibiciones de arte moderno e ignoró no solo que Ray fue prolijo en este género fotográfico, sino que además algunas de sus fotografías de moda se convirtieron en íconos del surrealismo y, claro, que “si Man Ray hizo fotografía de moda para tener un ingreso, también en ella fue brillante”, agrega Miglietti.

Emmanuel Radnitsky, nacido en Filadelfia en 1890, quería disimular el origen judío de su nombre, proveniente de inmigrantes rusos. Por eso abrevió el sobrenombre con el que lo conocían en su familia, Manny, y pasó solo a Man. De su apellido tomó solamente las dos primeras letras y las juntó con la última. Así se convirtió en Man Ray.

Este nombre le resultó más conveniente en el medio artístico neoyorquino, donde estudió diseño en la Escuela Moderna, en 1911, y donde se inició en el dadaísmo, junto con su amigo artista Marcel Duchamp. En julio de 1921 decidió instalarse en París. Según él, dadá, ese movimiento vanguardista que cuestionaba las convenciones artísticas y sociales, “no puede vivir en Nueva York”, porque “toda Nueva York es dadá. Y dadá no tolera rivales”. A su llegada a París, retrató a Duchamp encarnando al personaje femenino Rrose Sélavy, y a otros pintores y escritores que conoció gracias a que Duchamp lo integró a la banda dadá, conformada entonces por Aragon, Breton y Éluard. Así fue adquiriendo fama como retratista y la revista estadounidense Vanity Fair comenzó a publicar sus fotos de los más renombrados vanguardistas de la época, como Hemingway, Cocteau y Joyce. A todos ellos logró acceder gracias a los buenos oficios del escritor Tristan Tzara, un dandy que se movía con soltura en los círculos intelectuales parisinos.

Y fue precisamente gracias a que retrató al pintor dadaísta Francis Picabia que la esposa de este, Gabriëlle Buffet-Picabia, le presentó al diseñador Paul Poiret, en 1922. El encuentro resultó casi un fracaso. Si bien Poiret le encargó “fotos originales; algo diferente de las cosas que presentan los fotógrafos de moda” y puso a su disposición sus instalaciones y sus modelos, se rehusó a pagarle.

Ray supo sobrellevar esa frustración y se puso manos a la obra después de que Poiret le dijo: “Tú eres un artista, muéstrame lo interesante y divertido que puedes hacer”. Para su primera fotografía, instaló a la modelo sobre un revoltijo de telas y a partir de esa imagen declaró: “Había en ella líneas, color, materia y, sobre todo, sex-appeal; por instinto sentí que eso era lo que Poiret deseaba”. También contó que Poiret “le hablaba a sus modelos, les hacía comprender que no se trataba de mostrar los vestidos ordinariamente y que yo haría retratos que revelaran el elemento humano”.

A partir de entonces Ray retrató a destacadas mujeres de la época en prendas de alta costura, como a Peggy Guggenheim, a quien puso en escena cubierta por un radiante vestido de Poiret; también a las célebres diseñadoras del momento: Augusta Bernard, Gabrielle Chanel y su eterna rival Elsa Schiaparelli. De ese modo fue adquiriendo reputación como fotógrafo de moda y las marcas quisieron que las fotografías de sus campañas estuvieran firmadas por Man Ray.

Y curiosamente cuando una marca de pestañinas le encargó una fotografía fue cuando surgió una de sus más icónicas series: Lágrimas, que se convirtió en uno de los emblemas de la fotografía surrealista. En ella se pueden ver sobre el rostro de una mujer unos abundantes cristales redondos, a manera de lágrimas, que ilustraban el eslogan: ‘Llore en el teatro, llore en el cine, ría hasta las lágrimas. El Cosmecil de Arlette Bernard no se corre, no pica en los ojos, se fabrica en once tonos”.

Man Ray

Man Ray colaboró con fotografías de moda en revistas como Vogue, Femina, Vanity Fair y Harper’s Bazaar.

Foto:

Getty Images


No hay que olvidar que en ese momento Europa se estaba levantando de la Segunda Guerra Mundial y las mujeres comenzaban sus procesos de emancipación, al tiempo que la industria de la moda estuvo ahí para acompañarlas y comprendió que empezaban a tener un rol no solo doméstico, sino público.

La astucia de Man Ray, y lo que lo llevó a convertirse en una figura central de la fotografía de moda, consistió en que comprendió que la belleza de la moda que retrataba no provenía de la tela, sino de la nueva actitud de ser y estar en el mundo de las mujeres. Ese fue el momento en que el asfixiante corsé quedó a un lado y los diseños se atrevían de más en más a proponer cortes y estilos que antes eran impensables.

Por ello, si bien en la exposición se muestran las revistas en las que se publicaron esas fotografías de Ray, también se revela su álbum personal de fotos, en el que retrata a mujeres vestidas, desnudas y anónimas que exhalan rebeldía. Insurrectas cortesanas a las que frecuentaba y que lo entrenaron para que ejerciera su trabajo profesional y su trabajo artístico con libertad.

En ese escenario no se puede perder de vista a Kiki, “la reina de Montparnasse” y musa de artistas como Modigliani y Foujita, que se convirtió no solo en una de sus modelos predilectas, sino en su amante. Muchas de las fotografías que le tomó testimonian cómo Ray conjugó el arma surrealista del escándalo y la provocación con el abandono de formas regulares para cosechar un estilo espontáneo y conforme con la evolución del modelo femenino.

Alain Sayag, curador científico de la exposición, dice que Man Ray fue más un artista clásico que de vanguardia, pues su modelo fue la escultura griega. Por eso buscaba trabajar el cuerpo como una escultura y la fotografía de moda le permitió explorar las técnicas del surrealismo para cambiar el aspecto de las cosas.

De ahí que la industria de la moda, las mujeres, la posguerra y la efervescente bohemia parisina fueron los ingredientes del coctel que Man Ray comprendió y revolvió para conferirle una dimensión experimental e inventiva a la fotografía de moda y le dieron el toque surrealista al más clásico de sus trabajos.

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