El rescate de 'Un beso de Dick'

El rescate de 'Un beso de Dick'

La novela del escritor colombiano Fernando Molano es reeditada y vuelve a las librerías.

Fernando Molano

El escritor Fernando Molano ganó el Premio Cámara de Comercio de Medellín en 1992 con 'Un beso de Dick'.

Foto:

Cortesía editorial Planeta

Por: Por Andrea Mejía
Para LECTURAS
21 de abril 2019 , 08:35 a.m.

Un beso de Dick, de Fernando Molano, por fin reeditada como se merece, es una de esas novelas que uno se queda un rato contemplando en silencio. Está hecha con emoción verdadera, no con las técnicas frías y robóticas aprendidas en talleres de escritura. Está escrita desde una especie de incendio del corazón, pero también con una contención y una simplicidad admirables, sin ningún tipo de afectación, en una economía literaria templada por la desesperación y la dicha, en donde lo no escrito enriquece y sostiene las palabras encontradas por la pasión y pulidas por el cuidado.

Es una historia de amor entre dos muchachos en el mundo simple pero emocionalmente cargado, vital y pleno de significado que envuelve los años de colegio. La historia está atravesada por el dolor y la muerte y asediada por la triste crueldad imbécil, por el daño que puede causar en una vida la ignorancia retardataria de los valores ‘morales’ de la provincia. En este caso, la provincia es la Bogotá cenicienta de los años ochenta.

Pero ante todo, esta novela es una celebración de la amistad, de lo inescapable de la vida, lo más doloroso y lo más bello junto a lo más sencillo. Y es, por supuesto, una especie de canto a la fuerza terrible y afortunada del amor y del deseo.

Se dice que Molano empezó a escribir Un beso de Dick después de que muriera su compañero, en ese trance de soledad y duelo, y que escribió esta novela en siete meses. Se dice que luego escribió una segunda novela que no alcanzó a terminar porque él mismo también murió, a los treinta y siete años, y que encontraron el manuscrito inacabado en los archivos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Esta novela, Vista desde la acera, fue publicada póstumamente en 2012. Se dice que cuando en 1992 ganó el premio Cámara de Comercio de Medellín con Un beso de Dick, Molano dijo que se compraría unos tenis, una grabadora y que reservaría una parte del premio para ir mucho a cine, comprar libros sobre la Colonia y tomarse unas cervezas con sus amigos. Se dice que sus maestros fueron Tolstói, Flaubert y Dickens.

Aunque todo eso es verdad, hace parte del culto que se ha desplegado de manera casi clandestina en torno a su figura. Hay escritores que están hechos en gran parte de la materia del mito que se construye en torno de ellos, pero que, desde una perspectiva literaria, lo mejor que pueden hacer es morirse jóvenes. No es el caso de Molano. Por eso, más que como una novela de culto, con toda la ‘fetichización’ que lleva consigo esa categoría, vale la pena leer Un beso de Dick como una novela de aprendizaje, no solo en el sentido clásico, porque lo que aprende el narrador es bien poco y bien duro, sino de aprendizaje en el sentido en que enseña: enseña el estilo, comunica el amor y la bondad.

La bondad no es hacer cosas buenas; es cierta forma de ver y de sentir. Por eso es también un valor estético, y por eso, quizá, esta novela es, entre muchas otras cosas, un homenaje a Dickens. Pero es a la vez una reflexión sobre la diferencia irreductible entre el dolor vivido y el dolor representado estéticamente.

“Es un autor que merece una mejor suerte editorial, vamos a cuidar mucho sus ediciones y estamos muy orgullosos de hacerlo”, dice Juan David Correa, director literario de Planeta, que asegura que reeditarán además Todas mis cosas en tus bolsillos, el libro de poemas de Molano, y Vista desde la acera, su segunda novela.
“A los muertos nadie los quiere, eso se sabe. Cuando alguien se muere lo primero que hacen es enterrarlo. Pero no como se entierran los tesoros”, dice el narrador de Un beso de Dick. A Molano, al leerlo, solo podemos quererlo. Es de esos escritores que uno quisiera tener como amigo. Y esta novela, bella y tristísima, es su tesoro medio enterrado. Por Andrea Mejía

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