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La vida después de la muerte de un hijo
Tiago Ferro

Tiago Ferro ha recibido por esta novela dos de los premios literarios más destacados en su país.

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Mira Cervino

La vida después de la muerte de un hijo

El escritor brasileño Tiago Ferro habla de su conmovedora novela El padre de la niña muerta.

Mi Hija murió el día 26 de abril de 2016”.

“Una niña de ocho años, de la clase media paulista, con acceso a las mejores escuelas y hospitales, víctima de la gripe”.

“... Pensarán en el padre de la niña de ocho años, de la clase media paulista, con acceso a las mejores escuelas y hospitales, víctima de la gripe. Pobre. Que Dios se apiade de él. Se jodió”.

“No quiero ser El Padre de la Niña Muerta. Siempre seré El Padre de la Niña Muerta. No estoy buscando o exigiendo ningún tipo de justicia; simplemente acepto el dolor agudo de la ausencia. Del vacío”.

Tiago Ferro es un escritor y editor brasileño nacido hace cuarenta y cinco años. Escribe ensayos culturales para medios como Piauí, Cult o Serrote. Tiene una maestría en Historia Social. Es uno de los fundadores de la revista de ensayo Peixe-Elétrico, también de la editorial de libros electrónicos e-galáxia. A partir de un día empezó a ser también “el padre de la niña muerta”. Del día en que su hija de ocho años murió debido a una miocarditis que no dio tiempo para nada.

Es solo una gripa”. “Hidrátela bien, controle la fiebre”. “En algunos casos la miocarditis puede ser fulminante”. “¿No vas a demandar al hospital?”.“Nadie tiene la culpa”.

Nadie tiene la culpa.

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Tiago Ferro empezó a escribir sobre su dolor y se dio cuenta de que eso le servía. Lo primero que hizo fue un artículo para una revista brasileña en el que narraba lo que habían sido las dos semanas siguientes a la muerte de su hija. Lo escribió con toda la objetividad posible. Un año después pensó en hacer un libro. La idea que se le cruzó fue crear una especie de diario de lo que habían sido esos doce meses, pero al empezar a escribirlo la forma fue cambiando hasta dar como resultado una novela que tituló así: El padre de la niña muerta. Un libro que se escapa de los géneros convencionales, que tiene como protagonista a un hombre –que es Tiago y que no solo es Tiago– que ha perdido a una niña, que no se limita a lo que se supone que debe ser una narración sobre duelo. Es una novela fragmentaria en la que está el dolor, pero también el humor; en la que Ferro recorre su vida y la de su hija; en la que igual aparece el budismo como la política. Sexo o yoga. Maradona o Eric Clapton. Es la mirada de un hombre sobre las muchas aristas que pueden conformar un mundo. De un hombre que toma distancia y observa. Un hombre que ha perdido a una hija y busca cómo seguir.

“Usted dejó morir a su hija. ¿Qué especie de padre es? ¿Cómo es que tiene el valor de mostrar su cara por todas partes? ¿Cómo es que tiene la petulancia de comer, dormir, son- reír, follar, respirar? ¿Cómo?”.

“De lo que no puedo hacer en este libro: Traer a Mi Hija de vuelta a la vida”.


Con El padre de la niña muerta, que es su primera novela, Ferro ha ganado dos premios: el Jabuti (uno de los más prestigiosos de la literatura de su país) y el Premio São Paulo de Literatura.

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Los lectores que se acerquen a su libro pensando encontrar el tema del duelo tratado de forma convencional pueden llevarse una sorpresa. ¿Cómo surgió la idea de escribirlo de la manera en que lo hizo?
Mientras escribía fui descubriendo la forma de la novela. Permitía que otras cosas surgieran y entraran en ella y que no se tratara solo de lo que había pasado en mi experiencia. Estoy de acuerdo en que no es un libro tradicional sobre duelo en el que los lectores pueden esperar un tipo de narración algo depresiva. Lo que busqué fue dar el punto de vista de alguien que pasa por una tragedia como la que viví, que está arrancado de la sociedad. El narrador aprovecha esa oportunidad para intentar quitar las máscaras sociales. Cree que es posible tratar todos los temas, la política, la cultura, el sexo, las drogas, como si todo eso hiciese parte de un gran mercado de consumo. No es biográfico del todo. Aunque, por supuesto, lo más importante, que es la muerte de la hija, en efecto me sucedió.

La historia de la hija la vamos conociendo poco a poco, a lo largo de las páginas del libro, aunque lo habite de principio a fin. Usted escribe: “Es inútil tapar el sol con un dedo: tu hija es el tipo de persona que le hace falta al mundo”. ¿Cambia totalmente la vida después de un dolor como ese?
Para mí la vida cambió completamente. Su muerte interrumpió su vida, pero también la del padre. La esencia del libro, sus reflexiones, son cuestiones verdaderas. Me ocurrieron. Yo buscaba entender todo lo que estaba pasando y darle forma literaria, sin pretender escribir exactamente lo que era mi vida. Pero sin duda el libro me permitió, después de haber vivido esa experiencia tan difícil, investigar sobre mi subjetividad.

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De la misma forma como no puedo olvidar lo que pasó en mi vida con la muerte de mi hija, es posible que tampoco logre superar la escritura de este libro

‘El padre de la niña muerta’ es una frase que está presente en toda la novela. El narrador la repite como si comenzara a equiparar su identidad con esas palabras. “No quiero ser El Padre de la Niña Muerta”. “Siempre seré El Padre de la Niña Muerta”, dice. ¿Cómo llegó a ser también el título?
Esa frase tiene que ver con la cuestión de la identidad, precisamente, que es muy importante en la novela. Es un concepto que está presente en toda la narración. El título fue la última cosa que decidí. En algún momento pensé que titularla así era lo más natural, aunque tengo claro que es una frase que puede llegar a asustar a los lectores. Es posible que muchos no tengan el coraje de leer el libro porque creen que será algo con lo que no van a conseguir conectar. Pero me parece que es un título cierto.

Es cierto que con ese título muchos no van a pensar, por ejemplo, que también pueden encontrar humor en la novela…
El humor fue para mí una forma de romper con el pacto de lo que el lector espera que va a recibir en un libro de duelo. Cuando entra el humor, cuando se habla de sexo o de música, por ejemplo, buscaba cuestionar eso que se supone y entregar algo distinto.

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Otro elemento clave en el libro es la mirada de los demás. La forma como “el padre de la niña muerta” se siente observado por los otros, y muchas veces no comprendido. ¿Ese aspecto también lo vio como algo fundamental?
La frase del título está directamente relacionada con esa cuestión de la mirada del otro. Algo que parece funcionar de diversas formas. Al principio había una curiosidad por saber cómo sobreviviríamos a lo que pasamos. Todos a nuestro alrededor estaban dispuestos a estar con nosotros, muy cercanos. Pero, en algún momento, es como si esa presencia pasara a ser incómoda para los demás. Tal vez porque les recuerda que la muerte está ahí, presente. Y es algo que muchos no quieren ver. De alguna forma intenté responder a eso. Cómo el narrador no acepta la máscara social del padre de la niña muerta. Esa mirada del otro fue algo que sentí, viví y convertí en ficción. Cómo mi presencia transformaba un grupo social cuando entraba en él.

Tiago Ferro

Portada del libro de Tiago Ferro, publicado en español por la editorial Tusquets.

Foto:

Archivo particular

Usted lo escribe, en efecto: “El Padre Leproso”. “La mayoría de la gente no quiere acercarse”. “¿Eso se pega?”. Otro tema que aparece es la culpa. ¿La sintió por lo sucedido? ¿La sintió por seguir vivo?
No. Aunque, siendo muy sincero, sí hubo muchas ocasiones en las que pensé si el día en que mi hija murió pude haber hecho algo distinto. Pero en aquel momento no era evidente que estuviera ocurriendo algo tan grave. No lo estábamos percibiendo. Llevamos a nuestra hija a un hospital y de allí salió con el diagnóstico de una influenza. No había motivo para preocuparse. Nos fuimos a casa. Era una influenza común, cotidiana, como la que todas las niñas pasan. Ella se fue a dormir con la hermana –que hoy tiene ocho años–, y mi esposa y yo también nos fuimos a dormir. De repente mi hija entró en nuestra habitación. Le pregunté qué estaba pasando y dijo que no se sentía bien. Me miró con ojos vidriosos, me asusté. Mi esposa llamó a un paramédico para ver si era necesario llevarla al hospital. En ese momento mi hija se desmayó y quedó inconsciente. Tomamos el auto, fuimos al hospital, y no despertó más. Todo fue muy rápido. No había señal de que algo grave estuviera pasando en su corazón. Los médicos tampoco lo notaron.

Es imposible olvidar cada detalle…
¿Olvidar? Eso es imposible. Todos los días pienso en lo que ocurrió, en la muerte de mi hija. De formas distintas. El dolor intenso ya pasó, pero la tristeza, la saudade, está totalmente presente. La muerte de mi hija significará algo cada día de mi vida. El libro no tiene la capacidad –ni era la intención– de hacerme superar lo que ocurrió. Es una historia que me transformó del todo.

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“Cuando me olvido del dolor, me olvido de mi hija”, dice. Como si el dolor le permitiera seguir estando cerca de ella...
Al comienzo, sí. Después es posible descubrir que el amor, vivir con alegría, también es una manera de homenajearla. Cuidar de mi otra hija es igualmente una forma de estar cerca.

¿Cambió su visión respecto a la muerte?
Sí, pasó a ser un asunto en el que pienso todos los días. Pero no como algo depresivo ni triste. El significado de la vida no puede estar separado de la muerte. La vida cambia y la muerte es parte cotidiana, aunque no de una manera que impida la realización de lo que queremos hacer. Eso sirve para valorar más cada instante. Puede sonar como autoayuda, lo que nunca quise hacer en el libro, pero es así. Es difícil de explicar porque esa presencia de la muerte no es fúnebre, ni macabra, ni genera miedo. Es algo que nos pone a experimentar la vida de otra manera, con más responsabilidad por cada momento. Para mí también se volvió imposible seguir viviendo sin creer que existe algo mayor o algo después de esta vida. Aunque no me preocupo por saber qué es.

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¿Ha pensado en escribir otro libro?
Esta novela la escribí en dos meses. Muy intensos. Escribía a cualquier hora, en cualquier lugar. Todo lo que pensaba entraba en sus páginas. Fue algo muy instintivo y lo llevé al editor prácticamente listo. Pero la verdad no he descubierto cómo escribir después de este libro. Y no sé si lo vaya a descubrir en un futuro. De la misma forma como no puedo olvidar lo que pasó en mi vida con la muerte de mi hija, es posible que tampoco logre superar la escritura de este libro. 

MARÍA PAULINA ORTIZ

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