Siri Hustvedt: Una mansión propia

Siri Hustvedt: Una mansión propia

Recorrido por la obra de una de las escritoras esenciales de nuestro tiempo.  

Siri Hustvedt corregida

Hustvedt escribe en su nueva novela unas memorias ficcionadas de sus años de estudiante en Nueva York.

Foto:

© Marion Ettlinger

Por: Por Xavi Ayén
19 de julio 2019 , 10:22 p. m.

La casa de tres plantas donde vive Siri Hustvedt en Brooklyn es de ladrillo rojo y se accede a la puerta principal subiendo un breve tramo de escaleras de piedra con unos tiestos vacíos, sin rastro de vegetación en ellos. Nacida en Northfield (Minnesota) en 1955 y desplazada a Nueva York a finales de los años setenta, el pasado mes de mayo ganó el premio Princesa de Asturias de las Letras, que además de sus cincuenta mil euros de dotación supone, sobre todo, la inscripción de su nombre en un palmarés junto a Mario Vargas Llosa, Günter Grass, Amos Oz, Margaret Atwood o sus compatriotas Arthur Miller, Susan Sontag, Philip Roth o Richard Ford. La obra de Hustvedt funde literatura, filosofía y ciencia, explorando lo que antaño se llamaba “el alma humana” desde fundamentos neurológicos. Injustamente eclipsada en sus comienzos por la fama de su marido –vamos a intentar no nombrarlo en todo el artículo–, ya que publicó su primer libro cuando su pareja, ocho años mayor, ya contaba con once títulos y una legión de fans, Hustvedt se ha construido, libro a libro, no una habitación propia sino un auténtico palacio que cabalga entre lo psicológico, lo autobiográfico, lo político y la imaginación. Tanto sus novelas como sus ensayos indagan los mismos temas: la identidad, el arte, el tiempo, el pasado, la memoria, las raíces familiares, el erotismo, la vida intelectual, la locura, las relaciones de pareja.

Antes de llamar al timbre de su casa, pienso en la primera vez que la vi, en junio del año 2003, en Barcelona, cuando el gobierno autonómico catalán la invitó a residir un mes en la ciudad como escritora invitada. Junto a su marido y su hija Sophie –futura cantante– ocupaba un apartamento de sesenta metros cuadrados en la Casa de las Letras, un edificio temático dedicado a la literatura. El marido era un señor alto y con gafas de sol que, mientras Hustvedt se encerraba a escribir sobre la visión del cuerpo en Goya, se paseaba por La Rambla con la quinceañera Sophie. Hustvedt solo interrumpió su concentración creativa para una fugaz escapada a Madrid en la que visitaron a Pedro Almodóvar.

Hoy, las paredes de su casa de Brooklyn están cubiertas de estanterías repletas de libros. No hay otra ‘vegetación’. Se oye hablar español –es el servicio doméstico– y en la sala donde por las tardes ve DVD de películas clásicas (Lubitsch, Bergman, Cukor, los hermanos Marx...) se encuentran los autores latinoamericanos, con todo García Márquez, Vargas Llosa o Cortázar traducidos al inglés: The Autumn of the Patriarch, The Time of the Hero, Hopscotch... En un estante, una foto en blanco y negro de una espectacular modelo que parece salida de una revista de moda: “Soy yo con 40 años ¿qué le parece?”. Una especie de habitación de invitados acoge en realidad todas las publicaciones científicas, revistas y libros, sobre neurociencia, psiquiatría y psicoanálisis que devora con fruición. Hustvedt se ríe, como siempre, estruendosa y desprejuiciadamente. 

¿Qué ha convertido a esta licenciada en Historia y doctora en Literatura Inglesa en una de las autoras fundamentales de nuestro tiempo?


Pero ¿cómo empezó Siri Hustvedt? ¿Qué ha convertido a esta licenciada en Historia y doctora en Literatura Inglesa por la Universidad de Columbia –con una tesis sobre Charles Dickens– en una de las autoras fundamentales de nuestro tiempo? Hustvedt publicó Los ojos vendados en 1992, novela en que una estudiante neoyorquina cuenta sus encuentros con personajes de la ciudad a finales de los 70 mientras se va desintegrando. Siguió El hechizo de Lily Dahl (1996), protagonizada por una heroína dura, hermosa y valiente que, fascinada por un exótico forastero, se adentra en un mundo de locura y aventuras eróticas. 

Ahí se acaba su período de tanteo. Porque su tercera novela, la obra que la hizo despegar, ya fue la extraordinaria y desesperanzada Todo cuanto amé (2003). El narrador es un historiador de arte judío medio ciego, Leo Hertzberg, quien escribe la historia de su larga amistad con el pintor conceptual Bill Weschler, en un recorrido vital entre los años 1975 y 2000 que incluye la tragedia de un hijo adolescente que se ahoga y provoca la separación de los padres. Solo por este libro, su autora ya merecería formar parte de los manuales de literatura, como si Don DeLillo solo hubiera escrito Submundo. Ahí aparecen temas como la relación entre el individuo y un enloquecido mundo cultural, un arte radical que el mercado absorbe y rentabiliza sin problemas, la enfermedad mental y una sociedad enferma de avaricia. 

Su siguiente novela es Elegía para un americano (2008), en la que los hermanos Davidsen, un psiquiatra y una ensayista que rondan los cincuenta, revisan los papeles de su difunto padre, de origen noruego. Descubren una carta de 1937, donde una tal Lisa alude a su promesa de guardar silencio sobre una tragedia. ¿Puede un trauma transmitirse de una generación a otra? El hijo, Eric, indaga en esos cajones que tenemos escondidos. Las Torres Gemelas se desploman, en paralelo al caótico universo de soledad que habitamos. Novela erudita, que viaja a lo más oscuro de la mente, Hustvedt explora asimismo en ella la condición del emigrante, la de su propia madre, que “emigró también de Noruega a principios de los cincuenta”. 

El verano sin hombres (2011) es la crónica –dedicada a su psicoanalista– de la separación temporal de una pareja que muchos leyeron en clave autobiográfica. Mia tiene 55 años y es poetisa. Lleva tres decenios junto a su marido, científico en la sesentena. Un día, él llega a casa y le dice: “Cariño, necesito una pausa en nuestra relación”. Ella aclara: “La Pausa tiene treinta años y es francesa”. Al poco tiempo, a ella la encierran en un manicomio. El lector asiste a su enloquecimiento, el proceso de recuperación, la construcción de un relato que la sane, el contacto salvífico con otras mujeres... Las malas lenguas pusieron énfasis en los rasgos comunes de Boris, el marido de ficción, con el de Hustvedt, que había apadrinado unos años antes a la escritora francesa Céline Curiol. “Cuando acabé Elegía para un americano, me dije que todo lo que hiciera desde entonces sería desde el punto de vista de una mujer. Que ellas llevarían la voz cantante, serían siempre las narradoras. En este caso, con mucho sentido del humor, es una especie de comedia feminista”. Es un libro sobre “todo aquello que nos hace diferentes, como la edad”, y cómo, en una relación de largo recorrido, puede alcanzarse una conexión profunda entre dos personas. “Mia está enfadada pero a la vez comprende el enorme poder del deseo sexual, que puede romper una pareja feliz en un instante. No trato del deterioro de una relación de pareja, sino cómo, en una relación en la que todo va bien, una mañana, él decide irse con otra”, apunta la autora. “La novela es sobre el valor y el poder de la imaginación”: para sanarse, Mia utiliza tanto la poesía como la ciencia... “Leí a mis tres escritores favoritos, Coetzee, DeLillo y Auster, para que me ayudaran a describir esa sensación depresiva que tienen algunos de sus personajes, pero sobre todo leí mucha neurobiología”. Por primera vez, el libro se acompaña de dibujos hechos por la propia Hustvedt. 

Solo por su novela 'Todo cuanto amé', Siri Hustvedt merecería
formar parte de los manuales de literatura


En El mundo deslumbrante (2014) se nos presenta a una artista plástica que se oculta bajo identidades masculinas para ser reconocida en el sector. Trasunto de la propia Hustvedt, Harriet Birden ha leído tanto sobre filosofía y neurociencia que nadie la entiende cuando habla o cuando escribe. Su ambición intelectual la condena al ostracismo. 

Finalmente, Hustvedt ha alumbrado Recuerdos del futuro (2019), unas –ficcionadas– memorias de sus años de estudiante en el Nueva York de finales de los 70: sexo y efervescencia intelectual, lecturas y experiencias, la voz poderosa de una chica guapa y lista que se busca a sí misma. Una escritora que responde a las iniciales S. H. y que a los 62 años encuentra un diario de juventud que va glosando… “Me siento halagada de que la gente crea que son memorias reales. La memoria es básicamente imaginación, cada vez que recordamos estamos creando, los recuerdos cambian, el pasado es frágil, solo se graba aquello que ha ido vinculado a una emoción, no recordamos aquellas cosas que no nos importaron. Los científicos nos dicen algo tan literario como que memoria e imaginación se miran tan profundamente que la una cae en los brazos de la otra”. S. H. vive una extraña contradicción: es muy hermosa y la gente no se espera su inteligencia, les hace sentir incómodos. “Muchas mujeres jóvenes y guapas se enfrentan a eso diariamente, es algo cultural, no le pasa solo a los hombres, también a las otras mujeres que las miran. Aquí, en Nueva York, en una fiesta, en pleno 2019, podemos escuchar fácilmente a dos amigos comentando ‘mira esa chica tan guapa, con ese vestido imponente y la copa de champán’, ‘¿quieres decir que trabaja de neurobióloga en el Rockefeller Center? ¡No puede ser!’. No pueden creerse que una chica glamurosa sea neurobióloga. Eso puede llegar a ser muy doloroso, funciona con la belleza, con la clase, con la raza, con el sexo…”. S. H. –o Minnesota, su apodo– se mueve en un mundo donde hay strippers que son a la vez intelectuales. “En los 70 las cosas eran así –dice la autora–, conocí a varias performers de ese tipo, mujeres poderosas, que desnudas eran muy llamativas, entendían su cuerpo como forma de arte y medio de trabajo, se colgaban cascabeles en los pechos, se arrastraban por el suelo, graznaban, maullaban y declamaban textos de filósofos como Deleuze y Guattari. Luego una ha sido física, otra filósofa, otra arquitecta...Vivíamos pensando en el futuro, nuestra amistad se basaba no en lo que éramos sino en aquello en lo que nos íbamos a convertir, esa idea tan potente y luminosa, ¡nuestro futuro!”. Aparecen conversaciones de Minnesota con su madre, que pierde la memoria, como la de Hustvedt, que “tiene ahora 96 años y cada vez menos memoria, ya no puede leerme”.


 Minnesota, como Hustvedt, “es una mujer-Quijote; ha leído un montón y se le ha llenado la cabeza de pájaros. La imaginación desbocada puede ser una cosa buena porque ella vive en un apartamento pequeñito, pero se siente en un lugar bello y romántico, otro no vería más que inconvenientes en ese agujero ruidoso, pero ella está siempre como escuchando una canción”.

Siri Hustvedt corregida 2

Siri Hustvedt escribe en su nueva novela unas memorias ficcionadas de sus años de estudiante en Nueva York.

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© Marion Ettlinger

Las enfermedades mentales son uno de sus temas. ¿La locura nos dice algo importante sobre todos nosotros?


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Hustvedt es también poeta (Leer para ti, 1982), pero su faceta más destacada –al mismo nivel que la de novelista– es la de ensayista. La mayoría de sus libros de no ficción son recopilaciones temáticas o cronológicas de textos más o menos breves, como En lontananza (1998), con su antológica disección del cuadro La Anunciación de Vermeer; Los misterios del rectángulo (2005), un paseo por la historia de la pintura; Una súplica para Eros (2005); Vivir, pensar, mirar (2012) o La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (2016). 

Pero, ante todo, destaca el brillante ensayo monográfico La mujer temblorosa o historia de mis nervios (2009), donde la escritora se propone llegar hasta el final de sus problemas de ataques nerviosos, desmayos y alucinaciones olfativas. Ahonda en carne propia en uno de los ejes de su obra, que los avances en neurociencia –por ejemplo, el descubrimiento de las neuronas espejo, que activan en el interlocutor que nos mira las mismas neuronas que se activan en nosotros cuando realizamos un acto– son “la constatación científica de conceptos filosóficos, como el de conciencia colectiva, que dejan de ser especulaciones para convertirse en una realidad corporal”. El libro cuenta cómo, un día, a los dos años y medio de morir su padre, Hustvedt se dirigió tranquilamente al estrado, con sus fichas escrupulosamente anotadas, para evocar la figura de su progenitor ante un reducido auditorio universitario en Minnesota. Inexplicablemente, empezó a temblar descontroladamente, “de la cabeza a los pies”. “Mis brazos se agitaban de forma desmedida –relata–, mis rodillas chocaban una contra otra, temblaba como en un ataque epiléptico pero, increíblemente, no me afectaba la voz y tenía la mente clara, así que pude acabar mi discurso, mientras las notas se desperdigaban en el suelo. De repente, dejé de hablar y el temblor cesó. Tenía las piernas moradas. Ahí decidí que iba a descubrir qué me pasaba, que iba a escribir un libro sobre esa mujer temblorosa. Integré este suceso en mi narrativa”. Se obsesionó con su propio caso, como si fuera el de otra persona, y cada nueva crisis o episodio  –otro ataque haciendo montañismo en los Pirineos, por ejemplo– le hacían investigar más profundamente. Como vio que “dependiendo de qué ciencia se aproxime a ello, la definición de la patología era muy diferente”, “me inventé tres personajes que me estudiaban: un psicoanalista, un psiquiatra y un neurocientífico”. Ese diagnóstico fluctuante tiene que ver “con la ambigüedad, que es uno de los grandes temas de mi obra”. Hay escenas impagables, como una resonancia magnética narrada desde dentro. Y, al final, ¿cómo solucionó su problema? La respuesta es poco poética: “Básicamente, me medico. Tomo un betabloqueante que detiene las hormonas de estrés que mi cuerpo libera en momentos de tensión”.

Las enfermedades mentales, en toda su graduación, son uno de sus temas. ¿La locura nos dice algo importante sobre todos nosotros? “Me interesa mucho –responde–, sobre todo porque nos habla de la gente normal. La psiquiatría, el psicoanálisis, la neurociencia y la filosofía nos explican lo que es un individuo, y cómo todos nosotros somos muy vulnerables, podemos atravesar la frontera de la enfermedad mental muy fácilmente, incluso solo un tiempo determinado, como ocurre en la depresión. Cuando yo llegué a Nueva York, las autoridades habían abierto las puertas de los manicomios y los locos merodeaban por doquier, hurgándose las llagas, monologando, declamando versos, anunciando la ira de Yahvé o sentados en silencio por los rincones”.

Si uno acaba sus días en esa situación, vagando como un orate por las calles de cualquier ciudad, desearía que, al menos, le quedara algo de memoria para cantar a los paseantes la gloria de Siri Hustvedt, la mujer que hace temblar a sus lectores. 

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