Beatriz González, en retrospectiva

Beatriz González, en retrospectiva

Mirada a la importancia de su obra, a propósito de la muestra que se abre esta semana en Bogotá.

Beatriz González

 Este 15 de octubre, más de cien obras de la artista Beatriz González estarán expuestas en el Museo de Arte Miguel Urrutia, en Bogotá. 

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Claudia Rubio

Por: Paula Bossa
11 de octubre 2020 , 03:03 a. m.

En 1962, cuando cursaba su último año en la Facultad de Artes de la Universidad de los Andes, la artista santandereana Beatriz González descubrió que pintar del natural era una labor inalcanzable. De manera contundente, concluyó que para crear debía partir de algo determinado. Ese interés intelectual por mirar lo concreto con otros ojos la llevó a reinterpretar los grandes maestros de la historia del arte occidental, como Diego Velázquez o Johannes Vermeer. Ante la imposibilidad de eludir la influencia del gran genio del barroco holandés, González realizó quince variaciones al óleo de La encajera, que exhibió en su primera exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Impulsada por una búsqueda de originalidad artística y a la vez sintiéndose insatisfecha con su práctica, un día de 1965 abrió la prensa y encontró una imagen de mala calidad de una pareja de ahogados que, como una epifanía, le reveló un nuevo camino artístico por seguir. La fotografía impresa de aspecto plano, borroso, desprovista de sombras y con un colorido particular, ratificó su exploración pictórica de aquel entonces. Los suicidas del Sisga (1965), obra icónica de González, marcó el inicio de la utilización de la imagen impresa como fuente principal de su obra. La configuración de un lenguaje artístico basado en la apropiación de la imagen dada y la observación detenida y crítica de su entorno inauguró una trayectoria artística que de manera decisiva marcó el desarrollo de la plástica nacional.

El encuentro fortuito con la imagen de la pareja de ahogados en el periódico, y una serie de fotografías de la página roja de Vanguardia Liberal que le fueron obsequiadas, la condujeron a crear su primer archivo de recortes de prensa. Como coleccionista que se respete, la artista comenzó a disfrutar de la acción de buscar. Guiada por su intuición, se dedicó a seleccionar imágenes de prensa, especialmente de diarios de provincia, que evidencian rasgos sui generis de la cultura popular colombiana. Estableció un vínculo psicológico con sus fotografías y, al conectarse con ellas, dio inicio a la etapa inicial de sus procesos creativos: el dibujo.

Su archivo fue creciendo. González emprendió la exploración de la lámina de metal como soporte y el esmalte industrial como pigmento. A comienzos de los años 70, la bumanguesa inventó sus aclamados muebles y objetos domésticos llenos de irreverencia, gracias a un instante que ha tildado de “mágico”, en el que por cosas del destino tomó su pintura recién terminada del Señor de Monserrate, hecha sobre latón, y la acomodó como base de una cama que había comprado en un mercado. Las gráficas populares –nuevas integrantes de su archivo– en las que imágenes religiosas y de la historia del arte eran impresas y comercializadas por todo el país, comenzaron a ser apropiadas por González y transformadas en obras que, además de explorar el tema del gusto, reflexionan sobre la recepción y consecuente alteración de la cultura europea en un contexto subdesarrollado como Colombia.

Siempre intrépida y desafiante, Beatriz González sigue reclamando el recuerdo de episodios trágicos en el país con vehemencia

La culminación de la fase de los muebles abrió una nueva etapa en la carrera de Beatriz González, en la que exploró los telones y cortinas en grandes formatos. El año 1978 marcó un momento decisivo en su trayectoria, con la creación y exhibición de Diez metros de Renoir, una tela en gran formato en la que reprodujo y repitió un fragmento del Baile en el Moulin de la Galette. Al ser exhibida, la artista cortó la pieza en centímetros, imitando la manera de vender una tela en un almacén de textiles. La acción de despedazar su pintura frente a una audiencia simbólicamente representó la desacralización de la pintura universal y la desvinculación de una larga etapa de observación de la cultura europea desde su mirada provinciana.

Su espíritu crítico y transgresor se manifestó con fuerza en los años 80. Decidida a enfocar su mirada en imágenes alusivas a la realidad de nuestro país, amplió su archivo con fotografías de presidentes y políticos. Su memorable cortina de la inmoralidad titulada Decoración de interiores (1981) se convirtió en la primera obra abiertamente política en la que la imagen del presidente Turbay Ayala en medio de una fiesta es repetida insistentemente a lo largo de 140 metros de tela.

La toma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985 dejó una herida penetrante en la historia reciente de Colombia. Esta tragedia simbolizó el inicio de una etapa lúgubre en la producción de González. A su archivo ingresaron fotografías de la reportería gráfica que, de manera asombrosa, documentan distintos aspectos del conflicto colombiano que la artista insiste en recodar.

El desasosiego ocasionado por el olvido de innumerables tragedias registradas en la prensa, el profundo deseo de rememorar a las víctimas del conflicto y la necesidad de recuperar un monumento en un estado deplorable confluyeron en su obra más ambiciosa hasta la fecha: Auras anónimas (2009). En ella, variaciones en serigrafía de siluetas de cargueros valientes trasladando a los muertos de la guerra cubren los casi nueve mil nichos del cementerio Central de Bogotá.

Siempre intrépida y desafiante, Beatriz González sigue reclamando el recuerdo de episodios trágicos en el país con vehemencia. Lo ha hecho apoyada en su colección de recortes de prensa, una suerte de necesidad vital de la que difícilmente puede escapar. Los últimos diez años los ha dedicado a crear íconos a partir de imágenes de duelo, éxodo y tragedia humana, ocasionada por desastres naturales. A lo largo de más de cincuenta años ha logrado consolidar un proyecto pictórico e intelectual, fundamentado en su gran sensibilidad e inquebrantable conciencia moral, que ha sido y seguirá siendo el foco de importantes exposiciones retrospectivas en algunos de los museos más destacados de Europa, Estados Unidos y Colombia. 

PAULA BOSSA

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