Sarah Corbett: cambiar el mundo sin gritar

Sarah Corbett: cambiar el mundo sin gritar

La escritora inglesa fundó el Colectivo Craftivista, que hace activismo con las artesanías.

Sarah Corbett

Sarah Corbett, escritora inglesa.

Foto:

Cortesía Craftvist Collective

Por: ALEJANDRA DE VENGOECHEA
13 de febrero 2019 , 01:48 p.m.

Todo en ella comunica. Vestida de amarillo ahuyama – “un color que transmite esperanza. Pero, si quieres poner a pensar a alguien, vístete con colores pasteles”–, Sarah Corbett, 35 años, escritora inglesa, tatuada desde los hombros hasta el antebrazo con dibujos de hormigas, abejas, grullas, tijeras, hilos y agujas fue una de esas invitadas al Hay Festival de Cartagena que llenó escenarios. Su tema era necesario: cómo protestar de manera “dulce” y lograr cambios personales y sociales sin necesidad de gritar, insultar o guardar silencios soterrados. Todos querían aprender a pacificarse y pacificar controlando emociones.

¿Acaso es eso posible?

El craftivismo –en inglés es la suma de las palabras craft (artesanía o manualidad) y activism (activismo)– como protesta suave puede sonar débil o pasivo, pero no lo es. Para nada. Es un activismo hecho de forma inteligente, con una estrategia clara de cambio y que trata a las personas como tú quisieras que te trataran, lo que a menudo es mucho más difícil que solo gritarle a alguien. Es muy complicado ignorarlo cuando se hace con inteligencia y con dignidad, con respeto y con belleza.
Sarah Corbett dice esto y de una cartera tejida saca objetos hechos a mano. El primero: un corazón verde en lana virgen con la palabra ‘chocolate’ bordada.

¿De qué sirve?

Sirve para eso que acabas de hacer. Si me ves con el corazón en el abrigo, o en mi muñeca, te va a parecer raro. Preguntarás. Y entonces yo podré decirte que cuando el calentamiento global sea irreversible no habrá plantaciones de cacao porque serán las primeras que se acabarán. ¡Y no podrás comer nunca más chocolate! Quizás eso te mueva algo en el cerebro, en el corazón. Ya no serás insensible al tema.

Sarah, que en 2009 fundó el Colectivo Craftivista, organización que a través de las manualidades involucra a las personas en la defensa de distintas causas sociales, es tímida. “No sirvo para marchar en las calles ni exponerme –dice–. Sirvo para dejar mensajes. ¿Alguien ha pensado que los introvertidos componemos la mitad de la población? Ser craftivista es una buena forma de canalizar la energía de los tímidos”.
Otra de sus técnicas es dejar en todas partes papeles pergamino delicadamente enrollados con cintas azules. Son pequeños. Caben en un bolsillo. “Quien se lo encuentre, sea el que sea, va a encontrarse con un mensaje que dice ‘por favor, ábreme’. Si uno elige abrir algo, está más involucrado que si está gritando a través de un megáfono. Y habrá un mensaje poderoso. El activismo no necesita que se grite desde una terraza, puede provocarse suavemente desde nuestros bolsillos”.

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Su madre era enfermera, su padre trabajaba como concejal de Liverpool, en Inglaterra. En su casa la injusticia, los temas sociales, eran el pan de cada día. ¿Uno nace solidario o se hace?

Mi mamá dice que me volví una activista desde su vientre. Ella siempre andaba metida en reuniones que hablaban de causas mundiales. Teníamos tasas con eslóganes anti-Apartheid en Sudáfrica, el café que comprábamos no era de la mejor calidad y no era muy rico pero había sido producido bajo las reglas del comercio justo. Crecí en una zona pobre, veíamos la desigualdad, la desnutrición, las malas condiciones de vida. Hay una foto mía a los tres años en la que aparezco ocupando casas que iban a demoler para construir un parque. Cuando pasa eso en barrios pobres, la consecuencia es que divides familias, el transporte se vuelve malo porque nadie tiene carro. Eso hace que la zona se vuelva más insegura. Con mi familia ocupábamos esas casas y vivíamos en ellas ilegalmente para evitar que las demolieran. Ganamos esa campaña.

Dice que es introvertida. ¿No va eso en contra del activismo?

Soy introvertida, sí. Me gustan las conversaciones tranquilas conquienes toman las decisiones. No me agradan las grandes reuniones, las manifestaciones. Y aunque siempre me he mantenido en una esquina, serena, observando, siempre he sabido que la injusticia puede arreglarse. En mi colegio fui presidenta estudiantil no porque fuera popular sino porque era nerd. Los estudiantes querían casilleros. Los maestros se negaban. Pregunté por qué. Dijeron que era por razones de salud, de seguridad: los casilleros ocupan espacio en los corredores y, en una emergencia, podían entorpecer las evacuaciones. Entonces fui a hablar con la administración de la escuela. Medimos los corredores. No era cierto lo de salud y seguridad. Silenciosamente me puse a investigar quiénes eran los papás líderes en el consejo de padres. Les expliqué por qué los casilleros evitarían que sus hijos cargaran pesadas maletas –y por eso su salud mejoraría– y, además, llegarían a sus clases más puntuales. Los convencí. Gané. Y no lo hice por medio de peticiones y grandes demostraciones, sino con charlas que se dieron tras bambalinas y en conversaciones tranquilas. Para mí eso fue un punto de quiebre: saber que puedes ganar campañas sin convocar gente, ni haciendo ruido, o gritando. Es intentando entender la dinámica del poder, preguntando ¿por qué?, ofreciendo soluciones. Diciendo: esto tiene sentido por todas estas razones; por consiguiente, es bueno hacerlo”.

Sarah Corbett

Con un tapabocas hecho en punto de cruz y puesto en un maniquí en una vitrina buscan la reacción de los transeúntes.

Foto:

Cortesía Craftvist Collective


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Sarah Corbett se ha ganado la vida en activismo puro y duro. Trabajó décadas en organizaciones no gubernamentales importantes como Oxfam y Christian Aid. Pero se retiró hace diez años para crear su propio movimiento y sacar adelante sus libros A Little Book of Craftivism y How to Be a Craftivist.

¿Qué pasó?

Hubo un momento en que terminé exhausta, quemada con el activismo extrovertido. Lucía rápido, irrespetuoso, trataban a los activistas como robots. ‘Firmen aquí, vengan a esta marcha para protestar por esto’. No sentí que fuera correcto tratar a las personas como objetos. Sigo trabajando con políticos y lo que quiero es que ellos vean el compromiso que tiene la gente con una causa determinada, y una forma de lograrlo es invitarlos a pasar horas haciendo algo manual.

¿Y cómo es que las manualidades son formas poderosas de activismo y logran cambios importantes en mentalidades y sociedades?

Hacer manualidades ayuda a las personas a entender que pueden ser activistas sin tener que ser agresivos. Este proceso puede ser muy útil, especialmente si eres ansioso. La neurociencia y la psicología dicen que cuando estás haciendo una acción repetitiva con tus manos piensas de manera más crítica. Hay que ser más prácticos en todo esto del activismo.

¿Cómo?

Hay muchas campañas que piden que voten tal o cual ley para el cambio climático. Cuando hay una conferencia sobre el tema, los activistas logran que miles de personas salgan a protestar. ¿Qué suele pasar? Uno de peatón puede estar de acuerdo con el tema por el que gritan todos. Pero la mayoría de las veces seguimos caminando e ignoramos la protesta, porque los seres humanos tenemos tendencia a huir o a congelarnos. Pasar horas enteras haciendo manualidades ayuda a pensar de manera más profunda en uno mismo, en el grupo. Ayuda a ponerse en los zapatos del otro.

El activismo no necesita que se grite desde una terraza, puede provocarse suavemente desde nuestros bolsillos.

¿Hay un caso concreto que muestre cómo le funcionó?

Una empresa de caridad llamada Share Action duró tres años intentando reunirse con el presidente de las tiendas inglesas Marks & Spencer para discutir el tema de salario justo, que quiere decir lo mínimo que uno necesita para vivir decentemente. Puede que el mínimo sean ocho libras esterlinas, pero el justo son diez libras. Cincuenta mil trabajadores de M&S ganaban el mínimo. Busqué a catorce accionistas. Les di pañuelos para que bordaran en ellos mensajes positivos del estilo ‘Estamos impactados por el hecho de que no pagan sueldos justos. Pagar lo justo ayuda a mantener la estabilidad laboral, hacer más eficiente el negocio. Significa mayor dignidad para esos empleados que realmente aprecias’. Les entregamos a los directivos los pañuelos hechos a mano. El presidente de la Junta decidió que iba a pagar los salarios justos. Dijo que había sido la campaña más poderosa que había visto porque fue tranquila, de bajo perfil, respetuosa. Además, todos estaban muy impactados por la cantidad de horas invertidas en hacer esos pañuelos. The World Wildlife Federation utilizó esta misma técnica para ganar una campaña en España. Cambiar personas es igual de importante que cambiar instituciones.

Hablemos de cambiar países. Tras la firma del proceso de paz con la guerrilla, Colombia terminó muy dividida. ¿Cómo convencer a las personas de que se reconcilien?

Estuve en Sudáfrica cuando tenía ocho años. Siempre pensé qué tan arduo y poderoso fue que Nelson Mandela y Desmond Tutu entendieran que la única manera de acabar con una guerra civil fuera trabajando con la gente que estuvo directamente oprimida durante décadas. Ellos sabían que tenían que olvidar. Tienes que hacerlo y es muy difícil. Violencia y gritos solo crean más división. Tienen que escucharse el uno al otro. Paz y reconciliación suena débil y pasivo, pero en realidad no lo es. Es muy difícil, pero tienes que hacerlo. De lo contrario viene una guerra civil y más personas terminarán divididas. Si en Sudáfrica pudieron hacerlo, ¿por qué aquí en Colombia no? L

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